viernes, 27 de febrero de 2026

203

 



En cuanto ve a Marcelo acomodado Gustavo arranca ¿quién es ella? El hombre ríe. Creí que te habrías olvidado dice. Yo no me olvido de nada afirma él, con una amplia sonrisa. Marcelo, las manos juntas entre las rodillas, la espalda ligeramente inclinada, confiesa es una mina para más quilombo.  Él lo mira sorprendido y como Marcelo calla pregunta ¿por qué? La vista en el piso Marcelo informa fue la mejor amiga de Diana, la exmujer del padre de Lorena. Sí, es una mina para quilombo, piensa él y después se acuerda de Cecilia. Todas las minas son para quilombo. Se lleva instintivamente la mano hacia el pecho. Me contacté con ella intentando conseguir datos de Alberto, el ex. ¿Ella sabía de la nena? No, y sigue sin saberlo se descubre la cara y lo mira te dije que me había metido en un quilombo. Quilombo que obviaste toda la sesión anterior comenta él fastidiado, me hace perder el tiempo, piensa. Para hablarte de otros quilombos replica Marcelo, airado. Está con poca paciencia, registra él y luego se dice: pero yo también. Cecilia. Siente una opresión entre las costillas. Contame en qué anda tu vínculo con… Patricia se adelanta Marcelo a su pregunta. Patricia repite él mientras anota no la habías nombrado. Nos encontramos, tomamos un café el primer día, almorzamos el siguiente y… Al tercero se fueron a la cama afirma él. Está ofuscado, no logra contenerse. Suerte que Ana María no puede verlo. Suerte que ya no tiene por qué contárselo a Ana María. Ya no es su control. Estoy perdiendo el control, piensa. Inspira hondo. Toma un vaso de agua. Al tercero no, pero no demasiado después aclara Marcelo; es de las pocas mujeres a las que el paso del tiempo ha favorecido; delgada, arreglada; recuerdo que Diana solía comentar cuánto se había abandonado, hijos mediante. ¿Cuántos tiene? Marcelo mira el piso. Seis informa segundos después seis varones. Separada, seis hijos medio hermanos de la tuya; te conseguiste una mujer bárbara; justo para ayudarte a solucionar tus problemas. El hombre lo mira con sorpresa. Me extralimité, decide él. Perdón pide. Será porque me imaginaba tu reacción que me costó contártelo. Él decide recuperar el rumbo. Se concentra en cada una de sus palabras. No volverá a equivocarse. ¿Por qué suponías mi reacción? No soy boludo, me doy cuenta de las complicaciones; pero ocurrió, simplemente ocurrió, ¿recordás el fugaz enredo con mi alumna? Feldman dice él orgulloso de sus neuronas. Marcelo parece impresionado. Sí, Feldman; más allá de la atracción sexual, estábamos en las antípodas. Es notable tu propensión a relacionarte con mujeres que pueden ocasionarte problemas; si mal no recuerdo Diana también había sido alumna tuya. Sí admite el hombre aunque fue complicado manejarlo, zafé. Solo de la ley afirma él. Pese a todo no me arrepiento de los años compartidos con Diana; te sonará estúpido, pero al lado de ella me sentía feliz. Él cabecea. Es un hombre difícil de roer, decide. Con Patricia retoma Marcelo me ocurre exactamente lo contrario que con Feldman, los dos pisamos el mismo terreno. Arenas movedizas acota él sonriendo. Marcelo también sonríe y la tensión entre ambos se disipa como por arte de magia. Más que arenas movedizas el polvo levantado por once pibes zapateando un malambo le sigue la broma Marcelo. ¿Once?, ¿tan rápido van las cosas que ya sumás los tantos? El hombre se queda en silencio un largo rato y luego mirándolo fijo a los ojos confiesa mucho me temo que estoy enamorado. Miedo asociado al amor; parece que lamentaras estar “enamorado” pronuncia con retintín. No estoy en condiciones de sufrir más dice con la voz firme. Ahora asociás el sufrimiento al amor. Es que cuando me enamoro me pierdo a mí mismo; hacen de mí lo que quieren. Eso sería suponer que el trabajo que hicimos fue inútil; cuando llegaste aquí no tenías registro de tu “necesidad” pronuncia con fuerza de ser manejado por una mujer; trabajamos fuerte la impronta del vínculo con tu madre, ¿por qué ahora una mujer te haría perderte a vos mismo? lo mira con intensidad yo confío en el trabajo que realizamos juntos. Marcelo sonríe, sobrador. Quiere decir que le das el visto bueno al posible malambo. Yo no dije eso él levanta ambas manos, las palmas hacia arriba, sonriente solo que dudo que, dado el proceso realizado, una mujer vuelva a hacerte hacer lo que realmente no querés. Patricia es extraordinaria comenta Marcelo una madraza; me maravilla oírla hablar de sus hijos. Él consulta el reloj, suficiente por hoy. Yo diría que en muchos de los dificilísimos momentos que te tocó atravesar con tus hijos un observador anónimo bien podría haberte calificado de padrazo comenta él mientras se incorpora. ¿De veras lo creés? pregunta Marcelo también levantándose. Y hay tanta ilusión en su mirada que Gustavo se conmueve.

 

Encima terminó la sesión un par de minutos antes. Devastador tener tiempo libre. Se le impone el mensaje leído. ¿Ya le dijiste? No me animo. Las palabras le picotean las sienes como cuervos hambrientos. Dirige hacia allí ambas manos. Luego va hasta el baño y se humedece la cara. Se mira en el espejo. Estoy viejo, evalúa, por eso Cecilia se cansó de mí. Rumbo a la cocina descubre que no tiene ganas de tomar café. Desanda sus pasos. Se deja caer sobre el diván. Tendrá que encararla. ¿Qué decirle? No quiero perderla, piensa. Quizás entonces deba olvidar lo que leyó. En otra oportunidad enfrentarla derivó en su pérdida. Nos salvó Martina, decide. Recordar la enfermedad de la nena redimensiona su angustia. No es para tanto. Cosas de la vida piensa. De la vida, no de la muerte. Enciende el celular. Mensaje de Martina ¿Todo bien?, me extrañó que no me llamaras. Llamarla hubiera sido anclar en un mundo que intentó con todas sus fuerzas olvidar para poder trabajar. Para poder respirar, se corrige. No quiere sentir los ojos de Ana María sobre los suyos. ¿A qué atribuye el mal humor de Cecilia? le había preguntado. Bruja, recontrabruja. Mina. Todo bien escribe a su hija te veo a las nueve.

miércoles, 25 de febrero de 2026

202

 



