miércoles, 10 de junio de 2026

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Cuando escucha el timbre, el agua ya hierve. Gustavo baja el fuego y acude a atender. Marcelo le da la mano y entra al consultorio. Voy a buscar el café informa él. Veo que me estabas esperando replica el hombre y agrega da gusto venir aquí. Él sonríe complacido y se dirige a la cocina de la cual regresa, minutos después, con ambas tazas que deposita sobre la mesita. Estuve con Patricia informa Manuel, pocillo en mano. Te escucho. Le propuse encontrarnos y se resistió hasta que le dije que tenía que comentarle algo sobre mis hijas; anteanoche tomamos un café en la esquina de su casa; se había arreglado, pensé que eso era un buen indicador; tenía mejor cara; le conté que había hablado con Agustina y le agradecí el “empujón” hace gesto de comillas con las manos que ella me había dado; me pedía detalles y más detalles sobre la reacción de Agustina y también sobre cómo lo había llevado Matilde; me pareció estar hablando con ella como antes; “¿Agustina te perdonó?”, me preguntó; me hubiera gustado decirle que sí, porque quizás eso ayudaría a su propia absolución pero no me quedo más remedio que contarle, de paso te lo cuento también a vos, que hace una semana que Agustina casi no me habla, casi no habla, parece un fantasma; no sé qué hacer concluye Marcelo pasándose las palmas de las manos por el rostro. Vamos por partes intenta él organizar el relato termina de contarme de Patricia. El hombre se descubre la cara. No sé qué decirte; al menos aceptó el encuentro; parecía interesada por mis hijas, si yo ya no le importara, menos aún tendrían que importarle ellas; insistió con que en algún momento debería contarles a sus propios hijos de la existencia de Lorena, yo me quedé callado; después recibió un mensaje y dijo que se tenía que ir; en el momento de despedirnos, me felicitó por haberme atrevido a blanquear la situación con Agustina; beso en la mejilla y eso fue todo; no quedamos en nada. ¿Y cómo te quedaste vos? Marcelo se toma unos segundos, luego responde esperanzado y calla. Vocablo interesante solo acota él. Quizá me monto en la esperanza para poder transitar este nuevo duelo; me llevó un año empezar a remontar el de Diana, no estoy en condiciones de asumir que otra vez perdí a una mujer amada. ¿Tan seguro estás de tu amor a Patricia?, ¿no será un intento desesperado de llenar tu soledad?  El hombre menea la cabeza. La quiero, Gustavo; pocas veces en mis cincuenta y dos años tuve la certeza de haberme enamorado; mi primera noviecita, décadas después Diana y ahora, Patricia. ¿Feldman? Marcelo sonríe. Esa chica fue solo un salvavidas en mis horas más negras; no dejó rastros en mí. ¿Qué pensás hacer? No sé responde el hombre, ahora serio las mujeres siempre se acercaron a mí, armaron el vínculo; nunca necesité desplegar estrategias para seducirlas; no quiero parecer engreído, pero el seducido, en los muchos otros vínculos intrascendentes que tuve, también fui yo; no sé cómo actuar. Gustavo sonríe. Interesante repite el adjetivo prueba a la que te somete el ¿destino?; pasados los cincuenta deberás descubrir la manera de lograr, activamente, recuperar, en este caso, un lazo perdido; solés ponerte en un lugar pasivo, las cosas te suceden, vos no tenés responsabilidad, creo que llegó la hora de que te conviertas, y es justo reconocer que empezás a hacerlo, como protagonista de tu vida; seguramente has desplegado en estos años recursos, de los que no sos consciente, que te permitieron ser el buscado, el conducido;  deberás ahora, desplegar otro tipo de recursos. Marcelo resopla. Ya tengo suficiente trabajo como para tener que trabajar también en esto dice, sonriente. Crecer es laborioso acota él y mira el reloj. No quisiera que terminara la sesión sin que habláramos de Agustina dice. Marcelo resopla nuevamente. No sé qué hacer con ella dice. Otros recursos que deberás desplegar y conste que has hecho notables avances en tu rol paterno. No alcanzan; mis hijos cada día me proponen un nuevo desafío. Volvamos a Agustina. Está tan triste que me estruja el alma saber que es por mi culpa. A ver, a ver…; en este caso tu única culpa es haber retenido la información; no sos directamente responsable de lo ocurrido; por eso confío en que tu hija terminará comprendiéndolo; es más sencillo estar enojada con vos que con la memoria de su madre. Marcelo asiente con la cabeza. No lo había pensado así; quizá tengas razón. ¿También sigue enojada con Matilde? Matilde no me dijo nada, pero me da la sensación de que están distantes; menos intercambio en el auto, en la cena. Quizás es una buena oportunidad para que intentes acercarte a Matilde, conversar. ¡Todas tareas fáciles me proponés!, ¡Matilde es una fiera! Gustavo levanta ambas palmas. Y a las fieras se las suele amansar con cariño comenta. A falta de una, tengo tres mujeres a reconquistar. Confío en tus incipientes recursos dice incorporándose. Marcelo también se levanta. Ya en el palier se despide con un gracias por tu confianza.

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