TERCERA TEMPORADA
Octubre 2018
Miércoles 24

Gustavo, la cabeza apoyada sobre la mano, el codo flexionado sobre la mesa, mira a través de la ventana. Llovizna. Garúa, tristeza; hasta el cielo se ha puesto a llorar. Está triste. Aunque no debiera estar triste. Una palmada en el hombro lo sobresalta. ¿Qué hacés, hermano, tanto tiempo? lo saluda Santiago. Me asustaste. Vos en tu propio mundo, como siempre. Santiago se desmorona sobre la silla. Estoy fusilado, el pendejo no nos dejó dormir; la madre dice que le están saliendo los dientes. Gustavo sonríe. Te lo avisé: la paternidad no es un chiste; no quiero ni acordarme de aquellas noches ahora la sonrisa es sobradora y además a vos te agarra jovato; no me digas que no te advertí de entrada que Marisa no iba a parar hasta encajarte un pibe y andate preparando que antes del 2020 te tiene preparado el segundo. Sí, tal cual Santiago esconde la cara entre las manos al principio son puro sexo salvaje, pero en un abrir y cerrar de ojos el sexo se transforma en utilitario y la cama en una fábrica de bebés. ¿Un café? pregunta Gustavo mientras levanta la mano llamando al mozo. ¡Doble! Ya ante las tazas humeantes Gustavo dice ahora en serio, ¿cómo va todo? Santiago se toma unos segundos antes de contestar bien, digamos que bien; al pendejo lo adoro, está comestible; con Marisa, maso; la desconozco; a veces ni se baña, ella que no salía a la calle sin treinta minutos previos de producción. Está puérpera, San, qué pretendés; es lo mejor que le puede pasar a tu hijo. ¡Uy!, habló el licenciado Santiago cabecea necesito un amigo no un psicólogo; preciso que me palmeen el hombro, un poco de compasión lo mira, le toca el antebrazo y añade bah, un psicólogo retirado. Estás atrasado de noticias, se nota que hace mucho que no nos vemos, el mocoso ha conseguido desplazarme. Dejate de boludeces y contame. Hoy retomo el consultorio. ¡Qué buena noticia! Sí, papá ya está mejor; hace una semana que regresó a la fábrica; por el momento solo me tomaré un día a la semana. Los miércoles, como al principio comenta Santiago. Cierto, qué memoria; claro, antes me prestabas atención. ¡Mirá que sos boludo!, y después me retás a mí porque me quejo del desamor de Marisa. Sí, pero yo lo digo jodiendo y vos en serio. Santiago menea la cabeza. Mi propio hijo es mi archienemigo dice con cara de compungido. Llega el café. Brindemos por mi ahijado propone Gustavo levantando la taza lo queremos pese a todo. Chocan los pocillos. ¿Conseguiste pacientes? pregunta Santiago. Sí; a lo largo de este año fui apuntando las llamadas que recibía, los llamé y a algunos enganché; por suerte hoy arranco con tres nuevos y uno que atendía hace un par de años. ¿Cuatro?, ¡bien! Pensar que llegué a tener casi treinta. "Volver a empezar..." tararea Santiago. Callate, imbécil: vos no cantás, aullás. "Que no se acabe el fueegoo...". Gustavo le empuja el hombro. Ambos ríen.
Gustavo estaciona el auto y luego camina por Melián. Sigue lloviznando. Garúa, solo y triste por la acera, va este corazón transido... piensa mientras silba. Llega al consultorio y levanta las persianas. Todo impecable, se nota que estuvo Juana. ¿Cuánto hace que no viene por aquí? Al principio se daba una vuelta cada tanto, pero luego, ir empezó a ponerlo mal. Se sienta frente al escritorio y abre la agenda. La primera es una tal Andrea. Una recomendación de María Inés. Tres más al hilo. Soy afortunado, piensa. Pero no está contento. Garúa, tristeza. No se entiende. Va hasta el baño y se mira en el espejo. Descubre algunas canas. Cuarenta, ya. Y como bien dijo el tarado de su amigo, volviendo a empezar. Suena el timbre. Aprieta el portero eléctrico. Casi no quedan edificios que lo permitan. Soy afortunado, se repite. Mira por la cámara de seguridad. ¡Vaya con la mujer!
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Cabello oscuro, muy corto. Boca grande, ojos negros, sonrisa expresiva. Un traje sastre de excelente corte. La mujer entra taconeando fuerte sus botas. Es muy potente, es el primer pensamiento de Gustavo. Ella se sienta y él comienza a apuntar sus datos. Andrea Labrador, treinta y cuatro años; casada hace siete años con George, están juntos desde los veintidós. Es directora de ventas para Latinoamérica de una empresa inglesa. Él baja la libreta, la mira a los ojos y sonríe. ¿Cómo estás? pregunta. ¡Nerviosa!, pensando con qué me voy a encontrar dice y luego ríe. ¿Qué te trae por acá? No puedo tener hijos responde y la risa troca en amargo rictus en solo un instante. Te propongo que arranquemos del principio, no podemos entender una película si comenzamos por la escena final, ¿de acuerdo?¡Qué remedio me queda! exclama ella, de nuevo sonriente aquí las reglas las ponés vos; además, estaba sobre aviso. Él arquea las cejas. María Inés me explicó cómo trabajás. Comencemos, entonces, por tu infancia; ¿dónde creciste? Soy de Cañada de Gómez, provincia de Santa Fe se incorpora un segundo y vuelve a sentarse si Mirtha Legrand homenajea a Villa Caña, que no le llega ni a la rodilla... explica riendo. ¿Qué hacían tus padres? Papá era empleado municipal, creo; murió cuando yo tenía un año y medio, lo atropelló un auto; lo trasladaron a Rosario; mi mamá, que encima estaba embarazada de mi hermano, se pasó un mes yendo y viniendo, pobre. Gustavo se toma unos minutos y comenta pobre de vos. ¿Por qué decís eso? No debe de haber sido fácil para una beba estar tanto tiempo sin su mamá. ¡Ya estaba acostumbrada! ¿Cómo es eso? Mi madre trabajaba, casi me crió mi abuela. ¿Desde cuándo? Mamá me cuenta que trabajó hasta el día del parto y como no me pudo amamantar, a los diez días volvió al trabajo. ¿No pudo? pregunta él, con intención en la voz. Tenía los pezones invertidos. Y parece que también tenía mucha necesidad de dejar a la criatura en casa y huir; ponete en el lugar de la beba que fuiste, parece que recibiste muy poca mamá; seguramente mucho menos de lo que precisabas. Ella cabecea, despectiva. Me cuidaba la abuela. ¿Tu abuela era cariñosa? Ella ríe. ¿Cariñosa la abuela?, cuando entraba a la casa mi hermano y yo corríamos a abrazarla, pero ella nos apartaba; "lo poco agrada, lo mucho enfada", nos decía; era una piedra; pero también era divertida, jugábamos a las cartas y nos hacía trampa y se reía; nos entendíamos bien. Vos también sos divertida... comenta él con intención. ¿Me estás diciendo que soy una piedra? sonríe ella abiertamente, reflexiona unos segundos y agrega puede ser, aguanto cualquier cosa, nada me rompe, ya vas a ver. ¿Cómo se arreglaron cuando murió tu papá? Dejó una buena pensión y la abuela tenía otra; además mi mamá se puso el sombrero de papá trabajador; nunca nos hizo faltar nada. Dijo ella aclara Gustavo solo su presencia, claro. Ella ladea la cabeza. Mi hermano la llevó peor; se pasaba las tardes sentado arriba del aparador de la cocina, esperándola; le iba mal en la escuela, no tenía amigos; yo era todo lo contrario; aplicada, simpática, sociable. Claro, él se hizo cargo de la soledad de los dos. Ella lo mira, parece interesada. No parece haber habido lugar en esa familia para la ternura, el diálogo, la blandura. ¿Diálogo? ríe de nuevo en casa todo eran órdenes: "a comer", grita con un acento áspero, duro, que lastima los oídos de Gustavo "a bañarse, al colegio, a dormir"; una vez que fui a lo de una amiga la mamá nos leyó cuentos, yo no lo podía creer, siempre nos acostábamos solos; Miguel la llamaba interminables veces, "¡galletas!" vuelve a gritar pedía, pero lo único que conseguía era un reto. ¿Ves?, tu hermanito usa el diminutivo con intención siempre se hizo cargo de tus propias carencias. Yo no suelo necesitar lo que no puedo conseguir; soy práctica a ultranza. Sin embargo ahora precisás algo que no está a tu alcance. Ella levanta las cejas, interrogante, hasta que comprende. Eso fue un golpe bajo dice intentando sonreír. ¿Dejamos acá? indica él incorporándose. ¿Miércoles próximo, misma hora, mismo lugar? pregunta ella con una sonrisa, ya cartera en mano. Cuando cierra la puerta Gustavo escucha su enérgico taconeo rumbo al ascensor. Un encuentro intenso para comenzar, evalúa. Busca su celular. ¿A qué hora llegás? le escribe a Cecilia acordate de que hoy vuelvo tarde. Un timbrazo antecede a la respuesta. Es una derivación de Ana María, que está atendiendo a su hermana. ¿Qué le deparará el destino? Pulsa el botón del portero eléctrico. Se arregla la camisa frente al espejo y se dirige hacia la puerta.
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Un hombre de traje y corbata le tiende la mano. Manuel Estrada se presenta mucho gusto. Médico cirujano, cuarenta y cinco años, soltero, de regreso en la Argentina luego de haber vivido más de veinte años en Estados Unidos. A Gustavo lo sorprende el grado de formalidad. De porteño, nada, piensa. ¿Qué te está preocupando? pregunta Gustavo imponiendo el tuteo pese a los usted del hombre. Acaba de morir mi padre, por eso regresé; no sé ahora cómo seguir. ¿Era él quien te marcaba el camino? La cara del hombre se desarma. Flanco herido, piensa él. No, lo que sucede es que ahora que estoy aquí, no sé si quedarme o regresar. Gustavo le explica su metodología de trabajo y luego pregunta ¿a qué se dedicaba tu padre? Era medico responde como yo. O vos sos médico como él acota Gustavo con una sonrisa. Manuel cabecea y le cuenta que su padre fue un profesional muy renombrado; su madre, ama de casa. Bah se corrige en realidad la ama era mi tía, mi tía Ermelinda. ¿Su hermana? La hermana de mi padre; nos tenía al trote. Contame pide él. Yo no quería llevar amigos a casa porque me hacía pasar papelones; entraba en mi cuarto con cualquier pretexto y empezaba a preguntarles vida y milagro. ¿Y tu madre? No, mamá era una santa. Como Poncio Pilates acota él. No entiendo. Tu mamá se lavaba las manos Manuel lo mira sorprendido no te defendía: quizá para evitarse problemas con cuñada y marido permitía que se ejerciera sobre vos una enorme presión. Parece que hubieras estado en esa casa dice Manuel, sonriendo por primera vez. ¿Tu papá te castigaba? No Manuel niega enfáticamente con la cabeza ojalá; me minaba con su desprecio; hiciera lo que hiciera, lograra lo que lograra, nunca parecía suficiente para él. Ni que te recibieras de médico. Ni eso; hubiera querido que trabajara en su clínica. Pero vos te escapaste. ¿Cómo? A Estados Unidos, digo. Me escapé, sí reconoce, pero no fue por eso. Me lo apunto para luego explica Gustavo, birome en mano prefiero continuar con tu infancia; ¿tenés hermanos? Tenía dos contesta bajando la mirada mi hermano mayor murió a los quince años; solo me queda Inés; ella fue la que me insistió para que hiciera terapia; yo nunca creí en esto. Pero estás acá. Yo también sé que preciso ayuda dice y vuelve a bajar la mirada a ella le hizo muy bien. A todos les hace bien Ana María, piensa él. Contame cómo murió tu hermano pide. Manuel se queda reflexionando unos segundos y luego, la vista enterrada en el piso, dice en realidad lo mató papá. El pulso de Gustavo se altera. ¿Querés explicarme? pide. Daniel odiaba la equitación, le daba mucho miedo, hasta yo que era un pibe me daba cuenta; pero papá había decidido que su primogénito fuera buen jinete, todos los Estrada lo han sido; lo anotó sin avisarle en una carrera de obstáculos; yo lo acompañé, él me pidió; yo lo acompañé y lo vi caer; papá lo había anotado pero no fue; yo era el único de la familia que estaba mirándolo; yo lo amaba a Daniel dice mientras las lágrimas comienzan a correr por sus mejillas sin que se altere su rostro ni su tono de voz. Como si estuviera llorando otro, decide él. A Daniel tampoco lo supo proteger su mamá. Las lágrimas de Manuel se intensifican. Parece recién percibirlas. Busca un pañuelo (de tela, repara Gustavo) y se seca. Nunca lo pensé así admite en casa siempre se hizo un mito de la santidad de mamá; además murió muy joven. Parecería que en esa casa tu mamá estaba de más. Manuel se queda pensando un rato largo. Es cierto dice de todo lo importante se ocupaban Ermelinda y papá; y, cuando mamá se murió, del resto se hizo cargo mi hermana; tenía quince años, pobre Inés. Parece que a tus dos hermanos les robaron la vida a los quince años. Yo también estoy muerto dice Manuel casi en un susurro y antes de que Gustavo pueda retomar esa feroz sentencia, Manuel pregunta ¿cómo sigue el tratamiento? Terminan el encuentro ajustado horarios, aranceles, forma de pago. El hombre se despide con un fuerte apretón de manos.
No se queda satisfecho. Quizá fui muy cruel, se plantea, preocupado. Restituye el volumen del celular. Llego a las ocho es el lacónico mensaje de Cecilia. Ni un beso. Está rara Cecilia estos días. Nerviosa. Hace rato que no charlan largo. La enfermedad de su padre lo absorbió. Meses. Me alteró la vida, piensa, me la jodió; siempre se las arregla para joderme. Va a la cocina y se sirve un vaso de soda. Luego revisa la agenda. Ema Bullrich. Una derivación de Andrés, su exanalista que ya había tenido una entrevista con los padres y le pasó la información. Información que él estudió concienzudamente. Una adolescente. Le encanta trabajar con adolescentes. ¿Qué será de la vida de Camilo? Seguramente sobresaliendo en lo que se haya propuesto. Amó a ese chico. ¿Y Joaco? Ojalá siga recuperando la confianza en sí mismo. Hicieron un lindo trabajo. Ahora una muchachita. Se sienta en su sillón. A esperarla.
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Al abrir la puerta se encuentra con una mujer y una muchachita. Soy Paz dice la mujer extendiéndole la mano no me quedó claro si yo también tenía que venir. Él se acerca a la chica y la besa. Bienvenida, Ema dice, la piba sonríe tímidamente y él pregunta ¿precisás que tu mamá se quede? La chica menea la cabeza. Él, entonces, le sonríe a la mujer y pregunta ¿vos la venís a buscar o se va sola? No, vengo yo, así le abono el mes. Él la acompaña al palier y le da un beso. Nos vemos la despide. ¿Me siento? pregunta la chica. Él asiente, le señala el diván y se ubica frente a ella. Ema, ¿cuántos años tenés? Catorce, pero voy a cumplir quince. Gustavo contiene su sonrisa: le falta levantar los deditos flexionados, aunque la medida de su crecimiento es que ya no le alcanza ni con las dos manos. Es una adolescente delgada, largo cabello lacio y rubio, los ojos oscuros. Delicada. Bonita, particularmente bonita. Vestida…, Gustavo busca la palabra, impecable, demasiado impecable. Él la mide con su hija, siempre desharrapada, como le dice su madre a lo que la chiquilina acota: Abuela, estoy cómoda. Él recoge unos cuantos datos que vuelca en su cuaderno. Luego de unos minutos de silencio en los que la mirada de la chica inspecciona el consultorio, él le pregunta Ema, ¿por qué estás acá? Mi mamá ya habló con el otro psicólogo, Andrés me dijo que se llama, ¿él no te contó? Me gustaría que me lo contaras vos. La chica flexiona las piernas y se sienta sobre ellas. Se está distendiendo, registra él. Mi mamá está preocupada porque tengo pocos amigos. ¿Y a vos te preocupa? La chica se queda pensando. Mi mamá considera que son pocos, pero a mí me alcanzan. Él repara en que todas las alocuciones comienzan con el mismo sujeto. ¿Entonces? ¿Entonces qué? repregunta la piba. Entonces por qué estás acá; las preocupaciones de tu madre tendrán que ser resueltas en su propia terapia; este es un espacio en el que vos serás la única protagonista; el trabajo solo cobrará sentido si a vos él eleva el tono al pronunciar el pronombre te interesa charlar sobre tus preocupaciones, tus dificultades. La chica calla. ¿Te obligaron a venir? inquiere. Mi mamá nunca me “obliga” contesta la chica elevando ambas manos y haciendo el gesto de comillas. ¿Tenías ganas de venir? Curiosidad contesta Ema. Es una chica inteligente, evalúa él, correcta pero muy desenvuelta. Empecemos de nuevo propone él sonriendo Ema, ¿qué te preocupa? ¿Lo que yo diga se lo vas a contar a mi mamá? De ninguna manera, este espacio es solo nuestro. Ema se reacomoda, se apoya en el respaldo. Vamos bien, evalúa él. Me tienen harta dice de pronto. ¿Quiénes? ¡Todos!; mi mamá, mi papá, mi abuela, hasta Alejandro. ¿Alejandro? El marido de mi mamá. ¿Por qué te tienen harta? Todos suponen saber qué tengo que hacer, cómo me tengo que portar, cuántos amigos debo tener; ¡me tratan como si fuera una nena! Adolescente de manual, determina él, como escucharla a Martina. Arranquemos del principio propone él ¿me querés hablar un poco de tu familia? ¡Uf! resopla Ema es complicado. Te escucho. Mis papás están separados la chica eleva los hombros y agrega eso ya lo sabrás. El vínculo es entre nosotros dos, repito; lo importante es lo que vos me cuentes. Siempre hay bardo entre ellos; por el dinero, por los horarios, por mis salidas, por si me quedo o no en lo de mi padre, por si Alejandro se mete demasiado, o la mujer de mi papá, Sandra se llama, demasiado poco; sobre cada situación relativamente importante de mi vida cuatro personas dan su opinión: mi mamá, mi papá, mi abuela y Alejandro; a veces Sandra también si es que en algo puedo perjudicarla; es agotador. A Gustavo lo atraviesa el cansancio de la piba. Me parece que te olvidaste de la opinión fundamental comenta. No te entiendo, ¿cuál?, hasta a Sandra la incluí. La tuya. La chica ladea ligeramente la cabeza. A veces ni sé lo que opino yo; lo que más necesito es que dejen de pelearse; la cabeza me explota. ¿Las discusiones son violentas? La chica sonríe; se le hacen hoyitos. Se ve que todavía no conocés a mi familia; todos son muy educados; difícil que alguien levante la voz, las malas palabras no existen; pero cuando empiezan a “intercambiar opiniones” otra vez hace el gesto de comillas elevando ambas manos no paran; a veces preferiría que se agarraran a las trompadas y la terminaran de una vez. ¿Qué hacés vos en esos casos? Ema se queda desconcertada. ¿Qué hago?; muchas veces me alejo o me tapo los oídos, quisiera desaparecer, dejar de ser la excusa para que ellos puedan confrontar eternamente; parece que se pelearan por mí, pero mi sensación es que empezaron a pelearse antes de que yo naciera; es como entrar al cine con la película ya empezada. Esta chica es muy inteligente, calibra él, tiene solo catorce años. Me parece que ya encontramos un motivo para iniciar estos encuentros. La chica se endereza en el diván. ¿Cuál? pregunta abriendo los ojos. Que en lugar de eclipsarte para que terminen los conflictos, tus necesidades, tus deseos, tus opiniones, tu voz, en definitiva, ocupe el lugar central. Ema con ambas manos se abraza a sí misma. Luego lo mira fijo y muy seria le pregunta ¿y vos podés conseguir que yo me anime? Él la ve tan desvalida, tan entregada, que se conmueve. Vamos a intentarlo juntos dice confío en que lo lograremos. La chica suelta los brazos y afirma con la cabeza. ¡Dale! exclama. Él está pensando cómo continuar cuando suena el timbre. Mi mamá dice Ema incorporándose es superpuntual. Él también se para. Te veo el miércoles próximo la despide. Me gustó venir. Él le oprime el hombro y se dirige a abrir la puerta.
Está agotado. Fuera de entrenamiento, piensa. Cada vez está más convencido: las madres son el origen de todo. Allá lo que opine Ana María, en eso seguirá centrando el foco. Timbre. Marcelo. Ayer estuvo repasando su ficha con atención. Al menos uno conocido. No le dará tanto trabajo. ¡Ese hombre sí que tiene trabajo!
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Gustavo observa a Marcelo. Bien le gustaría a él tener ese aspecto a los cincuenta y tantos. Le recuerda al actor de la serie que está viendo. ¿Cómo se llama la serie?, ¿cómo el actor? ¿Cómo estás tanto tiempo? le pregunta el hombre. Él parpadea. ¿Cómo estás vos? repregunta. Si regreso es porque no muy bien. Contame propone él, abriendo los brazos. No sé por dónde empezar, demasiados frentes. ¿Cinco? sugiere él, aludiendo al número de hijos. Seis, contándome. Marcelo se arrellana en el sillón. No sé cuánto te acordás de lo que trabajamos pregunta mirándolo con fijeza. Todo Gustavo sonríe estudié la lección. Marcelo también sonríe. Por eso te esperé, no tenía energía para empezar de nuevo desde que era chiquito; ni energía ni tiempo, las papas queman. ¿Qué está pasando? No sé por dónde empezar repite Matilde y Agustina siguen con sus noviecitos; espero que no me hagan pronto abuelo. ¿Hablaste con ellas al respecto? pregunta él. Marcelo baja la cabeza. Sabés como es Matilde, me va a sacar arando; quizá hasta me dicte cátedra sobre el control de la natalidad, siempre sabe de todo; además, yo no soy el más indicado para aconsejarlas al respecto. ¿Por qué lo decís? Al menos dos de mis hijos no fueron buscados sin contar que una ni siquiera es hija mía. Gustavo busca el respaldo del sillón antes de comentar seguramente tus hijas, más allá de los detalles técnicos, precisan apoyo emocional; no es fácil transitar esta edad sin tener mamá. Marcelo cabecea. A esta altura dudo de que Diana hubiera podido acompañarlas; a medida que voy charlando con mis hijas más me entero de facetas de ella que desconocía se oprime las sienes te aseguro que no sé con qué mujer estuve casado durante dieciséis años, ¿Aprendiste algo de esta incertidumbre? No te entiendo. Si durante años ocurrieron tantas cosas a tu alrededor que no percibiste, ¿a qué lo atribuís? ¿A que Diana era una excelente impostora? repregunta el hombre. ¿O a que tenés poco desarrollada la observación de los otros?; durante esos dieciséis años, ¿miraste alguna vez a tus hijos con atención?, ¿no descubriste en ellos signos de la indiferencia materna? Marcelo se agarra la cabeza con ambas manos. No sé dónde estaba yo mientras mi vida transcurría. Gustavo calla hasta que el hombre levanta la mirada y luego dice lo importante es que dejes de estar en ese lugar, que intentes observar a tus hijos como vimos que a vos no te observaron; tus hijos, permanentemente, te tenderán hilos para que te conectes a ellos; solo se trata de estar atento; ellos serán tus maestros. Lorena sí que me tira hilos, en cuanto me tiene a tiro no se me despega; es un abrojo; a veces me agobia. Quizá por no ser tu hija biológica necesita reforzar la cercanía; no debe ser fácil saberse la distinta. Para mí es igual que todos replica Marcelo con energía. Tal vez ese ser igual es insuficiente para ella. Quizás es poco para todos admite el hombre pero no me da el cuerpo para sobrellevar esta vida; ¡quisiera mandarme mudar! Pero no te lo permitís. ¿Cómo dejarlos solos?, no tienen absolutamente a nadie, Diana se ocupó de alejarlos de todos. Gustavo intenta hacer memoria. Ramona, sí, Ramona. ¿Ramona sigue trabajando en tu casa? ¡Sí!, si ella se va me suicido; lo operativo está resuelto; además, las mayores son dos joyas, dos mujercitas; si vieras cómo se hacen cargo de sus hermanos. No deberían hacerlo acota él. Lo mismo me dice el pediatra, pero ninguno se pone en mis zapatos; tengo ya cincuenta y cinco años y estoy solo con cinco pibes. No estás solo lo corrige él estás con ellos. Marcelo hace un gesto de fastidio y continúa Fede todavía no tiene tres; tendría que ocuparme de conseguirle vacante para el jardín para el año próximo. Es buen indicador que hayas pensado en eso. Marcelo baja la vista. En realidad Matilde me alertó cuenta ya estuvo averiguando en un colegio cercano. Tiene solo dieciséis años le recuerda él la escolaridad de su hermanito no debería ser un problema para ella. Marcelo resopla, se lo ve irritado. ¿Qué sugerís?, ¿que me case de nuevo? La madre del borrego, piensa él y le pregunta ¿conociste a alguien? Marcelo permanece callado. ¿Y? insiste él. Me pescaste contesta el hombre, sonriendo por primera vez. Suena el portero eléctrico. Me salvó el gong. Hoy nos pusimos al día comenta él la próxima trabajaremos fuerte. Necesito descanso, no trabajo objeta Marcelo incorporándose.
Gustavo cierra la puerta y se recuesta en el diván. se queda reflexionando. ¿Está él atento a lo que sucede a su alrededor? La enfermedad de su padre lo tuvo absorbido. ¿Cuánto hace que no charla con Nacho?, ¿cuánto que no merienda con Martina? Basta de retarme, se dice, lo importante es que retomé el consultorio. Resistí, piensa y comienza a tararear resistiré erguido frente a todos; me volveré de hierro para endurecer la piel. Tan pelotudo como Santiago, se reta. Cierra los ojos. ¿Cómo estuvo? Está satisfecho con su accionar frente a algunos pacientes; no con otros. Estuve demasiado incisivo con Manuel y con Andrea, decide. Le gustaría charlarlo con Ana María. Se sobresalta y mira el reloj. Un rato todavía. Apoya la cabeza sobre los brazos flexionados. Si sale ya, podrá tomar un café en Sigi. Se incorpora.
Sentado en el bar, Gustavo revuelve la taza. Recuerda la sesión con Marcelo. Él tuvo el tupé de cuestionarle la falta de intimidad con sus hijos. ¿Y por casa cómo andamos?, piensa. Apura un último trago y busca el celular. ¿Estás en casa? escribe. Instantes después Martina le responde. Sí. ¿Con Facu? repregunta. No, papi, solita con Lacan. Él sonríe. ¿Tu hermano? Qué sé yo, preguntale. Escribe entonces a su hijo ¿dónde estás? Ya está terminando su café cuando le llega en casa. Esta mocosa me está cargando, piensa fastidiado. Controla el reloj. En realidad, Cecilia ya debería estar con ambos. Vuelve a escribirle ¿dónde estás? Minutos después, se levanta sin haber obtenido respuesta.
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Ana María, sentada frente a él, sonríe. Hoy comencé a atender le recuerda él. ¿Cómo le fue? Creí entender que, dado que no está de acuerdo con mi técnica dice él con cierta sorna en la voz ya no quería oficiarme de control. Ella redobla la sonrisa. Su puta sonrisa, piensa él. Le estoy preguntando por usted. Ana María suele irritarme, registra él, se toma unos segundos y contesta creo que estuve bastante efectivo. ¿Disfrutó? Gustavo se queda pensando. ¿Disfrutó?, ¿Ana María disfruta atendiéndolo?, ¿se disfruta escuchando las miserias de alguien? No lo sé dice al cabo me resulta difícil darme cuenta de cuando disfruto. También fuera del consultorio afirma ella. Él la mira fijo. ¿Qué quiere decir? pregunta, aunque en realidad debería preguntarle: ¿qué quiere al decirlo? Me parece que está más entrenado en percibir sus zonas de disconfort que sus zonas de disfrute. Algo se agita dentro de él, la puta que la parió, otra vez acertó. Puede ser admite varias veces detecté durante las sesiones mi fastidio, mi aburrimiento; no sé si registré mi satisfacción con el trabajo realizado se toma la cabeza me estoy transformando en un cascarrabias. ¿Qué es lo que no anda bien fuera del consultorio? Ya lo charlamos; tener que modificar mi vida a raíz de mi padre me hace sentir que retrocedí. Ana María permanece unos segundos en silencio, sonriéndole. ¿Está seguro de que es un retroceso?, usted decidió hacerse cargo de la fábrica voluntariamente porque, además de tranquilizar a su padre estaba defendiendo sus propios intereses; usted decidió interrumpir su consultorio; usted decidió que ahora está en condiciones de adjudicarse un día; usted irá evaluando cuándo podrá sumar más días; todas decisiones de adulto que, me consta, tomó en acuerdo con su mujer y con su padre; ¿por qué verlo como un retroceso? Parece que no estoy diseñado para ser feliz dice él. Solo podemos inferir que le cuesta detectar cuando es feliz. Totalmente cierto; esta mañana cuando me dirigía hacia el consultorio me dije a mí mismo: "deberías estar feliz y no lo estás"; pero sigo sin saber por qué me siento mal. Ana María lo mira un rato largo y luego pregunta ¿cómo va todo en su familia?; en los últimos encuentros se limitó a hablar de su padre, de su relación con su padre. Él se oprime las sienes. Es que eso contamina todo. Debo inferir de su comentario que considera que sus relaciones familiares están "contaminadas", ¿contaminadas con qué?, ¿con su malhumor?, ¿con su insatisfacción? Quizá; yo solo percibo el mal humor de Cecilia, la lejanía de los chicos. ¿A qué atribuye el mal humor de Cecilia? Él tiene un respingo interno. No lo pensé admite. ¿Lo pensamos juntos? propone ella. Creo que no quiero pensar dice él, la vista en el piso. ¿Por qué? La última vez que Cecilia estuvo tan rara tenía un amante. ¿En qué consiste su rareza ahora? Él se queda reflexionando. No sé, está rara. ¿Tienen buen sexo? El respingo se repite. Creo que hace más de una semana que no hacemos el amor. ¿Cree? No me acuerdo reconoce él. No parece estar muy atento a lo que ocurre en su pareja. Él se oprime de nuevo las sienes. La cabeza me va a explotar dice. ¿Le duele? pregunta ella. No, pero hoy pensé demasiado, se ve que estoy desentrenado. No solo con los pacientes afirma Ana María mientras se incorpora. Será mejor que dejemos aquí indica. Aún es temprano. Él, desconcertado, se para.
Sube al auto, fastidiado. Ana María abusa de su poder. Y no se caracteriza por dar explicaciones. Me trata como a un chico, piensa, pero soy tan profesional como ella. Estoy yendo le escribe a Cecilia. Pone el motor en marcha. Arranca sin que le haya llegado respuesta. Sí, está rara. Enciende la radio. No debemos de pensar que ahora es diferente. Qué recuerdos. Apaga inmediatamente. La puta que te parió maldice en voz alta.
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Antes de cerrar la puerta del ascensor lo reciben los ladridos de Lacan. Qué radar, piensa, él sí que percibe a los que ama. Entra. El perro se le acerca revoleando la cola. Llegué anuncia. Añora, de repente, la carrera de Martina en cuanto lo escuchaba. Papi, te extrañe. Ahora solo Facundo existe para ella. Abre la puerta de la cocina. Cecilia está encendiendo el horno. Hola la saluda. Hola le contesta ella sin mirarlo. Llegué repite él. Ya me di cuenta dice ella y ahora sí lo mira. ¿Pasó algo? pregunta elevando las cejas. No, pero me hubiera gustado que me saludaras. Te saludé. Enorme tu entusiasmo. ¿Qué querés?, ¿que te haga fiestas como Lacan? Me encantaría contesta él saliendo de la cocina. Marti grita Cecilia a sus espaldas ¿ponés la mesa, por favor? La chiquilina aparece por el pasillo. ¿Cómo le va a mi papi favorito? dice al tiempo que se acerca y lo besa. Hola, pa grita Nacho desde su cuarto. Mil momentos como este quedan en mi mente. Mientras se lava las manos se mira en el espejo. Envejeció años en un solo año.
¡A comer! grita Cecilia. Él es el primero en sentarse. Al sentir el olor del pastel de papas descubre que tiene hambre. Claro, no almorcé, piensa. ¿Cómo te fue en el consultorio, papi? pregunta Martina. ¡Cierto! dice Cecilia me olvidé. Él registra con placer el interés de la primera y con profundo dolor la indiferencia de la segunda. No me había dado cuenta de cuánto había extrañado mi profesión cuenta y se lo cuenta a sí mismo. ¿Pacientes nuevos? pregunta Nacho. Tres nuevos y uno que regresó; dos hombres, una mujer y una adolescente. Él registra que Cecilia no participa de la charla. ¿Estará escuchando? Revuelve el puré con el tenedor, pero no come. Parece estar en otro lugar. Otra dimensión. No le interesa, decide él. No le intereso, se corrige. Martina levanta la copa de agua. ¡Por tu regreso! dice. Todos la imitan. Él debería, pero no logra estar contento.
Gustavo, en la cama, espera a Cecilia. Necesita hablar con ella. Me gustas cuando callas porque estás como ausente, y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca. Pero él no es como Neruda, él necesita escucharla, sentirla viva. ¿Pendiente de mí?, se pregunta. Le llega su traqueteo en la cocina. Se levanta cerca de las doce y va hacia allí. La encuentra con el delantal puesto, las manos sumergidas en un bol. ¿Qué estás haciendo? pregunta. Milanesas informa ella sin mirarlo. ¿A esta hora? No tengo sueño contesta ella que ahora bate, de espaldas a él. Lo que no tenés es ganas de acostarte conmigo, piensa él pero no le dice nada. Regresa al cuarto arrastrando los pies. Se acuesta y busca el libro de turno, sin embargo, no lo logra concentrarse. Apaga la luz. Cuando se duerme, pasada la una, ella todavía no regresó.
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Miércoles 31
Llega al consultorio cerca de las dos. Fue agotador tratar de contentar a los inspectores. Y él que detesta mentir no tuvo más remedio que hacerlo. Las señas mudas de su padre obligándolo. Porque le largó todo el fardo a él. Ni tiempo tuvo de comer. En cuanto sale del ascensor la angustia lo atrapa. Todavía no puede creerlo. Volver al infierno. ¿Cuándo fue?, ¿en el 2012? Sí, Martina tenía diez. Su enfermedad, la separación. El engaño. Un año de pesadilla. Se tira en el diván. Cierra los ojos. No está en condiciones de soportarlo nuevamente. Moriré, decide. Instantes después lo sacude el timbre
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Él cierra la puerta y mira la hora: la sesión fue más corta. Lo asusta tener tiempo libre. Imprescindible mantener a Cecilia alejada de sus neuronas. De mi corazón, se corrige. Busca la ficha de Ema. Relee los datos aportados por Andrés. La chica todavía no mencionó a los hermanos. Qué raro. El timbre lo sobresalta. Veremos cómo le va con la chiquilina.
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Acompaña a Ema al palier justo en el momento en que el ascensor se detiene. Le dije a mamá que no subiera, ¡qué pesada! murmura Ema con fastidio. Cuando la puerta se abre y desciende Marcelo, la chica se ruboriza, le da la espalda y dice hasta el miércoles. Mientras entran Marcelo comenta ¿más chica que las dos mías y ya en terapia?
Encima terminó la sesión un par de minutos antes. Devastador tener tiempo libre. Se le impone el mensaje leído. ¿Ya le dijiste? No me animo. Las palabras le picotean las sienes como cuervos hambrientos. Dirige hacia allí ambas manos. Luego va hasta el baño y se humedece la cara. Se mira en el espejo. Estoy viejo, evalúa, por eso Cecilia se cansó de mí. Rumbo a la cocina descubre que no tiene ganas de tomar café. Desanda sus pasos. Se deja caer sobre el diván. Tendrá que encararla. ¿Qué decirle? No quiero perderla, piensa. Quizás entonces deba olvidar lo que leyó. En otra oportunidad enfrentarla derivó en su pérdida. Nos salvó Martina, decide. Recordar la enfermedad de la nena redimensiona su angustia. No es para tanto. Cosas de la vida piensa. De la vida, no de la muerte. Enciende el celular. Mensaje de Martina ¿Todo bien?, me extrañó que no me llamaras. Llamarla hubiera sido anclar en un mundo que intentó con todas sus fuerzas olvidar para poder trabajar. Para poder respirar, se corrige. No quiere sentir los ojos de Ana María sobre los suyos. ¿A qué atribuye el mal humor de Cecilia? le había preguntado. Bruja, recontrabruja. Mina. Todo bien escribe a su hija te veo a las nueve.
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Sale de la sesión más tranquilo. No está obligado a nada. Ni siquiera a contarle a Cecilia que leyó los mensajes. Quizá si su mujer percibe que usted está receptivo ella misma le cuente lo que le tiene que contar; nada de lo que ocurre es ajeno a usted; todo lo que nos acontece nos pertenece dijo Ana María. No quiero perder a Cecilia, se dice nuevamente. Otra vez no, por favor no. Pone el auto en marcha. Esto es como retroceder en el tiempo piensa. El ruido del motor le llega junto con la melodía que en aquella época de pesadilla lo rondaba. No debemos de pensar que ahora es diferente/ Mil momentos como éste quedan en mi mente/ No se piensa en el verano cuando cae la nieve/ Deja que pase un momento y volveremos a querernos. Suena un mensaje en su celular. En el primer semáforo en rojo atiende. Tengo antojo de helado, papi, ¿me traes? La mocosa le arranca una sonrisa.
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Inspira hondo y hace girar la llave. Olor a pollo al horno. ¿Con papas? Si así fuera, señal de que Cecilia tuvo ganas de pelarlas. Entra a la cocina. No, está lavando tomates. Lo más sencillo, evalúa. Hola saluda. Hola responde ella sin abandonar su tarea. Traje helado informa mientras abre el freezer. Qué milagro comenta ella sin mirarlo. Martina me pidió. Mirá vos. ¿Cómo estuvo tu día? pregunta él. Ella gira al instante, las cejas levantadas. Bien, mucho trabajo, pero bien; ¿el consultorio? Ahora es él el sorprendido. Bien, mucho trabajo, pero bien repite. Ambos ríen. Soy un pelotudo, piensa, esta no es la manera de empezar. Va hasta el living. La mesa está puesta. Cuatro lugares, piensa y estúpidamente se conmueve. Pasa por el cuarto de Martina. Hola, papi; ¿cumpliste? ¡Cumplí! exclama él. La chiquilina continúa con su tarea. La puerta del cuarto de Nacho está cerrada. Los ladridos de Lacán llegan desde su dormitorio. Va hasta el cuarto. Te quedaste encerrado, salame le dice. El perro se le abalanza y lo lame como si lo hubiera liberado de la cárcel. De la cárcel de Alcatraz, piensa él. Piensa después que no se dio cuenta de que el perro no había ido a recibirlo. ¿Cuánto registro a los que quiero?, se pregunta. Se le impone el rostro de Ana María. ¡A comer! grita Cecilia desde la cocina. Cuando él regresa de lavarse las manos encuentra a los tres sentados. Hola, pa dice Nacho. Martina alcanza los platos y Cecilia sirve. A él le tocó muslo. Ella sabe que me gusta el muslo, piensa. Se acuerda de lo charlado con Ana María y pregunta ¿cómo va la facultad, hijo?, ¿estás con exámenes? El chico interrumpe la trayectoria del tenedor y lo mira. Rendí las tres materias la semana pasada. Él experimenta una profunda vergüenza. Suerte que Ana María no está escuchando, piensa. Como no tiene sentido excusarse pregunta ¿cómo te fue? Bien contesta Nacho y sigue comiendo. Martina comenta Facu me consiguió una bolsa de dormir. ¿Para qué? pregunta él. Su hija menea la cabeza. Para irme con las chicas al Tigre. ¿Cuándo? El finde que viene. ¿Vos sabías? le pregunta a Cecilia. Claro, van a la casa de Agustina; ya hablé con la mamá. Vos también deberías saberlo, papá dice Martina lo comenté en la mesa hace como diez días. Él teme ponerse colorado. Me estoy hundiendo, piensa. El pollo se le atragantó. Se sirve agua. Minutos después Cecilia se incorpora a recoger la mesa. Mami, no estás comiendo nada últimamente comenta la chica. Merendé tarde se excusa ella. ¿En qué planeta estuve viviendo?, se plantea él. Cecilia regresa con una bandeja con queso y dulce. Él registra que ella no se sirve. Ahora o nunca. Quiero pedirles disculpas a todos arranca. Tres pares de ojos se depositan sobre él. Los tuve muy abandonados. Silencio absoluto. Gracias por haberme bancado todos estos meses; intentaré recuperar mi lugar. Más silencio. Gustavo observa que los ojos de Cecilia se llenan de lágrimas. No pasa nada, pa sale al ruedo Nacho. Yo sí que te extrañé dice su hija. Cecilia levanta los platos y va a la cocina. Tiene razón en engañarme, piensa él. Los chicos se incorporan. Él se queda en la mesa. Solo.
Se ducha interminablemente. Aunque en algún momento deberá salir. Cierra la canilla. Se seca, se pone el piyama. El corazón le late fuerte. Junta fuerzas y abre la puerta del baño. Cuando entra al dormitorio encuentra a Cecilia acostada, boca arriba, mirando el techo. No lee, qué raro, registra él mientras se sienta en la cama. ¿En qué pensás? pregunta. En vos contesta ella hacía mucho que estaba esperando que regresaras. ¿Que regresara? Sí ella gira y lo mira meses que sos un fantasma. Todas las minas son iguales, evalúa él, debe de haber olido algo y su primera reacción consiste en hacerme sentir culpable. Hago lo que puedo dice. Y hoy pudiste; creí que te habíamos perdido definitivamente. Se la ve tan desvalida que quisiera abrazarla, pero no va a caer en su trampa. Como si pudiera leer sus pensamientos, ella pide vení, abrazame. Él piensa que la conversación puede quedar para mañana. Es él quien precisa un abrazo como al aire. Se acuesta a la par de ella que entierra la cabeza en su pecho. ¡Ay, Gustavo!, ya no aguanto más. Él la aparta con suavidad y busca sus ojos. ¿Qué pasa? se obliga a preguntar mientras siente el retumbe de su corazón. Porque ya no hay lugar para prórrogas. Prometeme que no te vas a enojar pide ella. ¿Qué pasa? reitera él, endureciendo el tono porque ella lo está manipulando. Ella se desprende del abrazo y se deja caer sobre la almohada. Cierra los ojos. Allá vamos, piensa él, camino al infierno. Estoy embarazada. El golpe es tan brutal que, como un idiota, colgado aún de su construcción anterior, solo se le ocurre preguntar ¿es mío? Ella se sienta como un resorte. Esta sí que no me la esperaba; imaginé mil reacciones tuyas, pero lograste sorprenderme la voz al borde del grito ¿de quién te creés que es?, ¿del policía de la esquina? Perdoname pide él, tantos sentimientos confluyendo que se queda como si le hubieran dado una paliza. Alivio al descartar el presunto engaño junto con una enorme opresión. Lo menos que quiere en ese momento de su vida es otro hijo. Sabe que tendría que abrazarla, pero no puede. ¿Cómo pudo pasar? logra al fin preguntar. Leí que a veces el espiral falla responde ella. ¿De cuánto estás? Casi nueve semanas. ¿Por qué no me lo contaste antes? No me animé susurra ella estabas intratable y yo ya sabía cómo ibas a reaccionar. ¿Cómo? Como lo estás haciendo; como con el embarazo de Nacho. Él también se sienta, las piernas cruzadas. No es momento para otro hijo, Cecilia. Parece que nuestros hijos deciden por sí mismo cuando quieren nacer. Él percibe que Cecilia ya tomó la decisión. Me pasó por encima, piensa, como siempre. No quiero tenerlo afirma, rotundo. Ella calla. Estoy recomenzando otra vez mi carrera, no quiero disipar energía en otra cosa. ¿Cosa?, ¿tu hijo es una cosa? hace una pausa la más perjudicada sería yo; estoy por ser ascendida; ¿te parece que a mi jefe le va a gustar tener que darme licencia? Él la abraza. Por eso, mi amor, no es el momento; nueve semanas, todavía estamos a tiempo. Es un ser vivo, Gus, es nuestro hijo. Hace unos meses te vi marchando con el pañuelo verde. Sí, pero nosotros tenemos techo y comida. Él comienza a impacientarse. Ya sabés cuál es mi posición dice. Ella calla. La indignación de él crece. No sé para qué estamos hablando si vas a hacer otra vez lo que quieras. No niega ella, rotunda te equivocás; no cometería otra vez el error de “obligarte” lo dice con ironía a tener un hijo; no por mí sino por él; ya lo padecí demasiado con Nacho y ya lo padeció él; y no serviría de nada tenerlo y separarme él la escucha y se asusta porque igual seguirías siendo el padre e igual la criatura se sentiría no aceptada; si no querés que nazca no te lo voy a imponer pero cargarás vos con la responsabilidad. Cecilia… él acerca la mano a su brazo pero ella se aparta, se incorpora y sale. Él escucha abrirse la puerta del baño y se desmorona sobre el colchón. Se agarra la cabeza con ambas manos. Recuerda a Santiago. Se queda mirando el techo. No estoy en condiciones de soportar un bebé, piensa. Pero también piensa que hace solo unas horas temblaba creyendo que perdería a su mujer. Aunque no tener al bebé quizá redunde en perderla. Atrapado sin salida, evalúa. Se queda mirando el techo hasta que un largo rato después Cecilia regresa. Ella se acuesta dándole la espalda. La tensión es tan grande que él comprende que algo tiene que decir. Entonces dice lo voy a pensar. Ella no lo mira.
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Noviembre 2018
Miércoles 7
Hola, hermano el empujón de Santiago en su espalda lo sobresalta. Instantes después, sentado frente a él dice estoy fundido; Tomy se despertó cuatro… Callate ordena él de mal modo hablame de cualquier cosa menos del crío. Che, ¿qué mosca te picó?, ¡más respeto por el hinchapelotas de tu ahijado! Él permanece serio. Su amigo lo observa. ¿Pasa algo? pregunta. A él le cuesta abrir los labios. Como si las palabras se resistieran a salir. Porque en cuanto lo diga será irremediable. ¿Las cosas solo existían en la medida en que eran verbalizadas? ¡Che!, me estás asustando lo distrae Santiago de sus reflexiones. Él traga saliva. Cecilia está embarazada por fin comunica. Santiago se incorpora y amaga abrazarlo. Gustavo lo frena levantando la palma de la mano. No hay nada que celebrar aclara. ¿Qué?, ¿se están planteando no tenerlo?, ¡no me jodas! Él se enfurece ¡no me jodas vos!; parecés no recordar que yo mismo te presté plata para más de un aborto. Sí, claro, pero eso fue antes de ser padre; después de tenerlo a Tomy no sé si me daría el estómago. Dale, haceme sentir peor. Instantes después aclara me toca a mí tomar la decisión. ¿Cecilia está contenta? No está contenta porque yo no quiero, pero ella lo tendría, viste cómo son las minas, mucho pañuelo verde pero para las demás. ¿Entonces? Entonces no sé qué hacer; hoy se vence el plazo que me dio para decidirme; no podemos dejar pasar más tiempo, después es peligroso. ¿Entonces? reitera su amigo la pregunta. No sé, hermano, no sé. Gustavo se agarra la cabeza con ambas manos. Santiago lo palmea y después le hace señas al mozo, levantando la mano con dos dedos extendidos. No hay problema que no mejore después de un café decreta.
En el momento de despedirse Santiago le muestra una foto de Tomy. Un gordito rozagante. Golpe bajo. Gustavo sigue con la vista a su amigo que se aleja apresurado porque Marisa lo llamó para que la releve con el nene. La charla con su amigo lo dejó peor que antes. Para mí que Cecilia le pagó, piensa. Hojea el diario pero no logra concentrarse y lo aparta con mal humor. Mira el ticket, deja el dinero sobre la mesa y sale. Llovizna. Garúa, tristeza; hasta el cielo se ha puesto a llorar. Hoy sí que tiene motivos. Cruza con el semáforo en rojo. ¿Los tengo?, se plantea.
Está por poner el auto en marcha, cuando suena su celular. Hice guiso de lentejas informa su madre ¿no te tienta? Claro que lo tienta, no hay guisos como los de su madre. Mira el reloj: estaría a tiempo. Pero no está en condiciones de ser destinatario de su mirada. A veces siente que es transparente para ella. De niño nunca conseguía ocultarle nada. Y su madre no es defensora de los pañuelos verdes. No puedo, mamá, tengo consultorio temprano responde guardame una porción el freezer y voy otro día. Te lo perdés replica ella salió riquísimo; capaz lo pesco a Nachito, voy a llamarlo. Arranca. Un par de cuadras después estaciona frente a una rotisería y compra dos porciones de tarta. Pensar en las lentejas le dio hambre
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Gustavo le resume a Andrea lo visto hasta el momento: aridez emocional, ausencia total de cuerpo y palabras, valor materno puesto en la responsabilidad, en la correctitud, la normalización del esfuerzo. Seguramente lo tuyo, como para tu madre, será el hacer; te asustará permanecer quieta, escucharte. ¡Una pena que no te oiga mi marido!; “vos no podés parar”, me dice siempre comenta ella con una sonrisa desbordante. Él mira sus anotaciones. Terminaste la sesión pasada nombrando a una pareja de tu madre le recuerda. Sí, el subnormal. ¿Hizo irrupción cuando vos estabas en Rosario? ¡No!, ¡ojalá!; apareció allá por mis doce. Qué raro que no lo mencionaste antes dice él y piensa: abuso en puerta. ¡No me habré querido acordar! Cuenta luego que comenzó siendo un señor que iba a ayudar a arreglar cortinas, canillas, etc. y un buen día me lo veo sentado en el living con un piyama azul. ¿Tu mamá no les explicó nada? Niega con la cabeza. ¿No le preguntaste? A buen entendedor, pocas palabras se justifica, toma un vaso de agua y continúa la cosa es que se instaló en casa; bah, nos invadió; había que ver en la tele lo que él quería, comer lo que él indicaba; me acuerdo y me vuelve la rabia. Andrea, acá lo que más nos importa es la conducta de tu madre, que no los consultó, no los informó, no los defendió. Nunca lo pensé así admite meneando la cabeza. ¿Qué beneficios le aportaba a tu madre? No te entiendo. ¿Tenía dinero? No; eran compañeros de trabajo pero él tenía un cargo inferior a pesar de que era diez años mayor que mi madre; era un bruto, además; la verdad es que no sé qué le vio; fue la única pareja que le conocimos; para colmo, a esa edad empecé a salir los fines de semana con mis amigas y él me quería controlar. Reitero, el problema real era tu madre que no intervenía. ¡Pero yo salía igual! exclama con alegría. Siempre es un riesgo introducir un hombre en una casa donde hay púberes arriesga él. Ella calla. Entonces él decide tomar el toro por las astas ¿alguna vez se propasó? pregunta. ¡Que lo hubiera intentado! responde ella con energía. Quizá fue una suerte sugiere él acentuando la palabra. ¡Sí!, ¡vivir en esa casa era insoportable!; pero no quiero dedicarle ni un solo minuto más de mi tiempo a él dice, resuelta ¡a otra cosa! De acuerdo acepta él y piensa: no faltará oportunidad pero quiero que tengas en cuenta que una nena de catorce años no puede resolver irse a vivir sola a otra ciudad; esa fue una decisión de tu madre. Puede ser dice, despectiva. Volvamos a tu estadía en Rosario, ¿tuviste algún novio? Sí, a los dieciséis; un compañero de veinte años. ¿Te iniciaste sexualmente con él? Ella asiente con la cabeza. ¿Cómo anduvo? Bien dice, escueta. ¿Se cuidaban? Sí; una amiga me acompañó al ginecólogo. ¿Le contaste a tu mamá? pregunta sabiendo que no. ¡Qué buen chiste!; mi mamá jamás me habló de sexo, ni siquiera me preparó para mi primera menstruación. ¿Fue una relación trascendente para vos? Ella se queda pensando. La pasábamos bien. Se hacían compañía arriesga él seguramente estaba tan solo como vos. Sí; éramos buenos amigos; cuando llegó el verano me fui a mi pueblo con él, pensábamos hacer camping; el subnormal intentó oponerse; “irán dos y volverán tres”, vaticinó. ¿Tu madre qué opinó? Repitió el mismo argumento; entonces le pedí que no fuera ridícula, que hacía meses que vivíamos juntos; le pregunté si ella no sabía que existían los anticonceptivos; “eso no es para vos”, me dijo. Quizá temía “el qué dirán” sugiere él. ¡Por mí! ¿Fueron de camping? ¡Obvio!, ¿todavía no me conocés? pregunta entre carcajadas. Me comentaste la sesión anterior que a los dieciocho decidiste irte de Rosario decide él avanzar en la historia. Sí; yo misma había encontrado un conservatorio en Buenos Aires. ¿Dónde vivías? Conseguí un trabajo como empleada doméstica sin retiro cuenta con total naturalidad en una casa muy rica; me pagaban muy bien; cuidaba a los chicos a la tarde, y me ocupaba de preparar la cena; a la mañana, mientras los dos nenes estaban en la escuela, me dejaban estudiar; en el conservatorio me trataban un poco mejor que en Rosario, pero igual ya me estaba hartando; después de un año, un buen día vi en un aviso que buscaban bailarina clásica para una gira por Sudamérica; me presenté y me seleccionaron. Gustavo mira el reloj. ¿Me lo contás la próxima? propone. Andrea se incorpora. ¿Todavía no te cansaste de escucharme? pregunta a pura risa. Nunca diría que sos aburrida dice él, sonriendo. ¡Te lo avisé!, ¡de De la Rúa, nada! Ya frente a la puerta la mujer pregunta ¿cuándo podremos hablar del bebé? Todavía no entró tu marido en la historia le recuerda él. Habrá que meter primera, entonces indica ella. Él, sorprendido, abre en silencio.
Apoya la espalda en la puerta cerrada. Quizás Andrea tenga razón. ¿Es útil detenerse tanto en la historia? Se repite su frase de cabecera: no se puede entender una película viendo solo la escena final. Pero esta mujer no habla por hablar: está dando señales de que se le acota el tiempo interno. ¿Cómo saber cuál es la mejor técnica? Encima ya no puede consultarlo con Ana María. Ella es de otro palo, evalúa. ¿Por qué, entonces, él confía en ella para su propio tratamiento? ¿Qué es lo más importante?, ¿la partitura, el instrumento, o quién ejecuta el instrumento? El portero eléctrico lo aparta de sus elucubraciones. Mientras sube el ascensor piensa en lo absurdo de la vida: esta mujer se angustia porque no puede quedar embarazada y él se angustia porque su mujer está embarazada. Una varita mágica que intercambie los úteros, fantasea. Mientras le abre la puerta a Manuel se dice: no puedo ser tan pelotudo.
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Manuel le tiende la mano. Está con saco, pero sin corbata. Vamos aflojando, evalúa Gustavo. ¿Cómo anduviste? pregunta en cuanto lo ve acomodado. Anduve contesta el hombre con una sonrisa triste. ¿Más recuerdos? Más recuerdos, sí. ¿Querés contarme? propone él. ¿Para qué? repregunta Manuel ¿eso hará que Judith regrese? Él recibe el impacto. ¿Sirve para algo atormentar a la gente con sus recuerdos dolorosos?, se pregunta. Busca sobreponerse. Quizás eso te permita comprender por qué la perdiste, modificar tus conductas y estar atento al advenimiento de otra Judith. Manuel sonríe con… Gustavo busca el término, con… desesperanza. ¿Qué podría haber hecho? pregunta el hombre. Infinitas posibilidades Gustavo acelera a sus neuronas pedirle que no se fuera; irte con ella; al no recibir respuesta ir a buscarla a Israel; determinar que era imposible que no te escribiese y ponerte a investigar; cuando la reencontraste confesarle tu amor; asediarla; en fin, infinitos caminos, ni buenos ni malos, otros, seguramente imposibles para el Manuel que eras, obvio; todo lo que ocurrió estuvo teñido por lo que fuiste: inseguro del amor que podías despertar, incapaz de defraudar a tu padre como para abandonar tu carrera y seguirla; incapaz de plantearte que tu padre podía ser responsable porque eso hubiera acarreado la necesidad de enfrentarlo, etc., etc. Manuel se cubre la cara con ambas manos. Todo arranca del niñito invisible y mudo que creció intentando no molestar para lograr migajas de cariño; en tanto no te compadezcas de la criatura que fuiste, en tanto no logres procesar que ahora sos un adulto y que tenés incontables recursos para hacerte amar, no lograrás modificar las cosas que no te satisfacen de tu vida. Me dispersé, piensa Gustavo y retoma el planteo inicial de Manuel. De ahí la importancia de ahondar en tus recuerdos para… busca la palabra exorcizar al que fuiste. Gustavo siente que le falta el aire. Toma un vaso de agua. Manuel se descubre el rostro. Me convenciste dice con una sonrisa ¿qué querés que te cuente? ¿Cómo siguió tu vida luego de “perder” lo acentúa con intención a Judith? Me perdí a mí mismo contesta Manuel al instante ya te conté que solo me dediqué a estudiar; estuve casi cinco años sin acercarme a una mujer; en realidad, estuve el resto de mi vida sin acercarme a una mujer; ocasionalmente reaccioné a alguna que se dignó a buscarme, después me encontré a Judith embarazada por la calle y después emigré; ese es el resumen de mi fascinante vida concluye levantando ambas palmas. Él se toma unos segundos y pregunta ¿cómo fue tu inserción en Estados Unidos? En lo profesional, muy fácil desde el principio; se me abrieron todas las puertas; antes de los treinta ya era un cirujano de renombre y ganaba lo que nunca hubiera podido ganar aquí; el problema era que no sabía qué hacer con el dinero. ¿Y afectivamente? No hubo mucho cambio; estuve tan solo como estaba aquí; dos o tres enfermeras que se ligaron conmigo; algún colega un poco más cercano; las esporádicas visitas de Inés y no mucho más; pacientes y pacientes; quirófanos y quirófanos; de día, de noche; sábados y domingos; acción de gracias, navidades; a eso se redujo mi vida: operar y operar. Gustavo está abrumado. Por eso decide cambiar de tema. Aire. ¿Hasta cuándo tenés licencia? pregunta. Ya te lo dije contesta Manuel, en mal tono no sé si volveré. ¿Qué cambiaría en tu vida si te quedaras aquí? ¿El idioma? pregunta el hombre intentando ahora sonreír, hace una pausa y continúa no lo sé; confío en que esta terapia mueva algo en mí. Él se siente aplastado por la responsabilidad. ¿Qué puede hacer por este hombre? ¿Qué quisieras modificar en tu vida? pregunta. Quisiera modificar toda mi vida; mi pasado y mi presente; pero como sé que eso es imposible me conformo con poder modificar mi futuro. ¿Poblar el “desierto” del que me hablabas? Manuel asiente con la cabeza. La primera condición para poder poblar la soledad es reconocerla y ese paso ya lo diste. Sí afirma Manuel estoy solo; soy solo reformula. Y descubriste que ya no querés estarlo. El hombre lo corrige descubrí que ya no puedo soportar la soledad. Me parece que te olvidás de alguien dice él. Manuel hace un gesto de sorpresa. ¿De quién? pregunta. De Inés. Es cierto; al menos la tengo a mi hermana. Que fue una niña tan invisible como vos. Es cierto reitera el hombre ella está tan sola como yo y ni siquiera desarrolló una carrera. ¿Dejamos acá? propone él. Dejamos repite Manuel incorporándose.
Gustavo va a la cocina y se prepara un café. Aún es temprano. Está conmovido. Nunca vio a una persona tan sola. ¿De qué me quejo?, piensa, tengo a Cecilia, a los chicos, Santiago, mis viejos, amigos. Me quejo de lleno, concluye. ¿Podría un bebé romper el equilibrio?, se plantea. Se restriega los ojos. La Volturno chilla. Baja el fuego.
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Ema le da un beso en la mejilla. Hoy vino con jeans, zapatillas. Parece Martina, piensa él. La chica, nuevamente, se sienta como indio, pero ya no pide permiso. Hablé con mi mamá informa. ¿Sobre? Sobre ella. Gustavo está por intervenir cuando Ema continúa yo estaba mal porque, por teléfono, mi papá me dijo que no podríamos ir al cine como me había prometido; mi mamá me preguntó qué me pasaba; yo le estaba contando y se puso a llorar; me enojé mucho; le dije que el problema era mío no de ella, que lo único que me faltaba era tener que consolarla; que aprendiera a controlarse. Gustavo se toma unos segundos, los dedos de una mano presionando los de la otra. Seguramente tu abuela le hubiera dicho lo mismo. La chica da un respingo. Yo no soy como mi abuela dice, en mal tono. Sin embargo, en la sesión anterior me comentaste Gustavo lee la ficha que tu abuela dice que no hay que llorar en público, que no corresponde. La chica parece perder seguridad. Sí dice luego de unos segundos pero esto es distinto; yo nos soy el público, soy la hija y me hace mal verla llorar. ¿A veces te dan ganas de llorar y no lo hacés para no incomodar al resto?¡Claro!, para llorar me escondo. ¿Te lo recomendó tu abuela? ¡Basta, Gustavo! exclama la chica y después pide perdón, yo no soy así y se tapa la cara con las manos. Vos también sos así, Ema, con derecho a llorar y a manifestar tu enojo; porque aunque no los demuestres la tristeza y el enojo a veces te visitan, como a todos; si tu mamá lloró cuando le contaste de tu frustración con tu papá es porque es empática con vos; lo que no debiera ocurrir es que vos limites la expresión de tus sentimientos para no herirla; las lágrimas de ella no invalidan las tuyas y las palabras de tu abuela no debieran invalidar ninguna de las dos. Sí, me contó mi mamá que antes no lloraba; que después que nací yo aprendió a llorar y que eso la alivia mucho; ahora llora aunque esté la abuela adelante y la rete la chica hace una pausa pero yo quiero ser fuerte agrega la abuela siempre dice que salí como ella. Mirame, Ema pide. La chica levanta los ojos. Vos no tenés que ser ni como tu madre ni como tu abuela, vos tenés que ser simplemente vos. ¡Como si fuera tan fácil! Por supuesto que no es fácil, por eso estamos trabajando juntos en eso intenta tranquilizarla él. ¿Puedo tomar agua? pide Ema. Claro contesta él mientras le sirve. Está rica, bien fría agradece la chica. Volvamos a la llamada telefónica, ¿tu papá te dijo por qué cancelaba el encuentro? Ema deposita el vaso vacío. Me habló de un cliente, pero no le creí. ¿Por qué? Porque es mentiroso, muchas veces lo pesqué en mentiras; seguro que Sandra se enteró y no lo dejó. ¿Sandra le dice a tu padre lo que tiene que hacer? No directamente, pero seguro que le encargó que fuera a buscar a Pedrito a algún lado en ese horario, no sé por qué no me quiere. ¿Alguna vez lo hablaste con ella? ¡No! ¿Y con tu papá? Tampoco, con él no se puede hablar no es como con mamá o con Alejandro; no le gusta hablar de cosas personales. Entonces, como vos te das cuenta de que a él no le gusta hablar no hablas aunque a vos sí te gustaría hablar. Es cierto admite Ema no lo había pensado así, yo le doy el gusto. Me parece que tu problema es que querés darle el gusto a todos y todos quieren distintas cosas. ¡Eso es lo que me pasa!, ¡justo eso!, ¡todos esperan distintas cosas de mí!, ¡imposible dejar a todos contentos! Él se reclina sobre el respaldo y cruza las piernas. Ema, lo importante es que vos estés contenta. Tenés razón dice la chica asintiendo con la cabeza a veces siento que soy una marioneta eleva la mano y simula mover los hilos además, si haga lo que haga a alguno no le va a gustar, mejor es hacer lo que yo quiero que seguro tampoco le va a gustar a alguien; parece un trabalenguas dice sonriendo y pide ¿me servís más agua?, hablar con vos me da sed. Él le llena el vaso. Ella bebe y luego mira el reloj. 16.57 dice ¿apostamos que mi mamá toca el timbre antes de y cincuenta y nueve? Él sonríe y asiente. 16.58 suena el portero eléctrico. ¡Te dije! anuncia triunfal Ema incorporándose y levantando la palma ganamos los dos. Él se la choca.
Abre la heladera y busca una lata de Cocacola. Está satisfecho de lo logrado con Ema. Se va abriendo, evalúa, pudimos conectar. Y es tan difícil conectar con nuestros genuinos deseos, se dice. Y a veces no alcanza con conocer los deseos. A veces en contra de ellos hay que tomar decisiones. ¿Decisiones? Solo una única y tremenda decisión. Va con la lata al consultorio y apoya la frente contra el vidrio. Sabio, quisiera ser sabio. Y vidente.
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Marcelo se sienta y sonríe satisfecho. Ya lo inscribí a Fede en el jardín de infantes informa me saqué un verdadero peso de encima. ¿Tanto te preocupaba? pregunta él, sorprendido. No en sí que el nene fuera a la escuela, todavía es chiquito y en casa está muy estimulado; pero Matilde me volvía loco se muerde los labios cuando se le mete algo en la cabeza… ¿Tu hija entra en la categoría de mujeres que te obligan a hacer lo que no querés? Espero que no contesta el hombre además vos me dijiste que nuestro trabajo me “había curado” hace el gesto de comillas con ambas manos. Veo que me escuchaste con atención dice él, sonriendo. Marcelo ríe. El pez por la boca muere dice. Hoy derrochás buen humor comenta él. ¿Está mal? ¿Por qué habría de estarlo? ¡Porque me metí en un quilombo! ¿Cómo sigue el vínculo con Patricia? pregunta él. Progresando; ella ya les contó a los chicos que está saliendo con alguien; los pibes se lo tomaron bien. ¿Y vos? No tan bien, porque yo no puedo contarles; por eso te dije que estaba en un quilombo; si se entera Matilde le agarra un ataque. Gustavo se desanima, ¿la terapia le sirvió de algo a este hombre? ¿Le tenés que pedir permiso a tu hija para salir con una mujer? pregunta. Con cualquiera otra mujer, no; Matilde sabe muy bien quién es Patricia. ¿Y el resto de los chicos? No contesta Marcelo mirando el piso. ¿Agustina tampoco? Agustina tampoco repite el hombre. ¿No le contaron que Lorena no es tu hija biológica? Todavía no. En la última sesión antes de que tuviéramos que interrumpir dice él quedamos en que lo harías. Pero no lo hice informa el hombre. Y a menos que haya habido novedades esta semana tampoco se lo contaste a Patricia. Tampoco. Gustavo hace una prolongada pausa y luego pregunta ¿por qué? Marcelo también se toma un tiempo antes de contestar tengo miedo; Patricia se enojaría muchísimo. Y con razón, piensa él. ¿Cuánto tiempo más te parece que podrás ocultárselo? pregunta. Si no fuera por Matilde nunca se enteraría. Gustavo se está impacientando. Marcelo, parecés una criatura que se tapa la cara creyendo que así no lo verán; acá el problema no es que te descubran, sino que tanto tus cinco hijos como Patricia tienen derecho a saber la verdad; no se puede construir una vida sobre una mentira. Marcelo cruza ambas manos sobre su nuca y recuesta la espalda sobre el diván. Ya no estoy de buen humor dice. Él decide obviar el comentario y pregunta ¿considerás que tu relación con Patricia puede trascender? Creo que pese a todo, sí. Y si querés que esa relación trascienda, ¿hay alguna posibilidad de mantener a tus hijos al margen? Marcelo reflexiona unos segundos y luego contesta ninguna. ¿Hay chance de que Matilde al encontrarse con Patricia se transforme en tu cómplice y calle? Conociéndola a mi hija, chance cero. ¿Entonces? pregunta él abriendo ambos brazos. Marcelo, ahora, se cubre la cara con las manos. Estoy perdido dice yo me presenté a Patricia como un viudo afligido. Lo sos o lo eras le reconfirma él. El hombre menea la cabeza. Mientras ella me hablaba del abandono de su marido, de la infidelidad que nunca pudo comprobar pero de la cual estaba segura, yo quería que los marcianos me abdujeran; si callé en ese momento no puedo decírselo ahora. ¿Y cual es el Plan B? No lo tengo contesta Marcelo sin descubrirse. ¿Creés que Patricia está enamorada de vos? Me lo dijo ahora sí el hombre lo mira. ¿No debieras confiar en eso? No alcanza responde Marcelo con desaliento. Él mira el reloj: faltan unos minutos aún. Tendremos que encontrar la mejor manera en que puedas decírselo; lo trabajaremos la próxima. Al menos disfrutaré otra semana con ella; trataré de aprovecharla porque será la última dice Marcelo, sonriendo. Me alegra que hayas recuperado el buen humor comenta él, ya de pie.
Abre la heladera y se corta un trozo de queso. Hay vidas complicadas, piensa. Más complicadas que la mía, reformula. Cinco hijos y otros seis en standby. Marcelo también tuvo a Federico cuando las hijas mayores ya estaban grandes. Registra el también. Pobre hombre, reuniones de jardín de infantes a los cincuenta. Se lava las manos y se encamina al consultorio. Se tira en el diván. Se me acaba el plazo, piensa. Mira el reloj: todavía falta un buen rato. Hoy tiene ganas de ver a Ana María, en general le pesa. Eso también es extraño. Todo es extraño. Recuerda fragmentos de las historias de sus pacientes. La vida es extraña. Da y quita. No está en condiciones de discernir en qué etapa está él ¿A punto de ganar o de perder? Ojalá alguien pudiera decidir por él. ¿Ana María?
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Ana María lo recibe con la hermética sonrisa de siempre. Él sabe que ella no romperá el silencio. Aunque dure la sesión entera. Tengo solo una hora, piensa, después el mundo caerá sobre mí. Él también sonríe. Creo que hoy lograré sorprenderla dice revoleando los ojos. Ella solo sigue sonriendo. Arriesgue, le doy tres posibilidades. Lo mío es el análisis no la adivinación le aclara ella aunque dado que su voz carece de hostilidad y que parece en mejor estado que la última sesión, me atrevería a arriesgar que su mujer no tiene un amante se inclina hacia atrás en el sillón ¿estoy en lo cierto? Acertó, ¿no quiere seguir arriesgando?, se le da bien. Ella levanta ambos brazos. Suficiente dice sonriendo. Él calla. Estoy haciendo tiempo, piensa. Y recupera la sensación que tuvo con Santiago: en cuanto lo diga se hará realidad. Ante su silencio, Ana María, para su sorpresa le pregunta ¿encaró a Cecilia por el mensaje? No hizo falta; ella solita me explicó la situación. ¿Por qué cree que su mujer se animó? pregunta ella reforzando la última palabra. Qué boludo, ni me lo planteé, piensa él. Se queda reflexionando. Quizá porque intenté interactuar con los tres; me di cuenta de que hubo un montón de situaciones de las cuales estuve ausente; les pedí perdón. Quiere decir que su mujer es muy receptiva y que si no había hablado con usted antes fue porque registraba que usted estaba muy distante. A él le da fastidio. Sí, quédese tranquila; usted me lo había advertido, acertó otra vez. Se instala un largo silencio. Vemos que lo que tiene para transmitirme es lo suficientemente gravoso como para controla el reloj que hayan transcurrido diez minutos y todavía no lo haya hecho. Él inspira hondo. Cecilia está embarazada dice al fin. Ella calla. ¿La sorprendí? pregunta él, irónico. Me sorprendió admite ella elevando las palmas. ¡Una que no vio venir! exclama él con franca sonrisa. ¿Está contento? pregunta Ana María. La sonrisa de él se borra. No confiesa lo último que estaba en mis planes era tener otro hijo. ¿Entonces? Entonces no sé. ¿Qué opina Cecilia? Cecilia…, Cecilia… le cuesta encontrar qué decir tampoco estaba en sus planes, pero… ella lo tendría. ¿Por qué usa el condicional? A él lo sorprende lo atento de su oído. Me dejó a mí la elección dice, agarrándose la cabeza. ¿De cuánto está? pregunta ella. Ya diez semanas informa él hoy vence la semana que le pedí y que me dio para tomar una decisión. ¿Por qué justo una semana? Él no quisiera dar el brazo a torcer, pero sabe que es ridículo. Quería hablarlo con usted admite. ¿Por qué no me llamó para adelantar la sesión? No se me ocurrió dice. O le cuesta admitir que no es omnipotente. Él eleva los brazos en un gesto difuso. ¿Cómo está? pregunta ella luego de una pausa. Angustiado define él, intenta sonreír y dice, elevando una mano, la palma hacia arriba ser o no ser; tener o no tener. Ana María, muy seria, pregunta ¿por qué no tendría al bebé? Ya somos grandes, Ana María; tenemos dos hijos adolescentes; estamos afianzando nuestras carreras; una criatura mandaría todo para atrás. Usted utiliza el plural; sin embargo, estos argumentos no parecen ser válidos para su mujer. No replica Gustavo con fastidio a ella cuando queda embarazada no le importa nada. Parece que esta vez sí le importa usted. Él la mira con sorpresa. No sé si le importo yo o le importa el bebé; me dijo que no está dispuesta a someter a la criatura a la indiferencia a la que me dice sometí a Nacho. Ya charlamos aquí bastante el tema. Sí admite él precisé un simulacro de divorcio para conectarme realmente con mi hijo. Si usted todavía no pudo tomar la decisión, será porque está en contradicción afirma Ana María, hace una pausa y pregunta ¿por qué sí enfatiza el sí tendría el bebé? No quiero perderla a Cecilia. Sin embargo, ella le dio libre albedrío y no amenazó con dejarlo. Creo que nunca me lo perdonaría. Así como usted nunca terminó de perdonarla por imponerle a Nacho ella se reacomoda en su sillón, cruza las piernas centrémonos en el bebé, ¿de alguna manera lo percibe ya como su hijo? Él aprieta fuerte los puños. Tanto que se clava las uñas. ¡Sí!, ¡la puta que lo pario! exclama hoy hablaba con Santiago; él, que en su momento transitó más de un aborto, me decía que ahora que es padre, ya no podría; me enojé con él, pero en el fondo tiene razón; me planteo que si hubiera sido por mí Nacho no existiría y es un pibe espléndido; y aunque me llevó su tiempo lo quiero con toda mi alma. Se instala un largo silencio. Ayer, cuando estaba por tomar el ascensor, mi vecina me pidió que le tuviera un segundo el bebé mientras plegaba el cochecito… cuenta y nuevamente calla; las palabras se resisten a salir. ¿Qué sintió? lo ayuda ella. Lo encontré parecido a Nacho; recordé que era un crío precioso; pensé una estupidez, me da vergüenza contarle. Ella lo mira en silencio con su mágica sonrisa. Pensé que Cecilia y yo hacíamos una excelente combinación, que los hijos nos salían inteligentes, buenos, lindos. ¿Tanto como para arriesgarse a reincidir? Él la mira muy serio. ¿Usted considera que estoy en condiciones de hacerme cargo de otro hijo? ¿Por qué no habría de estarlo? repregunta ella acá la verdadera pregunta es otra; ¿desea que nazca este hijo? Precisaría otra semana. Pero sabe que no la tiene. Él se restriega los ojos. No lo deseo, pero me resulta intolerable pensar en hacerlo desaparecer siente que las lágrimas pugnan por salir después de todo es mi hijo. Antes que todo lo corrige ella, incorporándose. Él la imita.
Una vez que la puerta se cierra, Gustavo deja de luchar para contener el llanto. Las lágrimas se deslizan por sus mejillas mientras camina hacia el auto. Ni intenta enjugarlas.
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Miércoles 14
Santiago entra, apurado. Perdón por la demora pide. ¿Tomy no te dejó dormir? pregunta él con sorna. ¡Al contrario!, durmió por primera vez toda la noche y se despertó recién a las nueve y como yo ya no pongo el despertador… Brindemos propone él llamando al mozo. Todavía no llegó el café cuando Santiago, sin preámbulos, pregunta ¿qué decidiste? Él piensa, otra vez, ridículamente, que en el momento en que lo diga ya no habrá vuelta atrás. Aunque ya hace una semana que no hay vuelta atrás. Vamos a tenerlo informa al tiempo que él mozo deposita las tazas sobre la mesa. Este sí que es motivo para un brindis exclama Santiago levantando su pocillo. Él eleva el suyo con desgano. Macho, ¿por qué esa cara? pregunta su amigo. No logro estar contento se sincera él. Pero ahora sos vos el que tomó la decisión, ¿o me equivoco? Él afirma con la cabeza. Sería más fácil si la responsable hubiera sido Cecilia dice. Claro, así te quedaba el recurso de la queja al que sos tan afecto. Él se sorprende del comentario de su amigo, ¿Ana María le pasó letra? ¡Pues yo estoy muy contento! exclama Santiago Tomy tendrá un amiguito y ya no podrás cargarme por mis desventuras de puérpero; además, a pesar de las restricciones del sueño y del sexo, estos meses han sido una maravilla; me emociona ver a Tomy crecer, descubrirle rasgos míos. ¡Pobre pibe! ríe él por suerte es la cara de la madre. Mi vieja dice que es mi calco. Para darte el gusto. Hace mucho que no lo ves le recrimina Santiago. Es cierto; estuve muy ocupado con lo de mi viejo. No busques excusas, estás en otra, hermano, metido para dentro. Su amigo es un crack. Me conoce del derecho y del revés, piensa. ¿Cómo se lo tomaron los chicos? pregunta Santiago. No saben; esperaremos a los tres meses, todavía no se lo dijimos a nadie. Deduzco de tus dichos que yo soy nadie para vos. Vos sos todo para mí confiesa él y su amigo sabe que no es una broma porque, al instante, los ojos se le empañan. Mirá que sos pelotudo dice me vas a hacer llorar.
Gustavo entra al consultorio con un paquete entre las manos. Va hasta la cocina, busca un plato y extrae del envoltorio dos empanadas. Se sirve un vaso de soda, se lava las manos y se sienta. Me gusta almorzar solo, piensa. Prueba de que suele estar acompañado. Recuerda a Manuel. La soledad se disfruta cuando es un bien escaso, decide. En unos cuantos meses será escasísimo. Inexistente. Otra vez el peso de su decisión, aligerado tras su encuentro con Santiago, lo abruma. Al menos ya decidí, se consuela, la semana pasada estaba peor. Están buenas las empanadas. No se dio cuenta de que tenía tanta hambre, debiera haber comprado tres. O cuatro. Lava el plato y prepara café. ¿Cómo se sentirá Cecilia? A la mañana estaba con náuseas. Busca el celular. Está tecleando un WhatsApp cuando lo borra y la llama. Tiene ganas de escucharla. Necesidad, admite.
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Nacho eligió el menú; Martina, el lugar. Almacén de Pizzas. Me quedo con Burgios comunica su hijo. Sos un ordinario su hija. Él aprovecha y se pone al tanto, al menos, de sus estudios. En lo personal, son reticentes. Tienen derecho, piensa él, deberé recuperar el terreno perdido de a poco. Tengo dos hijos grandes ya, evalúa, están bien, los criamos bien. El setenta por ciento del trabajo hecho, calcula. Su cabeza es una batidora. La posibilidad de empezar de nuevo es un peso que lo aplasta. ¿Compartimos un panqueque? propone Martina. Asociate con pa, yo estoy para un helado reprograma Nacho. Sí, a esta edad los hijos comienzan a ser socios. ¿De dulce de leche? pregunta él para hacerla rabiar. De manzana, obvio dice la chiquilina enfurruñada parece que ya no me conocieras. El chico le guiña un ojo. Ambos ríen.
Acaba de apagar la luz cuando escucha los ladridos de Lacán. Se levanta. La encuentra en la cocina. ¿Cenaste? pregunta él y como ella asiente con la cabeza, propone ¿tomamos un café? mientras busca la Volturno. Cecilia le cuenta de su madre; él, de los chicos. Se instala el silencio. ¿Decidiste? lo encara ella. Decidí contesta él aunque no te creas que estoy muy convencido. Ella lo mira fijo, parece que no respirara. ¿Vos estás segura de que estamos en condiciones de empezar de nuevo? Yo sí; pero no tengo fuerzas para afrontarlo sola como hace veinte años, cuando tenía veinte. Espero resultar mejor compañía que entonces dice él, acercándose. Ella sumerge la cabeza en su pecho. Tenía tanto miedo dice. Él la abraza. Fuerte la abraza.
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Miércoles 14
Santiago entra, apurado. Perdón por la demora pide. ¿Tomy no te dejó dormir? pregunta él con sorna. ¡Al contrario!, durmió por primera vez toda la noche y se despertó recién a las nueve y como yo ya no pongo el despertador… Brindemos propone él llamando al mozo. Todavía no llegó el café cuando Santiago, sin preámbulos, pregunta ¿qué decidiste? Él piensa, otra vez, ridículamente, que en el momento en que lo diga ya no habrá vuelta atrás. Aunque ya hace una semana que no hay vuelta atrás. Vamos a tenerlo informa al tiempo que él mozo deposita las tazas sobre la mesa. Este sí que es motivo para un brindis exclama Santiago levantando su pocillo. Él eleva el suyo con desgano. Macho, ¿por qué esa cara? pregunta su amigo. No logro estar contento se sincera él. Pero ahora sos vos el que tomó la decisión, ¿o me equivoco? Él afirma con la cabeza. Sería más fácil si la responsable hubiera sido Cecilia dice. Claro, así te quedaba el recurso de la queja al que sos tan afecto. Él se sorprende del comentario de su amigo, ¿Ana María le pasó letra? ¡Pues yo estoy muy contento! exclama Santiago Tomy tendrá un amiguito y ya no podrás cargarme por mis desventuras de puérpero; además, a pesar de las restricciones del sueño y del sexo, estos meses han sido una maravilla; me emociona ver a Tomy crecer, descubrirle rasgos míos. ¡Pobre pibe! ríe él por suerte es la cara de la madre. Mi vieja dice que es mi calco. Para darte el gusto. Hace mucho que no lo ves le recrimina Santiago. Es cierto; estuve muy ocupado con lo de mi viejo. No busques excusas, estás en otra, hermano, metido para dentro. Su amigo es un crack. Me conoce del derecho y del revés, piensa. ¿Cómo se lo tomaron los chicos? pregunta Santiago. No saben; esperaremos a los tres meses, todavía no se lo dijimos a nadie. Deduzco de tus dichos que yo soy nadie para vos. Vos sos todo para mí confiesa él y su amigo sabe que no es una broma porque, al instante, los ojos se le empañan. Mirá que sos pelotudo dice me vas a hacer llorar.
Gustavo entra al consultorio con un paquete entre las manos. Va hasta la cocina, busca un plato y extrae del envoltorio dos empanadas. Se sirve un vaso de soda, se lava las manos y se sienta. Me gusta almorzar solo, piensa. Prueba de que suele estar acompañado. Recuerda a Manuel. La soledad se disfruta cuando es un bien escaso, decide. En unos cuantos meses será escasísimo. Inexistente. Otra vez el peso de su decisión, aligerado tras su encuentro con Santiago, lo abruma. Al menos ya decidí, se consuela, la semana pasada estaba peor. Están buenas las empanadas. No se dio cuenta de que tenía tanta hambre, debiera haber comprado tres. O cuatro. Lava el plato y prepara café. ¿Cómo se sentirá Cecilia? A la mañana estaba con náuseas. Busca el celular. Está tecleando un WhatsApp cuando lo borra y la llama. Tiene ganas de escucharla. Necesidad, admite.
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Cuando venía para acá me encontré por la calle con una excompañera, estaba embarazada; es horrible, en lugar de ponerme contenta por ella me dio una envidia espantosa; igual la felicité recupera la sonrisa no te asustes. Él piensa que por suerte el embarazo no lo porta él, a Andrea le resultaría intolerable. ¿Cómo anduviste esta semana? inquiere. ¡Removidita! contesta ella con gestos ampulosos me vino a visitar una prima, diez años mayor que yo; le conté lo que habíamos trabajado en terapia y me contó que el subnormal le hacía chistes verdes, la miraba con intención; le decía “deja a tu novio, yo te haré ver las estrellas”; cuando le pregunté si se acordaba qué pasaba conmigo, recordó que él siempre me estaba encima; me sentaba en sus rodillas; una vez escuchó que me decía “mirá cómo te crecen las tetitas”; también oyó a su madre decir “gracias a Dios que Andrea se fue porque no sé qué iba a pasar” cuenta con desenvoltura. Es notable que te hayas olvidado de todas esas situaciones; vemos que en tu ida a Rosario confluyeron varios motivos: tu madre trato de sacarte del escenario para evitar males mayores. Me protegió dice ella. Protegerte hubiera sido echar al hombre le aclara él. ¡El gran escape! exclama la mujer entre carcajadas. No voy a irritarme, se impone él. Recuerda luego la impaciencia manifestada por Andrea la sesión anterior. A meter primera, se ordena. Me hablaste de una gira por Sudamérica dice contame un poco. Yo me fui con lo puesto; éramos unos quince chicos de menos de veinte años; hicimos kilómetros y kilómetros; nos presentábamos en teatros de primera pero parábamos en pensiones de cuarta; nos pagaba chirolas; “el resto se los daré cuando volvamos a Buenos Aires”, prometía; además me obsesionaba con el peso; me acuerdo que comía lechuga y pomelo y tomaba coca ligh; con un metro sesenta y cinco y cuarenta y cinco kilos era gorda para él; en mis sueños aparecían pollos al horno cuenta riéndose. Andrea la interrumpe él no es gracioso; eras una chiquilina de diecinueve años sola, maltratada, muerta de hambre. Sí admite ella además era pleno invierno, pasamos mucho frío. Pero vos resististe sin quebrar; una roca. Sí, no me recuerdo angustiada. Si conectabas con tu emocionalidad estabas perdida; ¿cuánto tiempo duró el suplicio? Estando en Colombia se me hinchó muchísimo el abdomen; un dolor terrible; la llamé a mi mamá que me mandó plata para que regresara a Buenos Aires; no lograron diagnosticarme, pero el episodio pasó; hace un año, haciendo unos estudios por mi esterilidad me dijeron que tuve tuberculosis en zona pélvica. La consecuencia del hambre, del frío, del esfuerzo brutal; tu cuerpo gritándolo que vos no te permitías; tu fortaleza sorprendente quedó a la luz, pero mandaste a la sombra la emocionalidad, la ternura, la fragilidad. Fue una señal para mí dice abandoné la danza. Imposible ir rápido con esta vida, piensa él y retoma la cronología. Ya en Buenos Aires volvió a trabajar con sus anteriores patrones. Le permitieron estudiar bachillerato acelerado e inglés. En dos años se recibió. Entró como secretaria en las oficinas de su patrón. ¿Seguías viviendo con ellos? No, empecé a ganar muy bien; alquilé un departamento con una amiga; hice un curso de un año de Negocios Internacionales; para mi gran sorpresa salí primera de mi promoción; éramos como treinta. Fijate vos como durante veinte años tus capacidades intelectuales fueron relegadas, nadie se ocupó de investigarlas ni desarrollarlas. Él recuerda la necesidad de acelerar. ¿Existió alguna pareja durante estos años? ¡No tenía tiempo! se ríe. Las rocas no precisan compañía le recuerda él. En realidad, salí con algunos hombres. Seguramente solo sexo arriesga él. Solo sexo acuerda ella y luego de una pausa agrega hasta que conocí a mi marido. Al fin llegamos, piensa él e informa lo abordaremos la próxima. Pienso concederle solo una sesión bromea ella. Pero él recibe el mensaje.
Gustavo se queda pensando en Andrea. La energía de esta mujer es desbordante. Derrama entusiasmo. No es solo lo que cuenta sino cómo lo cuenta. Oyéndola, uno piensa que es capaz de conseguir cuanto se proponga. Sin embargo, su cuerpo le está diciendo que no. El cuerpo de Andrea habla por ella, evalúa. ¿Está capacitada para ser madre?, ¿una madre piedra? Tantas madres circulando sin tener certificado de aptitud. ¿Y yo?, se plantea, ¿podré ser de nuevo padre?, ¿soy el padre que precisan mis dos hijos adolescentes? Está repentinamente agotado. Por suerte el tratamiento de Manuel no le genera mayores dificultades. Otro nivel energético.
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Charlé con Inés informa Manuel en cuanto se sienta y luego calla. ¿Querés contarme? pregunta él. Por primera vez hablamos sobre nuestra infancia, sobre la muerte de Daniel, sobre papá; ella también estuvo trabajando su historia en terapia; coincidimos en muchas cosas que ella también descubrió; lo que la sorprendió fue lo que estuvimos viendo sobre la figura de mamá; ella seguía idealizándola; la conmocionó verla desde otro lugar; me dijo que ahora entendía muchas cosas. Gustavo se siente satisfecho, muy satisfecho. Le maté el punto a Ana María, decide, ojalá que Inés le comente lo que trabajé con su hermano. Le conté lo de Judith prosigue Manuel lo que hizo papá con las cartas; no lo podía creer; recién así pudo entender mi alejamiento, mi desentenderme de la salud del viejo. Manuel se sirve un vaso de agua. Gracias dice. ¿Por qué? pregunta él, desconcertado. Por tu comentario de cierre; es cierto, al menos la tengo a Inés; es como si nunca la hubiera considerado una persona; Inés estaba, estaba siempre para los otros; estaba para papá, sobre todo se reclina sobre el respaldo y pide hablemos de otra cosa. Hablemos de tu profesión, entonces propone él. Manuel arquea las cejas. Elegiste la cirugía, la especialidad de tu padre. ¡Igual la hubiera elegido! exclama Manuel al instante. ¿Por qué? inquiere él. Mucha adrenalina; cuando salgo del quirófano y voy a informar a la familia, todavía me corrr por dentro; entonces los miro a los ojos, imagino por lo que están pasando; cuando puede darles buenas noticias me siento Dios; a lo largo de estos años, miles de pacientes me entregaron lo que más aprecian, su propia vida; tuve, literalmente, su vida entre mis manos; conseguí que la mayoría de ellos pudiera seguir viviendo o viviera mejor; es un satisfacción indescriptible dice con una energía, con una vitalidad que Gustavo le desconocía. Con pasión. Quizá por momentos, por horas sos un Dios como tu padre arriesga. No lo descalifica el hombre en el quirófano es el único lugar en que me siento yo. Él busca, entonces, por otro lado. Tal vez sea el único lugar en el que pudiste descargar la agresividad normal y natural de todo niño y que en tu caso fue duramente reprimida. Manuel lo mira con interés y comenta el vulgo dice que los ricos son cirujanos y los pobres carniceros. Etimológicamente agredir significa algo tan positivo como avanzar, dirigirse hacia algo; hay que distinguir entre agresividad benigna y maligna; la primera es de carácter defensivo y desaparece cuando se neutraliza el peligro; está, pues, al servicio de la vida, no de la muerte; la agresividad maligna, está representada por las conductas que intentan hacer daño porque sí. Gustavo se sorprende de sí mismo. Como si un ventrílocuo hablara a través de su boca. Me interesa mucho lo que decís lo reconfirma Manuel sí, cada operación es un baño de adrenalina; me hace sentir vivo. Tu problema es el resto del tiempo. A veces siento que soy un adicto confiesa el hombre operar dejo de ser mi profesión para transformarse en mi droga. Droga que, mientras dura, tapa tu soledad. Manuel se echa hacia atrás el cabello con ambas manos. No puedo más así; a veces me dan ganas de dormirme y de no despertarme más. ¿Cómo tu padre? Manuel lo mira fijo. ¿Considerás que la vida de tu padre estuvo muy poblada en los últimos años? Nunca me lo planteé reconoce el hombre. Planteátelo ahora sugiere él. No lo sé. Un buen tema para charlar con tu hermana propone él y enderezándose en su sillón pregunta ¿dejamos acá?
Gustavo se queda reflexionando. Manuel eligió la misma profesión que su padre sin embargo, coincidía con su propia vocación. A él le costó imponer la suya: su padre no quería que estudiara psicología. Te vas a morir de hambre decía. Hice lo que quise, piensa, pero también piensa que sigue trabajando en la fábrica de su padre. ¿El consultorio es su hobby? Al menos yo no intenté influir sobre la decisión de Nacho, piensa. Aunque poco le haya gustado Administración de Empresas. El viejo lo captó desde chico, evalúa con fastidio, quizá porque yo no estuve cerca. Busca el celular. ¿Qué novedades? le escribe a su hija. Ninguna contesta la chica. ¿Todo bien? Todo bien y ahora que me escribís, de diez. ¿Tenés ganas de que merendemos un día de estos? le escribe él porque de repente registra que la extraña. Después se arrepiente, le da vergüenza, qué puede interesarle ya a la chiquilina su compañía. La respuesta llega al instante. Solo si me prometés submarino y tostado. Él sonríe. Sigue compradora la mocosa. Como antes le escribe él. Como siempre contesta su hija. Gustavo se lleva la mano al pecho.
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Cuando Gustavo abre la puerta, descubre a madre e hija. Subí a pagarte se justifica Paz como es principio de mes…, me fijé en el almanaque, son cuatro sesiones agrega tendiéndole un sobre. Muchas gracias dice él al tiempo que Ema se dirige al consultorio y se ubica en el diván. Chau, hija se despide la madre desde la puerta. Chau, mamá contesta la chica sin mirarla. Él acompaña a la mujer al palier. Es rubia, delgada, bonita, delicada. Digna madre de su hija, concluye él. ¿Todo bien? pregunta Paz en voz muy baja. Todo bien responde él mientras le abre el ascensor. Me podría haber dado el sobre a mí dice la chica en cuanto lo ve. ¿Se lo dijiste? Ema niega con la cabeza. Deduzco entonces, de acuerdo con lo que charlamos la sesión pasada, que supusiste que a tu mamá no le hubiera gustado escucharte. ¡Lo que le gustaría es escuchar de qué hablamos!; siempre está pendiente de todo lo mío, me observa, me pregunta cómo estoy, qué siento, qué me pasa, qué quiero. ¿Y eso está mal? La chica se queda reflexionando. Mal no está, pero es demasiado, a veces me ahoga. ¿Tu abuela también te pregunta? Otras cosas me pregunta contesta la chica, haciendo girar las manos de qué trabajan los padres de mis amigas, cómo son sus casas, qué notas tengo en el boletín, cómo se lleva mi papá con su mujer; ella también me cansa. Gustavo se reclina sobre el respaldo y se toma unos segundos antes de decir parece que tu mamá te pregunta sobre tu persona y tu abuela sobre lo que te rodea. La piba, que estaba recostada, se endereza. Lo que decís, es tal cual, no lo había pensado; el adentro y el afuera. Quizá tu madre creció sintiendo que tu abuela ignoraba sus sentimientos y por eso trata de que vos no te sientas ignorada. ¡No hay chance! exclama Ema riendo a mí mamá le gustaría que yo fuera transparente; cuando era chiquita no me importaba, pero ahora a veces no me la banco. Gustavo se sirve agua y le ofrece. Ambos beben. Me parece que lo que ocurre es que estás creciendo y es lógico y saludable que quieras preservar tu intimidad. ¡Pero mamá se pone triste cuando no le cuento! Él rodea el vaso vacío con ambas manos. ¡Y ya me cansé de hablar de mi mamá y mi abuela! Él sonríe y eleva ambas palmas. Muy bien, ¿de qué te gustaría conversar? La chica se queda pensando. De mi papá tampoco quiero hablar hoy. Gustavo registra el hoy. ¿Entonces? No sé Ema ladea la boca. Comentaste que tenías amigas, ¿todo bien con ellas? Sí contesta la chiquilina en general sí. ¿Y en particular? No sé cómo explicártelo; yo no soy como las demás; trato de parecerme, de que no se den cuenta, pero el otro día Malena, que es mi mejor amiga, me dijo “mirá que sos rara vos”. ¿Por qué pensás que lo dijo? Me pidió que le sacara unas fotos para Instagram; unas fotos… unas fotos con… poca ropa… cuenta la chica y calla. ¿Se las sacaste? intenta ayudarla él. Sí, se las saqué y ella enseguida las publicó y le llegaron muchos like; entonces me dijo: “ahora te toca a vos, ¿por qué no te ponés la bikini?”… la chica se interrumpe. ¿Te la pusiste? interviene él. A mí no me gustan esas cosas así que le dije que no quería la mirada de Ema se entierra en el piso y ahí fue cuando me dijo que yo era rara; ¿viste?, tiene razón, soy rara. Mirame, Ema le pide él. La chica obedece, sus mejillas son dos frambuesas. Fuiste muy valiente, te negaste a hacer algo con lo que no estabas de acuerdo; te arriesgaste a ser rechazada, defendiste tus deseos. ¿Te parece? Estoy seguro él hace una pausa y le pregunta ¿Malena te dejo de lado después de eso? Ema niega con la cabeza. No responde solo me dijo que era rara, pero al día siguiente me invitó a ir al country. ¿Fuiste? Sí, fuimos Olivia, Camila y yo, la pasamos genial, todo el día en la pileta. Ahí sí te pusiste la bikimi comenta él sonriendo. ¡Claro! exclama la piba riendo ¡ahí sí! Él mira el reloj, ya es casi la hora. Me parece que este episodio te demuestra que no siempre podés hacer lo que los otros esperan de vos, pero que eso no significa que esos otros vayan a dejar de valorarte ni de quererte. Puede ser dice Ema sonriendo. Ella también mira el reloj. Y 59 anuncia. Suena el portero eléctrico. Ambos ríen.
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Marcelo se sienta. No hice los deberes informa sonriendo mientras levanta ambas manos, las palmas hacia arriba. No te preocupes, quedamos en que lo trabajaríamos aquí dice él. Menos mal, me daba vergüenza enfrentarte. Marcelo Gustavo cabecea no se supone que debas contentarme; así como no debieras actuar tratando de contentar a Matilde o a la mujer de turno; ya analizamos bastante el costo que eso tuvo en tu relación con Diana; si vos no querés contarle nada a Patricia, nada le dirás; mi única intención es ayudarte a analizar los pros y los contras; la decisión es tuya. ¡Qué lástima! ríe el hombre sería buenísimo que fuera tuya así podría echarte la culpa cuando Patricia me deje. ¿Alguna novedad? pregunta él. Ayer insistió con que tiene ganas de ver a los chicos. ¿Qué le dijiste? Que me diera tiempo, que precisaba prepararlos de a poco; pero ella me explicó que tenía ganas de verlos no en función de nuestra relación sino en tanto hijos de su amiga; “vi crecer a las tres mayores”, me recordó, ¡como si yo no lo supiera!; estoy atrapado, Gustavo, fue una estupidez no contárselo de entrada; ahora estoy perdido. Él se plantea qué haría en su lugar, pero solo pregunta ¿entonces? La relación tiene fecha de vencimiento, lo único que puedo hacer es retrasarla. ¿No contándoselo? Sí, al menos podré disfrutar unas semanas o unos meses más, hasta que ella se canse de insistir en que la incorpore a mi vida. Gustavo lo mira y se queda unos segundos en silencio. Lo que no estás evaluando dice al fin es el costo emocional para Patricia. ¿Cómo? Patricia es una mujer que salió muy lastimada de su matrimonio; me imaginó que le debe de haber resultado complicado confiar otra vez en un hombre. Sí le confirma él soy el primero con el que se relacionó desde que se divorció, hace ya más de ocho años; la puta digo, hasta me presentó a sus hijos, soy un boludo, no debería haberme prestado. ¿Por qué aceptaste? Porque la quiero con todo lo que puebla su vida; además tenía ganas de ver a los chicos. Vos también los conocés desde que nacieron. Sí admite el hombre eran muy amigos de las nuestras; están enormes; los mayores son unos muchachos espléndidos. Evidentemente no sos para Patricia uno más; si vos no le decís la verdad adjudicará a tu reticencia la falta de cariño; quizá, dada su historia, hasta a la presencia de otra mujer. ¡No me psicopatees! exclama Marcelo. Tiene razón, piensa él, me excedí. Tenés razón admite la salud emocional de Patricia no es de mi incumbencia; mi paciente sos vos. Deberá acceder por otro lado, evalúa. Se sirve un vaso de agua y se toma unos segundos antes de plantear ¿qué habrías hecho vos si Diana te hubiera blanqueado su infidelidad? ¡Qué pregunta tramposa!; me lo planteé muchas veces dice Marcelo y luego calla. ¿A qué conclusión llegaste? Yo la hubiera perdonado, pero solo porque la quería tanto que habría sido incapaz de prescindir de ella. ¿Hubieses aceptado hacerte cargo de Lorena? Sí, claro; ya sabés, soy un cobarde. Hacerse cargo de la criatura de otro hombre no es de cobardes sino de valientes. Marcelo lo mira con interés. ¿De veras te parece? Sí contesta él, rotundo sos muy valiente criándola como si fuera tu hija. Es mi hija lo corrige el hombre y luego inquiere ¿por qué me hiciste esa pregunta? Para mostrarte que a veces el amor es indulgente, aunque sea por propio beneficio responde mientras se incorpora. Te veo el próximo miércoles indica. Ya en el palier Marcelo comenta no te prometo nada, pero voy a intentarlo. Él le sonríe. Desde el ascensor el hombre dice gracias, Gustavo, muchas gracias.
Gustavo acomoda los almohadones, deja una nota sobre la mesa para Juana, cierra el gas, baja las persianas y sale. Se acabó mi miércoles de sesiones, piensa, falta una semana para el próximo, se lamenta. Hoy irá a tomar un café a Sigi. Me lo merezco, se dice, hoy hice un buen trabajo. ¿Cuánto hace que no va? Era un clásico en mi antigua vida, piensa mientras se sube al auto. Piensa luego que su vida actual pronto pasará a ser su antigua vida. ¡Y él consideraba que la enfermedad de su padre era lo que más podía complicarle la existencia? ¡Qué iluso! Ahora se viene el terremoto, evalúa. Va manejando tan ensimismado que no ve el cambio del semáforo. Lo único que le falta es una multa. Y ahora sí que son caras. Disminuye la velocidad. Ya está llegando. Espera que la búsqueda de lugar para estacionar no conspire contra su necesidad de sentarse solo un rato. Ahí ve un lugar. Frena.
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Gustavo se apoya contra el respaldo y dice cree saber cuál fue mi decisión, ¿no? La pregunta en sí, en este marco, es irrelevante. Como diría un juez acota él. Parece que considera que yo podría juzgar su decisión, ¿o es usted mismo quien se juzga? Quizás usted me juzgara íntimamente si yo hubiera decidido lo contrario de lo que decidí. Ana María hace un gesto de fastidio. Se le escapó, evalúa el sorprendido, es humana. Usted ha resuelto se recupera ella olvidando los paradigmas del psicoanálisis, que yo estoy a favor de la continuación del embarazo y que, íntimamente, repito sus palabras, lo criticaría si usted hubiera optado por interrumpirlo; le cuesta ejercer su libre albedrío y justifica su decisión amparándose en las reacciones de quienes lo rodean. ¿A quiénes se refiere? A Cecilia y a Santiago los ha mencionado expresamente; a mí, entre líneas y supongo, conociéndolo, que sumaría en la lista a su madre. Él cabecea. Sí es así admite mi vieja tampoco me perdonaría. Ana María revolea los ojos. Qué extraño, piensa él, hoy parece manifestar emociones, quizás el tema la interpela. Dijo perdonaría y no perdonará sigue ella de lo cual desprendo que ha resuelto continuar con el embarazo. Así es reconoce él. Gustavo, ¿por qué le costó tanto contarlo? Él se toma unos segundos antes de responder porque decidí tener este hijo, pero sin alegría se toma otros segundos diría que hasta tengo rabia. Sí, se percibe; una rabia que se extiende hacia mí. Él se endereza en el diván con brusquedad. ¿Qué dice? Ella desestima la pregunta y continúa centrémonos en usted; aunque se arrepintiera ya no hay manera de volver atrás, ¿me equivocó? No, ninguna; ya van más de once semanas; además, luego de este tiempo de incertidumbre, Cecilia ya se conectó con el bebé; diría que hasta se la ve contenta. ¿Por qué no habría de estarlo? Él, de repente, se siente muy irritado; está harto de Ana María, de Cecilia, de su madre, de todas las mujeres; quiere meterse en la cama y taparse la cabeza y no pensar. Le repito la pregunta insiste ella ¿por qué Cecilia no habría de estar contenta? Porque su vida se va a alterar; se le acabará la tranquilidad, la libertad, el dormir por las noches. Pero ella parece estar hasta contenta de soportarlo. Él fastidio de él se incrementa. No entiendo a las mujeres, no sé qué le ven de disfrutable a un bebé. Ella, ajena a su demostrado malhumor, sonríe. Por lo que usted contó, Santiago tampoco parece padecer a su hijito. Él no encuentra qué replicar, momento en que descubre que no vino para enfrentarse con su analista. Perdón pide me estoy comportando como un imbécil. Ella se encoge de hombros y ladea la cabeza. Siempre sabe cómo reaccionar, evalúa él. Luego de una larga pausa Ana María pregunta ¿cómo transitó el embarazo de Martina? La recuerdo feliz, radiante, luminosa. No me refiero a Cecilia sino a usted. Soy un pelotudo, piensa él y luego se queda reflexionando. En esa época yo estaba bien, pleno; me sentía grande; estaba ganando bien y hacía unos meses había retomado la facultad; nuevamente me contactaba con gente interesante; la relación con mi viejo se había estabilizado; yo solía decir: “esta nena viene con un pan debajo del brazo”; y así fue, desde que nació Martina es un sol; yo no podía creer, Nacho había sido muy llorón; la mayor parte de las noches me despertaba y no encontraba a Cecilia en la cama; pasó noches enteras con el bebé en la mecedora. Ella lo mira con fijeza y pregunta ¿usted no la ayudaba? No contesta él, incómodo al día siguiente tenía que trabajar e intenta justificarse y en esa época Cecilia no hacía nada. Nada más que criar sola a ese niño; porque seguramente su ausencia no era solo física sino también emocional. Sí, siempre vi a Nacho como un contendiente admite Gustavo él me robaba a mi mujer; pasamos meses sin tener sexo. Sin embargo, cuatro años después usted, voluntariamente, buscó otro hijo. Bueno, no es que lo busqué yo, creo que no encontré razones para oponerme. Ya hemos hablado en su momento de cómo transito usted el embarazo de Nacho, ¿y Cecilia? Con Nacho fue todo complicado desde el principio; Cecilia tuvo muchas náuseas; la mayor parte del embarazo se sintió muy mal; casi no teníamos relaciones. ¿Y con Martina? Ya le dije, Cecilia brillaba, ni una molestia dio esa nena. Ella despliega esa sonrisa que él tanto envidia. Qué notable comenta podríamos suponer que los malestares de Cecilia no eran de origen físico; Cecilia tal vez sentía su rechazo y reaccionaba con su cuerpo; quizá luego Nacho percibía la angustia de su madre y por eso lloraba tanto, lloraba el llanto de ella. Él se enfurece. Como siempre la culpa es mía. Ella, ahora seria, dice Gustavo, usted es un hombre inteligente, pero a veces pareciera que esa inteligencia la dejara adentro del consultorio; ¿qué conclusiones sacaría ante un paciente que manifiesta su rechazo por un primer hijo y que describe un embarazo y un puerperio complicados y que luego relata un segundo nacimiento deseado donde todo anduvo sobre rieles? ¿Adónde quiere llegar, Ana María? pregunta él, tan avergonzado como fastidiado. A que repare en que el bienestar de Cecilia y del futuro bebé de algún modo depende de cómo usted logre relacionarse con este embarazo; lograr aceptarlo redundará en su propio beneficio. Él, las manos apoyadas sobre las piernas abiertas, la vista en el piso, cabecea. Sí, ya lo sé, Ana María; por eso estoy aquí, voy a intentarlo. Ella se incorpora. Lo veo el próximo miércoles dictamina.
Cuando está poniendo la llave en la cerradura, se aproxima la mujer del departamento B con el cochecito del cual cuelgan varias bolsas además de una nena de unos tres años. Él tiene intenciones de sostenerle la puerta, pero la ve luchar con el carrito que se atrancó en la rampa. Va en su ayuda. Quizás al verlo el bebé se asusta porque se larga a llorar. ¡Upa! pide la nena. La mujer cierra los ojos. ¿Cecilia quiere esto?, se pregunta él aunque piensa que al menos los otros ya están grandes. Minutos después todos suben en el ascensor. El bebé sigue llorando. Él colabora en el descenso. ¡Upa! insiste la nena. ¡Basta! exclama la mujer cercana al grito ¿no ves que no puedo? Él los ve entrar al departamento. Seguramente a la mujer le resta ocuparse de la cena, bañar a los chicos, acostarlos, etc. Calvarios voluntarios, reflexiona él, en esta época se planifican los hijos. No digas boludeces, Gustavo, se reta luego, dos de tus tres hijos aterrizaron. Sus tres hijos. Todavía no logra hacerse a la idea. Constituían una familia tipo. La parejita por añadidura. El tercero en discordia, piensa e inmediatamente la imagen de Ana María se le impone. Resopla. En cuanto pone la llave se escuchan los ladridos de Lacan. Subordinación y valor.
Marti, pone la mesa es lo primero que escucha. Que la ponga Nacho grita la chica desde su habitación él también tiene dos manos. La pongo yo informa él y recién entonces se dirige a la cocina. Encuentra a Cecilia agachada, intentando sacar algo del horno. Está colorada, resopla. Te ayudo ofrece. Ella retrocede y él toma el repasador que ella le tiende y saca la asadera. Pesa mucho, es su primer pensamiento que luego completa: pesa mucho para ella, para ella porque está embarazada. Deposita la fuente sobre la mesada. Es una carne con papas y batatas. ¡Qué festín! exclama. Para festejar informa ella. En un instante sus neuronas se ponen a trabajar. ¿Pensará decírselo hoy a los chicos?, ¿eso es para ellos algo a festejar?, para él no, claro. Nacho aprobó Álgebra se le adelanta ella. Es cierto, el otro día lo comentó, a él se le pasó la fecha. Como no sabe qué decir solo dice ya me ocupo de la mesa y sale. Y recién cuando sale repara en que no la saludó a Cecilia. Tarde para regresar. Distribuye la vajilla y se encamina al pasillo. La comida está lista informa y después se lava las manos. Cuando llega al comedor ya todos están sentados. Cecilia levanta el vaso. ¡Por el examen de Nacho! exclama. Ni que me hubiera recibido dice el chico sonriendo. ¿Cuánto sacaste? pregunta él. ¡Nueve! responden al unísono las dos mujeres. Él se siente molesto. Estuve al margen, piensa. Está por preguntar si fue oral o escrito pero no quiere quedar nuevamente en evidencia. Él creyó que estaba recuperando el ritmo pero, es evidente, tantos meses de distancia no se zanjan solo con buenas intenciones. ¿Cuándo rendís Análisis? averigua Martina y a él le alegra que la chiquilina esté al tanto de los estudios de su hermano. El miércoles próximo contesta Nacho y él decide que se lo anotará en la agenda, ya no puede confiar en su memoria. Fuera del consultorio, se corrige, dentro todavía sí. El teléfono de línea suena. Nacho se levanta a atender. Sí, abuelo dice aprobé, me saqué un nueve. Él no sabe si alegrarse por el interés de su padre o sentirse aun más culpable. Es que no puedo con todo, se justifica. Y si no puedo ahora, no quiero ni pensar lo que será mi vida dentro de un año. ¡Esta carne está monumental, ma! exclama Nacho. Él observa el plato de Cecilia, aún en veremos. Recuerda la filípica de Ana María. ¿De veras piensa que depende de él el sistema digestivo de su mujer? Come, mami pide Martina. Siempre atenta, evalúa él, atenta a todos. Cecilia retoma el tenedor y, como si pudiera leer los pensamientos de su padre, la chiquilina pregunta ¿qué tal estuvo el consultorio hoy, papi? Él recuerda lo que le contó a Ana María. Sí, Martina es un sol.
Cecilia no tenía buena cara. Él la mandó a ducharse y ahora está lavando los platos. Detesta limpiar la asadera. Las papas, no falla, se pegaron. Decide dejarla con agua mientras prepara la Volturno. En eso está cuando Cecilia aparece en la cocina. Andá a acostarte le indica después te llevo el café a la cama. Si no te ofendés prefiero un té responde ella. Ya todo empezó a cambiar, evalúa él, nada volverá a ser lo mismo. Cuando entra en el dormitorio con la bandeja, ella ya está acostada. Sin leer, observa él, sí, todo sigue cambiando. ¿Te sentís mal? le pregunta. Un poco revuelta, nada grave contesta ella agarrando la taza que él le ofrece y luego informa ya conseguí turno con Santandrea. No me avisaste nada dice él, molesto. Te estoy avisando. ¿Para cuándo? Próximo martes a las diez de la mañana. Sabés que es el horario más complicado en la fábrica, podrías haberme consultado. Ella deposita la taza sobre la mesa de luz. No pensé que te interesara ir dice, seca. Él está por imponer la discusión cuando se le impone el rostro de Ana María. Voy a tratar de liberarme, ¿sigue atendiendo en el mismo lugar? Sí informa ella. Me queda cerca, por suerte. Ella lo mira fijo y luego recupera la taza. Sí, por suerte repite, seria.
220When you're in need of love” canta. Basta, animal, si asesinás cualquier tema en español, en inglés ya es demasiado. Ambos ríen.
Levanta las cortinas. El sol entra a raudales. Un día precioso, la primavera luciéndose. Va hasta la cocina. Nota de Juana. Le dejo ticket del super y el vuelto. Deposita sobre la mesa el paquete que trae y lo abre. Hace rato que estaba antojado con sándwiches de miga. Antojado. No es él el legítimo accionista de los antojos. Abre la heladera y saca una Cocacola. Sí, finalmente Juana le hizo caso y compró botellitas. Son mucho más caras se resistía. Pocas veces tiene antojo, y regresa el vocablo, de gaseosas, pero cuando así es solo le gustan bien frías y recién abiertas. Busca un individual, un plato y un vaso, eso lo aprendió de su madre. Almuerza con gusto. Menos mal que están ricos, porque los sándwiches de miga secos lo ponen de mal humor. Mientras se hace el café revisa su agenda. ¡El examen de Nacho! Se olvidó completamente. Teclea en el celular ¿cómo te fue? pero luego se arrepiente y lo llama. Lo peor que puede pasar es que no lo atienda. Hola, pa lo sorprende la voz de su hijo. ¿Cómo te fue? Bien, saqué ocho. ¿Qué te parece si arreglamos para almorzar un día de estos los dos y festejamos? propone sorprendiéndose a sí mismo. Dale, cuando te venga bien, yo ahora estoy bastante liberado. ¿Miércoles próximo?, los mediodías en la fábrica suelen ser ajetreados. De una, pa, nos vemos a la noche ahora me voy a tomar algo con mis compañeros. Juventud, divino tesoro, piensa él mientras se sirve el café y rememora sus primeros años de facultad. Después todo se complicó. Después de Nacho.
221
Hoy le toca a mi marido dice Andrea en cuanto se sienta y ríe. Es muy graciosa, expresiva, ampulosa en sus movimientos. Agita sus brazos como una medusa, piensa Gustavo. Contame cómo lo conociste. Yo ya tenía veintidós años; había empezado a trabajar en la empresa inglesa donde aún continúo; hubo una reunión en el consulado, hete aquí que el cónsul inglés resultó ser el padre de George que, en ese momento, estaba de vacaciones en la Argentina, ya se había recibido de profesor de letras, especializado en literatura española; charlamos, nos gustamos y allí empezó todo. Como Gustavo no pierde de vista la urgencia de ella pregunta ¿te emparejaste con un igual, potente y tiraron juntos para adelante o con un complementario que te aportó algo de blandura y, sobre todo, no coartó tu libertad? ¡Segunda opción! Andrea lo describe. Un inglesito formal, educado, respetuoso, tierno, tímido. No se animaba a darme un beso, ¡casi tuve que obligarlo! ríe ahora a carcajadas. Te lo pusiste al hombro desde el principio arriesga él. ¡Ni me lo digas! exclama. ¿Cómo siguió el vínculo? Él regresó a Inglaterra, no te podés imaginar las cartas que me escribía, romanticismo puro; yo estaba encantada, nunca me habían tratado así; unos seis meses después la empresa nos propuso a los recientemente incorporados hacer un curso de perfeccionamiento de inglés intensivo de dos meses en Londres; se lo conté a George que me ofreció ir a vivir a su casa; su padre, luego de cuatro años, ya había cesado en su cargo; no lo pensé ni dos minutos ríe nuevamente no te imaginás lo que era la casa, ¡un palacio!, y no me cobraban ni alojamiento ni comida; eso sí, dormíamos en cuartos separados. ¿No tuvieron sexo durante esos dos meses? Sí, los padres tenían bastante viva social, así que esas noches éramos libres. ¿Qué te atraía de George? Su sensibilidad, sus detalles, su protección.; en realidad yo estaba enamorada de su padre vuelven las carcajadas broma, ¿eh? Andrea le cuenta que era un hombre potente, arrasador. Como vos acota él. Sí, hicimos muy buenas migas. La suegra era una mujer sensible, lenta, tradicional, muy inglesa, de moral victoriana, disciplinada. Como el hijo comenta Gustavo. Sí, me sigue fastidiando la falta de espontaneidad de George; quiero hablar de algo y me dice: “no, ahora no, ya son las veinte, mañana”. Gustavo le muestra que, desde sus diferencias, se complementan. Él te da seguridad, ternura; vos aportás el empuje, la energía. Recuerdo una vez, durante el desayuno, que charlé largamente con mi suegro; en un momento lo miró a George y le dijo: “esta mujer es de armas llevar, te va a hacer correr”; pobre, ¡todavía está corriendo! exclama ella entre risas. Ella regresa a Buenos Aires, cuenta Andrea, y meses después él viaja y hacen una boda sencilla, porque él tenía doble nacionalidad. Se instalan en el departamento de ella y él viaja periódicamente a Londres mientras gestiona horas de cátedra en la Universidad de Buenos Aires. Pareciera que vos fuiste el motor de todos estos cambios sugiere él. Sí, yo proponía, él ofrecía leve resistencia y luego se plegaba a mis decisiones confirma riendo. Cuando te pregunté qué te atraía de él no mencionaste la atracción física abre el ruedo Gustavo. No diría que ha sido fuerte de nuestra pareja admite ella George siempre ha sido… busca la palabra… tibio; luego de la muerte de su padre, meses después de nuestro casamiento, más aún; menos aún se corrige riendo. ¿A vos te alcanzaba? Estaba demasiado ocupada trabajando se justifica. Allí colocabas tu líbido. Ella asiente con la cabeza. Yo escuchaba a mis amigas quejándose de que no podían sacarse a sus maridos de encima. ¿Qué te generaba escucharlas? Intuía que algo no andaba bien, pero puse el tema en un armario. ¿Él ya vivía en Buenos Aires? Sí, compramos un lindo departamento de tres ambientes con la herencia de su padre; él trabajaba pocas horas, no lo precisaba porque recibía una renta mensual por propiedades en Inglaterra, hijo único él además; yo fui ascendiendo en mi carrera, cada vez me exigía más tiempo; él se ocupaba de la casa, siempre fue un excelente cocinero; no es poca cosa llegar reventada y encontrarse con la cena preparada. La comida caliente y la cama fría arriesga él. Ella asiente, seria. ¿Vos planteabas el tema? Lo intenté un par de veces, pero él se resistía; después de esas demandas se activaba un poco ríe nuevamente además, empezó a beber más, había arrancado luego de la muerte de su padre, cuando tomaba estaba más apático aún. No parece el marco ideal para engendrar un niño sugiere él. ¡Al fin llegamos al tema! exclama ella. Él mira el reloj. A eso nos dedicaremos en nuestro próximo encuentro informa levantándose. Próximos lo corrige ella y agrega, extrañamente seria mucho para contar. Él la despide junto al ascensor. Por primera vez la percibe vulnerable.
Revisa la ficha de Manuel. ¿Qué estará trabajando Ana María con su hermana? Le gustaría poder charlarlo con ella, pero no corresponde. Ya no es mi control, se recuerda y recuerda también cuánto lo ayudaba discutir los avances y retrocesos de sus pacientes con ella. Pero más la preciso como terapeuta personal, decide. Ella sabe conducirme, reconoce, ella impide que vuelque. ¡Qué comentario tan poco profesional!, se reta, ni que fuera un autito en una pista de Scalextric. El timbre lo sobresalta. Pone la vajilla que quedó del almuerzo en la pileta y acude a atender.
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Estuve charlando con Inés informa Manuel en cuanto se sienta. ¿Sobre? El hombre ladea la cabeza y eleva las cejas sobre lo que me encargaste, sobre la vejez de mi padre. Yo no te doy indicaciones, Manuel, solo sugerencias, propuestas le aclara él. Manuel se encoge de hombros, parece fastidiado. No me gustó escucharla dice no me hizo bien. Gustavo espera, pero como el hombre permanece callado, propone ¿te gustaría contarme? Manuel se reacomoda en el diván, se apoya en el respaldo y cruza una pierna sobre la otra rodilla. Creo que en este último tramo pagó todos los errores que pudo cometer en su vida comenta y calla nuevamente. ¿Por qué lo decís? trata él de ayudarlo a abrirse. Estuvo solo como un perro. Al menos han tenido algo en común, además de la profesión acota él. ¿A qué te referís? A la soledad. Él esboza una leve sonrisa. Quizás es genética dice porque Inés también la padece y regresa al silencio. ¿Estuvo mucho tiempo enfermo? intenta él abrir la conversación. Fue largo; largo y doloroso; cáncer de laringe; de entrada le dieron pocas chances, pero el viejo resistió. ¿Vos estabas al tanto? Manuel se endereza con brusquedad. Sí responde Inés me escribía. ¿Te avisó Gustavo decide, adrede, ser duro que se estaba muriendo? Sí, pero no vine; si no lo había visto antes qué sentido tenía en ese momento. ¿Inés te lo recriminó luego? Manuel menea la cabeza. Inés nunca recrimina, nunca demanda. Gustavo decide permanecer en silencio. Silencio que un buen rato después Manuel rompe para decir soy yo el que me lo recrimino. Gustavo le ofrece agua. Ambos beben. Aunque no puedas creerlo, ayer, porque me encontré con ella ayer, fue la primera conversación profunda que tuve con mi hermana en toda mi vida; la primera vez que fue a visitarme, un par de años después de mi partida, era muy jovencita, en el poco tiempo libre que tenía la paseé lo que pude, pero no hablamos nada de temas personales, pero sí recuerdo que traté de convencerla para que siguiera estudiando, ya estaba trabajando como secretaria en el consultorio de varios ginecólogos, aún sigue allí; se justificaba diciendo que no tenía ninguna vocación. Él se queda reflexionando, cuánto precisaría charlarlo con Ana María. A lo mejor ella también satisfizo los mandatos paternos. No entiendo. Para las mujeres, la familia debe de ser el centro de su existencia. Pero ella no se casó ni tuvo hijos, sigue viviendo en la casa de nuestra infancia. Tu padre fue su familia le aclara él. Es cierto admite Manuel al menos ella tuvo esa familia; yo, ninguna. Vos decidiste prescindir de tu familia, tanto de tu padre como de Inés. Es cierto repite, tomándose la cabeza con ambas manos la arrastré a Inés en la volteada. Se sirve agua y continúa ayer, charlando con ella, recién tomé cabal conciencia del fardo que tuvo encima, fardo del que, en todos estos años no se quejó; me pasé la vida lamentándome, a solas, claro, del desamor de mi padre, de su brutal manera de torcer mi vida y recién puedo ver ahora que aquí la verdadera víctima ha sido Inés; a pesar de saber con precisión, por algo soy médico, la complejidad de la enfermedad de mi padre, los dolores, la incapacidad, la asistencia permanente que requería, no moví un dedo para ayudar a mi hermana, no en tanto hija del ser que yo detestaba, sino en su calidad de ser humano vuelve a esconder la cabeza entre las manos todo esto habla muy mal de mí, Gustavo, me avergüenzo de mí mismo. Él deja pasar un buen rato antes de comentar es muy interesante tu proceso, Manuel; recién cuando dejamos de vernos como víctimas y nos reconocemos artífices de nuestra historia, descubrimos que nosotros somos los otros de los otros y podemos reconocer que todo aquello que nos ha acontecido en nuestra adultez ha ocurrido con nuestra anuencia, por acción o por omisión; quizá recién ahora puedas, Manuel, tomar el timón de tu vida. Quizá ya es demasiado tarde dice el hombre, descubriéndose el rostro. ¿Tarde? Gustavo sonríe recién y remarca el recién tenés cuarenta y cinco años. Suena el portero eléctrico. Ambos hombres, al unísono, miran el reloj. Se nos pasó la hora dice Gustavo incorporándose. Mientras no se me pase la vida… acota Manuel imitándolo. Él sonríe, satisfecho.
¿Te acordás que te dije que mi papá me había cancelado la salida al cine? Son las primeras palabras de Ema. Sí, hace ya dos semanas responde él. Después de eso no volvió a comunicarse conmigo. ¿No tenés días fijos para verlo? En principio sí, pero casi nunca se cumplen, desde que está con Sandra no se cumplen. Él calla. Mamá al principio le reclamaba, pero ya no. ¿Por qué no? Porque yo le pedí que no lo hiciera, me hacía peor escuchar las discusiones que no verlo. Quiere decir que tu mamá respeta tus deseos. La chica hace un gesto de fastidio. Sí, ya te dije que siempre me escucha, que demasiado me escucha. Sigamos con tu papá propone él. ¿Sabés qué me pasó? pregunta mirándolo fijo estaba enojada, muy enojada; es raro porque antes solo me ponía triste. ¿Antes de qué? Ema se endereza en el diván y se queda unos segundos callada. No había pensado antes de qué mira el piso y agrega supongo que antes de empezar a… se interrumpe antes de empezar a charlar con vos. Él experimenta una gran satisfacción. ¿Cómo es eso? pregunta. Antes…, cuando era chiquita, aclara pensaba que, si mi papá no tenía ganas de estar conmigo, la culpa a lo mejor era mía, que yo era aburrida o tonta o mala o vaya a saber qué y por eso no podía hacerme querer; pero últimamente me di cuenta de que yo no soy la culpable, porque además todos los demás me quieren. ¿viste?, yo soy de hacerme querer, las mamás de mis amigas me adoran, las maestras antes, las profesoras ahora, también; él es mi papá y él tiene que ocuparse de mí, aunque no me quiera, porque es un adulto y soy su responsabilidad; por eso me enojé. Gustavo se cerciora de que ella no seguirá hablando y pregunta ¿vos sentís que tu papá no te quiere? Al instante los ojos de la chiquilina se llenan de lágrimas. La pucha dice de nuevo estoy llorando. Ya hablamos al respecto, Ema, celebro que puedas comunicar tus emociones, no necesitás ser como tu abuela. La chica sonríe entre las lágrimas. Vos te acordás de todo afirma. Te escucho con atención responde él, complacido. ¡Como mamá! exclama la chica y ahora ríe. Él deja pasar unos segundos y reitera la pregunta ¿sentís que tu papá no te quiere? La chica, ya sin lágrimas, se queda pensando. Cuando está conmigo me trata bien, es cariñoso; el tema es que no necesita pronuncia el necesita con intensidad estar conmigo. Quizá te aflige que él no registre tus propias necesidades. ¡Sí!, no se da cuenta de que yo me pasé cada uno de los diez días esperando que me llamara; y eso antes me daba pena, pero ahora me da mucha rabia dice inclinándose hacia adelante, los brazos cruzados sobre el abdomen. Como permanece en silencio, Gustavo acota creo que acabás de enunciar la clave. La chica se endereza y lo mira con atención. ¿Cuál? pregunta. Dijiste que no se daba cuenta. Ema frunce el entrecejo. ¿Cuándo alguien no se da cuenta de algo qué hay que hacer? le pregunta él. ¡Decírselo! exclama ella inmediatamente. Él asiente con la cabeza. ¿Y cómo? pregunta la chica. ¿Qué se te ocurre? Ema se queda pensando. Puedo escribirle un mensaje por Wapp, puedo mandarle un mail, puedo llamarlo por teléfono al estudio ahora se sienta como indio también puedo pasar por el estudio, queda cerca de la casa de Malena y justo mañana voy. Veo que sos una muchachita con muchos recursos dice él sonriendo. La piba mira el reloj. 16.58 dice la semana que viene te cuento y levanta la palma de la mano. Él se la choca. Hecho dice. El portero eléctrico suena.
Se deja caer sobre el diván. Estoy de buen humor, piensa. Recuerda la cita acordada con su hijo para el próximo miércoles. Él no me demandó nada en tantos años de indiferencia, reflexiona, y yo, como el padre de Ema, estuve al margen de las necesidades de mi hijo. Registra, también, que lo invitó a comer porque él tenía necesidad de fortalecer el vínculo no porque pensara que el chico lo precisara. El buen humor se le diluye en un instante. Mucho para trabajar en mí, reconoce.
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Marcelo entra, se desmorona en el diván y permanece en silencio. ¿Querés agua? ofrece Gustavo. ¿Tendrías un café? pide el hombre. Él, desconcertado, asiente, se dirige a la cocina y prepara la Volturno. Desde allí pregunta, alzando la voz ¿azúcar, leche? Dos cucharaditas de azúcar es la respuesta. Minutos después regresa con dos tazas humeantes. Te agradezco dice Marcelo sin combustible no funciono. Ya me siento mejor informa luego, el pocillo vacío, y como calla Gustavo pregunta ¿te pasó algo? La topadora por encima. ¿Querés contarme? Anoche hablé con Patricia; estaba cenando con ella en un restaurante y me llamó Matilde; me preguntó dónde estaba y le respondí que con Fernando; cuando corté Patricia, que no tiene un pelo de tonta, me preguntó por qué le mentía; iba a inventar algo cuando me acordé de vos por primera vez sonríe entonces, sin anestesia y con detalles, le hablé de la existencia de Lorena. Marcelo se interrumpe y, ahora sí, se sirve agua. La toma con fruición. Como no sigue hablando Gustavo pregunta ¿cómo se lo tomó? La cara se le iba desarmando minuto a minuto, pero no pronunció una palabra; cuando terminé dijo que no estaba en condiciones de hablar y me pidió que la alcanzara a su casa; fuimos en el auto en absoluto silencio; se bajó sin saludar y es lo último que supe de ella. Se restriega la cara con ambas manos. No pegué un ojo informa qué cara tendría esta mañana que, cuando las llevé como siempre al colegio, Matilde me preguntó si me pasaba algo; yo negué, por supuesto, pero cuando se bajó del coche sentenció “vos anoche no estabas con Fernando”; Agustina, pobre, miraba sin entender nada. ¿Qué pensás hacer? inquiere él. Creo que dejaré pasar un par de días antes de intentar comunicarme responde Marcelo. Seguramente Patricia necesitará tiempo para procesar tanta información concuerda él. Reflexiona unos segundos y luego agrega me parece que hay otros dos frentes pendientes. ¿A qué te referís? Matilde y Agustina responde él. Demasiado para mí; no quiero volver a casa porque sé que Matilde me acribillará a preguntas y qué sentido tiene contarle cuando seguramente Patricia no querrá volver a verme dice Marcelo y se agarra la cabeza con ambas manos. Te falta Agustina le recuerda él. Le diré que es un asunto entre Matilde y yo. No me refiero al episodio del auto le aclara él. ¿A qué entonces? A la identidad de Lorena. En este momento Agustina es el menor de mis problemas. ¿Cuál sería el motivo del alejamiento de Patricia?, ¿lo que ocurrió o que se lo ocultaras? Que no se lo contara, obvio. Él se toma unos segundos antes de plantear ¿qué puede llegar a sentir Agustina cuando, la verdad siempre termina sabiéndose, se entere de un secreto que Matilde sí compartía?, ¿no contemplás el riesgo de que eso genere un quiebre no solo con vos sino también entre ambas hermanas? Marcelo lo mira muy serio. Vos pretendés demasiado de mí, Gustavo. Él se plantea si está dirigiendo la terapia en la dirección correcta; quizá se excedió. Solo intento alertarte, por supuesto que las decisiones y los tiempos son tuyos. Luego de una larga pausa Marcelo dice tenés razón, mi cobardía me costó perder a Patricia; no debiera sumarle la pérdida de mis hijas; cuando me reponga de esta me ocuparé de ellas, son dos chicas de oro, se lo merecen; ¡suerte que no sumaste a Sofía! exclama por fin sonriendo. Ya llegará el momento dice él tiempo al tiempo. ¿Querés que te confiese algo? propone Marcelo luego de beber agua de algún modo estoy aliviado; la tensión de ir prolongando la catástrofe era insostenible; ya está, lo que tenga que ocurrir ocurrirá, no se puede frenar el mundo con una mano. Gustavo sonríe complacido. Marcelo se incorpora. Me voy informa tengo una reunión de trabajo importante a las ocho, veré si puedo dormir un ratito antes. Te veo el miércoles dice Gustavo ya de pie. Cuando lo despide en el ascensor le palmea el brazo y le desea suerte. ¿En la reunión? pregunta Marcelo sonriendo. En la vida es su respuesta.
Estoy de buen humor, dice por segunda vez en el día y decide olvidarse de qué lo corrió de ese estado la primera. Está por prepararse un café cuando decide que se merece uno en Sigi. Pasa un trapo por la mesa, acomoda los almohadones, cierra la cortina y apaga las luces. Otro miércoles, se dice satisfecho.
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Subiendo la escalera, como tantas veces, se deja conducir por la leve y… elegante, califica, fragancia de Ana María. Él se sienta y sonríe. Se lo ve bien comenta ella. Tuve un buen día confirma él juntando ambas palmas. Lo escucho. Fui con Cecilia al obstetra arranca él. ¿Ella le pidió? No, yo le ofrecí, quedó muy sorprendida. Ana María asiente con la cabeza. La encontró bien; Cecilia le consultó si el espiral podía dañar al bebé, y Santandrea, así se llama, la atendió en los dos partos anteriores, la tranquilizó y le comentó que es más habitual de lo que se supone; “recibí una beba que tenía el espiral apretado en la manito”, contó. Criaturas decididas a vivir comenta Ana María y a Gustavo lo sorprende la interrupción. Este tema la atraviesa, confirma. Permanece en silencio y ella pregunta ¿cómo se sintió usted? Gustavo juega con los dedos mientras piensa. Santiago me preguntó lo mismo; usted ya sabe que él es mi segundo analista comenta sonriendo y luego de una pausa dice si le cuento se va a reír de mí. Nunca me reiría de usted despliega su sonrisa Ana María. Cuando escuché el corazoncito redoblando a ese ritmo vertiginoso, sentí que le había dado la vida a ese hijo dos veces, al engendrarlo y al permitirle vivir; ni la vida de Nacho ni siquiera la de Martina eran producto de mi decisión; la de este bebé sí; es ridículo, pero sentí que mi decisión nos ligaba doblemente, era hijo de mis genes tanto como de mi albedrío Gustavo se restriega los ojos estoy diciendo tonterías. Ana María lo contempla con su mágica, califica él, sonrisa. Jugada magistral de Cecilia dice luego de un buen rato. ¿Cómo? Sin abandonar la sonrisa ella responde su mujer lo conoce muy bien y es muy inteligente; usted tiene tendencia a quejarse, a victimizarse, a considerar que lo que lo rodea es producto de las acciones de los demás; Cecilia lo hizo subir al escenario, lo obligó a ser protagonista y quizá recién en ese momento usted descubrió su propia potencia. Él se abraza con ambas manos. ¿Le trasmitió a Cecilia lo que había sentido? No, y recién ahora, al ponerlo en palabras frente a usted, pude descifrar lo que solo había sido un cúmulo de percepciones; sí, tiene razón, Cecilia fue muy sabia; pero no voy a decírselo enuncia Gustavo sonriendo francamente cómo otorgarle tamaño mérito. Ana María redobla su sonrisa. Usted tiene el mérito de ser amado por una mujer tan valiosa. Los ojos de Gustavo, al instante, se llenan de lágrimas. No me lo merezco afirma. ¿Por qué lo dice? Siempre pongo mis necesidades en primer lugar. Eso no está mal en tanto al mismo tiempo puedan contemplarse las necesidades de los demás. A él se le aparece la imagen de Nacho. Nunca podré perdonarme por mi indiferencia con Nacho; pasé años evaluando las dificultades que su llegada me había ocasionado y ni me planteé genuinamente qué podía generar en él mi rencor. Gustavo la voz de Ana María se dulcifica ya hablamos mucho del tema y soy testigo de la enorme transformación que logró en la relación con su hijo. El miércoles próximo almorzaré con él, nunca se me había ocurrido invitarlo, ¿qué habrá experimentado al saber que sí lo hacía con su hermana?; ahora ya es un muchacho grande, ¿cuán trascendente puede ser la relación con su padre? Ana María lo mira con una sonrisa ahora… irónica, califica él. ¿Usted diría, Gustavo, que la relación con su propio padre le resulta intrascendente? Touche admite él elevando ambas palmas. Tiene el resto de la vida para seguir profundizando el vínculo con Nacho; usted siempre va a ser importante para él. Gustavo se queda pensando. Estoy atendiendo a una adolescente cuenta una piba de catorce años particularmente inteligente; hoy en la sesión planteó, llorando, que no sabía si su padre la quería; lo primero que me surgió era decirle “como no te va a querer si es tu papá”, pero no se lo dije; qué importaba si él padre la quería si la chica no percibía su amor; me sacudió hasta el tuétano. A veces los pacientes son los que nos curan a nosotros. Gustavo esta nuevamente sorprendido. Ana María está rara hoy. Ella se incorpora. Dejamos por hoy indica. Ahora la fragancia lo conduce a la salida. En el momento de despedirse él dice muchas gracias, Ana María, fue muy valiosa para mí esta sesión. Ella solo sonríe.
Sube al auto y se deja hacer sobre el asiento. Está agotado. Permanece así, los ojos cerrados. Precisaría poder grabar en sus neuronas, ¿en su alma?, todo lo que trabajaron en sesión. Cuando llegue a su casa intentará ponerlo por escrito. Increíble todo lo que un aparatito que detecta latidos pudo provocar. Ana María es…, Ana María, concluye. Tan intensas las emociones que le genera esta mujer. Admiración, fastidio, ¿envidia? Sonríe a solas. Algún día debería llevar el tema a sesión. En esas está cuando suena el celular. ¿A qué hora venís? pregunta Cecilia. Yendo contesta mientras pone el auto en marcha. Perdí la noción del tiempo, registra, preocupado. Un bocinazo le advierte que el semáforo ya pasó a verde. Concentrate, Gustavo, se advierte mientras pone el pie en el acelerador.
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¿Cómo te fue en el consultorio? pregunta Martina. Él piensa que solo a su hija parece interesarle, pero después piensa que él tampoco le preguntó a Cecilia cómo le fue en su trabajo. Todavía no le pregunté, trata de eximirse, estuvimos atareados. Muy bien responde estoy contento con lo que va logrando mi paciente adolescente. Estás entrenado conmigo dice Martina golpeándose el pecho con ambos índices. Y conmigo agrega Nacho. Pero vos no sos mujer le retruca su hermana. ¡Por suerte! exclama el chico son insoportables. Cecilia baja los cubiertos y pregunta ¿hay alguna jovencita insoportable dando vueltas? Gustavo se asombra de la rapidez de su mujer. Oído de analista tiene con sus hijos, decide. No jodas, ma contesta el chico y bebe un vaso entero de agua. Él está por reconvenirlo no le contestes así a tu madre pero se arrepiente. Me parece que sí afirma Martina. ¡Vos callate, qué sabés, pendeja! exclama el chico y él por segunda vez se contiene para no retarlo. Está grande, decide, están grandes e inmediatamente se le cruza la imagen de un bebé llorando. Volver a empezar… ¿Es insoportable porque no te da bolilla? insiste Cecilia. Un día me da bola y al siguiente ni la hora, por eso digo que es insoportable se abre Nacho. Paula se llama acota Martina. ¿Quién te dijo? pregunta el chico. Te escuché hablar con Nico. Siempre metiche, vos. Cerrá la puerta la próxima se defiende la chica. ¿Ella sabe que te gusta? decide intervenir él. Supongo que se habrá dado cuenta contesta su hijo. No suponer es el tercer acuerdo de la sabiduría tolteca informa él. Si no sé, solo me queda suponer insiste el chico. Estás equivocado afirma él preguntar es un recurso mucho más útil. Claro dice el pibe para que me conteste que no le gusto. ¿Por qué no le gustarías? pregunta Martina todas mis compañeras están muertas por vos. ¡Pero son unas pendejas! exclama Nacho. No por eso dejan de ser mujeres interviene Cecilia. ¿Y cuál es el riesgo de que te diga que no? pregunta él. ¡Un bajón, pa, qué preguntás! Más allá de la incomodidad del momento no perdés nada; en cambio, aunque la chance fuera mínima, si te dice que sí… dice él. Tan, tan, ta, tan canta Martina entonando la marcha nupcial. ¡Callate, boluda! grita Nacho riendo. Terminen de comer que se enfría los reprende Cecilia. ¿Y a vos cómo te fue, mami? pregunta ahora Martina. Esta chica está en todo, decide él.
Ya están en la cama cuando Cecilia comenta estuvo linda la cena, ¿no? Sí, muy buena charla confirma él. Eso es porque ahora estás. Se cuentan con los dedos de la mano las veces que falté a una cena. Sí insiste ella pero muchas veces estabas sin estar. No empecemos con los reclamos se defiende él. Solo estoy diciendo que celebro tu retorno aclara ella. Él está por seguir discutiendo cuando opta por darle un beso en los labios. Ella abre la boca.