Cuando abre la puerta Ema informa le pedí a mi mamá que no subiera. Vamos bien, evalúa él. ¿Cómo estuvo tu semana? le pregunta cuando la ve instalada. Heavy responde la chica. ¿Querés contarme? Ema se reacomoda y cruza las piernas como indio y señalándolas pregunta ¿puedo? Claro. Porque mi mamá no me deja, dice que ensucio el tapizado. Ya metió a la madre en escena, observa él. Bah, la abuela mucho peor, porque ella, además, dice que no es una postura para una “señorita” pronuncia con retintín. En la sesión anterior ya hiciste referencia a tu abuela, parece tener bastante peso en tu vida. ¿Bastante? aumenta la circunferencia de los ojos ¡pesa mil kilos!, y eso que es muy delgada. ¿Te llevás mal con ella? La chica se queda pensando. No sé qué decirte; cuando era chiquita la adoraba, siempre me sacaba a pasear y me llenaba de regalos, me encantaba quedarme a dormir en su casa; tiene trece nietos pero me parece que soy de las favoritas; Lupe, que es la mayor y tiene como veintitrés, y yo. Pero ya no te gusta tanto. ¡Es que  critica todo!, se quedó en otra época; por eso la quiere tanto a Lupe que se casó ni bien terminó el secundario y ya tiene dos nenes; mejor que conmigo no se haga ilusiones… ¿Cómo es eso? Yo voy a estudiar, quiero seguir medicina; a mí mamá no la dejó, bah, la convenció. ¿A qué se dedica tu mamá? Es maestra jardinera; además, a mí no me gustan los chicos; me parece que no voy a tener hijos; estoy harta de mis hermanos. Al fin, piensa él. Tenés hermanos repite él. Sí, medio hermanos; dos de mi mamá y dos de mi papá. ¿Edades? Joaquín de once y Sofía de ocho, los de mamá; Pedrito de cuatro y Mateo de casi dos, los de papá; mis más hermanos son los de mamá porque vivimos juntos y además porque son hijos de Alejandro que es más padre mío que mi propio papá: está con mamá desde que yo tenía un año. ¿Te molestan? ¡Sí!, sobre todo Joaco, no aguanta que yo sea más grande, desde que empecé el secundario está infumable; Teo es insoportable, pero por suerte tanto no lo veo. ¿Por suerte? La chica frunce el ceño. ¿Por qué me lo preguntás? Porque si no ves mucho a tu hermanito acentúa el sustantivo con intención supongo que tampoco verás demasiado a tu padre. Por lo que me importa… Mirame, Ema, ¿no te importa? La chiquilina levanta la vista. Tiene los ojos llenos de lágrimas. Es que Sandra lo maneja como a un títere; antes mi papá me daba bola, me venía a buscar, me llevaba al cine, a restaurantes, me encantaba ir a su despacho. ¿De qué trabaja? Es abogado; es muy conocido, a veces sale en la tele, capaz que alguna vez lo viste. Decís que tu papá no te presta atención, sin embargo, antes me comentaste que está presente en todas las decisiones que te involucran. La chica exclama ¡porque de eso Sandra no se entera!; papá nunca llama desde su casa, siempre del trabajo; ni cuando habla conmigo ni cuando habla con mi mamá. Las lágrimas corren por las mejillas de Ema. Él le acerca la caja con pañuelos. Parezco mi mamá dice con fastidio mientras se seca llora por cualquier cosa. ¿Y eso está mal? Mi abuela dice que no hay que llorar en público, que no corresponde; a ella no le vi una lágrima ni cuando se murió mi abuelo; es de metal. Veo que tu mamá y tu abuela son muy diferentes. ¡El día y la noche!; mi mamá a veces es pesada, pero creo que ella sí me entiende; mis amigas dicen que es una genia; el problema es que es demasiado sensible, como dice la abuela, yo me guardo muchas cosas porque cuando le cuento mis problemas se angustia; a veces me parece que se va a romper. Nos sos vos la que tenés que estar pendiente de los estados emocionales de tu madre sino ella de los tuyos. ¡Ella está pendiente!, pero no sé cómo explicarte, le falta algo; a veces me parece que le falta la columna vertebral. Ojo con esta chica, se dice él, no me perdonará simplezas. ¿Y tu abuela? Ella es toda de hueso; dura, firme, cuando estoy con ella siento que nada malo me puede pasar; yo prefiero ir a su casa, cuando viene a la mía parece que mi mamá se desarmara, como si fuera más bajita; siempre hay tensión entre las dos, nunca se tratan mal pero el aire no corre. Gustavo está asustado con su perspicacia. ¿Seré capaz de trabajar con esta piba?, se pregunta. La mente se le queda en blanco. Suena el timbre. Me salvo el gong, piensa. Mira el reloj: 16.59. Sí, superpuntual.

 

Acompaña a Ema al palier justo en el momento en que el ascensor se detiene. Le dije a mamá que no subiera, ¡qué pesada! murmura Ema con fastidio. Cuando la puerta se abre y desciende Marcelo, la chica se ruboriza, le da la espalda y dice hasta el miércoles. Mientras entran Marcelo comenta ¿más chica que las dos mías y ya en terapia?

 

lunes, 23 de febrero de 2026

201

 



