Manuel
se presenta nuevamente con traje. Nuevamente lo saluda con formalidad. Se
ubica. Gustavo se sienta frente a él y le sonríe. ¿Lo que estuvimos charlando movió algo en vos? pregunta segundos
después. Manuel se muerde los labios. Pésima
semana cuenta dormí poco y mal;
pesadillas y más pesadillas. ¿Querés contarme? Hacía mucho que no soñaba con
Daniel lo mira y le aclara mi hermano
muerto. Tranquilo; recuerdo cuanto charlamos. Yo no me acuerdo de lo que me
cuentan mis pacientes; solo lo profesional, claro. Quizás elegiste una
especialidad que te preserva de cualquier tipo de vínculo. ¿Cómo? Ves a un
paciente, lo operás y fin de la relación. No es tan así explica Manuel. Sí, los visitás cinco minutos en el
hospital un par de veces antes de darles el alta. No siempre soy tan exitoso;
hay operaciones que se complican; hay pacientes que mueren. Ya veremos luego
cómo te afecta eso; sigamos con tus sueños. Yo estaba en el club, Daniel
galopaba; yo sabía que se iba a caer, quería alertarlo pero la voz no me salía
y yo me hacía cada vez más chiquito hasta desaparecer. ¿Cómo eras de niño?
¿Cómo era? repregunta ¿era?; formaba
parte del decorado; creo que nadie reparaba en mí. Eras mudo e invisible como
en el sueño; seguramente correcto, seguramente buen alumno. Sí, pero abanderado
nunca fui; alguna vez llegué hasta segunda escolta. ¿Suponés que decepcionaste
a tu padre? No lo supongo; lo sé; Daniel sí que siempre era abanderado. Un
siempre que le duró poco. Manuel lo mira desconcertado, pero luego
comprende. Debe de haber sido muy duro
para tu hermano tener que ser perfecto dice él. No sé, parece que no lo hubiera conocido, no sé lo que sentía, lo que
pensaba; yo solo lo admiraba. Como a tu padre. Yo a papá llegué a odiarlo afirma,
rotundo. Lo que no quita que lo admiraras
sin dar tregua pregunta ¿tampoco eras
visible para tu madre? Para mi madre, me doy cuenta ahora, también regresó en
mis sueños, solo existía papá admite.
Vemos que no lograste vincularte afectivamente con nadie de tu familia; ¿tenías
amigos? No muchos; yo era demasiado serio, no calzaba con el resto. No debe de
haber sido fácil tu adolescencia. No; fue... se toma unos segundos para
buscar la palabra desierta de repente
el rostro se le ilumina hasta que
apareció Judith. Contame pide él. La
conocí terminando el secundario; mi primera novia, mi primer amor; el
descubrimiento del sexo se restriega la cara con las manos cuántos recuerdos. A él le sobreviene su historia con Cecilia.
Mal momento para evocarla. Fuiste visible
por primera vez; las palabras y el cuerpo que te fueron siempre mezquinados se
apresura en decir. Sí solo comenta
él. Y calla. ¿La relación prosperó?
Depende de lo que quieras decir con eso. Tiene razón, piensa él, le
pregunté una tontería. Estuvimos juntos
dos intensos años; después ella consiguió una beca en Israel; nos juramos
esperarnos; le escribí en cuanto volví de Ezeiza y cada día; pero jamás llegó
la respuesta; creí morir; me salvó la facultad; estudié día y noche; me recibí
en cinco años; desde entonces la profesión es el motor de mi vida. ¿Nunca te
casaste? No; un par de parejas de poca monta; hace mucho que estoy solo. Sí,
desde que naciste acota él. Me falta
contarte un detalle. Él lo mira con curiosidad. Varios años después de que nos separáramos me encontré a Judith por la
calle; estaba embarazada, muy embarazada; la invité a tomar algo; después del
segundo café me animé a preguntarle por qué nunca me había contestado; me miró
con los ojos como platos; "nunca me escribiste"; reconstruimos el
itinerario de nuestras cartas: un único mediador común, el cadete de mi padre;
nos citamos para la semana siguiente. Manuel se interrumpe y toma un vaso
de agua. Es un buen narrador, piensa él, me dejó sobre ascuas. Encaré a mi padre continúa luego de unos
segundos él reconoció, sin empacho, que
había obstruido la correspondencia; "supongo
que ahora que sos un adulto podrás agradecérmelo; ¿te imaginás cuánto habría
perjudicado tu reputación profesional el haberte casado con una judía?”. Gustavo
recuerda inmediatamente a Raúl, a su padre, el rey de Textilandia. Cortados por
la misma tijera, evalúa. ¿Cómo
reaccionaste? Me fui; pocos meses después emigré a Estados Unidos. ¿Tu padre
supo por qué? No me molesté en decírselo contesta Manuel bajando la vista. No te animaste lo corrige él mudo e invisible. No volví a verlo; bah,
hasta el velorio. Cuánto mejor para ambos hubiera sido poder hablarlo. Hubiera
sido, pero no lo fue dice Manuel, agresivo. ¿Dejamos acá? propone él. Manuel, en absoluto silencio, se
incorpora.
Él cierra la puerta y mira la hora: la sesión fue más corta. Lo asusta tener tiempo libre. Imprescindible mantener a Cecilia alejada de sus neuronas. De mi corazón, se corrige. Busca la ficha de Ema. Relee los datos aportados por Andrés. La chica todavía no mencionó a los hermanos. Qué raro. El timbre lo sobresalta. Veremos cómo le va con la chiquilina.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario