Tercera temporada: Entradas en orden

 

TERCERA TEMPORADA

Octubre 2018

Miércoles 24


 

Gustavo, la cabeza apoyada sobre la mano, el codo flexionado sobre la mesa, mira a través de la ventana. Llovizna. Garúa, tristeza; hasta el cielo se ha puesto a llorar. Está triste. Aunque no debiera estar triste. Una palmada en el hombro lo sobresalta. ¿Qué hacés, hermano, tanto tiempo? lo saluda Santiago. Me asustaste. Vos en tu propio mundo, como siempre. Santiago se desmorona sobre la silla. Estoy fusilado, el pendejo no nos dejó dormir; la madre dice que le están saliendo los dientes. Gustavo sonríe. Te lo avisé: la paternidad no es un chiste; no quiero ni acordarme de aquellas noches ahora la sonrisa es sobradora y además a vos te agarra jovato; no me digas que no te advertí de entrada que Marisa no iba a parar hasta encajarte un pibe y andate preparando que antes del 2020 te tiene preparado el segundo. Sí, tal cual Santiago esconde la cara entre las manos al principio son puro sexo salvaje, pero en un abrir y cerrar de ojos el sexo se transforma en utilitario y la cama en una fábrica de bebés. ¿Un café? pregunta Gustavo mientras levanta la mano llamando al mozo. ¡Doble!  Ya ante las tazas humeantes Gustavo dice ahora en serio, ¿cómo va todo? Santiago se toma unos segundos antes de contestar bien, digamos que bien; al pendejo lo adoro, está comestible; con Marisa, maso; la desconozco; a veces ni se baña, ella que no salía a la calle sin treinta minutos previos de producción. Está puérpera, San, qué pretendés; es lo mejor que le puede pasar a tu hijo. ¡Uy!, habló el licenciado Santiago cabecea necesito un amigo no un psicólogo; preciso que me palmeen el hombro, un poco de compasión lo mira, le toca el antebrazo y añade bah, un psicólogo retirado. Estás atrasado de noticias, se nota que hace mucho que no nos vemos, el mocoso ha conseguido desplazarme. Dejate de boludeces y contame. Hoy retomo el consultorio. ¡Qué buena noticia! Sí, papá ya está mejor; hace una semana que regresó a la fábrica; por el momento solo me tomaré un día a la semana. Los miércoles, como al principio comenta Santiago. Cierto, qué memoria; claro, antes me prestabas atención. ¡Mirá que sos boludo!, y después me retás a mí porque me quejo del desamor de Marisa. Sí, pero yo lo digo jodiendo y vos en serio. Santiago menea la cabeza. Mi propio hijo es mi archienemigo dice con cara de compungido. Llega el café. Brindemos por mi ahijado propone Gustavo levantando la taza lo queremos pese a todo. Chocan los pocillos. ¿Conseguiste pacientes? pregunta Santiago. Sí; a lo largo de este año fui apuntando las llamadas que recibía, los llamé y a algunos enganché; por suerte hoy arranco con tres nuevos y uno que atendía hace un par de años. ¿Cuatro?, ¡bien! Pensar que llegué a tener casi treinta. "Volver a empezar..." tararea Santiago. Callate, imbécil: vos no cantás, aullás. "Que no se acabe el fueegoo...". Gustavo le empuja el hombro. Ambos ríen.

 

Gustavo estaciona el auto y luego camina por Melián. Sigue lloviznando. Garúa, solo y triste por la acera, va este corazón transido... piensa mientras silba. Llega al consultorio y levanta las persianas. Todo impecable, se nota que estuvo Juana. ¿Cuánto hace que no viene por aquí? Al principio se daba una vuelta cada tanto, pero luego, ir empezó a ponerlo mal. Se sienta frente al escritorio y abre la agenda. La primera es una tal Andrea. Una recomendación de María Inés. Tres más al hilo. Soy afortunado, piensa. Pero no está contento. Garúa, tristeza. No se entiende. Va hasta el baño y se mira en el espejo. Descubre algunas canas. Cuarenta, ya. Y como bien dijo el tarado de su amigo, volviendo a empezar. Suena el timbre. Aprieta el portero eléctrico. Casi no quedan edificios que lo permitan. Soy afortunado, se repite. Mira por la cámara de seguridad. ¡Vaya con la mujer!

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Cabello oscuro, muy corto. Boca grande, ojos negros, sonrisa expresiva. Un traje sastre de excelente corte. La mujer entra taconeando fuerte sus botas. Es muy potente, es el primer pensamiento de Gustavo. Ella se sienta y él comienza a apuntar sus datos. Andrea Labrador, treinta y cuatro años; casada hace siete años con George, están juntos desde los veintidós. Es directora de ventas para Latinoamérica de una empresa inglesa. Él baja la libreta, la mira a los ojos y sonríe. ¿Cómo estás? pregunta. ¡Nerviosa!, pensando con qué me voy a encontrar dice y luego ríe. ¿Qué te trae por acá? No puedo tener hijos responde y la risa troca en amargo rictus en solo un instante. Te propongo que arranquemos del principio, no podemos entender una película si comenzamos por la escena final, ¿de acuerdo?¡Qué remedio me queda! exclama ella, de nuevo sonriente aquí las reglas las ponés vos; además, estaba sobre aviso. Él arquea las cejas. María Inés me explicó cómo trabajás. Comencemos, entonces, por tu infancia; ¿dónde creciste? Soy de Cañada de Gómez, provincia de Santa Fe se incorpora un segundo y vuelve a sentarse si Mirtha Legrand homenajea a Villa Caña, que no le llega ni a la rodilla... explica riendo. ¿Qué hacían tus padres? Papá era empleado municipal, creo; murió cuando yo tenía un año y medio, lo atropelló un auto; lo trasladaron a Rosario; mi mamá, que encima estaba embarazada de mi hermano, se pasó un mes yendo y viniendo, pobre. Gustavo se toma unos minutos y comenta pobre de vos. ¿Por qué decís eso? No debe de haber sido fácil para una beba estar tanto tiempo sin su mamá. ¡Ya estaba acostumbrada! ¿Cómo es eso? Mi madre trabajaba, casi me crió mi abuela. ¿Desde cuándo? Mamá me cuenta que trabajó hasta el día del parto y como no me pudo amamantar, a los diez días volvió al trabajo. ¿No pudo? pregunta él, con intención en la voz. Tenía los pezones invertidos. Y parece que también tenía mucha necesidad de dejar a la criatura en casa y huir; ponete en el lugar de la beba que fuiste, parece que recibiste muy poca mamá; seguramente mucho menos de lo que precisabas. Ella cabecea, despectiva. Me cuidaba la abuela. ¿Tu abuela era cariñosa? Ella ríe. ¿Cariñosa la abuela?, cuando entraba a la casa mi hermano y yo corríamos a abrazarla, pero ella nos apartaba; "lo poco agrada, lo mucho enfada", nos decía; era una piedra; pero también era divertida, jugábamos a las cartas y nos hacía trampa y se reía; nos entendíamos bien. Vos también sos divertida... comenta él con intención. ¿Me estás diciendo que soy una piedra? sonríe ella abiertamente, reflexiona unos segundos y agrega puede ser, aguanto cualquier cosa, nada me rompe, ya vas a ver. ¿Cómo se arreglaron cuando murió tu papá? Dejó una buena pensión y la abuela tenía otra; además mi mamá se puso el sombrero de papá trabajador; nunca nos hizo faltar nada. Dijo ella aclara Gustavo solo su presencia, claro. Ella ladea la cabeza. Mi hermano la llevó peor; se pasaba las tardes sentado arriba del aparador de la cocina, esperándola; le iba mal en la escuela, no tenía amigos; yo era todo lo contrario; aplicada, simpática, sociable. Claro, él se hizo cargo de la soledad de los dos. Ella lo mira, parece interesada. No parece haber habido lugar en esa familia para la ternura, el diálogo, la blandura. ¿Diálogo? ríe de nuevo en casa todo eran órdenes: "a comer", grita con un acento áspero, duro, que lastima los oídos de Gustavo "a bañarse, al colegio, a dormir"; una vez que fui a lo de una amiga la mamá nos leyó cuentos, yo no lo podía creer, siempre nos acostábamos solos; Miguel la llamaba interminables veces, "¡galletas!" vuelve a gritar pedía, pero lo único que conseguía era un reto. ¿Ves?, tu hermanito usa el diminutivo con intención siempre se hizo cargo de tus propias carencias. Yo no suelo necesitar lo que no puedo conseguir; soy práctica a ultranza. Sin embargo ahora precisás algo que no está a tu alcance. Ella levanta las cejas, interrogante, hasta que comprende. Eso fue un golpe bajo dice intentando sonreír. ¿Dejamos acá? indica él incorporándose. ¿Miércoles próximo, misma hora, mismo lugar? pregunta ella con una sonrisa, ya cartera en mano. Cuando cierra la puerta Gustavo escucha su enérgico taconeo rumbo al ascensor. Un encuentro intenso para comenzar, evalúa. Busca su celular. ¿A qué hora llegás? le escribe a Cecilia acordate de que hoy vuelvo tarde. Un timbrazo antecede a la respuesta. Es una derivación de Ana María, que está atendiendo a su hermana. ¿Qué le deparará el destino? Pulsa el botón del portero eléctrico. Se arregla la camisa frente al espejo y se dirige hacia la puerta.

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Un hombre de traje y corbata le tiende la mano. Manuel Estrada se presenta mucho gusto. Médico cirujano, cuarenta y cinco años, soltero, de regreso en la Argentina luego de haber vivido más de veinte años en Estados Unidos. A Gustavo lo sorprende el grado de formalidad. De porteño, nada, piensa. ¿Qué te está preocupando? pregunta Gustavo imponiendo el tuteo pese a los usted del hombre. Acaba de morir mi padre, por eso regresé; no sé ahora cómo seguir. ¿Era él quien te marcaba el camino? La cara del hombre se desarma. Flanco herido, piensa él. No, lo que sucede es que ahora que estoy aquí, no sé si quedarme o regresar. Gustavo le explica su metodología de trabajo y luego pregunta ¿a qué se dedicaba tu padre? Era medico responde como yo. O vos sos médico como él acota Gustavo con una sonrisa. Manuel cabecea y le cuenta que su padre fue un profesional muy renombrado; su madre, ama de casa. Bah se corrige en realidad la ama era mi tía, mi tía Ermelinda. ¿Su hermana? La hermana de mi padre; nos tenía al trote. Contame pide él. Yo no quería llevar amigos a casa porque me hacía pasar papelones; entraba en mi cuarto con cualquier pretexto y empezaba a preguntarles vida y milagro. ¿Y tu madre? No, mamá era una santa. Como Poncio Pilates acota él. No entiendo. Tu mamá se lavaba las manos Manuel lo mira sorprendido no te defendía: quizá para evitarse problemas con cuñada y marido permitía que se ejerciera sobre vos una enorme presión. Parece que hubieras estado en esa casa dice Manuel, sonriendo por primera vez. ¿Tu papá te castigaba? No Manuel niega enfáticamente con la cabeza ojalá; me minaba con su desprecio; hiciera lo que hiciera, lograra lo que lograra, nunca parecía suficiente para él. Ni que te recibieras de médico. Ni eso; hubiera querido que trabajara en su clínica. Pero vos te escapaste. ¿Cómo? A Estados Unidos, digo. Me escapé, sí reconoce, pero no fue por eso. Me lo apunto para luego explica Gustavo, birome en mano prefiero continuar con tu infancia; ¿tenés hermanos? Tenía dos contesta bajando la mirada mi hermano mayor murió a los quince años; solo me queda Inés; ella fue la que me insistió para que hiciera terapia; yo nunca creí en esto. Pero estás acá. Yo también sé que preciso ayuda dice y vuelve a bajar la mirada a ella le hizo muy bien. A todos les hace bien Ana María, piensa él. Contame cómo murió tu hermano pide. Manuel se queda reflexionando unos segundos y luego, la vista enterrada en el piso, dice en realidad lo mató papá. El pulso de Gustavo se altera. ¿Querés explicarme? pide. Daniel odiaba la equitación, le daba mucho miedo, hasta yo que era un pibe me daba cuenta; pero papá había decidido que su primogénito fuera buen jinete, todos los Estrada lo han sido; lo anotó sin avisarle en una carrera de obstáculos; yo lo acompañé, él me pidió; yo lo acompañé y lo vi caer; papá lo había anotado pero no fue; yo era el único de la familia que estaba mirándolo; yo lo amaba a Daniel dice mientras las lágrimas comienzan a correr por sus mejillas sin que se altere su rostro ni su tono de voz. Como si estuviera llorando otro, decide él. A Daniel tampoco lo supo proteger su mamá. Las lágrimas de Manuel se intensifican. Parece recién percibirlas. Busca un pañuelo (de tela, repara Gustavo) y se seca. Nunca lo pensé así admite en casa siempre se hizo un mito de la santidad de mamá; además murió muy joven. Parecería que en esa casa tu mamá estaba de más. Manuel se queda pensando un rato largo. Es cierto dice de todo lo importante se ocupaban Ermelinda y papá; y, cuando mamá se murió, del resto se hizo cargo mi hermana; tenía quince años, pobre Inés. Parece que a tus dos hermanos les robaron la vida a los quince años. Yo también estoy muerto dice Manuel casi en un susurro y antes de que Gustavo pueda retomar esa feroz sentencia, Manuel pregunta ¿cómo sigue el tratamiento? Terminan el encuentro ajustado horarios, aranceles, forma de pago. El hombre se despide con un fuerte apretón de manos.

 

No se queda satisfecho. Quizá fui muy cruel, se plantea, preocupado. Restituye el volumen del celular. Llego a las ocho es el lacónico mensaje de Cecilia. Ni un beso. Está rara Cecilia estos días. Nerviosa. Hace rato que no charlan largo. La enfermedad de su padre lo absorbió. Meses. Me alteró la vida, piensa, me la jodió; siempre se las arregla para joderme. Va a la cocina y se sirve un vaso de soda. Luego revisa la agenda. Ema Bullrich. Una derivación de Andrés, su exanalista que ya había tenido una entrevista con los padres y le pasó la información. Información que él estudió concienzudamente. Una adolescente. Le encanta trabajar con adolescentes. ¿Qué será de la vida de Camilo? Seguramente sobresaliendo en lo que se haya propuesto. Amó a ese chico. ¿Y Joaco? Ojalá siga recuperando la confianza en sí mismo. Hicieron un lindo trabajo. Ahora una muchachita. Se sienta en su sillón. A esperarla.

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Al abrir la puerta se encuentra con una mujer y una muchachita. Soy Paz dice la mujer extendiéndole la mano no me quedó claro si yo también tenía que venir. Él se acerca a la chica y la besa. Bienvenida, Ema dice, la piba sonríe tímidamente y él pregunta ¿precisás que tu mamá se quede? La chica menea la cabeza. Él, entonces, le sonríe a la mujer y pregunta ¿vos la venís a buscar o se va sola? No, vengo yo, así le abono el mes. Él la acompaña al palier y le da un beso. Nos vemos la despide. ¿Me siento? pregunta la chica. Él asiente, le señala el diván y se ubica frente a ella. Ema, ¿cuántos años tenés? Catorce, pero voy a cumplir quince. Gustavo contiene su sonrisa: le falta levantar los deditos flexionados, aunque la medida de su crecimiento es que ya no le alcanza ni con las dos manos. Es una adolescente delgada, largo cabello lacio y rubio, los ojos oscuros. Delicada. Bonita, particularmente bonita. Vestida…, Gustavo busca la palabra, impecable, demasiado impecable. Él la mide con su hija, siempre desharrapada, como le dice su madre a lo que la chiquilina acota: Abuela, estoy cómoda. Él recoge unos cuantos datos que vuelca en su cuaderno. Luego de unos minutos de silencio en los que la mirada de la chica inspecciona el consultorio, él le pregunta Ema, ¿por qué estás acá? Mi mamá ya habló con el otro psicólogo, Andrés me dijo que se llama, ¿él no te contó? Me gustaría que me lo contaras vos. La chica flexiona las piernas y se sienta sobre ellas. Se está distendiendo, registra él. Mi mamá está preocupada porque tengo pocos amigos. ¿Y a vos te preocupa? La chica se queda pensando. Mi mamá considera que son pocos, pero a mí me alcanzan. Él repara en que todas las alocuciones comienzan con el mismo sujeto. ¿Entonces? ¿Entonces qué? repregunta la piba. Entonces por qué estás acá; las preocupaciones de tu madre tendrán que ser resueltas en su propia terapia; este es un espacio en el que vos serás la única protagonista; el trabajo solo cobrará sentido si a vos él eleva el tono al pronunciar el pronombre te interesa charlar sobre tus preocupaciones, tus dificultades. La chica calla. ¿Te obligaron a venir? inquiere. Mi mamá nunca me “obliga” contesta la chica elevando ambas manos y haciendo el gesto de comillas. ¿Tenías ganas de venir? Curiosidad contesta Ema. Es una chica inteligente, evalúa él, correcta pero muy desenvuelta. Empecemos de nuevo propone él sonriendo Ema, ¿qué te preocupa? ¿Lo que yo diga se lo vas a contar a mi mamá? De ninguna manera, este espacio es solo nuestro. Ema se reacomoda, se apoya en el respaldo. Vamos bien, evalúa él. Me tienen harta dice de pronto. ¿Quiénes? ¡Todos!; mi mamá, mi papá, mi abuela, hasta Alejandro. ¿Alejandro? El marido de mi mamá. ¿Por qué te tienen harta? Todos suponen saber qué tengo que hacer, cómo me tengo que portar, cuántos amigos debo tener; ¡me tratan como si fuera una nena! Adolescente de manual, determina él, como escucharla a Martina. Arranquemos del principio propone él ¿me querés hablar un poco de tu familia? ¡Uf! resopla Ema es complicado. Te escucho. Mis papás están separados la chica eleva los hombros y agrega eso ya lo sabrás. El vínculo es entre nosotros dos, repito; lo importante es lo que vos me cuentes. Siempre hay bardo entre ellos; por el dinero, por los horarios, por mis salidas, por si me quedo o no en lo de mi padre, por si Alejandro se mete demasiado, o la mujer de mi papá, Sandra se llama, demasiado poco; sobre cada situación relativamente importante de mi vida cuatro personas dan su opinión: mi mamá, mi papá, mi abuela y Alejandro; a veces Sandra también si es que en algo puedo perjudicarla; es agotador. A Gustavo lo atraviesa el cansancio de la piba. Me parece que te olvidaste de la opinión fundamental comenta. No te entiendo, ¿cuál?, hasta a Sandra la incluí. La tuya. La chica ladea ligeramente la cabeza. A veces ni sé lo que opino yo; lo que más necesito es que dejen de pelearse; la cabeza me explota. ¿Las discusiones son violentas? La chica sonríe; se le hacen hoyitos. Se ve que todavía no conocés a mi familia; todos son muy educados; difícil que alguien levante la voz, las malas palabras no existen; pero cuando empiezan a “intercambiar opiniones” otra vez hace el gesto de comillas elevando ambas manos no paran; a veces preferiría que se agarraran a las trompadas y la terminaran de una vez. ¿Qué hacés vos en esos casos? Ema se queda desconcertada. ¿Qué hago?; muchas veces me alejo o me tapo los oídos, quisiera desaparecer, dejar de ser la excusa para que ellos puedan confrontar eternamente; parece que se pelearan por mí, pero mi sensación es que empezaron a pelearse antes de que yo naciera; es como entrar al cine con la película ya empezada. Esta chica es muy inteligente, calibra él, tiene solo catorce años. Me parece que ya encontramos un motivo para iniciar estos encuentros. La chica se endereza en el diván. ¿Cuál? pregunta abriendo los ojos. Que en lugar de eclipsarte para que terminen los conflictos, tus necesidades, tus deseos, tus opiniones, tu voz, en definitiva, ocupe el lugar central. Ema con ambas manos se abraza a sí misma. Luego lo mira fijo y muy seria le pregunta ¿y vos podés conseguir que yo me anime? Él la ve tan desvalida, tan entregada, que se conmueve. Vamos a intentarlo juntos dice confío en que lo lograremos. La chica suelta los brazos y afirma con la cabeza. ¡Dale! exclama. Él está pensando cómo continuar cuando suena el timbre. Mi mamá dice Ema incorporándose es superpuntual. Él también se para. Te veo el miércoles próximo la despide. Me gustó venir. Él le oprime el hombro y se dirige a abrir la puerta.

 

Está agotado. Fuera de entrenamiento, piensa. Cada vez está más convencido: las madres son el origen de todo. Allá lo que opine Ana María, en eso seguirá centrando el foco. Timbre. Marcelo. Ayer estuvo repasando su ficha con atención. Al menos uno conocido. No le dará tanto trabajo. ¡Ese hombre sí que tiene trabajo!

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Gustavo observa a Marcelo. Bien le gustaría a él tener ese aspecto a los cincuenta y tantos. Le recuerda al actor de la serie que está viendo. ¿Cómo se llama la serie?, ¿cómo el actor? ¿Cómo estás tanto tiempo? le pregunta el hombre. Él parpadea. ¿Cómo estás vos? repregunta. Si regreso es porque no muy bien. Contame propone él, abriendo los brazos. No sé por dónde empezar, demasiados frentes. ¿Cinco? sugiere él, aludiendo al número de hijos. Seis, contándome. Marcelo se arrellana en el sillón. No sé cuánto te acordás de lo que trabajamos pregunta mirándolo con fijeza. Todo Gustavo sonríe estudié la lección. Marcelo también sonríe. Por eso te esperé, no tenía energía para empezar de nuevo desde que era chiquito; ni energía ni tiempo, las papas queman. ¿Qué está pasando? No sé por dónde empezar repite Matilde y Agustina siguen con sus noviecitos; espero que no me hagan pronto abuelo. ¿Hablaste con ellas al respecto? pregunta él. Marcelo baja la cabeza. Sabés como es Matilde, me va a sacar arando; quizá hasta me dicte cátedra sobre el control de la natalidad, siempre sabe de todo; además, yo no soy el más indicado para aconsejarlas al respecto. ¿Por qué lo decís? Al menos dos de mis hijos no fueron buscados sin contar que una ni siquiera es hija mía. Gustavo busca el respaldo del sillón antes de comentar seguramente tus hijas, más allá de los detalles técnicos, precisan apoyo emocional; no es fácil transitar esta edad sin tener mamá. Marcelo cabecea. A esta altura dudo de que Diana hubiera podido acompañarlas; a medida que voy charlando con mis hijas más me entero de facetas de ella que desconocía se oprime las sienes te aseguro que no sé con qué mujer estuve casado durante dieciséis años, ¿Aprendiste algo de esta incertidumbre? No te entiendo. Si durante años ocurrieron tantas cosas a tu alrededor que no percibiste, ¿a qué lo atribuís? ¿A que Diana era una excelente impostora? repregunta el hombre. ¿O a que tenés poco desarrollada la observación de los otros?; durante esos dieciséis años, ¿miraste alguna vez a tus hijos con atención?, ¿no descubriste en ellos signos de la indiferencia materna? Marcelo se agarra la cabeza con ambas manos. No sé dónde estaba yo mientras mi vida transcurría. Gustavo calla hasta que el hombre levanta la mirada y luego dice lo importante es que dejes de estar en ese lugar, que intentes observar a tus hijos como vimos que a vos no te observaron; tus hijos, permanentemente, te tenderán hilos para que te conectes a ellos; solo se trata de estar atento; ellos serán tus maestros. Lorena sí que me tira hilos, en cuanto me tiene a tiro no se me despega; es un abrojo; a veces me agobia. Quizá por no ser tu hija biológica necesita reforzar la cercanía; no debe ser fácil saberse la distinta. Para mí es igual que todos replica Marcelo con energía. Tal vez ese ser igual es insuficiente para ella. Quizás es poco para todos admite el hombre pero no me da el cuerpo para sobrellevar esta vida; ¡quisiera mandarme mudar! Pero no te lo permitís. ¿Cómo dejarlos solos?, no tienen absolutamente a nadie, Diana se ocupó de alejarlos de todos. Gustavo intenta hacer memoria. Ramona, sí, Ramona. ¿Ramona sigue trabajando en tu casa? ¡Sí!, si ella se va me suicido; lo operativo está resuelto; además, las mayores son dos joyas, dos mujercitas; si vieras cómo se hacen cargo de sus hermanos. No deberían hacerlo acota él. Lo mismo me dice el pediatra, pero ninguno se pone en mis zapatos; tengo ya cincuenta y cinco años y estoy solo con cinco pibes. No estás solo lo corrige él estás con ellos. Marcelo hace un gesto de fastidio y continúa Fede todavía no tiene tres; tendría que ocuparme de conseguirle vacante para el jardín para el año próximo. Es buen indicador que hayas pensado en eso. Marcelo baja la vista. En realidad Matilde me alertó cuenta ya estuvo averiguando en un colegio cercano. Tiene solo dieciséis años le recuerda él la escolaridad de su hermanito no debería ser un problema para ella. Marcelo resopla, se lo ve irritado. ¿Qué sugerís?, ¿que me case de nuevo? La madre del borrego, piensa él y le pregunta ¿conociste a alguien? Marcelo permanece callado. ¿Y? insiste él. Me pescaste contesta el hombre, sonriendo por primera vez. Suena el portero eléctrico. Me salvó el gong. Hoy nos pusimos al día comenta él la próxima trabajaremos fuerte. Necesito descanso, no trabajo objeta Marcelo incorporándose.

 

Gustavo cierra la puerta y se recuesta en el diván. se queda reflexionando. ¿Está él atento a lo que sucede a su alrededor? La enfermedad de su padre lo tuvo absorbido. ¿Cuánto hace que no charla con Nacho?, ¿cuánto que no merienda con Martina? Basta de retarme, se dice, lo importante es que retomé el consultorio. Resistí, piensa y comienza a tararear resistiré erguido frente a todos; me volveré de hierro para endurecer la piel. Tan pelotudo como Santiago, se reta. Cierra los ojos. ¿Cómo estuvo? Está satisfecho con su accionar frente a algunos pacientes; no con otros. Estuve demasiado incisivo con Manuel y con Andrea, decide. Le gustaría charlarlo con Ana María. Se sobresalta y mira el reloj. Un rato todavía. Apoya la cabeza sobre los brazos flexionados. Si sale ya, podrá tomar un café en Sigi. Se incorpora.

 

Sentado en el bar, Gustavo revuelve la taza. Recuerda la sesión con Marcelo. Él tuvo el tupé de cuestionarle la falta de intimidad con sus hijos. ¿Y por casa cómo andamos?, piensa. Apura un último trago y busca el celular. ¿Estás en casa? escribe. Instantes después Martina le responde. Sí. ¿Con Facu? repregunta. No, papi, solita con Lacan. Él sonríe. ¿Tu hermano? Qué sé yo, preguntale. Escribe entonces a su hijo ¿dónde estás? Ya está terminando su café cuando le llega en casa. Esta mocosa me está cargando, piensa fastidiado. Controla el reloj. En realidad, Cecilia ya debería estar con ambos. Vuelve a escribirle ¿dónde estás? Minutos después, se levanta sin haber obtenido respuesta.

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Ana María, sentada frente a él, sonríe. Hoy comencé a atender le recuerda él. ¿Cómo le fue? Creí entender que, dado que no está de acuerdo con mi técnica dice él con cierta sorna en la voz ya no quería oficiarme de control. Ella redobla la sonrisa. Su puta sonrisa, piensa él. Le estoy preguntando por usted. Ana María suele irritarme, registra él, se toma unos segundos y contesta creo que estuve bastante efectivo. ¿Disfrutó? Gustavo se queda pensando. ¿Disfrutó?, ¿Ana María disfruta atendiéndolo?, ¿se disfruta escuchando las miserias de alguien? No lo sé dice al cabo me resulta difícil darme cuenta de cuando disfruto. También fuera del consultorio afirma ella. Él la mira fijo. ¿Qué quiere decir? pregunta, aunque en realidad debería preguntarle: ¿qué quiere al decirlo? Me parece que está más entrenado en percibir sus zonas de disconfort que sus zonas de disfrute. Algo se agita dentro de él, la puta que la parió, otra vez acertó. Puede ser admite varias veces detecté durante las sesiones mi fastidio, mi aburrimiento; no sé si registré mi satisfacción con el trabajo realizado se toma la cabeza me estoy transformando en un cascarrabias. ¿Qué es lo que no anda bien fuera del consultorio? Ya lo charlamos; tener que modificar mi vida a raíz de mi padre me hace sentir que retrocedí. Ana María permanece unos segundos en silencio, sonriéndole. ¿Está seguro de que es un retroceso?, usted decidió hacerse cargo de la fábrica voluntariamente porque, además de tranquilizar a su padre estaba defendiendo sus propios intereses; usted decidió interrumpir su consultorio; usted decidió que ahora está en condiciones de adjudicarse un día; usted irá evaluando cuándo podrá sumar más días; todas decisiones de adulto que, me consta, tomó en acuerdo con su mujer y con su padre; ¿por qué verlo como un retroceso? Parece que no estoy diseñado para ser feliz dice él. Solo podemos inferir que le cuesta detectar cuando es feliz. Totalmente cierto; esta mañana cuando me dirigía hacia el consultorio me dije a mí mismo: "deberías estar feliz y no lo estás"; pero sigo sin saber por qué me siento mal. Ana María lo mira un rato largo y luego pregunta ¿cómo va todo en su familia?; en los últimos encuentros se limitó a hablar de su padre, de su relación con su padre. Él se oprime las sienes. Es que eso contamina todo. Debo inferir de su comentario que considera que sus relaciones familiares están "contaminadas", ¿contaminadas con qué?, ¿con su malhumor?, ¿con su insatisfacción? Quizá; yo solo percibo el mal humor de Cecilia, la lejanía de los chicos. ¿A qué atribuye el mal humor de Cecilia? Él tiene un respingo interno. No lo pensé admite. ¿Lo pensamos juntos? propone ella. Creo que no quiero pensar dice él, la vista en el piso. ¿Por qué? La última vez que Cecilia estuvo tan rara tenía un amante. ¿En qué consiste su rareza ahora? Él se queda reflexionando. No sé, está rara. ¿Tienen buen sexo? El respingo se repite. Creo que hace más de una semana que no hacemos el amor. ¿Cree? No me acuerdo reconoce él. No parece estar muy atento a lo que ocurre en su pareja. Él se oprime de nuevo las sienes. La cabeza me va a explotar dice. ¿Le duele? pregunta ella. No, pero hoy pensé demasiado, se ve que estoy desentrenado. No solo con los pacientes afirma Ana María mientras se incorpora. Será mejor que dejemos aquí indica. Aún es temprano. Él, desconcertado, se para.

 

Sube al auto, fastidiado. Ana María abusa de su poder. Y no se caracteriza por dar explicaciones. Me trata como a un chico, piensa, pero soy tan profesional como ella. Estoy yendo le escribe a Cecilia. Pone el motor en marcha. Arranca sin que le haya llegado respuesta. Sí, está rara. Enciende la radio. No debemos de pensar que ahora es diferente. Qué recuerdos. Apaga inmediatamente. La puta que te parió maldice en voz alta.

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Antes de cerrar la puerta del ascensor lo reciben los ladridos de Lacan. Qué radar, piensa, él sí que percibe a los que ama. Entra. El perro se le acerca revoleando la cola. Llegué anuncia. Añora, de repente, la carrera de Martina en cuanto lo escuchaba. Papi, te extrañe. Ahora solo Facundo existe para ella. Abre la puerta de la cocina. Cecilia está encendiendo el horno. Hola la saluda. Hola le contesta ella sin mirarlo. Llegué repite él. Ya me di cuenta dice ella y ahora sí lo mira. ¿Pasó algo? pregunta elevando las cejas. No, pero me hubiera gustado que me saludaras. Te saludé. Enorme tu entusiasmo. ¿Qué querés?, ¿que te haga fiestas como Lacan? Me encantaría contesta él saliendo de la cocina. Marti grita Cecilia a sus espaldas ¿ponés la mesa, por favor? La chiquilina aparece por el pasillo. ¿Cómo le va a mi papi favorito? dice al tiempo que se acerca y lo besa. Hola, pa grita Nacho desde su cuarto. Mil momentos como este quedan en mi mente. Mientras se lava las manos se mira en el espejo. Envejeció años en un solo año. 

 

¡A comer! grita Cecilia. Él es el primero en sentarse. Al sentir el olor del pastel de papas descubre que tiene hambre. Claro, no almorcé, piensa. ¿Cómo te fue en el consultorio, papi? pregunta Martina. ¡Cierto! dice Cecilia me olvidé. Él registra con placer el interés de la primera y con profundo dolor la indiferencia de la segunda. No me había dado cuenta de cuánto había extrañado mi profesión cuenta y se lo cuenta a sí mismo. ¿Pacientes nuevos? pregunta Nacho. Tres nuevos y uno que regresó; dos hombres, una mujer y una adolescente. Él registra que Cecilia no participa de la charla. ¿Estará escuchando? Revuelve el puré con el tenedor, pero no come. Parece estar en otro lugar. Otra dimensión. No le interesa, decide él. No le intereso, se corrige. Martina levanta la copa de agua. ¡Por tu regreso! dice. Todos la imitan. Él debería, pero no logra estar contento.

 

Gustavo, en la cama, espera a Cecilia. Necesita hablar con ella. Me gustas cuando callas porque estás como ausente, y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca. Pero él no es como Neruda, él necesita escucharla, sentirla viva. ¿Pendiente de mí?, se pregunta. Le llega su traqueteo en la cocina. Se levanta cerca de las doce y va hacia allí. La encuentra con el delantal puesto, las manos sumergidas en un bol. ¿Qué estás haciendo? pregunta. Milanesas informa ella sin mirarlo. ¿A esta hora? No tengo sueño contesta ella que ahora bate, de espaldas a él. Lo que no tenés es ganas de acostarte conmigo, piensa él pero no le dice nada. Regresa al cuarto arrastrando los pies. Se acuesta y busca el libro de turno, sin embargo, no lo logra concentrarse. Apaga la luz. Cuando se duerme, pasada la una, ella todavía no regresó.

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Miércoles 31 


 

Gustavo apaga el despertador. Saber que es miércoles le da ganas de levantarse. Va al baño y luego a la cocina. Ya se fueron todos. Se prepara un café que toma parado. No estuvo mal la semana, evalúa. El regreso de su padre al trabajo alivió sus días. Conversó bastante con los chicos. El humor de Cecilia estuvo un poco mejor, aunque no tuvieron ninguna charla trascendente. ¿Es necesario tener charlas trascendentes con la esposa? Suena su teléfono. ¿Te podés fijar si dejé el celu arriba de mi mesa de luz? pregunta Cecilia. Él se apresura al dormitorio. Sí, aquí está le comunica. Paso a buscarlo en cinco informa ella. Él lo agarra para dejarlo sobre la mesa del comedor. Justo en ese momento entra un WhatsApp. En un acto reflejo lo abre. Carola. ¿Qué novedades? ¿Qué novedades?, se pregunta él. Y su dedo impulsa la pantalla hacia arriba.  ¿Ya le dijiste? El corazón de él se acelera. No me animo. Más tarde o más temprano se lo tendrás que decir. Está pasando un mal momento con todo lo del padre. Peor es que se dé cuenta. Ya lo sé. Escucha el ruido del ascensor. Deja al instante el celular sobre la mesa. Pero luego lo recupera: la va a encarar. Su corazón ya es una orquesta. Se encamina hacia la puerta. Sin embargo, no es Cecilia la que entra. Martina extiende el brazo. Damelo, mamá está mal estacionada dice y se mete en el ascensor que dejó abierto. Desde allí grita chau, papi, que tengas un lindo miércoles. Él regresa al living, se deja caer sobre el sillón y se tapa la cara con ambas manos. Segundos después suena su teléfono. Se incorpora como un resorte. Seguro que es ella. Corre hacia la cocina, lo dejó sobre la mesada. Vení urgente escribió su padre cayeron de nuevo los inspectores. Va al baño, se lava la cara, agarra el portafolios y sale. En otra oportunidad hubiera despotricado: que nunca lo respeta, que sus miércoles son sagrados, un rosario que lo remitiría a su adolescencia y aún más atrás. Pero esta vez la disponibilidad que su padre exige de él le resulta útil. Necesita no pensar.

 

Llega al consultorio cerca de las dos. Fue agotador tratar de contentar a los inspectores. Y él que detesta mentir no tuvo más remedio que hacerlo. Las señas mudas de su padre obligándolo. Porque le largó todo el fardo a él. Ni tiempo tuvo de comer. En cuanto sale del ascensor la angustia lo atrapa. Todavía no puede creerlo. Volver al infierno. ¿Cuándo fue?, ¿en el 2012? Sí, Martina tenía diez. Su enfermedad, la separación. El engaño. Un año de pesadilla. Se tira en el diván. Cierra los ojos. No está en condiciones de soportarlo nuevamente. Moriré, decide. Instantes después lo sacude el timbre

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¿Cómo anduvo esa semana? pregunta él, ya los dos instalados. ¡Uf! contesta Andrea, revoleando los ojos supermovilizada; una catarata de recuerdos. ¿Querés contarme? ¿Tenés tiempo? pregunta ella entre carcajadas. Me parece que era tu madre la que no tenía tiempo para vos le aclara él. En esa dirección caminamos admite ella, a pura sonrisa. Luego cierra los ojos y cuenta estoy a la salida del colegio esperando que mi mamá me venga a buscar; tarda mucho, ya se fueron todos y me quedo sola; hace frío, llueve. ¿Estás asustada?, ¿enojada? Ella niega con la cabeza. Triste contesta. Seguramente no fue esa única vez que se demoró. Supongo que no; cuando trabajaba mamá se olvidaba del mundo. Se olvidaba de vos la corrige él. Segundos después ella continúa recuerdo ahora un domingo, allá por mis diez años; de repente la veo a mi madre con su traje de enfermera, porque le había dado por hacer un curso de enfermera voluntaria; yo le pregunté adónde iba y me dijo que a ayudar; "¿y nosotros?", le reclamé; "en un rato viene la abuela", me contestó; "pero es domingo", le recordé; ella se encogió de hombros y salió; para mi madre no existía el descanso; no podía estar sin hacer nada. Contactarse con los hijos no es hacer nada le aclara él y piensa cuánto se ha contactado él últimamente con los suyos; cuánto con Cecilia. El mundo se le desmorona. Por unos instantes se había olvidado del WhatsApp; que Andrea, por favor, siga hablando. Ella parece escucharlo porque continúa mamá era super responsable, no en vano empezó como simple empleada administrativa y terminó como Directora Financiera; una vez tenía un trabajo pendiente; después de cenar nos llevó a la oficina y nos quedamos allí hasta las doce de la noche. Vos también tenés un cargo directivo, ¿heredaste de tu madre la "adicción" al trabajo? ¿Te pasó letra mi marido? dice entre carcajadas. Él no quiere dejarse resquicio por eso pregunta inmediatamente ¿eras una chiquita muy ocupada? ¡Claro!; cuando tenía seis años mamá me anotó en ballet; yo era larguita, flacucha, muy flexible, bonitilla; enseguida destaqué; a los siete gané un concurso provincial; a los ocho de nuevo; me transformé en la estrella del pueblo; mi foto estaba en las vidrieras de los negocios. ¿Tu madre estaba orgullosa de vos? Supongo; ella se ocupaba de mi vestuario para cada representación; me hacía los rodetes. Tuviste que subir a un escenario para ser visible para tu mamá. Es cierto dice ella. Y ya no te bajaste se juega él, ella asiente con la cabeza cuestión de supervivencia. Cuando tenía diez años mi profesora se trasladó a Casilda, a treinta kilómetros de Cañada se incorpora, sonriendo, y luego se sienta y le pidió encarecidamente a mamá que me siguiera mandando con ella; así fue; dos veces por semana me llevaba una camionetita; eso los primeros meses, después me iba en micro. ¿Sola? pregunta él recordando los diez años de su hija. Claro, mamá trabajaba. ¿Te gustaba o te presionaba tu madre? Me gustaba el "exito"; cuando bailaba en el Teatro Dante venía media Cañada a verme; a esa altura ya viajaba tres veces por semana, porque, además, empecé a aprender música y piano. ¿Cómo te arreglabas con el colegio? Hacía lo que podía, iba pasando. ¿Tenías amigas? En Cañada, pocas; casi no estaba; en Casilda compañeras de baile, pero mucho no me querían porque yo era la preferida de la profe, me conocía desde que era chiquitita. La veías más que a tu mamá. Casi contesta riendo la señorita Elena, porque nunca se casó; todavía hablamos cada tanto; a los catorce me dijo que si quería hacer carrera tenía que empezar ya en una escuela profesional y dedicarme en exclusividad; terminé instalándome en Rosario. ¿Fuiste a una pensión? No, compartía un departamento con otras dos chicas. ¿De tu edad? Asiente con la cabeza. ¿Quién las cuidada? Lo mira con extrañeza. Nos arreglábamos solas; bastante tenía mamá con pagar el alquiler y el conservatorio que era muy caro. Andrea, tenían catorce años, casi nenas; nadie las levantaba, nadie les preparaba el desayuno, nadie verificaba que se alimentaban correctamente para tamaño despliegue físico, nadie controlaba que un hombre no se les colara en la casa; si no les pasó nada, fue solo porque tuvieron suerte; acá lo notable es que lo adultos de quienes ustedes dependían considerara que estaban capacitadas para vivir absolutamente solas; ¿tu madre te visitaba? Poco admite, mirando el piso pero yo iba a Cañada tres o cuatro veces al año. Andrea, con tus cuarenta años seguís normalizando tu desamparo; eras una chiquilina, absolutamente sola, sometida a enormes exigencias; no tuviste más remedio que autorregularte, hacerte resistente, dura; la piedra a la que hiciste referencia. Ella lo mira, por primera vez muy seria. Para colmo se acabó mi época de oro; en Rosario pasé a ser una del montón, una bombita en el árbol de navidad; la profesora se dedicaba a sus alumnas históricas, no nos prestaba atención. ¿Qué pasó con tus estudios secundarios? En un principio intenté seguir estudiando para rendir exámenes libres; pero fue imposible, la exigencia del conservatorio era atroz. Me alegra escucharte comenta él. No te entiendo. Es la primera vez que te veo conectada con tus padeceres. Sí, fue horrible; la profesora nos pesaba todos los días; me humillaba; para colmo cuando me desarrollé, a los dieciséis años, me cambió el cuerpo, me engordaron las piernas, perdí el tipo; me di cuenta de que nunca más destacaría; los sobresalientes se transformaron en muy bueno y luego en regular; igual conseguí recibirme de bailarina profesional a los dieciocho; lo único que quería era irme de allí. ¿Volviste a Cañada? ¡Ni loca!, estaba el subnormal que mamá había llevado a casa. ¿Cómo? Ella mira el reloj. Otro día te cuento dice es para largo; la cosa es que le informé a mi madre que iba a seguir estudiando en Buenos Aires, yo misma me había ocupado de conseguir donde; mi madre me anunció el monto que estaba en condiciones de pagar, así que no me quedó más remedio que empezar a trabajar.  Ahora es él quien mira el reloj. Nos pasamos anuncia seguimos la próxima. Conmigo nunca te vas a aburrir dice ella con una gran sonrisa mientras se incorpora. Mientras la despide Gustavo quisiera agradecerle: su energía desbordante lo apartó por casi una hora de sus padeceres. Con Manuel no será tan sencillo abstraerse de sí mismo. Ya casi la hora.
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Manuel se presenta nuevamente con traje. Nuevamente lo saluda con formalidad. Se ubica. Gustavo se sienta frente a él y le sonríe. ¿Lo que estuvimos charlando movió algo en vos? pregunta segundos después. Manuel se muerde los labios. Pésima semana cuenta dormí poco y mal; pesadillas y más pesadillas. ¿Querés contarme? Hacía mucho que no soñaba con Daniel lo mira y le aclara mi hermano muerto. Tranquilo; recuerdo cuanto charlamos. Yo no me acuerdo de lo que me cuentan mis pacientes; solo lo profesional, claro. Quizás elegiste una especialidad que te preserva de cualquier tipo de vínculo. ¿Cómo? Ves a un paciente, lo operás y fin de la relación. No es tan así explica Manuel. Sí, los visitás cinco minutos en el hospital un par de veces antes de darles el alta. No siempre soy tan exitoso; hay operaciones que se complican; hay pacientes que mueren. Ya veremos luego cómo te afecta eso; sigamos con tus sueños. Yo estaba en el club, Daniel galopaba; yo sabía que se iba a caer, quería alertarlo pero la voz no me salía y yo me hacía cada vez más chiquito hasta desaparecer. ¿Cómo eras de niño? ¿Cómo era? repregunta ¿era?; formaba parte del decorado; creo que nadie reparaba en mí. Eras mudo e invisible como en el sueño; seguramente correcto, seguramente buen alumno. Sí, pero abanderado nunca fui; alguna vez llegué hasta segunda escolta. ¿Suponés que decepcionaste a tu padre? No lo supongo; lo sé; Daniel sí que siempre era abanderado. Un siempre que le duró poco. Manuel lo mira desconcertado, pero luego comprende. Debe de haber sido muy duro para tu hermano tener que ser perfecto dice él. No sé, parece que no lo hubiera conocido, no sé lo que sentía, lo que pensaba; yo solo lo admiraba. Como a tu padre. Yo a papá llegué a odiarlo afirma, rotundo. Lo que no quita que lo admiraras sin dar tregua pregunta ¿tampoco eras visible para tu madre? Para mi madre, me doy cuenta ahora, también regresó en mis sueños, solo existía papá admite. Vemos que no lograste vincularte afectivamente con nadie de tu familia; ¿tenías amigos? No muchos; yo era demasiado serio, no calzaba con el resto. No debe de haber sido fácil tu adolescencia. No; fue... se toma unos segundos para buscar la palabra desierta de repente el rostro se le ilumina hasta que apareció Judith. Contame pide él. La conocí terminando el secundario; mi primera novia, mi primer amor; el descubrimiento del sexo se restriega la cara con las manos cuántos recuerdos.  A él le sobreviene su historia con Cecilia. Mal momento para evocarla. Fuiste visible por primera vez; las palabras y el cuerpo que te fueron siempre mezquinados se apresura en decir.solo comenta él. Y calla. ¿La relación prosperó? Depende de lo que quieras decir con eso. Tiene razón, piensa él, le pregunté una tontería. Estuvimos juntos dos intensos años; después ella consiguió una beca en Israel; nos juramos esperarnos; le escribí en cuanto volví de Ezeiza y cada día; pero jamás llegó la respuesta; creí morir; me salvó la facultad; estudié día y noche; me recibí en cinco años; desde entonces la profesión es el motor de mi vida. ¿Nunca te casaste? No; un par de parejas de poca monta; hace mucho que estoy solo. Sí, desde que naciste acota él. Me falta contarte un detalle. Él lo mira con curiosidad. Varios años después de que nos separáramos me encontré a Judith por la calle; estaba embarazada, muy embarazada; la invité a tomar algo; después del segundo café me animé a preguntarle por qué nunca me había contestado; me miró con los ojos como platos; "nunca me escribiste"; reconstruimos el itinerario de nuestras cartas: un único mediador común, el cadete de mi padre; nos citamos para la semana siguiente. Manuel se interrumpe y toma un vaso de agua. Es un buen narrador, piensa él, me dejó sobre ascuas. Encaré a mi padre continúa luego de unos segundos él reconoció, sin empacho, que había obstruido la correspondencia; "supongo que ahora que sos un adulto podrás agradecérmelo; ¿te imaginás cuánto habría perjudicado tu reputación profesional el haberte casado con una judía?”. Gustavo recuerda inmediatamente a Raúl, a su padre, el rey de Textilandia. Cortados por la misma tijera, evalúa. ¿Cómo reaccionaste? Me fui; pocos meses después emigré a Estados Unidos. ¿Tu padre supo por qué? No me molesté en decírselo contesta Manuel bajando la vista. No te animaste lo corrige él mudo e invisible. No volví a verlo; bah, hasta el velorio. Cuánto mejor para ambos hubiera sido poder hablarlo. Hubiera sido, pero no lo fue dice Manuel, agresivo. ¿Dejamos acá? propone él. Manuel, en absoluto silencio, se incorpora.

 

Él cierra la puerta y mira la hora: la sesión fue más corta. Lo asusta tener tiempo libre. Imprescindible mantener a Cecilia alejada de sus neuronas. De mi corazón, se corrige. Busca la ficha de Ema. Relee los datos aportados por Andrés. La chica todavía no mencionó a los hermanos. Qué raro. El timbre lo sobresalta. Veremos cómo le va con la chiquilina.


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Cuando abre la puerta Ema informa le pedí a mi mamá que no subiera. Vamos bien, evalúa él. ¿Cómo estuvo tu semana? le pregunta cuando la ve instalada. Heavy responde la chica. ¿Querés contarme? Ema se reacomoda y cruza las piernas como indio y señalándolas pregunta ¿puedo? Claro. Porque mi mamá no me deja, dice que ensucio el tapizado. Ya metió a la madre en escena, observa él. Bah, la abuela mucho peor, porque ella, además, dice que no es una postura para una “señorita” pronuncia con retintín. En la sesión anterior ya hiciste referencia a tu abuela, parece tener bastante peso en tu vida. ¿Bastante? aumenta la circunferencia de los ojos ¡pesa mil kilos!, y eso que es muy delgada. ¿Te llevás mal con ella? La chica se queda pensando. No sé qué decirte; cuando era chiquita la adoraba, siempre me sacaba a pasear y me llenaba de regalos, me encantaba quedarme a dormir en su casa; tiene trece nietos pero me parece que soy de las favoritas; Lupe, que es la mayor y tiene como veintitrés, y yo. Pero ya no te gusta tanto. ¡Es que  critica todo!, se quedó en otra época; por eso la quiere tanto a Lupe que se casó ni bien terminó el secundario y ya tiene dos nenes; mejor que conmigo no se haga ilusiones… ¿Cómo es eso? Yo voy a estudiar, quiero seguir medicina; a mí mamá no la dejó, bah, la convenció. ¿A qué se dedica tu mamá? Es maestra jardinera; además, a mí no me gustan los chicos; me parece que no voy a tener hijos; estoy harta de mis hermanos. Al fin, piensa él. Tenés hermanos repite él. Sí, medio hermanos; dos de mi mamá y dos de mi papá. ¿Edades? Joaquín de once y Sofía de ocho, los de mamá; Pedrito de cuatro y Mateo de casi dos, los de papá; mis más hermanos son los de mamá porque vivimos juntos y además porque son hijos de Alejandro que es más padre mío que mi propio papá: está con mamá desde que yo tenía un año. ¿Te molestan? ¡Sí!, sobre todo Joaco, no aguanta que yo sea más grande, desde que empecé el secundario está infumable; Teo es insoportable, pero por suerte tanto no lo veo. ¿Por suerte? La chica frunce el ceño. ¿Por qué me lo preguntás? Porque si no ves mucho a tu hermanito acentúa el sustantivo con intención supongo que tampoco verás demasiado a tu padre. Por lo que me importa… Mirame, Ema, ¿no te importa? La chiquilina levanta la vista. Tiene los ojos llenos de lágrimas. Es que Sandra lo maneja como a un títere; antes mi papá me daba bola, me venía a buscar, me llevaba al cine, a restaurantes, me encantaba ir a su despacho. ¿De qué trabaja? Es abogado; es muy conocido, a veces sale en la tele, capaz que alguna vez lo viste. Decís que tu papá no te presta atención, sin embargo, antes me comentaste que está presente en todas las decisiones que te involucran. La chica exclama ¡porque de eso Sandra no se entera!; papá nunca llama desde su casa, siempre del trabajo; ni cuando habla conmigo ni cuando habla con mi mamá. Las lágrimas corren por las mejillas de Ema. Él le acerca la caja con pañuelos. Parezco mi mamá dice con fastidio mientras se seca llora por cualquier cosa. ¿Y eso está mal? Mi abuela dice que no hay que llorar en público, que no corresponde; a ella no le vi una lágrima ni cuando se murió mi abuelo; es de metal. Veo que tu mamá y tu abuela son muy diferentes. ¡El día y la noche!; mi mamá a veces es pesada, pero creo que ella sí me entiende; mis amigas dicen que es una genia; el problema es que es demasiado sensible, como dice la abuela, yo me guardo muchas cosas porque cuando le cuento mis problemas se angustia; a veces me parece que se va a romper. Nos sos vos la que tenés que estar pendiente de los estados emocionales de tu madre sino ella de los tuyos. ¡Ella está pendiente!, pero no sé cómo explicarte, le falta algo; a veces me parece que le falta la columna vertebral. Ojo con esta chica, se dice él, no me perdonará simplezas. ¿Y tu abuela? Ella es toda de hueso; dura, firme, cuando estoy con ella siento que nada malo me puede pasar; yo prefiero ir a su casa, cuando viene a la mía parece que mi mamá se desarmara, como si fuera más bajita; siempre hay tensión entre las dos, nunca se tratan mal pero el aire no corre. Gustavo está asustado con su perspicacia. ¿Seré capaz de trabajar con esta piba?, se pregunta. La mente se le queda en blanco. Suena el timbre. Me salvo el gong, piensa. Mira el reloj: 16.59. Sí, superpuntual.

 

Acompaña a Ema al palier justo en el momento en que el ascensor se detiene. Le dije a mamá que no subiera, ¡qué pesada! murmura Ema con fastidio. Cuando la puerta se abre y desciende Marcelo, la chica se ruboriza, le da la espalda y dice hasta el miércoles. Mientras entran Marcelo comenta ¿más chica que las dos mías y ya en terapia?

 




En cuanto ve a Marcelo acomodado Gustavo arranca ¿quién es ella? El hombre ríe. Creí que te habrías olvidado dice. Yo no me olvido de nada afirma él, con una amplia sonrisa. Marcelo, las manos juntas entre las rodillas, la espalda ligeramente inclinada, confiesa es una mina para más quilombo.  Él lo mira sorprendido y como Marcelo calla pregunta ¿por qué? La vista en el piso Marcelo informa fue la mejor amiga de Diana, la exmujer del padre de Lorena. Sí, es una mina para quilombo, piensa él y después se acuerda de Cecilia. Todas las minas son para quilombo. Se lleva instintivamente la mano hacia el pecho. Me contacté con ella intentando conseguir datos de Alberto, el ex. ¿Ella sabía de la nena? No, y sigue sin saberlo se descubre la cara y lo mira te dije que me había metido en un quilombo. Quilombo que obviaste toda la sesión anterior comenta él fastidiado, me hace perder el tiempo, piensa. Para hablarte de otros quilombos replica Marcelo, airado. Está con poca paciencia, registra él y luego se dice: pero yo también. Cecilia. Siente una opresión entre las costillas. Contame en qué anda tu vínculo con… Patricia se adelanta Marcelo a su pregunta. Patricia repite él mientras anota no la habías nombrado. Nos encontramos, tomamos un café el primer día, almorzamos el siguiente y… Al tercero se fueron a la cama afirma él. Está ofuscado, no logra contenerse. Suerte que Ana María no puede verlo. Suerte que ya no tiene por qué contárselo a Ana María. Ya no es su control. Estoy perdiendo el control, piensa. Inspira hondo. Toma un vaso de agua. Al tercero no, pero no demasiado después aclara Marcelo; es de las pocas mujeres a las que el paso del tiempo ha favorecido; delgada, arreglada; recuerdo que Diana solía comentar cuánto se había abandonado, hijos mediante. ¿Cuántos tiene? Marcelo mira el piso. Seis informa segundos después seis varones. Separada, seis hijos medio hermanos de la tuya; te conseguiste una mujer bárbara; justo para ayudarte a solucionar tus problemas. El hombre lo mira con sorpresa. Me extralimité, decide él. Perdón pide. Será porque me imaginaba tu reacción que me costó contártelo. Él decide recuperar el rumbo. Se concentra en cada una de sus palabras. No volverá a equivocarse. ¿Por qué suponías mi reacción? No soy boludo, me doy cuenta de las complicaciones; pero ocurrió, simplemente ocurrió, ¿recordás el fugaz enredo con mi alumna? Feldman dice él orgulloso de sus neuronas. Marcelo parece impresionado. Sí, Feldman; más allá de la atracción sexual, estábamos en las antípodas. Es notable tu propensión a relacionarte con mujeres que pueden ocasionarte problemas; si mal no recuerdo Diana también había sido alumna tuya. Sí admite el hombre aunque fue complicado manejarlo, zafé. Solo de la ley afirma él. Pese a todo no me arrepiento de los años compartidos con Diana; te sonará estúpido, pero al lado de ella me sentía feliz. Él cabecea. Es un hombre difícil de roer, decide. Con Patricia retoma Marcelo me ocurre exactamente lo contrario que con Feldman, los dos pisamos el mismo terreno. Arenas movedizas acota él sonriendo. Marcelo también sonríe y la tensión entre ambos se disipa como por arte de magia. Más que arenas movedizas el polvo levantado por once pibes zapateando un malambo le sigue la broma Marcelo. ¿Once?, ¿tan rápido van las cosas que ya sumás los tantos? El hombre se queda en silencio un largo rato y luego mirándolo fijo a los ojos confiesa mucho me temo que estoy enamorado. Miedo asociado al amor; parece que lamentaras estar “enamorado” pronuncia con retintín. No estoy en condiciones de sufrir más dice con la voz firme. Ahora asociás el sufrimiento al amor. Es que cuando me enamoro me pierdo a mí mismo; hacen de mí lo que quieren. Eso sería suponer que el trabajo que hicimos fue inútil; cuando llegaste aquí no tenías registro de tu “necesidad” pronuncia con fuerza de ser manejado por una mujer; trabajamos fuerte la impronta del vínculo con tu madre, ¿por qué ahora una mujer te haría perderte a vos mismo? lo mira con intensidad yo confío en el trabajo que realizamos juntos. Marcelo sonríe, sobrador. Quiere decir que le das el visto bueno al posible malambo. Yo no dije eso él levanta ambas manos, las palmas hacia arriba, sonriente solo que dudo que, dado el proceso realizado, una mujer vuelva a hacerte hacer lo que realmente no querés. Patricia es extraordinaria comenta Marcelo una madraza; me maravilla oírla hablar de sus hijos. Él consulta el reloj, suficiente por hoy. Yo diría que en muchos de los dificilísimos momentos que te tocó atravesar con tus hijos un observador anónimo bien podría haberte calificado de padrazo comenta él mientras se incorpora. ¿De veras lo creés? pregunta Marcelo también levantándose. Y hay tanta ilusión en su mirada que Gustavo se conmueve.

 

Encima terminó la sesión un par de minutos antes. Devastador tener tiempo libre. Se le impone el mensaje leído. ¿Ya le dijiste? No me animo. Las palabras le picotean las sienes como cuervos hambrientos. Dirige hacia allí ambas manos. Luego va hasta el baño y se humedece la cara. Se mira en el espejo. Estoy viejo, evalúa, por eso Cecilia se cansó de mí. Rumbo a la cocina descubre que no tiene ganas de tomar café. Desanda sus pasos. Se deja caer sobre el diván. Tendrá que encararla. ¿Qué decirle? No quiero perderla, piensa. Quizás entonces deba olvidar lo que leyó. En otra oportunidad enfrentarla derivó en su pérdida. Nos salvó Martina, decide. Recordar la enfermedad de la nena redimensiona su angustia. No es para tanto. Cosas de la vida piensa. De la vida, no de la muerte. Enciende el celular. Mensaje de Martina ¿Todo bien?, me extrañó que no me llamaras. Llamarla hubiera sido anclar en un mundo que intentó con todas sus fuerzas olvidar para poder trabajar. Para poder respirar, se corrige. No quiere sentir los ojos de Ana María sobre los suyos. ¿A qué atribuye el mal humor de Cecilia? le había preguntado. Bruja, recontrabruja. Mina. Todo bien escribe a su hija te veo a las nueve.

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Toca el timbre a la hora exacta sin resultado. Cinco minutos después, cuando él se debate entre la inquietud y el fastidio, la puerta se abre. Gustavo amaga entrar y casi choca con un hombre que sale. Le da rabia. A él nunca le concede tiempo extra. No tiene buena cara comenta Ana María en cuanto él se acomoda ¿se siente bien? No contesta él, permanece callado un buen rato y luego inspira hondo e informa Cecilia me engaña, de nuevo me engaña. Lo escucho dice ella impasible, determina él. Impasible como siempre. Gustavo trata de disipar su irritación y relata con lujo de detalles lo acontecido. Me parece que se ha apresurado al sacar sus conclusiones dictamina ella. ¿Por qué lo dice? aletea en él la esperanza. El mensaje deja en claro que hay algo que Cecilia le está ocultando; el resto corrió por parte suya. Claro, seguramente no quiso decirme que se va a sacar una muela; celebro que quiera consolarme, pero a buen entendedor pocas palabras. ¿Está seguro de que es un buen entendedor?; me llama la atención el “no me animo” de Cecilia; más allá de lo que se tratara, incluso si fuera un amante, no es buen indicador que su mujer tema sus reacciones. Una aguda violencia hace presa de él. Noo, ya sabía yo que usted iba a terminar diciendo que la culpa es mía; ¿hay un pacto de sangre entre todas las mujeres que las impulsa a defenderse entre sí?, claro, la culpa siempre es nuestra. Ella se queda observándolo, en silencio. Luego de unos minutos pregunta ¿ya terminó con el berrinche? Él va a reaccionar cuando recapacita. Perdón pide hoy estoy muy irascible, ya me pasó en el consultorio. ¿Hoy? Él la mira. Ya hablamos la sesión pasada sobre su malhumor. Convengamos que hoy tengo motivos. Para estar preocupado, no para agredir al que se cruza en su camino. Es cierto reconoce esta tarde se me fue la mano con un par de pacientes. ¿Tiene en claro que la responsable de su irritación no es solo Cecilia? Él se queda pensando. Todo el asunto con mi viejo me desbalanceó; pero hoy no puedo darme el lujo de dedicarle otra sesión a él; tengo que decidir qué voy a hacer con Cecilia. ¿Escucharla? La otra vez la escuché y me dijo que estaba enamorada de otro hombre. Quizás esta vez no. Él la mira con interés. ¿Qué supone? No es mi tarea suponer; solo intento despegarlo de su actitud infantil para que pueda abordar a su mujer de la manera más adulta posible. Él se tapa la cara con ambas manos. No quiero perderla dice. ¿Pensamos juntos cuáles son las posibilidades ella dulcifica la voz y cuáles es la mejor estrategia para afrontar cada una de ellas?

 

Sale de la sesión más tranquilo. No está obligado a nada. Ni siquiera a contarle a Cecilia que leyó los mensajes. Quizá si su mujer percibe que usted está receptivo ella misma le cuente lo que le tiene que contar; nada de lo que ocurre es ajeno a usted; todo lo que nos acontece nos pertenece dijo Ana María.  No quiero perder a Cecilia, se dice nuevamente. Otra vez no, por favor no. Pone el auto en marcha. Esto es como retroceder en el tiempo piensa. El ruido del motor le llega junto con la melodía que en aquella época de pesadilla lo rondaba. No debemos de pensar que ahora es diferente/ Mil momentos como éste quedan en mi mente/ No se piensa en el verano cuando cae la nieve/ Deja que pase un momento y volveremos a querernos. Suena un mensaje en su celular. En el primer semáforo en rojo atiende. Tengo antojo de helado, papi, ¿me traes? La mocosa le arranca una sonrisa.

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Inspira hondo y hace girar la llave. Olor a pollo al horno. ¿Con papas? Si así fuera, señal de que Cecilia tuvo ganas de pelarlas. Entra a la cocina. No, está lavando tomates. Lo más sencillo, evalúa. Hola saluda. Hola responde ella sin abandonar su tarea. Traje helado informa mientras abre el freezer. Qué milagro comenta ella sin mirarlo. Martina me pidió. Mirá vos. ¿Cómo estuvo tu día? pregunta él. Ella gira al instante, las cejas levantadas. Bien, mucho trabajo, pero bien; ¿el consultorio? Ahora es él el sorprendido. Bien, mucho trabajo, pero bien repite. Ambos ríen. Soy un pelotudo, piensa, esta no es la manera de empezar. Va hasta el living. La mesa está puesta. Cuatro lugares, piensa y estúpidamente se conmueve. Pasa por el cuarto de Martina. Hola, papi; ¿cumpliste? ¡Cumplí! exclama él. La chiquilina continúa con su tarea. La puerta del cuarto de Nacho está cerrada. Los ladridos de Lacán llegan desde su dormitorio. Va hasta el cuarto. Te quedaste encerrado, salame le dice.  El perro se le abalanza y lo lame como si lo hubiera liberado de la cárcel. De la cárcel de Alcatraz, piensa él. Piensa después que no se dio cuenta de que el perro no había ido a recibirlo. ¿Cuánto registro a los que quiero?, se pregunta. Se le impone el rostro de Ana María. ¡A comer! grita Cecilia desde la cocina. Cuando él regresa de lavarse las manos encuentra a los tres sentados. Hola, pa dice Nacho. Martina alcanza los platos y Cecilia sirve. A él le tocó muslo. Ella sabe que me gusta el muslo, piensa. Se acuerda de lo charlado con Ana María y pregunta ¿cómo va la facultad, hijo?, ¿estás con exámenes? El chico interrumpe la trayectoria del tenedor y lo mira. Rendí las tres materias la semana pasada. Él experimenta una profunda vergüenza. Suerte que Ana María no está escuchando, piensa. Como no tiene sentido excusarse pregunta ¿cómo te fue? Bien contesta Nacho y sigue comiendo. Martina comenta Facu me consiguió una bolsa de dormir. ¿Para qué? pregunta él. Su hija menea la cabeza. Para irme con las chicas al Tigre. ¿Cuándo? El finde que viene. ¿Vos sabías? le pregunta a Cecilia. Claro, van a la casa de Agustina; ya hablé con la mamá. Vos también deberías saberlo, papá dice Martina lo comenté en la mesa hace como diez días. Él teme ponerse colorado. Me estoy hundiendo, piensa. El pollo se le atragantó. Se sirve agua. Minutos después Cecilia se incorpora a recoger la mesa. Mami, no estás comiendo nada últimamente comenta la chica. Merendé tarde se excusa ella. ¿En qué planeta estuve viviendo?, se plantea él. Cecilia regresa con una bandeja con queso y dulce. Él registra que ella no se sirve. Ahora o nunca. Quiero pedirles disculpas a todos arranca. Tres pares de ojos se depositan sobre él. Los tuve muy abandonados. Silencio absoluto. Gracias por haberme bancado todos estos meses; intentaré recuperar mi lugar. Más silencio. Gustavo observa que los ojos de Cecilia se llenan de lágrimas. No pasa nada, pa sale al ruedo Nacho. Yo sí que te extrañé dice su hija. Cecilia levanta los platos y va a la cocina. Tiene razón en engañarme, piensa él. Los chicos se incorporan. Él se queda en la mesa. Solo.

 

Se ducha interminablemente. Aunque en algún momento deberá salir. Cierra la canilla. Se seca, se pone el piyama. El corazón le late fuerte. Junta fuerzas y abre la puerta del baño. Cuando entra al dormitorio encuentra a Cecilia acostada, boca arriba, mirando el techo. No lee, qué raro, registra él mientras se sienta en la cama. ¿En qué pensás? pregunta. En vos contesta ella hacía mucho que estaba esperando que regresaras. ¿Que regresara? Sí ella gira y lo mira meses que sos un fantasma. Todas las minas son iguales, evalúa él, debe de haber olido algo y su primera reacción consiste en hacerme sentir culpable. Hago lo que puedo dice. Y hoy pudiste; creí que te habíamos perdido definitivamente. Se la ve tan desvalida que quisiera abrazarla, pero no va a caer en su trampa. Como si pudiera leer sus pensamientos, ella pide vení, abrazame. Él piensa que la conversación puede quedar para mañana. Es él quien precisa un abrazo como al aire. Se acuesta a la par de ella que entierra la cabeza en su pecho. ¡Ay, Gustavo!, ya no aguanto más. Él la aparta con suavidad y busca sus ojos. ¿Qué pasa? se obliga a preguntar mientras siente el retumbe de su corazón. Porque ya no hay lugar para prórrogas. Prometeme que no te vas a enojar pide ella. ¿Qué pasa? reitera él, endureciendo el tono porque ella lo está manipulando. Ella se desprende del abrazo y se deja caer sobre la almohada. Cierra los ojos. Allá vamos, piensa él, camino al infierno. Estoy embarazada. El golpe es tan brutal que, como un idiota, colgado aún de su construcción anterior, solo se le ocurre preguntar ¿es mío? Ella se sienta como un resorte. Esta sí que no me la esperaba; imaginé mil reacciones tuyas, pero lograste sorprenderme la voz al borde del grito ¿de quién te creés que es?, ¿del policía de la esquina? Perdoname pide él, tantos sentimientos confluyendo que se queda como si le hubieran dado una paliza. Alivio al descartar el presunto engaño junto con una enorme opresión. Lo menos que quiere en ese momento de su vida es otro hijo. Sabe que tendría que abrazarla, pero no puede. ¿Cómo pudo pasar? logra al fin preguntar. Leí que a veces el espiral falla responde ella. ¿De cuánto estás? Casi nueve semanas. ¿Por qué no me lo contaste antes? No me animé susurra ella estabas intratable y yo ya sabía cómo ibas a reaccionar. ¿Cómo? Como lo estás haciendo; como con el embarazo de Nacho. Él también se sienta, las piernas cruzadas. No es momento para otro hijo, Cecilia. Parece que nuestros hijos deciden por sí mismo cuando quieren nacer. Él percibe que Cecilia ya tomó la decisión. Me pasó por encima, piensa, como siempre. No quiero tenerlo afirma, rotundo. Ella calla. Estoy recomenzando otra vez mi carrera, no quiero disipar energía en otra cosa. ¿Cosa?, ¿tu hijo es una cosa? hace una pausa la más perjudicada sería yo; estoy por ser ascendida; ¿te parece que a mi jefe le va a gustar tener que darme licencia? Él la abraza. Por eso, mi amor, no es el momento; nueve semanas, todavía estamos a tiempo. Es un ser vivo, Gus, es nuestro hijo. Hace unos meses te vi marchando con el pañuelo verde. Sí, pero nosotros tenemos techo y comida. Él comienza a impacientarse. Ya sabés cuál es mi posición dice. Ella calla. La indignación de él crece. No sé para qué estamos hablando si vas a hacer otra vez lo que quieras. No niega ella, rotunda te equivocás; no cometería otra vez el error de “obligarte” lo dice con ironía a tener un hijo; no por mí sino por él; ya lo padecí demasiado con Nacho y ya lo padeció él; y no serviría de nada tenerlo y separarme él la escucha y se asusta porque igual seguirías siendo el padre e igual la criatura se sentiría no aceptada; si no querés que nazca no te lo voy a imponer pero cargarás vos con la responsabilidad. Cecilia… él acerca la mano a su brazo pero ella se aparta, se incorpora y sale. Él escucha abrirse la puerta del baño y se desmorona sobre el colchón. Se agarra la cabeza con ambas manos. Recuerda a Santiago. Se queda mirando el techo. No estoy en condiciones de soportar un bebé, piensa. Pero también piensa que hace solo unas horas temblaba creyendo que perdería a su mujer. Aunque no tener al bebé quizá redunde en perderla. Atrapado sin salida, evalúa. Se queda mirando el techo hasta que un largo rato después Cecilia regresa. Ella se acuesta dándole la espalda. La tensión es tan grande que él comprende que algo tiene que decir. Entonces dice lo voy a pensar. Ella no lo mira.

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Noviembre 2018


Miércoles 7

Hola, hermano el empujón de Santiago en su espalda lo sobresalta. Instantes después, sentado frente a él dice estoy fundido; Tomy se despertó cuatro… Callate ordena él de mal modo hablame de cualquier cosa menos del crío. Che, ¿qué mosca te picó?, ¡más respeto por el hinchapelotas de tu ahijado! Él permanece serio. Su amigo lo observa. ¿Pasa algo? pregunta. A él le cuesta abrir los labios. Como si las palabras se resistieran a salir. Porque en cuanto lo diga será irremediable. ¿Las cosas solo existían en la medida en que eran verbalizadas? ¡Che!, me estás asustando lo distrae Santiago de sus reflexiones. Él traga saliva. Cecilia está embarazada por fin comunica. Santiago se incorpora y amaga abrazarlo. Gustavo lo frena levantando la palma de la mano. No hay nada que celebrar aclara. ¿Qué?, ¿se están planteando no tenerlo?, ¡no me jodas! Él se enfurece ¡no me jodas vos!; parecés no recordar que yo mismo te presté plata para más de un aborto. Sí, claro, pero eso fue antes de ser padre; después de tenerlo a Tomy no sé si me daría el estómago. Dale, haceme sentir peor. Instantes después aclara me toca a mí tomar la decisión. ¿Cecilia está contenta? No está contenta porque yo no quiero, pero ella lo tendría, viste cómo son las minas, mucho pañuelo verde pero para las demás. ¿Entonces? Entonces no sé qué hacer; hoy se vence el plazo que me dio para decidirme; no podemos dejar pasar más tiempo, después es peligroso. ¿Entonces? reitera su amigo la pregunta. No sé, hermano, no sé. Gustavo se agarra la cabeza con ambas manos. Santiago lo palmea y después le hace señas al mozo, levantando la mano con dos dedos extendidos.  No hay problema que no mejore después de un café decreta.

 

En el momento de despedirse Santiago le muestra una foto de Tomy. Un gordito rozagante. Golpe bajo. Gustavo sigue con la vista a su amigo que se aleja apresurado porque Marisa lo llamó para que la releve con el nene. La charla con su amigo lo dejó peor que antes. Para mí que Cecilia le pagó, piensa. Hojea el diario pero no logra concentrarse y lo aparta con mal humor. Mira el ticket, deja el dinero sobre la mesa y sale. Llovizna. Garúa, tristeza; hasta el cielo se ha puesto a llorar. Hoy sí que tiene motivos. Cruza con el semáforo en rojo. ¿Los tengo?, se plantea.

 

Está por poner el auto en marcha, cuando suena su celular. Hice guiso de lentejas informa su madre ¿no te tienta? Claro que lo tienta, no hay guisos como los de su madre. Mira el reloj: estaría a tiempo. Pero no está en condiciones de ser destinatario de su mirada. A veces siente que es transparente para ella. De niño nunca conseguía ocultarle nada. Y su madre no es defensora de los pañuelos verdes. No puedo, mamá, tengo consultorio temprano responde guardame una porción el freezer y voy otro día. Te lo perdés replica ella salió riquísimo; capaz lo pesco a Nachito, voy a llamarlo. Arranca. Un par de cuadras después estaciona frente a una rotisería y compra dos porciones de tarta. Pensar en las lentejas le dio hambre

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Gustavo le resume a Andrea lo visto hasta el momento: aridez emocional, ausencia total de cuerpo y palabras, valor materno puesto en la responsabilidad, en la correctitud, la normalización del esfuerzo. Seguramente lo tuyo, como para tu madre, será el hacer; te asustará permanecer quieta, escucharte. ¡Una pena que no te oiga mi marido!; “vos no podés parar”, me dice siempre comenta ella con una sonrisa desbordante. Él mira sus anotaciones. Terminaste la sesión pasada nombrando a una pareja de tu madre le recuerda. Sí, el subnormal. ¿Hizo irrupción cuando vos estabas en Rosario? ¡No!, ¡ojalá!; apareció allá por mis doce. Qué raro que no lo mencionaste antes dice él y piensa: abuso en puerta. ¡No me habré querido acordar! Cuenta luego que comenzó siendo un señor que iba a ayudar a arreglar cortinas, canillas, etc. y un buen día me lo veo sentado en el living con un piyama azul. ¿Tu mamá no les explicó nada? Niega con la cabeza. ¿No le preguntaste? A buen entendedor, pocas palabras se justifica, toma un vaso de agua y continúa la cosa es que se instaló en casa; bah, nos invadió; había que ver en la tele lo que él quería, comer lo que él indicaba; me acuerdo y me vuelve la rabia. Andrea, acá lo que más nos importa es la conducta de tu madre, que no los consultó, no los informó, no los defendió. Nunca lo pensé así admite meneando la cabeza. ¿Qué beneficios le aportaba a tu madre? No te entiendo. ¿Tenía dinero? No; eran compañeros de trabajo pero él tenía un cargo inferior a pesar de que era diez años mayor que mi madre; era un bruto, además; la verdad es que no sé qué le vio; fue la única pareja que le conocimos; para colmo, a esa edad empecé a salir los fines de semana con mis amigas y él me quería controlar. Reitero, el problema real era tu madre que no intervenía. ¡Pero yo salía igual! exclama con alegría. Siempre es un riesgo introducir un hombre en una casa donde hay púberes arriesga él. Ella calla. Entonces él decide tomar el toro por las astas ¿alguna vez se propasó? pregunta. ¡Que lo hubiera intentado! responde ella con energía. Quizá fue una suerte sugiere él acentuando la palabra. ¡Sí!, ¡vivir en esa casa era insoportable!; pero no quiero dedicarle ni un solo minuto más de mi tiempo a él dice, resuelta ¡a otra cosa! De acuerdo acepta él y piensa: no faltará oportunidad pero quiero que tengas en cuenta que una nena de catorce años no puede resolver irse a vivir sola a otra ciudad; esa fue una decisión de tu madre. Puede ser dice, despectiva. Volvamos a tu estadía en Rosario, ¿tuviste algún novio? Sí, a los dieciséis; un compañero de veinte años. ¿Te iniciaste sexualmente con él? Ella asiente con la cabeza. ¿Cómo anduvo? Bien dice, escueta. ¿Se cuidaban? Sí; una amiga me acompañó al ginecólogo. ¿Le contaste a tu mamá? pregunta sabiendo que no. ¡Qué buen chiste!; mi mamá jamás me habló de sexo, ni siquiera me preparó para mi primera menstruación. ¿Fue una relación trascendente para vos? Ella se queda pensando. La pasábamos bien. Se hacían compañía arriesga él seguramente estaba tan solo como vos. Sí; éramos buenos amigos; cuando llegó el verano me fui a mi pueblo con él, pensábamos hacer camping; el subnormal intentó oponerse; “irán dos y volverán tres”, vaticinó. ¿Tu madre qué opinó? Repitió el mismo argumento; entonces le pedí que no fuera ridícula, que hacía meses que vivíamos juntos; le pregunté si ella no sabía que existían los anticonceptivos; “eso no es para vos”, me dijo. Quizá temía “el qué dirán” sugiere él. ¡Por mí! ¿Fueron de camping? ¡Obvio!, ¿todavía no me conocés? pregunta entre carcajadas. Me comentaste la sesión anterior que a los dieciocho decidiste irte de Rosario decide él avanzar en la historia. Sí; yo misma había encontrado un conservatorio en Buenos Aires. ¿Dónde vivías? Conseguí un trabajo como empleada doméstica sin retiro cuenta con total naturalidad en una casa muy rica; me pagaban muy bien; cuidaba a los chicos a la tarde, y me ocupaba de preparar la cena;  a la mañana, mientras los dos nenes estaban en la escuela, me dejaban estudiar; en el conservatorio me trataban un poco mejor que en Rosario, pero igual ya me estaba hartando; después de un año, un buen día vi en un aviso que buscaban bailarina clásica para una gira por Sudamérica; me presenté y me seleccionaron. Gustavo mira el reloj. ¿Me lo contás la próxima? propone. Andrea se incorpora. ¿Todavía no te cansaste de escucharme? pregunta a pura risa. Nunca diría que sos aburrida dice él, sonriendo. ¡Te lo avisé!, ¡de De la Rúa, nada! Ya frente a la puerta la mujer pregunta ¿cuándo podremos hablar del bebé? Todavía no entró tu marido en la historia le recuerda él. Habrá que meter primera, entonces indica ella. Él, sorprendido, abre en silencio.

 

Apoya la espalda en la puerta cerrada. Quizás Andrea tenga razón. ¿Es útil detenerse tanto en la historia? Se repite su frase de cabecera: no se puede entender una película viendo solo la escena final. Pero esta mujer no habla por hablar: está dando señales de que se le acota el tiempo interno. ¿Cómo saber cuál es la mejor técnica? Encima ya no puede consultarlo con Ana María. Ella es de otro palo, evalúa. ¿Por qué, entonces, él confía en ella para su propio tratamiento? ¿Qué es lo más importante?, ¿la partitura, el instrumento, o quién ejecuta el instrumento? El portero eléctrico lo aparta de sus elucubraciones. Mientras sube el ascensor piensa en lo absurdo de la vida: esta mujer se angustia porque no puede quedar embarazada y él se angustia porque su mujer está embarazada. Una varita mágica que intercambie los úteros, fantasea. Mientras le abre la puerta a Manuel se dice: no puedo ser tan pelotudo.


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Manuel le tiende la mano. Está con saco, pero sin corbata. Vamos aflojando, evalúa Gustavo. ¿Cómo anduviste? pregunta en cuanto lo ve acomodado. Anduve contesta el hombre con una sonrisa triste. ¿Más recuerdos? Más recuerdos, sí. ¿Querés contarme? propone él. ¿Para qué? repregunta Manuel ¿eso hará que Judith regrese? Él recibe el impacto. ¿Sirve para algo atormentar a la gente con sus recuerdos dolorosos?, se pregunta. Busca sobreponerse. Quizás eso te permita comprender por qué la perdiste, modificar tus conductas y estar atento al advenimiento de otra Judith. Manuel sonríe con… Gustavo busca el término, con… desesperanza. ¿Qué podría haber hecho? pregunta el hombre. Infinitas posibilidades Gustavo acelera a sus neuronas pedirle que no se fuera; irte con ella; al no recibir respuesta ir a buscarla a Israel; determinar que era imposible que no te escribiese y ponerte a investigar; cuando la reencontraste confesarle tu amor; asediarla; en fin, infinitos caminos, ni buenos ni malos, otros, seguramente imposibles para el Manuel que eras, obvio; todo lo que ocurrió estuvo teñido por lo que fuiste: inseguro del amor que podías despertar, incapaz de defraudar a tu padre como para abandonar tu carrera y seguirla; incapaz de plantearte que tu padre podía ser responsable porque eso hubiera acarreado la necesidad de enfrentarlo, etc., etc. Manuel se cubre la cara con ambas manos. Todo arranca del niñito invisible y mudo que creció intentando no molestar para lograr migajas de cariño; en tanto no te compadezcas de la criatura que fuiste, en tanto no logres procesar que ahora sos un adulto y que tenés incontables recursos para hacerte amar, no lograrás modificar las cosas que no te satisfacen de tu vida. Me dispersé, piensa Gustavo y retoma el planteo inicial de Manuel. De ahí la importancia de ahondar en tus recuerdos para… busca la palabra exorcizar al que fuiste. Gustavo siente que le falta el aire. Toma un vaso de agua. Manuel se descubre el rostro. Me convenciste dice con una sonrisa ¿qué querés que te cuente? ¿Cómo siguió tu vida luego de “perder” lo acentúa con intención a Judith? Me perdí a mí mismo contesta Manuel al instante ya te conté que solo me dediqué a estudiar; estuve casi cinco años sin acercarme a una mujer; en realidad, estuve el resto de mi vida sin acercarme a una mujer; ocasionalmente reaccioné a alguna que se dignó a buscarme, después me encontré a Judith embarazada por la calle y después emigré; ese es el resumen de mi fascinante vida concluye levantando ambas palmas. Él se toma unos segundos y pregunta ¿cómo fue tu inserción en Estados Unidos? En lo profesional, muy fácil desde el principio; se me abrieron todas las puertas; antes de los treinta ya era un cirujano de renombre y ganaba lo que nunca hubiera podido ganar aquí; el problema era que no sabía qué hacer con el dinero. ¿Y afectivamente? No hubo mucho cambio; estuve tan solo como estaba aquí; dos o tres enfermeras que se ligaron conmigo; algún colega un poco más cercano; las esporádicas visitas de Inés y no mucho más; pacientes y pacientes; quirófanos y quirófanos; de día, de noche; sábados y domingos; acción de gracias, navidades; a eso se redujo mi vida: operar y operar. Gustavo está abrumado. Por eso decide cambiar de tema. Aire. ¿Hasta cuándo tenés licencia? pregunta. Ya te lo dije contesta Manuel, en mal tono no sé si volveré. ¿Qué cambiaría en tu vida si te quedaras aquí? ¿El idioma? pregunta el hombre intentando ahora sonreír, hace una pausa y continúa no lo sé; confío en que esta terapia mueva algo en mí. Él se siente aplastado por la responsabilidad. ¿Qué puede hacer por este hombre? ¿Qué quisieras modificar en tu vida? pregunta. Quisiera modificar toda  mi vida; mi pasado y mi presente; pero como sé que eso es imposible me conformo con poder modificar mi futuro. ¿Poblar el “desierto” del que me hablabas? Manuel asiente con la cabeza. La primera condición para poder poblar la soledad es reconocerla y ese paso ya lo diste. Sí afirma Manuel estoy solo; soy solo reformula. Y descubriste que ya no querés estarlo. El hombre lo corrige descubrí que ya no puedo soportar la soledad. Me parece que te olvidás de alguien dice él. Manuel hace un gesto de sorpresa. ¿De quién? pregunta. De Inés. Es cierto; al menos la tengo a mi hermana. Que fue una niña tan invisible como vos. Es cierto reitera el hombre ella está tan sola como yo y ni siquiera desarrolló una carrera. ¿Dejamos acá? propone él. Dejamos repite Manuel incorporándose.

 

Gustavo va a la cocina y se prepara un café. Aún es temprano. Está conmovido. Nunca vio a una persona tan sola. ¿De qué me quejo?, piensa, tengo a Cecilia, a los chicos, Santiago, mis viejos, amigos. Me quejo de lleno, concluye. ¿Podría un bebé romper el equilibrio?, se plantea.  Se restriega los ojos. La Volturno chilla. Baja el fuego.

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Ema le da un beso en la mejilla. Hoy vino con jeans, zapatillas. Parece Martina, piensa él. La chica, nuevamente, se sienta como indio, pero ya no pide permiso. Hablé con mi mamá informa. ¿Sobre? Sobre ella. Gustavo está por intervenir cuando Ema continúa yo estaba mal porque, por teléfono, mi papá me dijo que no podríamos ir al cine como me había prometido; mi mamá me preguntó qué me pasaba; yo le estaba contando y se puso a llorar; me enojé mucho; le dije que el problema era mío no de ella, que lo único que me faltaba era tener que consolarla; que aprendiera a controlarse. Gustavo se toma unos segundos, los dedos de una mano presionando los de la otra. Seguramente tu abuela le hubiera dicho lo mismo. La chica da un respingo. Yo no soy como mi abuela dice, en mal tono.  Sin embargo, en la sesión anterior me comentaste Gustavo lee la ficha que tu abuela dice que no hay que llorar en público, que no corresponde. La chica parece perder seguridad.dice luego de unos segundos pero esto es distinto; yo nos soy el público, soy la hija y me hace mal verla llorar. ¿A veces te dan ganas de llorar y no lo hacés para no incomodar al resto?¡Claro!, para llorar me escondo. ¿Te lo recomendó tu abuela? ¡Basta, Gustavo! exclama la chica y después pide perdón, yo no soy así y se tapa la cara con las manos. Vos también sos así, Ema, con derecho a llorar y a manifestar tu enojo; porque aunque no los demuestres la tristeza y el enojo a veces te visitan, como a todos; si tu mamá lloró cuando le contaste de tu frustración con tu papá es porque es empática con vos; lo que no debiera ocurrir es que vos limites la expresión de tus sentimientos para no herirla; las lágrimas de ella no invalidan las tuyas y las palabras de tu abuela no debieran invalidar ninguna de las dos. Sí, me contó mi mamá que antes no lloraba; que después que nací yo aprendió a llorar y que eso la alivia mucho; ahora llora aunque esté la abuela adelante y la rete la chica hace una pausa pero yo quiero ser fuerte agrega la abuela siempre dice que salí como ella. Mirame, Ema pide. La chica levanta los ojos. Vos no tenés que ser ni como tu madre ni como tu abuela, vos tenés que ser simplemente vos. ¡Como si fuera tan fácil! Por supuesto que no es fácil, por eso estamos trabajando juntos en eso intenta tranquilizarla él. ¿Puedo tomar agua? pide Ema. Claro contesta él mientras le sirve. Está rica, bien fría agradece la chica. Volvamos a la llamada telefónica, ¿tu papá te dijo por qué cancelaba el encuentro? Ema deposita el vaso vacío. Me habló de un cliente, pero no le creí. ¿Por qué? Porque es mentiroso, muchas veces lo pesqué en mentiras; seguro que Sandra se enteró y no lo dejó. ¿Sandra le dice a tu padre lo que tiene que hacer? No directamente, pero seguro que le encargó que fuera a buscar a Pedrito a algún lado en ese horario, no sé por qué no me quiere. ¿Alguna vez lo hablaste con ella? ¡No! ¿Y con tu papá? Tampoco, con él no se puede hablar no es como con mamá o con Alejandro; no le gusta hablar de cosas personales. Entonces, como vos te das cuenta de que a él no le gusta hablar no hablas aunque a vos sí te gustaría hablar. Es cierto admite Ema no lo había pensado así, yo le doy el gusto. Me parece que tu problema es que querés darle el gusto a todos y todos quieren distintas cosas. ¡Eso es lo que me pasa!, ¡justo eso!, ¡todos esperan distintas cosas de mí!, ¡imposible dejar a todos contentos! Él se reclina sobre el respaldo y cruza las piernas. Ema, lo importante es que vos estés contenta. Tenés razón dice la chica asintiendo con la cabeza a veces siento que soy una marioneta eleva la mano y simula mover los hilos además, si haga lo que haga a alguno no le va a gustar, mejor es hacer lo que yo quiero que seguro tampoco le va a gustar a alguien; parece un trabalenguas dice sonriendo y pide ¿me servís más agua?, hablar con vos me da sed. Él le llena el vaso. Ella bebe y luego mira el reloj. 16.57 dice ¿apostamos que mi mamá toca el timbre antes de y cincuenta y nueve? Él sonríe y asiente. 16.58 suena el portero eléctrico. ¡Te dije! anuncia triunfal Ema incorporándose y levantando la palma ganamos los dos. Él se la choca.

 

Abre la heladera y busca una lata de Cocacola. Está satisfecho de lo logrado con Ema. Se va abriendo, evalúa, pudimos conectar. Y es tan difícil conectar con nuestros genuinos deseos, se dice. Y a veces no alcanza con conocer los deseos. A veces en contra de ellos hay que tomar decisiones. ¿Decisiones? Solo una única y tremenda decisión. Va con la lata al consultorio y apoya la frente contra el vidrio. Sabio, quisiera ser sabio. Y vidente.

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Marcelo se sienta y sonríe satisfecho. Ya lo inscribí a Fede en el jardín de infantes informa me saqué un verdadero peso de encima. ¿Tanto te preocupaba? pregunta él, sorprendido. No en sí que el nene fuera a la escuela, todavía es chiquito y en casa está muy estimulado; pero Matilde me volvía loco se muerde los labios cuando se le mete algo en la cabeza… ¿Tu hija entra en la categoría de mujeres que te obligan a hacer lo que no querés? Espero que no contesta el hombre además vos me dijiste que nuestro trabajo me “había curado” hace el gesto de comillas con ambas manos. Veo que me escuchaste con atención dice él, sonriendo. Marcelo ríe. El pez por la boca muere dice. Hoy derrochás buen humor comenta él. ¿Está mal? ¿Por qué habría de estarlo? ¡Porque me metí en un quilombo! ¿Cómo sigue el vínculo con Patricia? pregunta él. Progresando; ella ya les contó a los chicos que está saliendo con alguien; los pibes se lo tomaron bien. ¿Y vos? No tan bien, porque yo no puedo contarles; por eso te dije que estaba en un quilombo; si se entera Matilde le agarra un ataque. Gustavo se desanima, ¿la terapia le sirvió de algo a este hombre? ¿Le tenés que pedir permiso a tu hija para salir con una mujer? pregunta. Con cualquiera otra mujer, no; Matilde sabe muy bien quién es Patricia. ¿Y el resto de los chicos? No contesta Marcelo mirando el piso. ¿Agustina tampoco? Agustina tampoco repite el hombre. ¿No le contaron que Lorena no es tu hija biológica? Todavía no. En la última sesión antes de que tuviéramos que interrumpir dice él quedamos en que lo harías. Pero no lo hice informa el hombre. Y a menos que haya habido novedades esta semana tampoco se lo contaste a Patricia. Tampoco. Gustavo hace una prolongada pausa y luego pregunta ¿por qué? Marcelo también se toma un tiempo antes de contestar tengo miedo; Patricia se enojaría muchísimo. Y con razón, piensa él. ¿Cuánto tiempo más te parece que podrás ocultárselo? pregunta. Si no fuera por Matilde nunca se enteraría. Gustavo se está impacientando. Marcelo, parecés una criatura que se tapa la cara creyendo que así no lo verán; acá el problema no es que te descubran, sino que tanto tus cinco hijos como Patricia tienen derecho a saber la verdad; no se puede construir una vida sobre una mentira. Marcelo cruza ambas manos sobre su nuca y recuesta la espalda sobre el diván. Ya no estoy de buen humor dice. Él decide obviar el comentario y pregunta ¿considerás que tu relación con Patricia puede trascender? Creo que pese a todo, sí. Y si querés que esa relación trascienda, ¿hay alguna posibilidad de mantener a tus hijos al margen? Marcelo reflexiona unos segundos y luego contesta ninguna. ¿Hay chance de que Matilde al encontrarse con Patricia se transforme en tu cómplice y calle? Conociéndola a mi hija, chance cero. ¿Entonces? pregunta él abriendo ambos brazos. Marcelo, ahora, se cubre la cara con las manos. Estoy perdido dice yo me presenté a Patricia como un viudo afligido. Lo sos o lo eras le reconfirma él. El hombre menea la cabeza. Mientras ella me hablaba del abandono de su marido, de la infidelidad que nunca pudo comprobar pero de la cual estaba segura, yo quería que los marcianos me abdujeran; si callé en ese momento no puedo decírselo ahora. ¿Y cual es el Plan B? No lo tengo contesta Marcelo sin descubrirse. ¿Creés que Patricia está enamorada de vos? Me lo dijo ahora sí el hombre lo mira. ¿No debieras confiar en eso? No alcanza responde Marcelo con desaliento. Él mira el reloj: faltan unos minutos aún. Tendremos que encontrar la mejor manera en que puedas decírselo; lo trabajaremos la próxima. Al menos disfrutaré otra semana con ella; trataré de aprovecharla porque será la última dice Marcelo, sonriendo. Me alegra que hayas recuperado el buen humor comenta él, ya de pie.

 

Abre la heladera y se corta un trozo de queso. Hay vidas complicadas, piensa. Más complicadas que la mía, reformula. Cinco hijos y otros seis en standby. Marcelo también tuvo a Federico cuando las hijas mayores ya estaban grandes. Registra el también. Pobre hombre, reuniones de jardín de infantes a los cincuenta. Se lava las manos y se encamina al consultorio. Se tira en el diván. Se me acaba el plazo, piensa. Mira el reloj: todavía falta un buen rato. Hoy tiene ganas de ver a Ana María, en general le pesa. Eso también es extraño. Todo es extraño. Recuerda fragmentos de las historias de sus pacientes. La vida es extraña. Da y quita. No está en condiciones de discernir en qué etapa está él ¿A punto de ganar o de perder? Ojalá alguien pudiera decidir por él. ¿Ana María?

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Ana María lo recibe con la hermética sonrisa de siempre. Él sabe que ella no romperá el silencio. Aunque dure la sesión entera. Tengo solo una hora, piensa, después el mundo caerá sobre mí. Él también sonríe. Creo que hoy lograré sorprenderla dice revoleando los ojos. Ella solo sigue sonriendo. Arriesgue, le doy tres posibilidades. Lo mío es el análisis no la adivinación le aclara ella aunque dado que su voz carece de hostilidad y que parece en mejor estado que la última sesión, me atrevería a arriesgar que su mujer no tiene un amante se inclina hacia atrás en el sillón ¿estoy en lo cierto? Acertó, ¿no quiere seguir arriesgando?, se le da bien. Ella levanta ambos brazos. Suficiente dice sonriendo. Él calla. Estoy haciendo tiempo, piensa. Y recupera la sensación que tuvo con Santiago: en cuanto lo diga se hará realidad. Ante su silencio, Ana María, para su sorpresa le pregunta ¿encaró a Cecilia por el mensaje? No hizo falta; ella solita me explicó la situación. ¿Por qué cree que su mujer se animó? pregunta ella reforzando la última palabra. Qué boludo, ni me lo planteé, piensa él. Se queda reflexionando. Quizá porque intenté interactuar con los tres; me di cuenta de que hubo un montón de situaciones de las cuales estuve ausente; les pedí perdón. Quiere decir que su mujer es muy receptiva y que si no había hablado con usted antes fue porque registraba que usted estaba muy distante. A él le da fastidio. Sí, quédese tranquila; usted me lo había advertido, acertó otra vez. Se instala un largo silencio. Vemos que lo que tiene para transmitirme es lo suficientemente gravoso como para controla el reloj que hayan transcurrido diez minutos y todavía no lo haya hecho. Él inspira hondo. Cecilia está embarazada dice al fin. Ella calla. ¿La sorprendí? pregunta él, irónico. Me sorprendió admite ella elevando las palmas. ¡Una que no vio venir! exclama él con franca sonrisa. ¿Está contento? pregunta Ana María. La sonrisa de él se borra. No confiesa lo último que estaba en mis planes era tener otro hijo. ¿Entonces? Entonces no sé. ¿Qué opina Cecilia? Cecilia…, Cecilia… le cuesta encontrar qué decir tampoco estaba en sus planes, pero… ella lo tendría. ¿Por qué usa el condicional? A él lo sorprende lo atento de su oído. Me dejó a mí la elección dice, agarrándose la cabeza. ¿De cuánto está? pregunta ella. Ya diez semanas informa él hoy vence la semana que le pedí y que me dio para tomar una decisión. ¿Por qué justo una semana? Él no quisiera dar el brazo a torcer, pero sabe que es ridículo. Quería hablarlo con usted admite. ¿Por qué no me llamó para adelantar la sesión? No se me ocurrió dice. O le cuesta admitir que no es omnipotente. Él eleva los brazos en un gesto difuso. ¿Cómo está? pregunta ella luego de una pausa. Angustiado define él, intenta sonreír y dice, elevando una mano, la palma hacia arriba ser o no ser; tener o no tener. Ana María, muy seria, pregunta ¿por qué no tendría al bebé? Ya somos grandes, Ana María; tenemos dos hijos adolescentes; estamos afianzando nuestras carreras; una criatura mandaría todo para atrás. Usted utiliza el plural; sin embargo, estos argumentos no parecen ser válidos para su mujer. No replica Gustavo con fastidio a ella cuando queda embarazada no le importa nada. Parece que esta vez sí le importa usted. Él la mira con sorpresa. No sé si le importo yo o le importa el bebé; me dijo que no está dispuesta a someter a la criatura a la indiferencia a la que me dice sometí a Nacho. Ya charlamos aquí bastante el tema. Sí admite él precisé un simulacro de divorcio para conectarme realmente con mi hijo. Si usted todavía no pudo tomar la decisión, será porque está en contradicción afirma Ana María, hace una pausa y pregunta ¿por qué enfatiza el sí tendría el bebé? No quiero perderla a Cecilia. Sin embargo, ella le dio libre albedrío y no amenazó con dejarlo. Creo que nunca me lo perdonaría. Así como usted nunca terminó de perdonarla por imponerle a Nacho ella se reacomoda en su sillón, cruza las piernas centrémonos en el bebé, ¿de alguna manera lo percibe ya como su hijo? Él aprieta fuerte los puños. Tanto que se clava las uñas. ¡Sí!, ¡la puta que lo pario! exclama hoy hablaba con Santiago; él, que en su momento transitó más de un aborto, me decía que ahora que es padre, ya no podría; me enojé con él, pero en el fondo tiene razón; me planteo que si hubiera sido por mí Nacho no existiría y es un pibe espléndido; y aunque me llevó su tiempo lo quiero con toda mi alma. Se instala un largo silencio. Ayer, cuando estaba por tomar el ascensor, mi vecina me pidió que le tuviera un segundo el bebé mientras plegaba el cochecito… cuenta y nuevamente calla; las palabras se resisten a salir. ¿Qué sintió? lo ayuda ella. Lo encontré parecido a Nacho; recordé que era un crío precioso; pensé una estupidez, me da vergüenza contarle. Ella lo mira en silencio con su mágica sonrisa. Pensé que Cecilia y yo hacíamos una excelente combinación, que los hijos nos salían inteligentes, buenos, lindos. ¿Tanto como para arriesgarse a reincidir? Él la mira muy serio. ¿Usted considera que estoy en condiciones de hacerme cargo de otro hijo? ¿Por qué no habría de estarlo? repregunta ella acá la verdadera pregunta es otra; ¿desea que nazca este hijo? Precisaría otra semana. Pero sabe que no la tiene. Él se restriega los ojos. No lo deseo, pero me resulta intolerable pensar en hacerlo desaparecer siente que las lágrimas pugnan por salir después de todo es mi hijo. Antes que todo lo corrige ella, incorporándose. Él la imita.

 

Una vez que la puerta se cierra, Gustavo deja de luchar para contener el llanto. Las lágrimas se deslizan por sus mejillas mientras camina hacia el auto. Ni intenta enjugarlas.

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Miércoles 14

Santiago entra, apurado. Perdón por la demora pide. ¿Tomy no te dejó dormir? pregunta él con sorna. ¡Al contrario!, durmió por primera vez toda la noche y se despertó recién a las nueve y como yo ya no pongo el despertador… Brindemos propone él llamando al mozo. Todavía no llegó el café cuando Santiago, sin preámbulos, pregunta ¿qué decidiste? Él piensa, otra vez, ridículamente, que en el momento en que lo diga ya no habrá vuelta atrás. Aunque ya hace una semana que no hay vuelta atrás. Vamos a tenerlo informa al tiempo que él mozo deposita las tazas sobre la mesa. Este sí que es motivo para un brindis exclama Santiago levantando su pocillo. Él eleva el suyo con desgano. Macho, ¿por qué esa cara? pregunta su amigo. No logro estar contento se sincera él. Pero ahora sos vos el que tomó la decisión, ¿o me equivoco? Él afirma con la cabeza. Sería más fácil si la responsable hubiera sido Cecilia dice. Claro, así te quedaba el recurso de la queja al que sos tan afecto. Él se sorprende del comentario de su amigo, ¿Ana María le pasó letra? ¡Pues yo estoy muy contento! exclama Santiago Tomy tendrá un amiguito y ya no podrás cargarme por mis desventuras de puérpero; además, a pesar de las restricciones del sueño y del sexo, estos meses han sido una maravilla; me emociona ver a Tomy crecer, descubrirle rasgos míos. ¡Pobre pibe! ríe él por suerte es la cara de la madre. Mi vieja dice que es mi calco. Para darte el gusto. Hace mucho que no lo ves le recrimina Santiago. Es cierto; estuve muy ocupado con lo de mi viejo. No busques excusas, estás en otra, hermano, metido para dentro. Su amigo es un crack. Me conoce del derecho y del revés, piensa. ¿Cómo se lo tomaron los chicos? pregunta Santiago. No saben; esperaremos a los tres meses, todavía no se lo dijimos a nadie. Deduzco de tus dichos que yo soy nadie para vos. Vos sos todo para mí confiesa él y su amigo sabe que no es una broma porque, al instante, los ojos se le empañan. Mirá que sos pelotudo dice me vas a hacer llorar.

 

Gustavo entra al consultorio con un paquete entre las manos. Va hasta la cocina, busca un plato y extrae del envoltorio dos empanadas. Se sirve un vaso de soda, se lava las manos y se sienta. Me gusta almorzar solo, piensa. Prueba de que suele estar acompañado. Recuerda a Manuel. La soledad se disfruta cuando es un bien escaso, decide. En unos cuantos meses será escasísimo. Inexistente. Otra vez el peso de su decisión, aligerado tras su encuentro con Santiago, lo abruma. Al menos ya decidí, se consuela, la semana pasada estaba peor. Están buenas las empanadas. No se dio cuenta de que tenía tanta hambre, debiera haber comprado tres. O cuatro. Lava el plato y prepara café. ¿Cómo se sentirá Cecilia? A la mañana estaba con náuseas. Busca el celular. Está tecleando un WhatsApp cuando lo borra y la llama. Tiene ganas de escucharla. Necesidad, admite.


 

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No siente olor a comida. Abre la puerta y Lacán se le tira encima. ¡Bestia bruta! le grita pero lo acaricia. Pasa por la cocina. Abierta y a oscuras. Se dirige hacia los dormitorios. Hola, pa lo saluda Nacho sin apartar la vista de la computadora. ¿Y tu madre? No sé; escuché hace un rato que hablaba por teléfono con Marti. A él se le agita el corazón ¿Le habrá pasado algo? Abre la puerta del cuarto de Martina. Mamá llamó desde la clínica le cuenta su hija. Me lo merezco, piensa él, por cobarde. A la abuela le subió la presión pero ya está bien informa la chiquilina la estaba llevando a su casa; dijo que comiéramos porque ella se va a quedar un rato por las dudas. Un difuso alivio lo recorre. No fui castigado, se dice. Aún no fui castigado, se corrige. Alivio que se transforma en euforia. ¿Vamos a comer afuera? propone. Dale contesta Martina. Dale repite Nacho y luego pregunta ¿pizza? ¡Vos siempre querés comer pizza! se queja su hermana. A vos lo que te molesta no es la pizza sino que yo decida. Sus hijos trenzados en una discusión interminable. ¿Cuántas veces los escuchó así? Formar parte de una rutina lo tranquiliza. Pensar que hace una semana temió que todo saltara por el aire. Zafé, evalúa. Le sobreviene una aguda necesidad de abrazar a Cecilia. A ver si se apuran azuza a sus hijos me estoy yendo. Sus dos hijos. Se va a acabar…, se va a acabar…  ¿Cómo ir a una pizzería con un bebé? Porque las pizzerías no son para bebés. Los bebés son un plomo, evalúa.

 

Nacho eligió el menú; Martina, el lugar. Almacén de Pizzas. Me quedo con Burgios comunica su hijo. Sos un ordinario su hija. Él aprovecha y se pone al tanto, al menos, de sus estudios. En lo personal, son reticentes. Tienen derecho, piensa él, deberé recuperar el terreno perdido de a poco. Tengo dos hijos grandes ya, evalúa, están bien, los criamos bien. El setenta por ciento del trabajo hecho, calcula. Su cabeza es una batidora. La posibilidad de empezar de nuevo es un peso que lo aplasta. ¿Compartimos un panqueque? propone Martina. Asociate con pa, yo estoy para un helado reprograma Nacho. Sí, a esta edad los hijos comienzan a ser socios. ¿De dulce de leche? pregunta él para hacerla rabiar. De manzana, obvio dice la chiquilina enfurruñada parece que ya no me conocieras. El chico le guiña un ojo. Ambos ríen.

 

Acaba de apagar la luz cuando escucha los ladridos de Lacán. Se levanta. La encuentra en la cocina. ¿Cenaste? pregunta él y como ella asiente con la cabeza, propone ¿tomamos un café? mientras busca la Volturno. Cecilia le cuenta de su madre; él, de los chicos. Se instala el silencio. ¿Decidiste? lo encara ella. Decidí contesta él aunque no te creas que estoy muy convencido. Ella lo mira fijo, parece que no respirara. ¿Vos estás segura de que estamos en condiciones de empezar de nuevo? Yo sí; pero no tengo fuerzas para afrontarlo sola como hace veinte años, cuando tenía veinte. Espero resultar mejor compañía que entonces dice él, acercándose. Ella sumerge la cabeza en su pecho. Tenía tanto miedo dice. Él la abraza. Fuerte la abraza.

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Miércoles 14

Santiago entra, apurado. Perdón por la demora pide. ¿Tomy no te dejó dormir? pregunta él con sorna. ¡Al contrario!, durmió por primera vez toda la noche y se despertó recién a las nueve y como yo ya no pongo el despertador… Brindemos propone él llamando al mozo. Todavía no llegó el café cuando Santiago, sin preámbulos, pregunta ¿qué decidiste? Él piensa, otra vez, ridículamente, que en el momento en que lo diga ya no habrá vuelta atrás. Aunque ya hace una semana que no hay vuelta atrás. Vamos a tenerlo informa al tiempo que él mozo deposita las tazas sobre la mesa. Este sí que es motivo para un brindis exclama Santiago levantando su pocillo. Él eleva el suyo con desgano. Macho, ¿por qué esa cara? pregunta su amigo. No logro estar contento se sincera él. Pero ahora sos vos el que tomó la decisión, ¿o me equivoco? Él afirma con la cabeza. Sería más fácil si la responsable hubiera sido Cecilia dice. Claro, así te quedaba el recurso de la queja al que sos tan afecto. Él se sorprende del comentario de su amigo, ¿Ana María le pasó letra? ¡Pues yo estoy muy contento! exclama Santiago Tomy tendrá un amiguito y ya no podrás cargarme por mis desventuras de puérpero; además, a pesar de las restricciones del sueño y del sexo, estos meses han sido una maravilla; me emociona ver a Tomy crecer, descubrirle rasgos míos. ¡Pobre pibe! ríe él por suerte es la cara de la madre. Mi vieja dice que es mi calco. Para darte el gusto. Hace mucho que no lo ves le recrimina Santiago. Es cierto; estuve muy ocupado con lo de mi viejo. No busques excusas, estás en otra, hermano, metido para dentro. Su amigo es un crack. Me conoce del derecho y del revés, piensa. ¿Cómo se lo tomaron los chicos? pregunta Santiago. No saben; esperaremos a los tres meses, todavía no se lo dijimos a nadie. Deduzco de tus dichos que yo soy nadie para vos. Vos sos todo para mí confiesa él y su amigo sabe que no es una broma porque, al instante, los ojos se le empañan. Mirá que sos pelotudo dice me vas a hacer llorar.

 

Gustavo entra al consultorio con un paquete entre las manos. Va hasta la cocina, busca un plato y extrae del envoltorio dos empanadas. Se sirve un vaso de soda, se lava las manos y se sienta. Me gusta almorzar solo, piensa. Prueba de que suele estar acompañado. Recuerda a Manuel. La soledad se disfruta cuando es un bien escaso, decide. En unos cuantos meses será escasísimo. Inexistente. Otra vez el peso de su decisión, aligerado tras su encuentro con Santiago, lo abruma. Al menos ya decidí, se consuela, la semana pasada estaba peor. Están buenas las empanadas. No se dio cuenta de que tenía tanta hambre, debiera haber comprado tres. O cuatro. Lava el plato y prepara café. ¿Cómo se sentirá Cecilia? A la mañana estaba con náuseas. Busca el celular. Está tecleando un WhatsApp cuando lo borra y la llama. Tiene ganas de escucharla. Necesidad, admite.


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Cuando venía para acá me encontré por la calle con una excompañera, estaba embarazada; es horrible, en lugar de ponerme contenta por ella me dio una envidia espantosa; igual la felicité recupera la sonrisa no te asustes. Él piensa que por suerte el embarazo no lo porta él, a Andrea le resultaría intolerable. ¿Cómo anduviste esta semana? inquiere. ¡Removidita! contesta ella con gestos ampulosos me vino a visitar una prima, diez años mayor que yo; le conté lo que habíamos trabajado en terapia y me contó que el subnormal le hacía chistes verdes, la miraba con intención; le decía “deja a tu novio, yo te haré ver las estrellas”; cuando le pregunté si se acordaba qué pasaba conmigo, recordó que él siempre me estaba encima; me sentaba en sus rodillas; una vez escuchó que me decía “mirá cómo te crecen las tetitas”; también oyó a su madre decir “gracias a Dios que Andrea se fue porque no sé qué iba a pasar” cuenta con desenvoltura. Es notable que te hayas olvidado de todas esas situaciones; vemos que en tu ida a Rosario confluyeron varios motivos: tu madre trato de sacarte del escenario para evitar males mayores. Me protegió dice ella. Protegerte hubiera sido echar al hombre le aclara él. ¡El gran escape! exclama la mujer entre carcajadas. No voy a irritarme, se impone él. Recuerda luego la impaciencia manifestada por Andrea la sesión anterior. A meter primera, se ordena. Me hablaste de una gira por Sudamérica dice contame un poco. Yo me fui con lo puesto; éramos unos quince chicos de menos de veinte años; hicimos kilómetros y kilómetros; nos presentábamos en teatros de primera pero parábamos en pensiones de cuarta; nos pagaba chirolas; “el resto se los daré cuando volvamos a Buenos Aires”, prometía; además me obsesionaba con el peso; me acuerdo que comía lechuga y pomelo y tomaba coca ligh; con un metro sesenta y cinco y cuarenta y cinco kilos era gorda para él; en mis sueños aparecían pollos al horno cuenta riéndose. Andrea la interrumpe él no es gracioso; eras una chiquilina de diecinueve años sola, maltratada, muerta de hambre. Sí admite ella además era pleno invierno, pasamos mucho frío. Pero vos resististe sin quebrar; una roca. Sí, no me recuerdo angustiada. Si conectabas con tu emocionalidad estabas perdida; ¿cuánto tiempo duró el suplicio? Estando en Colombia se me hinchó muchísimo el abdomen; un dolor terrible; la llamé a mi mamá que me mandó plata para que regresara a Buenos Aires; no lograron diagnosticarme, pero el episodio pasó; hace un año, haciendo unos estudios por mi esterilidad me dijeron que tuve tuberculosis en zona pélvica. La consecuencia del hambre, del frío, del esfuerzo brutal; tu cuerpo gritándolo que vos no te permitías; tu fortaleza sorprendente quedó a la luz, pero mandaste a la sombra la emocionalidad, la ternura, la fragilidad. Fue una señal para mí dice abandoné la danza. Imposible ir rápido con esta vida, piensa él y retoma la cronología. Ya en Buenos Aires volvió a trabajar con sus anteriores patrones. Le permitieron estudiar bachillerato acelerado e inglés. En dos años se recibió. Entró como secretaria en las oficinas de su patrón. ¿Seguías viviendo con ellos? No, empecé a ganar muy bien; alquilé un departamento con una amiga; hice un curso de un año de Negocios Internacionales; para mi gran sorpresa salí primera de mi promoción; éramos como treinta. Fijate vos como durante veinte años tus capacidades intelectuales fueron relegadas, nadie se ocupó de investigarlas ni desarrollarlas. Él recuerda la necesidad de acelerar. ¿Existió alguna pareja durante estos años? ¡No tenía tiempo! se ríe. Las rocas no precisan compañía le recuerda él. En realidad, salí con algunos hombres. Seguramente solo sexo arriesga él. Solo sexo acuerda ella y luego de una pausa agrega hasta que conocí a mi marido. Al fin llegamos, piensa él e informa lo abordaremos la próxima. Pienso concederle solo una sesión bromea ella. Pero él recibe el mensaje.

 

Gustavo se queda pensando en Andrea. La energía de esta mujer es desbordante. Derrama entusiasmo. No es solo lo que cuenta sino cómo lo cuenta. Oyéndola, uno piensa que es capaz de conseguir cuanto se proponga. Sin embargo, su cuerpo le está diciendo que no. El cuerpo de Andrea habla por ella, evalúa. ¿Está capacitada para ser madre?, ¿una madre piedra? Tantas madres circulando sin tener certificado de aptitud. ¿Y yo?, se plantea, ¿podré ser de nuevo padre?, ¿soy el padre que precisan mis dos hijos adolescentes? Está repentinamente agotado. Por suerte el tratamiento de Manuel no le genera mayores dificultades. Otro nivel energético.

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Charlé con Inés informa Manuel en cuanto se sienta y luego calla. ¿Querés contarme? pregunta él. Por primera vez hablamos sobre nuestra infancia, sobre la muerte de Daniel, sobre papá; ella también estuvo trabajando su historia en terapia; coincidimos en muchas cosas que ella también descubrió; lo que la sorprendió fue lo que estuvimos viendo sobre la figura de mamá; ella seguía idealizándola; la conmocionó verla desde otro lugar; me dijo que ahora entendía muchas cosas. Gustavo se siente satisfecho, muy satisfecho. Le maté el punto a Ana María, decide, ojalá que Inés le comente lo que trabajé con su hermano. Le conté lo de Judith prosigue Manuel lo que hizo papá con las cartas; no lo podía creer; recién así pudo entender mi alejamiento, mi desentenderme de la salud del viejo. Manuel se sirve un vaso de agua. Gracias dice. ¿Por qué? pregunta él, desconcertado. Por tu comentario de cierre; es cierto, al menos la tengo a Inés; es como si nunca la hubiera considerado una persona; Inés estaba, estaba siempre para los otros; estaba para papá, sobre todo se reclina sobre el respaldo y pide hablemos de otra cosa. Hablemos de tu profesión, entonces propone él. Manuel arquea las cejas. Elegiste la cirugía, la especialidad de tu padre. ¡Igual la hubiera elegido! exclama Manuel al instante. ¿Por qué? inquiere él. Mucha adrenalina; cuando salgo del quirófano y voy a informar a la familia, todavía me corrr por dentro; entonces los miro a los ojos, imagino por lo que están pasando; cuando puede darles buenas noticias me siento Dios; a lo largo de estos años, miles de pacientes me entregaron lo que más aprecian, su propia vida; tuve, literalmente, su vida entre mis manos; conseguí que la mayoría de ellos pudiera seguir viviendo o viviera mejor; es un satisfacción indescriptible dice con una energía, con una vitalidad que Gustavo le desconocía. Con pasión. Quizá por momentos, por horas sos un Dios como tu padre arriesga. No lo descalifica el hombre en el quirófano es el único lugar en que me siento yo. Él busca, entonces, por otro lado.  Tal vez sea el único lugar en el que pudiste descargar la agresividad normal y natural de todo niño y que en tu caso fue duramente reprimida. Manuel lo mira con interés y comenta el vulgo dice que los ricos son cirujanos y los pobres carniceros. Etimológicamente agredir significa algo tan positivo como avanzar, dirigirse hacia algo; hay que distinguir entre agresividad benigna y maligna; la primera es de carácter defensivo y desaparece cuando se neutraliza el peligro; está, pues, al servicio de la vida, no de la muerte; la agresividad maligna, está representada por las conductas que intentan hacer daño porque sí. Gustavo se sorprende de sí mismo. Como si un ventrílocuo hablara a través de su boca.  Me interesa mucho lo que decís lo reconfirma Manuel sí, cada operación es un baño de adrenalina; me hace sentir vivo. Tu problema es el resto del tiempo. A veces siento que soy un adicto confiesa el hombre operar dejo de ser mi profesión para transformarse en mi droga.  Droga que, mientras dura, tapa tu soledad. Manuel se echa hacia atrás el cabello con ambas manos. No puedo más así; a veces me dan ganas de dormirme y de no despertarme más. ¿Cómo tu padre? Manuel lo mira fijo. ¿Considerás que la vida de tu padre estuvo muy poblada en los últimos años? Nunca me lo planteé reconoce el hombre. Planteátelo ahora sugiere él.  No lo sé. Un buen tema para charlar con tu hermana propone él y enderezándose en su sillón pregunta ¿dejamos acá?

 

Gustavo se queda reflexionando. Manuel eligió la misma profesión que su padre sin embargo, coincidía con su propia vocación. A él le costó imponer la suya: su padre no quería que estudiara psicología. Te vas a morir de hambre decía. Hice lo que quise, piensa, pero también piensa que sigue trabajando en la fábrica de su padre. ¿El consultorio es su hobby? Al menos yo no intenté influir sobre la decisión de Nacho, piensa. Aunque poco le haya gustado Administración de Empresas. El viejo lo captó desde chico, evalúa con fastidio, quizá porque yo no estuve cerca.  Busca el celular. ¿Qué novedades? le escribe a su hija. Ninguna contesta la chica. ¿Todo bien? Todo bien y ahora que me escribís, de diez. ¿Tenés ganas de que merendemos un día de estos? le escribe él porque de repente registra que la extraña. Después se arrepiente, le da vergüenza, qué puede interesarle ya a la chiquilina su compañía. La respuesta llega al instante. Solo si me prometés submarino y tostado. Él sonríe. Sigue compradora la mocosa. Como antes le escribe él. Como siempre contesta su hija. Gustavo se lleva la mano al pecho.

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Cuando Gustavo abre la puerta, descubre a madre e hija. Subí a pagarte se justifica Paz como es principio de mes…, me fijé en el almanaque, son cuatro sesiones agrega tendiéndole un sobre. Muchas gracias dice él al tiempo que Ema se dirige al consultorio y se ubica en el diván. Chau, hija se despide la madre desde la puerta. Chau, mamá contesta la chica sin mirarla. Él acompaña a la mujer al palier. Es rubia, delgada, bonita, delicada. Digna madre de su hija, concluye él. ¿Todo bien? pregunta Paz en voz muy baja. Todo bien responde él mientras le abre el ascensor. Me podría haber dado el sobre a mí dice la chica en cuanto lo ve. ¿Se lo dijiste? Ema niega con la cabeza. Deduzco entonces, de acuerdo con lo que charlamos la sesión pasada, que supusiste que a tu mamá no le hubiera gustado escucharte. ¡Lo que le gustaría es escuchar de qué hablamos!; siempre está pendiente de todo lo mío, me observa, me pregunta cómo estoy, qué siento, qué me pasa, qué quiero. ¿Y eso está mal? La chica se queda reflexionando. Mal no está, pero es demasiado, a veces me ahoga. ¿Tu abuela también te pregunta? Otras cosas me pregunta contesta la chica, haciendo girar las manos de qué trabajan los padres de mis amigas, cómo son sus casas, qué notas tengo en el boletín, cómo se lleva mi papá con su mujer; ella también me cansa. Gustavo se reclina sobre el respaldo y se toma unos segundos antes de decir parece que tu mamá te pregunta sobre tu persona y tu abuela sobre lo que te rodea. La piba, que estaba recostada, se endereza. Lo que decís, es tal cual, no lo había pensado; el adentro y el afuera. Quizá tu madre creció sintiendo que tu abuela ignoraba sus sentimientos y por eso trata de que vos no te sientas ignorada. ¡No hay chance! exclama Ema riendo a mí mamá le gustaría que yo fuera transparente; cuando era chiquita no me importaba, pero ahora a veces no me la banco. Gustavo se sirve agua y le ofrece. Ambos beben. Me parece que lo que ocurre es que estás creciendo y es lógico y saludable que quieras preservar tu intimidad. ¡Pero mamá se pone triste cuando no le cuento!  Él rodea el vaso vacío con ambas manos. ¡Y ya me cansé de hablar de mi mamá y mi abuela! Él sonríe y eleva ambas palmas. Muy bien, ¿de qué te gustaría conversar? La chica se queda pensando. De mi papá tampoco quiero hablar hoy. Gustavo registra el hoy. ¿Entonces? No sé Ema ladea la boca. Comentaste que tenías amigas, ¿todo bien con ellas? Sí contesta la chiquilina en general sí. ¿Y en particular? No sé cómo explicártelo; yo no soy como las demás; trato de parecerme, de que no se den cuenta, pero el otro día Malena, que es mi mejor amiga, me dijo “mirá que sos rara vos”. ¿Por qué pensás que lo dijo? Me pidió que le sacara unas fotos para Instagram; unas fotos… unas fotos con…  poca ropa… cuenta la chica y calla. ¿Se las sacaste? intenta ayudarla él. Sí, se las saqué y ella enseguida las publicó y le llegaron muchos like; entonces me dijo: “ahora te toca a vos, ¿por qué no te ponés la bikini?”… la chica se interrumpe.  ¿Te la pusiste? interviene él.  A mí no me gustan esas cosas así que le dije que no quería la mirada de Ema se entierra en el piso y ahí fue cuando me dijo que yo era rara; ¿viste?, tiene razón, soy rara. Mirame, Ema le pide él. La chica obedece, sus mejillas son dos frambuesas. Fuiste muy valiente, te negaste a hacer algo con lo que no estabas de acuerdo; te arriesgaste a ser rechazada, defendiste tus deseos. ¿Te parece? Estoy seguro él hace una pausa y le pregunta ¿Malena te dejo de lado después de eso? Ema niega con la cabeza. No responde solo me dijo que era rara, pero al día siguiente me invitó a ir al country. ¿Fuiste? Sí, fuimos Olivia, Camila y yo, la pasamos genial, todo el día en la pileta. Ahí sí te pusiste la bikimi comenta él sonriendo. ¡Claro! exclama la piba riendo ¡ahí sí! Él mira el reloj, ya es casi la hora. Me parece que este episodio te demuestra que no siempre podés hacer lo que los otros esperan de vos, pero que eso no significa que esos otros vayan a dejar de valorarte ni de quererte. Puede ser dice Ema sonriendo. Ella también mira el reloj. Y 59 anuncia. Suena el portero eléctrico. Ambos ríen.

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Marcelo se sienta. No hice los deberes informa sonriendo mientras levanta ambas manos, las palmas hacia arriba. No te preocupes, quedamos en que lo trabajaríamos aquí dice él. Menos mal, me daba vergüenza enfrentarte. Marcelo Gustavo cabecea no se supone que debas contentarme; así como no debieras actuar tratando de contentar a Matilde o a la mujer de turno; ya analizamos bastante el costo que eso tuvo en tu relación con Diana; si vos no querés contarle nada a Patricia, nada le dirás; mi única intención es ayudarte a analizar los pros y los contras; la decisión es tuya. ¡Qué lástima! ríe el hombre sería buenísimo que fuera tuya así podría echarte la culpa cuando Patricia me deje. ¿Alguna novedad? pregunta él. Ayer insistió con que tiene ganas de ver a los chicos. ¿Qué le dijiste? Que me diera tiempo, que precisaba prepararlos de a poco; pero ella me explicó que tenía ganas de verlos no en función de nuestra relación sino en tanto hijos de su amiga; “vi crecer a las tres mayores”, me recordó, ¡como si yo no lo supiera!; estoy atrapado, Gustavo, fue una estupidez no contárselo de entrada; ahora estoy perdido. Él se plantea qué haría en su lugar, pero solo pregunta ¿entonces? La relación tiene fecha de vencimiento, lo único que puedo hacer es retrasarla. ¿No contándoselo? Sí, al menos podré disfrutar unas semanas o unos meses más, hasta que ella se canse de insistir en que la incorpore a mi vida. Gustavo lo mira y se queda unos segundos en silencio. Lo que no estás evaluando dice al fin es el costo emocional para Patricia. ¿Cómo? Patricia es una mujer que salió muy lastimada de su matrimonio; me imaginó que le debe de haber resultado complicado confiar otra vez en un hombre. Sí le confirma él soy el primero con el que se relacionó desde que se divorció, hace ya más de ocho años; la puta digo, hasta me presentó a sus hijos, soy un boludo, no debería haberme prestado. ¿Por qué aceptaste? Porque la quiero con todo lo que puebla su vida; además tenía ganas de ver a los chicos. Vos también los conocés desde que nacieron. Sí admite el hombre eran muy amigos de las nuestras; están enormes; los mayores son unos muchachos espléndidos. Evidentemente no sos para Patricia uno más; si vos no le decís la verdad adjudicará a tu reticencia la falta de cariño; quizá, dada su historia, hasta a la presencia de otra mujer. ¡No me psicopatees! exclama Marcelo. Tiene razón, piensa él, me excedí. Tenés razón admite la salud emocional de Patricia no es de mi incumbencia; mi paciente sos vos. Deberá acceder por otro lado, evalúa. Se sirve un vaso de agua y se toma unos segundos antes de plantear ¿qué habrías hecho vos si Diana te hubiera blanqueado su infidelidad? ¡Qué pregunta tramposa!; me lo planteé muchas veces dice Marcelo y luego calla. ¿A qué conclusión llegaste? Yo la hubiera perdonado, pero solo porque la quería tanto que habría sido incapaz de prescindir de ella. ¿Hubieses aceptado hacerte cargo de Lorena? Sí, claro; ya sabés, soy un cobarde. Hacerse cargo de la criatura de otro hombre no es de cobardes sino de valientes. Marcelo lo mira con interés. ¿De veras te parece? Sí contesta él, rotundo sos muy valiente criándola como si fuera tu hija. Es mi hija lo corrige el hombre y luego inquiere ¿por qué me hiciste esa pregunta? Para mostrarte que a veces el amor es indulgente, aunque sea por propio beneficio responde mientras se incorpora. Te veo el próximo miércoles indica. Ya en el palier Marcelo comenta no te prometo nada, pero voy a intentarlo. Él le sonríe. Desde el ascensor el hombre dice gracias, Gustavo, muchas gracias.

 

 Gustavo acomoda los almohadones, deja una nota sobre la mesa para Juana, cierra el gas, baja las persianas y sale. Se acabó mi miércoles de sesiones, piensa, falta una semana para el próximo, se lamenta. Hoy irá a tomar un café a Sigi. Me lo merezco, se dice, hoy hice un buen trabajo. ¿Cuánto hace que no va? Era un clásico en mi antigua vida, piensa mientras se sube al auto. Piensa luego que su vida actual pronto pasará a ser su antigua vida. ¡Y él consideraba que la enfermedad de su padre era lo que más podía complicarle la existencia? ¡Qué iluso! Ahora se viene el terremoto, evalúa. Va manejando tan ensimismado que no ve el cambio del semáforo. Lo único que le falta es una multa. Y ahora sí que son caras. Disminuye la velocidad. Ya está llegando. Espera que la búsqueda de lugar para estacionar no conspire contra su necesidad de sentarse solo un rato. Ahí ve un lugar. Frena.

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Gustavo se apoya contra el respaldo y dice cree saber cuál fue mi decisión, ¿no? La pregunta en sí, en este marco, es irrelevante. Como diría un juez acota él. Parece que considera que yo podría juzgar su decisión, ¿o es usted mismo quien se juzga? Quizás usted me juzgara íntimamente si yo hubiera decidido lo contrario de lo que decidí. Ana María hace un gesto de fastidio. Se le escapó, evalúa el sorprendido, es humana. Usted ha resuelto se recupera ella olvidando los paradigmas del psicoanálisis, que yo estoy a favor de la continuación del embarazo y que, íntimamente, repito sus palabras, lo criticaría si usted hubiera optado por interrumpirlo; le cuesta ejercer su libre albedrío y justifica su decisión amparándose en las reacciones de quienes lo rodean. ¿A quiénes se refiere? A Cecilia y a Santiago los ha mencionado expresamente; a mí, entre líneas y supongo, conociéndolo, que sumaría en la lista a su madre. Él cabecea. Sí es así admite mi vieja tampoco me perdonaría. Ana María revolea los ojos. Qué extraño, piensa él, hoy parece manifestar emociones, quizás el tema la interpela. Dijo perdonaría y no perdonará sigue ella de lo cual desprendo que ha resuelto continuar con el embarazo. Así es reconoce él. Gustavo, ¿por qué le costó tanto contarlo? Él se toma unos segundos antes de responder porque decidí tener este hijo, pero sin alegría se toma otros segundos diría que hasta tengo rabia. Sí, se percibe; una rabia que se extiende hacia mí. Él se endereza en el diván con brusquedad. ¿Qué dice? Ella desestima la pregunta y continúa centrémonos en usted; aunque se arrepintiera ya no hay manera de volver atrás, ¿me equivocó? No, ninguna; ya van más de once semanas; además, luego de este tiempo de incertidumbre, Cecilia ya se conectó con el bebé; diría que hasta se la ve contenta. ¿Por qué no habría de estarlo? Él, de repente, se siente muy irritado; está harto de Ana María, de Cecilia, de su madre, de todas las mujeres; quiere meterse en la cama y taparse la cabeza y no pensar. Le repito la pregunta insiste ella ¿por qué Cecilia no habría de estar contenta? Porque su vida se va a alterar; se le acabará la tranquilidad, la libertad, el dormir por las noches. Pero ella parece estar hasta contenta de soportarlo. Él fastidio de él se incrementa. No entiendo a las mujeres, no sé qué le ven de disfrutable a un bebé. Ella, ajena a su demostrado malhumor, sonríe. Por lo que usted contó, Santiago tampoco parece padecer a su hijito. Él no encuentra qué replicar, momento en que descubre que no vino para enfrentarse con su analista. Perdón pide me estoy comportando como un imbécil. Ella se encoge de hombros y ladea la cabeza. Siempre sabe cómo reaccionar, evalúa él. Luego de una larga pausa Ana María pregunta ¿cómo transitó el embarazo de Martina? La recuerdo feliz, radiante, luminosa. No me refiero a Cecilia sino a usted. Soy un pelotudo, piensa él y luego se queda reflexionando. En esa época yo estaba bien, pleno; me sentía grande; estaba ganando bien y hacía unos meses había retomado la facultad; nuevamente me contactaba con gente interesante; la relación con mi viejo se había estabilizado; yo solía decir: “esta nena viene con un pan debajo del brazo”; y así fue, desde que nació Martina es un sol; yo no podía creer, Nacho había sido muy llorón; la mayor parte de las noches me despertaba y no encontraba a Cecilia en la cama; pasó noches enteras con el bebé en la mecedora. Ella lo mira con fijeza y pregunta ¿usted no la ayudaba? No contesta él, incómodo al día siguiente tenía que trabajar e intenta justificarse y en esa época Cecilia no hacía nada. Nada más que criar sola a ese niño; porque seguramente su ausencia no era solo física sino también emocional. Sí, siempre vi a Nacho como un contendiente admite Gustavo él me robaba a mi mujer; pasamos meses sin tener sexo. Sin embargo, cuatro años después usted, voluntariamente, buscó otro hijo. Bueno, no es que lo busqué yo, creo que no encontré razones para oponerme. Ya hemos hablado en su momento de cómo transito usted el embarazo de Nacho, ¿y Cecilia? Con Nacho fue todo complicado desde el principio; Cecilia tuvo muchas náuseas; la mayor parte del embarazo se sintió muy mal; casi no teníamos relaciones. ¿Y con Martina? Ya le dije, Cecilia brillaba, ni una molestia dio esa nena. Ella despliega esa sonrisa que él tanto envidia. Qué notable comenta podríamos suponer que los malestares de Cecilia no eran de origen físico; Cecilia tal vez sentía su rechazo y reaccionaba con su cuerpo; quizá luego Nacho percibía la angustia de su madre y por eso lloraba tanto, lloraba el llanto de ella. Él se enfurece. Como siempre la culpa es mía. Ella, ahora seria, dice Gustavo, usted es un hombre inteligente, pero a veces pareciera que esa inteligencia la dejara adentro del consultorio; ¿qué conclusiones sacaría ante un paciente que manifiesta su rechazo por un primer hijo y que describe un embarazo y un puerperio complicados y que luego relata un segundo nacimiento deseado donde todo anduvo sobre rieles? ¿Adónde quiere llegar, Ana María? pregunta él, tan avergonzado como fastidiado. A que repare en que el bienestar de Cecilia y del futuro bebé de algún modo depende de cómo usted logre relacionarse con este embarazo; lograr aceptarlo redundará en su propio beneficio. Él, las manos apoyadas sobre las piernas abiertas, la vista en el piso, cabecea. Sí, ya lo sé, Ana María; por eso estoy aquí, voy a intentarlo. Ella se incorpora. Lo veo el próximo miércoles dictamina.
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Cuando está poniendo la llave en la cerradura, se aproxima la mujer del departamento B con el cochecito del cual cuelgan varias bolsas además de una nena de unos tres años. Él tiene intenciones de sostenerle la puerta, pero la ve luchar con el carrito que se atrancó en la rampa. Va en su ayuda. Quizás al verlo el bebé se asusta porque se larga a llorar. ¡Upa! pide la nena. La mujer cierra los ojos. ¿Cecilia quiere esto?, se pregunta él aunque piensa que al menos los otros ya están grandes. Minutos después todos suben en el ascensor. El bebé sigue llorando. Él colabora en el descenso. ¡Upa! insiste la nena. ¡Basta! exclama la mujer cercana al grito ¿no ves que no puedo? Él los ve entrar al departamento. Seguramente a la mujer le resta ocuparse de la cena, bañar a los chicos, acostarlos, etc. Calvarios voluntarios, reflexiona él, en esta época se planifican los hijos. No digas boludeces, Gustavo, se reta luego, dos de tus tres hijos aterrizaron. Sus tres hijos. Todavía no logra hacerse a la idea. Constituían una familia tipo. La parejita por añadidura. El tercero en discordia, piensa e inmediatamente la imagen de Ana María se le impone. Resopla. En cuanto pone la llave se escuchan los ladridos de Lacan. Subordinación y valor.

 

Marti, pone la mesa es lo primero que escucha. Que la ponga Nacho grita la chica desde su habitación él también tiene dos manos. La pongo yo informa él y recién entonces se dirige a la cocina. Encuentra a Cecilia agachada, intentando sacar algo del horno. Está colorada, resopla. Te ayudo ofrece. Ella retrocede y él toma el repasador que ella le tiende y saca la asadera. Pesa mucho, es su primer pensamiento que luego completa: pesa mucho para ella, para ella porque está embarazada. Deposita la fuente sobre la mesada. Es una carne con papas y batatas. ¡Qué festín! exclama. Para festejar informa ella. En un instante sus neuronas se ponen a trabajar. ¿Pensará decírselo hoy a los chicos?, ¿eso es para ellos algo a festejar?, para él no, claro. Nacho aprobó Álgebra se le adelanta ella. Es cierto, el otro día lo comentó, a él se le pasó la fecha. Como no sabe qué decir solo dice ya me ocupo de la mesa y sale. Y recién cuando sale repara en que no la saludó a Cecilia. Tarde para regresar. Distribuye la vajilla y se encamina al pasillo. La comida está lista informa y después se lava las manos. Cuando llega al comedor ya todos están sentados. Cecilia levanta el vaso. ¡Por el examen de Nacho! exclama. Ni que me hubiera recibido dice el chico sonriendo. ¿Cuánto sacaste? pregunta él. ¡Nueve! responden al unísono las dos mujeres. Él se siente molesto. Estuve al margen, piensa. Está por preguntar si fue oral o escrito pero no quiere quedar nuevamente en evidencia. Él creyó que estaba recuperando el ritmo pero, es evidente, tantos meses de distancia no se zanjan solo con buenas intenciones. ¿Cuándo rendís Análisis? averigua Martina y a él le alegra que la chiquilina esté al tanto de los estudios de su hermano. El miércoles próximo contesta Nacho y él decide que se lo anotará en la agenda, ya no puede confiar en su memoria. Fuera del consultorio, se corrige, dentro todavía sí. El teléfono de línea suena. Nacho se levanta a atender. Sí, abuelo dice aprobé, me saqué un nueve. Él no sabe si alegrarse por el interés de su padre o sentirse aun más culpable. Es que no puedo con todo, se justifica. Y si no puedo ahora, no quiero ni pensar lo que será mi vida dentro de un año. ¡Esta carne está monumental, ma! exclama Nacho. Él observa el plato de Cecilia, aún en veremos. Recuerda la filípica de Ana María. ¿De veras piensa que depende de él el sistema digestivo de su mujer? Come, mami pide Martina. Siempre atenta, evalúa él, atenta a todos. Cecilia retoma el tenedor y, como si pudiera leer los pensamientos de su padre, la chiquilina pregunta ¿qué tal estuvo el consultorio hoy, papi? Él recuerda lo que le contó a Ana María. Sí, Martina es un sol.

 

Cecilia no tenía buena cara. Él la mandó a ducharse y ahora está lavando los platos. Detesta limpiar la asadera. Las papas, no falla, se pegaron. Decide dejarla con agua mientras prepara la Volturno. En eso está cuando Cecilia aparece en la cocina. Andá a acostarte le indica después te llevo el café a la cama. Si no te ofendés prefiero un té responde ella. Ya todo empezó a cambiar, evalúa él, nada volverá a ser lo mismo. Cuando entra en el dormitorio con la bandeja, ella ya está acostada. Sin leer, observa él, sí, todo sigue cambiando. ¿Te sentís mal? le pregunta. Un poco revuelta, nada grave contesta ella agarrando la taza que él le ofrece y luego informa ya conseguí turno con Santandrea. No me avisaste nada dice él, molesto. Te estoy avisando. ¿Para cuándo? Próximo martes a las diez de la mañana. Sabés que es el horario más complicado en la fábrica, podrías haberme consultado. Ella deposita la taza sobre la mesa de luz. No pensé que te interesara ir dice, seca. Él está por imponer la discusión cuando se le impone el rostro de Ana María. Voy a tratar de liberarme, ¿sigue atendiendo en el mismo lugar? Sí informa ella. Me queda cerca, por suerte. Ella lo mira fijo y luego recupera la taza. Sí, por suerte repite, seria.

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Miércoles 14


Cuando Gustavo entra al bar, descubre a Santiago con la cabeza apoyada en la pared. Sonríe a solas. Él se aproxima y le toca el hombro. Su amigo se sobresalta. Me asustaste, boludo dice con una sonrisa beatífica, califica él. Che, ¿qué te pasa? pregunta mientras se sienta. Buena noche contesta Santiago. ¿Tomy los dejó dormir? No solo nos dejó dormir contesta su amigo guiñándole un ojo parece que regresaron los buenos tiempos. Él se pregunta cuánto hace que no tiene sexo con Cecilia, ¿cuánto faltará para que también para él regresen los viejos tiempos?, ¿un año y medio? Le hace una seña al mozo. Él pide, como siempre, un café con leche y dos medialunas. Tres para mí indica Santiago tengo que reponer fuerzas. Comentan los titulares de Clarín y después Gustavo informa ayer acompañé a Cecilia al obstetra. Primera actuación paterna dice Santiago te felicito luego le palmea el antebrazo y pregunta ¿cómo les fue? A él le impacta el plural, claro, no es asunto solo de Cecilia. La encontró bien, Santandrea opina que tiene más semanas que las que calcula Cecilia, le mandó a hacer un montón de análisis y le dio orden para una ecografía toma un sorbo de café y agrega escuchamos el corazoncito, ya me había olvidado de esas cabalgatas desenfrenadas. ¿Y qué sentiste? Creo que recién en ese instante me convencí de su existencia. ¿Y? Nada, hermano, parece que Tomy tendrá pronto compañía. ¡Quién nos iba a decir que nos convertiríamos en dos padres gerontes!, pensar que arrancamos bailando en los boliches; “Friends will be friends

When you're in need of love” canta. Basta, animal, si asesinás cualquier tema en español, en inglés ya es demasiado. Ambos ríen.


 

Levanta las cortinas. El sol entra a raudales. Un día precioso, la primavera luciéndose. Va hasta la cocina. Nota de Juana. Le dejo ticket del super y el vuelto. Deposita sobre la mesa el paquete que trae y lo abre. Hace rato que estaba antojado con sándwiches de miga. Antojado. No es él el legítimo accionista de los antojos. Abre la heladera y saca una Cocacola. Sí, finalmente Juana le hizo caso y compró botellitas. Son mucho más caras se resistía. Pocas veces tiene antojo, y regresa el vocablo, de gaseosas, pero cuando así es solo le gustan bien frías y recién abiertas. Busca un individual, un plato y un vaso, eso lo aprendió de su madre. Almuerza con gusto. Menos mal que están ricos, porque los sándwiches de miga secos lo ponen de mal humor. Mientras se hace el café revisa su agenda. ¡El examen de Nacho! Se olvidó completamente. Teclea en el celular ¿cómo te fue? pero luego se arrepiente y lo llama. Lo peor que puede pasar es que no lo atienda. Hola, pa lo sorprende la voz de su hijo. ¿Cómo te fue? Bien, saqué ocho. ¿Qué te parece si arreglamos para almorzar un día de estos los dos y festejamos? propone sorprendiéndose a sí mismo. Dale, cuando te venga bien, yo ahora estoy bastante liberado. ¿Miércoles próximo?, los mediodías en la fábrica suelen ser ajetreados. De una, pa, nos vemos a la noche ahora me voy a tomar algo con mis compañeros. Juventud, divino tesoro, piensa él mientras se sirve el café y rememora sus primeros años de facultad. Después todo se complicó. Después de Nacho. 

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Hoy le toca a mi marido
dice Andrea en cuanto se sienta y ríe. Es muy graciosa, expresiva, ampulosa en sus movimientos. Agita sus brazos como una medusa, piensa Gustavo. Contame cómo lo conociste. Yo ya tenía veintidós años; había empezado a trabajar en la empresa inglesa donde aún continúo; hubo una reunión en el consulado, hete aquí que el cónsul inglés resultó ser el padre de George que, en ese momento, estaba de vacaciones en la Argentina, ya se había recibido de profesor de letras, especializado en literatura española; charlamos, nos gustamos y allí empezó todo. Como Gustavo no pierde de vista la urgencia de ella pregunta ¿te emparejaste con un igual, potente y tiraron juntos para adelante o con un complementario que te aportó algo de blandura y, sobre todo, no coartó tu libertad? ¡Segunda opción! Andrea lo describe. Un inglesito formal, educado, respetuoso, tierno, tímido. No se animaba a darme un beso, ¡casi tuve que obligarlo! ríe ahora a carcajadas. Te lo pusiste al hombro desde el principio arriesga él. ¡Ni me lo digas! exclama. ¿Cómo siguió el vínculo? Él regresó a Inglaterra, no te podés imaginar las cartas que me escribía, romanticismo puro; yo estaba encantada, nunca me habían tratado así; unos seis meses después la empresa nos propuso a los recientemente incorporados hacer un curso de perfeccionamiento de inglés intensivo de dos meses en Londres; se lo conté a George que me ofreció ir a vivir a su casa; su padre, luego de cuatro años, ya había cesado en su cargo; no lo pensé ni dos minutos ríe nuevamente no te imaginás lo que era la casa, ¡un palacio!, y no me cobraban ni alojamiento ni comida; eso sí, dormíamos en cuartos separados. ¿No tuvieron sexo durante esos dos meses? Sí, los padres tenían bastante viva social, así que esas noches éramos libres. ¿Qué te atraía de George? Su sensibilidad, sus detalles, su protección.; en realidad yo estaba enamorada de su padre vuelven las carcajadas broma, ¿eh? Andrea le cuenta que era un hombre potente, arrasador. Como vos acota él. Sí, hicimos muy buenas migas. La suegra era una mujer sensible, lenta, tradicional, muy inglesa, de moral victoriana, disciplinada. Como el hijo comenta Gustavo. Sí, me sigue fastidiando la falta de espontaneidad de George; quiero hablar de algo y me dice: “no, ahora no, ya son las veinte, mañana”. Gustavo le muestra que, desde sus diferencias, se complementan. Él te da seguridad, ternura; vos aportás el empuje, la energía. Recuerdo una vez, durante el desayuno, que charlé largamente con mi suegro; en un momento lo miró a George y le dijo: “esta mujer es de armas llevar, te va a hacer correr”; pobre, ¡todavía está corriendo! exclama ella entre risas. Ella regresa a Buenos Aires, cuenta Andrea, y meses después él viaja y hacen una boda sencilla, porque él tenía doble nacionalidad. Se instalan en el departamento de ella y él viaja periódicamente a Londres mientras gestiona horas de cátedra en la Universidad de Buenos Aires. Pareciera que vos fuiste el motor de todos estos cambios sugiere él. Sí, yo proponía, él ofrecía leve resistencia y luego se plegaba a mis decisiones confirma riendo. Cuando te pregunté qué te atraía de él no mencionaste la atracción física abre el ruedo Gustavo. No diría que ha sido fuerte de nuestra pareja admite ella George siempre ha sido… busca la palabra… tibio; luego de la muerte de su padre, meses después de nuestro casamiento, más aún; menos aún se corrige riendo. ¿A vos te alcanzaba? Estaba demasiado ocupada trabajando se justifica. Allí colocabas tu líbido. Ella asiente con la cabeza. Yo escuchaba a mis amigas quejándose de que no podían sacarse a sus maridos de encima. ¿Qué te generaba escucharlas? Intuía que algo no andaba bien, pero puse el tema en un armario. ¿Él ya vivía en Buenos Aires? Sí, compramos un lindo departamento de tres ambientes con la herencia de su padre; él trabajaba pocas horas, no lo precisaba porque recibía una renta mensual por propiedades en Inglaterra, hijo único él además; yo fui ascendiendo en mi carrera, cada vez me exigía más tiempo; él se ocupaba de la casa, siempre fue un excelente cocinero; no es poca cosa llegar reventada y encontrarse con la cena preparada. La comida caliente y la cama fría arriesga él. Ella asiente, seria. ¿Vos planteabas el tema? Lo intenté un par de veces, pero él se resistía; después de esas demandas se activaba un poco ríe nuevamente además, empezó a beber más, había arrancado luego de la muerte de su padre, cuando tomaba estaba más apático aún. No parece el marco ideal para engendrar un niño sugiere él. ¡Al fin llegamos al tema! exclama ella. Él mira el reloj. A eso nos dedicaremos en nuestro próximo encuentro informa levantándose. Próximos lo corrige ella y agrega, extrañamente seria mucho para contar. Él la despide junto al ascensor. Por primera vez la percibe vulnerable.

 

Revisa la ficha de Manuel. ¿Qué estará trabajando Ana María con su hermana? Le gustaría poder charlarlo con ella, pero no corresponde. Ya no es mi control, se recuerda y recuerda también cuánto lo ayudaba discutir los avances y retrocesos de sus pacientes con ella. Pero más la preciso como terapeuta personal, decide. Ella sabe conducirme, reconoce, ella impide que vuelque. ¡Qué comentario tan poco profesional!, se reta, ni que fuera un autito en una pista de Scalextric. El timbre lo sobresalta. Pone la vajilla que quedó del almuerzo en la pileta y acude a atender.

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Estuve charlando con Inés
informa Manuel en cuanto se sienta. ¿Sobre? El hombre ladea la cabeza y eleva las cejas sobre lo que me encargaste, sobre la vejez de mi padre. Yo no te doy indicaciones, Manuel, solo sugerencias, propuestas le aclara él. Manuel se encoge de hombros, parece fastidiado. No me gustó escucharla dice no me hizo bien. Gustavo espera, pero como el hombre permanece callado, propone ¿te gustaría contarme? Manuel se reacomoda en el diván, se apoya en el respaldo y cruza una pierna sobre la otra rodilla. Creo que en este último tramo pagó todos los errores que pudo cometer en su vida comenta y calla nuevamente. ¿Por qué lo decís? trata él de ayudarlo a abrirse. Estuvo solo como un perro. Al menos han tenido algo en común, además de la profesión acota él. ¿A qué te referís? A la soledad. Él esboza una leve sonrisa. Quizás es genética dice porque Inés también la padece y regresa al silencio. ¿Estuvo mucho tiempo enfermo? intenta él abrir la conversación. Fue largo; largo y doloroso; cáncer de laringe; de entrada le dieron pocas chances, pero el viejo resistió. ¿Vos estabas al tanto? Manuel se endereza con brusquedad. responde Inés me escribía. ¿Te avisó Gustavo decide, adrede, ser duro que se estaba muriendo? Sí, pero no vine; si no lo había visto antes qué sentido tenía en ese momento. ¿Inés te lo recriminó luego? Manuel menea la cabeza. Inés nunca recrimina, nunca demanda. Gustavo decide permanecer en silencio. Silencio que un buen rato después Manuel rompe para decir soy yo el que me lo recrimino. Gustavo le ofrece agua. Ambos beben. Aunque no puedas creerlo, ayer, porque me encontré con ella ayer, fue la primera conversación profunda que tuve con mi hermana en toda mi vida; la primera vez que fue a visitarme, un par de años después de mi partida, era muy jovencita, en el poco tiempo libre que tenía la paseé lo que pude, pero no hablamos nada de temas personales, pero sí recuerdo que traté de convencerla para que siguiera estudiando, ya estaba trabajando como secretaria en el consultorio de varios ginecólogos, aún sigue allí; se justificaba diciendo que no tenía ninguna vocación. Él se queda reflexionando, cuánto precisaría charlarlo con Ana María. A lo mejor ella también satisfizo los mandatos paternos. No entiendo. Para las mujeres, la  familia debe de ser el centro de su existencia. Pero ella no se casó ni tuvo hijos, sigue viviendo en la casa de nuestra infancia. Tu padre fue su familia le aclara él. Es cierto admite Manuel al menos ella tuvo esa familia; yo, ninguna. Vos decidiste prescindir de tu familia, tanto de tu padre como de Inés. Es cierto repite, tomándose la cabeza con ambas manos la arrastré a Inés en la volteada. Se sirve agua y continúa ayer, charlando con ella, recién tomé cabal conciencia del fardo que tuvo encima, fardo del que, en todos estos años no se quejó; me pasé la vida lamentándome, a solas, claro, del desamor de mi padre, de su brutal manera de torcer mi vida y recién puedo ver ahora que aquí la verdadera víctima ha sido Inés; a pesar de saber con precisión, por algo soy médico, la complejidad de la enfermedad de mi padre, los dolores, la incapacidad, la asistencia permanente que requería, no moví un dedo para ayudar a mi hermana, no en tanto hija del ser que yo detestaba, sino en su calidad de ser humano vuelve a esconder la cabeza entre las manos todo esto habla muy mal de mí, Gustavo, me avergüenzo de mí mismo. Él deja pasar un buen rato antes de comentar es muy interesante tu proceso, Manuel; recién cuando dejamos de vernos como víctimas y nos reconocemos artífices de nuestra historia, descubrimos que nosotros somos los otros de los otros y podemos reconocer que todo aquello que nos ha acontecido en nuestra adultez ha ocurrido con nuestra anuencia, por acción o por omisión; quizá recién ahora puedas, Manuel, tomar el timón de tu vida. Quizá ya es demasiado tarde dice el hombre, descubriéndose el rostro. ¿Tarde? Gustavo sonríe recién y remarca el recién tenés cuarenta y cinco años. Suena el portero eléctrico. Ambos hombres, al unísono, miran el reloj. Se nos pasó la hora dice Gustavo incorporándose. Mientras no se me pase la vida… acota Manuel imitándolo. Él sonríe, satisfecho.
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¿Te acordás que te dije que mi papá me había cancelado la salida al cine?
Son las primeras palabras de Ema. Sí, hace ya dos semanas responde él. Después de eso no volvió a comunicarse conmigo. ¿No tenés días fijos para verlo? En principio sí, pero casi nunca se cumplen, desde que está con Sandra no se cumplen. Él calla. Mamá al principio le reclamaba, pero ya no. ¿Por qué no? Porque yo le pedí que no lo hiciera, me hacía peor escuchar las discusiones que no verlo. Quiere decir que tu mamá respeta tus deseos. La chica hace un gesto de fastidio. Sí, ya te dije que siempre me escucha, que demasiado me escucha. Sigamos con tu papá propone él. ¿Sabés qué me pasó? pregunta mirándolo fijo estaba enojada, muy enojada; es raro porque antes solo me ponía triste. ¿Antes de qué? Ema se endereza en el diván y se queda unos segundos callada. No había pensado antes de qué mira el piso y agrega supongo que antes de empezar a… se interrumpe antes de empezar a charlar con vos. Él experimenta una gran satisfacción. ¿Cómo es eso? pregunta. Antes…, cuando era chiquita, aclara pensaba que, si mi papá no tenía ganas de estar conmigo, la culpa a lo mejor era mía, que yo era aburrida o tonta o mala o vaya a saber qué y por eso no podía hacerme querer; pero últimamente me di cuenta de que yo no soy la culpable, porque además todos los demás me quieren. ¿viste?, yo soy de hacerme querer, las mamás de mis amigas me adoran, las maestras antes, las profesoras ahora, también; él es mi papá y él tiene que ocuparse de mí, aunque no me quiera, porque es un adulto y soy su responsabilidad; por eso me enojé. Gustavo se cerciora de que ella no seguirá hablando y pregunta ¿vos sentís que tu papá no te quiere? Al instante los ojos de la chiquilina se llenan de lágrimas. La pucha dice de nuevo estoy llorando. Ya hablamos al respecto, Ema, celebro que puedas comunicar tus emociones, no necesitás ser como tu abuela. La chica sonríe entre las lágrimas. Vos te acordás de todo afirma. Te escucho con atención responde él, complacido. ¡Como mamá! exclama la chica y ahora ríe. Él deja pasar unos segundos y reitera la pregunta ¿sentís que tu papá no te quiere? La chica, ya sin lágrimas, se queda pensando. Cuando está conmigo me trata bien, es cariñoso; el tema es que no necesita pronuncia el necesita con intensidad estar conmigo. Quizá te aflige que él no registre tus propias necesidades. ¡Sí!, no se da cuenta de que yo me pasé cada uno de los diez días esperando que me llamara; y eso antes me daba pena, pero ahora me da mucha rabia dice inclinándose hacia adelante, los brazos cruzados sobre el abdomen. Como permanece en silencio, Gustavo acota creo que acabás de enunciar la clave. La chica se endereza y lo mira con atención. ¿Cuál? pregunta. Dijiste que no se daba cuenta.  Ema frunce el entrecejo. ¿Cuándo alguien no se da cuenta de algo qué hay que hacer? le pregunta él. ¡Decírselo! exclama ella inmediatamente. Él asiente con la cabeza. ¿Y cómo? pregunta la chica. ¿Qué se te ocurre? Ema se queda pensando. Puedo escribirle un mensaje por Wapp, puedo mandarle un mail, puedo llamarlo por teléfono al estudio ahora se sienta como indio también puedo pasar por el estudio, queda cerca de la casa de Malena y justo mañana voy. Veo que sos una muchachita con muchos recursos dice él sonriendo. La piba mira el reloj. 16.58 dice la semana que viene te cuento y levanta la palma de la mano. Él se la choca. Hecho dice. El portero eléctrico suena.

 

Se deja caer sobre el diván. Estoy de buen humor, piensa. Recuerda la cita acordada con su hijo para el próximo miércoles. Él no me demandó nada en tantos años de indiferencia, reflexiona, y yo, como el padre de Ema, estuve al margen de las necesidades de mi hijo. Registra, también, que lo invitó a comer porque él tenía necesidad de fortalecer el vínculo no porque pensara que el chico lo precisara. El buen humor se le diluye en un instante. Mucho para trabajar en mí, reconoce.

 

 


 


 


 

 



 


 

 



 




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