Manuel se presenta nuevamente con traje. Nuevamente lo saluda con formalidad. Se ubica. Gustavo se sienta frente a él y le sonríe. ¿Lo que estuvimos charlando movió algo en vos? pregunta segundos después. Manuel se muerde los labios. Pésima semana cuenta dormí poco y mal; pesadillas y más pesadillas. ¿Querés contarme? Hacía mucho que no soñaba con Daniel lo mira y le aclara mi hermano muerto. Tranquilo; recuerdo cuanto charlamos. Yo no me acuerdo de lo que me cuentan mis pacientes; solo lo profesional, claro. Quizás elegiste una especialidad que te preserva de cualquier tipo de vínculo. ¿Cómo? Ves a un paciente, lo operás y fin de la relación. No es tan así explica Manuel. Sí, los visitás cinco minutos en el hospital un par de veces antes de darles el alta. No siempre soy tan exitoso; hay operaciones que se complican; hay pacientes que mueren. Ya veremos luego cómo te afecta eso; sigamos con tus sueños. Yo estaba en el club, Daniel galopaba; yo sabía que se iba a caer, quería alertarlo pero la voz no me salía y yo me hacía cada vez más chiquito hasta desaparecer. ¿Cómo eras de niño? ¿Cómo era? repregunta ¿era?; formaba parte del decorado; creo que nadie reparaba en mí. Eras mudo e invisible como en el sueño; seguramente correcto, seguramente buen alumno. Sí, pero abanderado nunca fui; alguna vez llegué hasta segunda escolta. ¿Suponés que decepcionaste a tu padre? No lo supongo; lo sé; Daniel sí que siempre era abanderado. Un siempre que le duró poco. Manuel lo mira desconcertado, pero luego comprende. Debe de haber sido muy duro para tu hermano tener que ser perfecto dice él. No sé, parece que no lo hubiera conocido, no sé lo que sentía, lo que pensaba; yo solo lo admiraba. Como a tu padre. Yo a papá llegué a odiarlo afirma, rotundo. Lo que no quita que lo admiraras sin dar tregua pregunta ¿tampoco eras visible para tu madre? Para mi madre, me doy cuenta ahora, también regresó en mis sueños, solo existía papá admite. Vemos que no lograste vincularte afectivamente con nadie de tu familia; ¿tenías amigos? No muchos; yo era demasiado serio, no calzaba con el resto. No debe de haber sido fácil tu adolescencia. No; fue... se toma unos segundos para buscar la palabra desierta de repente el rostro se le ilumina hasta que apareció Judith. Contame pide él. La conocí terminando el secundario; mi primera novia, mi primer amor; el descubrimiento del sexo se restriega la cara con las manos cuántos recuerdos.  A él le sobreviene su historia con Cecilia. Mal momento para evocarla. Fuiste visible por primera vez; las palabras y el cuerpo que te fueron siempre mezquinados se apresura en decir.solo comenta él. Y calla. ¿La relación prosperó? Depende de lo que quieras decir con eso. Tiene razón, piensa él, le pregunté una tontería. Estuvimos juntos dos intensos años; después ella consiguió una beca en Israel; nos juramos esperarnos; le escribí en cuanto volví de Ezeiza y cada día; pero jamás llegó la respuesta; creí morir; me salvó la facultad; estudié día y noche; me recibí en cinco años; desde entonces la profesión es el motor de mi vida. ¿Nunca te casaste? No; un par de parejas de poca monta; hace mucho que estoy solo. Sí, desde que naciste acota él. Me falta contarte un detalle. Él lo mira con curiosidad. Varios años después de que nos separáramos me encontré a Judith por la calle; estaba embarazada, muy embarazada; la invité a tomar algo; después del segundo café me animé a preguntarle por qué nunca me había contestado; me miró con los ojos como platos; "nunca me escribiste"; reconstruimos el itinerario de nuestras cartas: un único mediador común, el cadete de mi padre; nos citamos para la semana siguiente. Manuel se interrumpe y toma un vaso de agua. Es un buen narrador, piensa él, me dejó sobre ascuas. Encaré a mi padre continúa luego de unos segundos él reconoció, sin empacho, que había obstruido la correspondencia; "supongo que ahora que sos un adulto podrás agradecérmelo; ¿te imaginás cuánto habría perjudicado tu reputación profesional el haberte casado con una judía?”. Gustavo recuerda inmediatamente a Raúl, a su padre, el rey de Textilandia. Cortados por la misma tijera, evalúa. ¿Cómo reaccionaste? Me fui; pocos meses después emigré a Estados Unidos. ¿Tu padre supo por qué? No me molesté en decírselo contesta Manuel bajando la vista. No te animaste lo corrige él mudo e invisible. No volví a verlo; bah, hasta el velorio. Cuánto mejor para ambos hubiera sido poder hablarlo. Hubiera sido, pero no lo fue dice Manuel, agresivo. ¿Dejamos acá? propone él. Manuel, en absoluto silencio, se incorpora.

 

Él cierra la puerta y mira la hora: la sesión fue más corta. Lo asusta tener tiempo libre. Imprescindible mantener a Cecilia alejada de sus neuronas. De mi corazón, se corrige. Busca la ficha de Ema. Relee los datos aportados por Andrés. La chica todavía no mencionó a los hermanos. Qué raro. El timbre lo sobresalta. Veremos cómo le va con la chiquilina.


 

223

  ¿Te acordás que te dije que mi papá me había cancelado la salida al cine? Son las primeras palabras de Ema. Sí, hace ya dos semanas re...