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Diciembre 2018
Miércoles 5
¿Se puede saber por qué me hiciste madrugar? pregunta Santiago, reclinado contra la pared eso no se le hace a quien pasa buena parte de la noche acunando a un bebé; ya me vengaré cuando te llegue el momento y Tomy ya sea un niño disciplinado. ¿Pediste? pregunta Gustavo estoy en ayunas, salí corriendo. ¿Y a qué viene entonces tanto apuro? Gustavo le hace una seña al mozo. Es que hoy almuerzo temprano con Nacho porque después tengo consultorio. Santiago oscila la cabeza ladeada. Eso sí que es nuevo, ¿a qué se debe tan magno evento? Hoy no te tengo paciencia dice él al tiempo que le pide al mozo un café con leche con dos medialunas de grasa. Lo mismo para mí indica su amigo. Además de boludo, copión chancea él. En serio dice Santiago ¿algún motivo en especial? No, o sí se corrige me di cuenta de que muchas veces merendé a solas con Martina, pero nunca con Nacho. Sos una luz, te llevó solo unos diez años darte cuenta; yo sí lo había notado. ¿Y por qué no me alertaste? ¡Cómo suponer que no eras consciente!, sos vos el psicólogo. El mozo llega con las tazas. Gustavo aprovecha la interrupción para cambiar de tema. ¿Cómo anduvo la semana? pregunta. Mucho trabajo, Tomy hinchón y en consecuencia, abstinencia; ¿vos? Qué sé yo, te diría que bien, aunque hubo muchos quilombos en la fábrica. ¿Qué pasó? Los miércoles la fábrica no es tema de conversación. Tendré que llamarte mañana para que me cuentes bromea Santiago y luego propone ¿por qué no arreglamos para encontrarnos los cuatro el finde?; hace mil que Marisa y yo no salimos. Dale contesta él le digo a Cecilia que la llame y que combinen. Veré si puedo encajarle el crío a mi madre. Gustavo piensa que en unos meses será él quien precise asistencia. Mamá está grande para cargar bebés, se dice, todos estamos grandes.
Cuando llega se encuentra a su hijo en la puerta de La Farola. Qué raro que no elegiste Burgios o Mac dice él mientras lo besa. Es que no se puede hablar tranquilos contesta, para su sorpresa, Nacho. Se sientan y luego de algunos conciliábulos, deciden compartir una milanesa napolitana con papas fritas. Yo quiero también un huevo frito comunica el chico. Que sean dos indica él y cuando el mozo se retira pregunta ¿cómo va la facultad? No quiero hablar de la facu responde el chico. Él hace memoria: Paula, sí, Paula. ¿Alguna novedad con Paula? Tampoco quiero hablar de eso dice Nacho. Entonces proponé tema, vos sugiere él, sonriendo. Quiero hablar de nosotros dice su hijo las mejillas ligeramente coloradas. Él siente que el piso se hunde bajo la silla. Te escucho acepta, levantando ambas palmas. Nacho saca de la mochila un cuaderno y lo abre. En la primera hoja un listado de palabras que él no alcanza a leer. Ayuda memoria explica el chico.
Se despide de su hijo y camina hacia el coche. Necesitaría una ducha, registra. Está como si le hubieran dado una paliza. Varias palizas. Quiero hablar con Ana María, decide. Cuatro pacientes al hilo, tendrá que esperar. Resistir, se corrige. Sube al auto y maneja con extrema lentitud. Como si la sangre se le hubiera aletargado. Llega al consultorio y se prepara un café porque no quiso prolongar el almuerzo. Se sienta en la silla de la cocina y se toma la cabeza con ambas manos. La Volturno, que sí está viva, chilla. Se incorpora y apaga el fuego.
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pregunta. Seguro. Lo acompaña a la salida. Cuando abre la puerta, Ema está saliendo del ascensor. Perdón pide alguien me abrió. Hasta el miércoles se despide Manuel. El corazón de Gustavo late, agitado. Insondables los vínculos padre-hijo. Manuel y su padre. Él y su padre. Él y Nacho. ¿Me perdonará alguna vez? Ema se aproxima y lo besa.
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Perdón repite Ema para la próxima ya sé que tengo que esperar. ¿Viniste sola? pregunta él. Sí, mi mamá me dejó porque estaba en la casa de Olivia, a tres cuadras de aquí; bah, sola no, mi amiga me acompañó, ella sí está acostumbrada a manejarse sola. La chica se sienta y lo mira. Hoy vas a estar contento de mí dice. Ema, ya te expliqué que vos no tenés que hacer nada para agradarme; es justo un punto que estamos trabajando. La chiquilina menea la cabeza, sonriente. No lo hice para ponerte contento pero supongo que sí lo harás. Él abre ambos brazos, sonriendo también. Hablé con mi papá cuenta Ema. El pulso de Gustavo se acelera. Increíble el paralelismo. Él también habló con Nacho. En realidad, él habló conmigo, evalúa. Te escucho dice. Como quedamos la última sesión, pasé por su estudio. No quedamos en nada, Ema; las decisiones son solo tuyas insiste él. Sí, Gustavo, ya entendí comenta la chica y él comprende que debe de ser muy cuidadoso con esta chica. Demasiado inteligente para mi gusto, piensa y se ríe internamente de sí mismo. Ni te cuento la cara que puso cuando me vio aparecer; “¿paso algo?”, me preguntó; “pasó que me cansé de esperar que me llames”, le contesté; empezó a darme un montón de excusas hasta que le dije que tenía hambre y entonces me invitó a almorzar sonríe, satisfecha estuve bien, ¿no?. Él va a reconvenirla por la pregunta, pero lo evalúa mejor y solo dice muy bien. Me llevó a un restaurante paquete como hace siempre, bah, como antes hacía; con mamá y Ale no pasamos de una pizzería; me preguntó por la escuela, pero le dije que no quería hablar de eso; “¿y de qué querés hablar?” me preguntó; y ahí le conté cómo me sentía yo cuando no me llamaba, cuando me cancelaba un programa, cuando no podía ver a mis hermanos, porque sí, Gustavo, son insoportables, pero no dejan de ser mis hermanos; cuando Sandra ni me dirigía la palabra; le recordé que yo antes tenía un cuarto en su casa y ahora, las pocas veces que iba, me hacían dormir en el sillón del living; le dije que desde que había empezado el secundario él nunca había ido a una reunión de padres, que no conocía a mis compañeros, que jamás una amiga mía había ido a su casa la chica se interrumpe y pide ¿me podés servir agua? Él registra que se la podía haber servido sola pero que requirió su intervención. Un papá que la cuide, piensa, ojo, Gustavo. Mientras le llena el vaso se recuerda que por suerte Alejandro sí la cuida. Como la chica calla él le pregunta ¿cómo reaccionó tu papá? No reaccionaba, se quedó helado un largo rato y después me agarró las manos y me pidió perdón; me dijo que no se había dado cuenta de que me hacía sufrir, que creía que él mucho no me importaba, “como tenés a Alejandro”, dijo; pero yo le contesté que Alejandro no era mi papá y que yo precisaba a mi papá. De pronto los ojos de la chiquilina se llenan de lágrimas. Ya lloré de nuevo dice con fastidio. ¿Lloraste frente a tu papá? Venía bien pero cuando me dijo lo de Alejandro ya no pude contenerme; de rabia lloré, Gustavo, te aseguro. ¿Rabia por qué? Porque él siempre descansó en Alejandro; cuando era chiquita a veces pensaba que si Ale se iba mi papá se iba a ocupar más de mí. ¿Te iba a querer más? Sí, cuando era chica eso pensaba, ¿qué idiota?, ¿no? Si hay algo que no sos es idiota dice él y como la chica calla él pregunta ¿y ahora seguís pensando lo mismo? No sé, a veces me parece que mi papá se olvida de que es mi papá; como si solo tuviera dos hijos; total de mí se ocupan mamá y Alejandro. De sus otros dos hijos también se ocupa su mamá. ¡Es que Sandra no sirve para nada!, ni para criarlos; aunque tiene niñera siempre le está pidiendo a mi papá que los lleve y los traiga, parece que no puede hacer nada sola dice y calla. Qué interesante comenta él quizá Sandra no es tan tonta como vos pensás y se dio cuenta de que la única manera de obtener atención de tu padre es demandar; vos no tuviste tanto éxito esperando que él se dé cuenta de lo que precisás. ¡Tal cual!, por eso el otro día se lo tiré todo junto; ahora ya no podrá decir que no se dio cuenta. ¿Cómo te quedaste después? pregunta y se pregunta a sí mismo cómo se habrá quedado Nacho. Ema tarda en contestar más liviana; años de callarme; de callarme ante él y de defenderlo frente a mi mamá para que ella no se pusiera mal. ¿Le contaste a tu mamá lo que charlaron? No, por supuesto que me preguntó, que insistió, pero le dije que era un asunto mío con mi papá, que no se metiera. ¿Cambio algo con tu padre luego de la conversación? Ema sonríe, se le hacen hoyitos. Hoy me va a venir a buscar y luego iremos a merendar; le dije que subiera así lo conocés de repente se le crispa el rostro ¿hice mal? Hiciste muy bien; estás haciendo todo demasiado bien; me parece que pronto ya no vas a precisarme. La chica se endereza en el asiento. No, Gustavo dice yo quiero seguir viniendo; me parece que solo aquí puedo ser lo que realmente soy. A él se le anuda la garganta. Inspira hondo. El portero eléctrico acude en su auxilio. Ema mira el reloj. Nos pasamos informa 16.05; él no es como mi mamá. Segundos después suena el timbre. Gustavo abre. Un hombre alto, delgado, muy buen mozo, le tiende la mano. Soy Pedro se presenta. Gustavo dice él. Ema se apresura. Nos vemos el miércoles se despide, besándolo. El portero suena nuevamente. Ni un segundo para distenderse. Gustavo está satisfecho. Muy satisfecho. Hermoso el trabajo de esta chica.
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Marcelo entra y se deja caer sobre el diván. Estuve a punto de no venir informa. ¿Por qué? inquiere Gustavo. Pasé una noche horrible y recién casi me quedo dormido en el auto. Él le ofrece un vaso de agua que el hombre no acepta; luego de evaluarlo, no quiere que se transforme en una costumbre, pregunta ¿querés un café? No me animaba a pedirte contesta, sonriendo. Él va a la cocina, pone la cafetera al fuego y regresa al consultorio. Demorará unos minutos anuncia y propone ¿querés darme al menos los títulos de las novedades? Ayer me encontré con Patricia informa Marcelo. El silbido de la cafetera hace que él se incorpore. Regresa luego con dos tazas. Le puse azúcar comunica dos cucharaditas. Tenés buena memoria dice riendo y luego agrega demasiada para mi gusto, a veces. ¿Provocaste vos el encuentro? pregunta él mientras revuelve su pocillo. No, el lunes ella me escribió diciéndome que precisaba hablar conmigo; quedamos en vernos al día siguiente, luego de la cena, cerca de su casa; allí fui, con la cola entre las patas, con pocas expectativas porque el tono de sus mensajes había sido seco, cortante, nada que ver con los anteriores; cuando llegué ella ya estaba; en cuanto le vi la cara comprobé que no me había equivocado, no parecía la misma; le pregunté cómo estaba y me contestó que muy mal; todavía no le entraba en la cabeza que yo hubiera podido mentirle tan descaradamente, esa palabra usó; intenté defenderme sin éxito; solo cuando le expliqué que mi error había sido no decírselo al empezar, porque ni me imaginaba que entre nosotros pudiera construirse algo, se distendió un poco; los ojos se le llenaron de lágrimas; intenté tomarle las manos pero las retiró; me dijo que lo nuestro estaba terminado pero que había otro tema pendiente; Lorena era la hermana de sus hijos y en algún momento tendría que decírselo, “porque yo no oculto como vos”, me aclaró, y deberían conocerla; ¡la que me faltaba!, yo quería tomarme un buque y huir; no sé si te conté que me enteré de que Alberto, el padre de Lorena, vive en Estados Unidos; pensé que con eso tenía un problema solucionado pero parece que no, la identidad de Lorena me involucra a mí, a Patricia, a mis hijos y a los de ella; te dije que era una mina para quilombos; le conté que solo Matilde estaba al tanto del tema, que necesitaba tiempo para arreglar la situación con mis propios hijos antes de encarar la de sus hijos; ahí aflojó un poco, me preguntó cómo lo había tomado Matilde, cuánto sabía Lorena y me alertó sobre el riesgo de mantener a Agustina al margen; “no te lo va a perdonar”, sentenció, casi me parecía estar escuchándote Marcelo intenta sonreír ¿sabés, Gustavo?, a medida que conversábamos sobre nuestros respectivos hijos tuve la certeza de que ella era la mujer que yo precisaba, no sé cómo explicártelo, enojada y todo derrama dulzura; era la mujer que precisaban mis hijos se endereza en el diván y apoya los brazos en los muslos no la puedo perder, Gustavo, la voy a pelear; este no es el momento, obvio, pero intentaré que me perdone; la quiero, la necesito afirma y ahora se agarra la cabeza con ambas manos. Como se instala el silencio él pregunta ¿en qué quedaron? En nada concreto, nos despedimos con un “nos vemos”. ¿Patricia planteó la necesidad de contárselo a Alberto? Aún no, pero no me extrañaría que fuera otro de sus estandartes; por lo poco que dijo con respecto a él en el tiempo que estuvimos juntos, sé que ha sido un padre bastante ausente; ve a los chicos solo un par de veces al año, aunque sí se ocupa de que no les falte nada económicamente; está en pareja hace unos años con una mujer; esperemos que no le dé por tener un hijo, lo único que faltaría para completar el panorama. Otro para aumentar la polvareda del malambo le recuerda él. Ambos ríen. ¿Seguirás los consejos de Patricia? le pregunta él. ¿Cómo?, ¡ah! exclama Marcelo vos siempre llevás agua para tu molino; sí, en algún momento tendré que contárselo a Agustina; además, quizás eso la ablande a Patricia… Vos tampoco das puntada sin hilo le devuelve Gustavo el dicho. Ríen nuevamente. Vos tenés hijos, ¿no? le pregunta intempestivamente Marcelo. Dos responde él. Ese sí que es un número razonable comenta el hombre. Viene un tercero en camino cuenta él. Bienvenido al gremio de las familias numerosas dice Marcelo y luego agrega no hay caso, los seres humanos nacimos para complicarnos la vida; aunque hay que reconocer que con varios hijos nunca hay chance de aburrirse. Ríen.
En cuanto despide a Marcelo a Gustavo se le impone el almuerzo con Nacho. Suerte que hoy la tiene a Ana María.
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Como tantas veces, sube la escalera tras Ana María. El mismo agitarse de su pollera, idéntico perfume. Lo reiterado me da seguridad, evalúa, como a los niños, completa la idea. Ya ubicados, Ana María, las piernas cruzadas, la falda rozando el piso, le sonríe. Hoy almorcé con Nacho arranca él y calla. Ella arquea las cejas y ladea casi imperceptiblemente la cabeza. ¿A propuesta de quién? Mía contesta él, parco. ¿Cuál fue su objetivo? Esta mañana le contaba a Santiago que el otro día reparé en que nunca lo había invitado a él; sí, a Martina. Meriendas con submarino y tostados acota ella y luego añade pareciera que su objetivo fue blanquear sus culpas. Siempre acierta, piensa él, pero, obvio, no se lo dice. No va a darle el gusto. Me salió el tiro por la culata. ¿Por qué? No sé ni por dónde empezar. Por el principio. Cuando comencé a proponer temas mi hijo me aclaró que quería hablar sobre nosotros y, acto seguido, sacó un listado de las cosas que quería decirme; no recuerdo ni la mitad, debiera haberlo grabado; lo primero que me preguntó es si yo había querido que él naciera cuenta él y calla porque, imprevistamente, los ojos se le llenan de lágrimas. Lágrimas que, aunque quiere, no logra controlar. Ana María le alcanza un pañuelo de papel que él toma. No sabía qué decirle; pero después comprendí que ese chico no merecía que le mintiera; entonces le conté un sollozo lo hace interrumpirse. Luego de unos instantes Ana María le pregunta con voz suave ¿qué le contó? Él se sirve un vaso de agua y logra tranquilizarse. Que era un mal momento, que éramos muy jóvenes, que estábamos estudiando; pero él me interrumpió; “sí, eso es obvio”, dijo, “lo que yo necesito saber es si vos hubieras preferido que no naciera”. Gustavo permanece en silencio, reviviendo en el cuerpo lo que sintió horas atrás. Le tuve que confesar que era cierto, hubiera preferido que no naciera dice al fin y calla, acongojado. Me parece que ambos fueron muy valientes; su hijo en confirmar lo que siempre supo sin palabras y usted al demostrarle que sus percepciones habían sido correctas. “¿Después me quisiste?”, me preguntó, y el alma se me partió en dos; hoy mi paciente adolescente también dudaba del amor de su padre; entonces le dije que fui aprendiendo a quererlo, y que pude amarlo plenamente, con todo mi corazón, cuando su madre se fue de viaje y me di cuenta del maravilloso hijo que tenía, aunque no me lo mereciera, aunque no fuera producto de mis conductas con él; le conté que había tratado mucho el tema en mi terapia y le pedí perdón desde el fondo de mi alma. Celebro esta charla, a pesar del dolor que les causó a ambos dice Ana María creo que ahora sí podrán conectarse con profundidad. Me contó que siempre había sentido que yo tenía preferencia por Martina; que trataba de consolarse pensando que era porque era más chica, porque era mujer; “¿te digo qué me ayudó?”, me preguntó, “saber que para el abuelo sí era el favorito” cuenta él y luego calla. Luego de un rato Ana María le pregunta ¿qué sintió al escuchar esto último? No lo podía creer; mi padre, al que tanto critico, al que desde chico he echado en cara su indiferencia, ha sido sostén emocional de mi hijo, dañado por mi propia indiferencia. Ana María se toma unos minutos antes de afirmar me parece que tiene mucho que agradecer a esta charla con Nacho; mucho que agradecerle a Nacho; quizá, a partir de ahora, no solo pueda sanar la relación con su hijo sino también la relación con su padre. Él se oprime las sienes. No sé cómo enfrentarlo al llegar a casa. ¿Enfrentarlo?, no se trata de una contienda; su hijo ya no es ese bebé que usted creía le había robado a su mujer; es un muchacho inteligente y sensible que le está abriendo un puente para conectarse con él; creo que su hijo no busca litigio, su hijo lo necesita, su hijo está reclamando su amor dice Ana María con su luminosa sonrisa. Él, por fin, sonríe. Tan difícil ser padre; lo único que me falta es que en medio de este panorama aterrice un bebé. De usted depende que dentro de dieciocho años otro hijo no le acerque un planteo similar. ¡Ni me lo diga!, porque además en ese entonces seré un viejo. Y yo ya no podré ayudarlo sentencia Ana María incorporándose.
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Mientras sube en el ascensor sus nervios se van tensando. ¿Cómo encarar a Nacho?, ¿podrá saludarlo como si el almuerzo no hubiera existido? Ya frente a la puerta inspira hondo. No tiene más remedio que entrar. Él único que viene a saludarlo es Lacán. Encuentra a Cecilia poniendo la mesa. Él la besa en la mejilla. ¿Cómo estás? pregunta. Bien, por suerte contesta ella y le hace señas para ir a la cocina. Allí ella dice le tenemos que contar a los chicos; Martina me tiene loca con cómo me siento, cuánto como. Hoy no dice él, rotundo, sorprendiéndose a sí mismo. Ella lo mira levantando las cejas. ¿Por qué no? pregunta. ¡Pa!, ¡vení! le llega el grito de Nacho. Alivio por la prórroga, nervios por tener que enfrentarlo. ¡Voy! grita a su vez. Instantes después golpea la puerta del chico. Hola, hijo saluda. Hola. Se instala un molesto silencio. Quería pedirte que no le cuentes a mamá lo que charlamos hoy pide Nacho enfrascado en la pantalla de su computadora. De acuerdo accede él. Ahora es la voz de Martina quien lo salva ¡a comer! Él va a lavarse las manos y luego se suma al trío ya sentado. Cecilia le alcanza su plato. Filet de merluza y puré. Justo hoy pensé que hacía mucho que no comía pescado. ¿Qué almorzaron hoy? pregunta Cecilia. Milanesa napolitana a caballo contesta él. ¿Dónde? averigua Martina. ¿Qué?, ¿son del FBI? pregunta Nacho, fastidiado. En La Farola contesta él obviando el comentario. ¿Cómo la pasaron? insiste Cecilia. Nacho le clava los ojos. Bien contesta él estaba buenísima y para desviar la conversación pregunta Ceci, ¿cómo sigue tu mamá? Ella lo mira levantando las cejas bien, ya hace rato que está bien. Las chicas están organizando una piyamada para el viernes, ¿puedo ir? pregunta Martina. Locación, horario, participantes, qué llevar, son temas que van desfilando y que él celebra. Nacho en absoluto silencio, aparta su plato casi lleno. ¿No te gustó? le pregunta la madre. ¡Es que seguro que hoy comió como un cerdo! exclama Martina. Él queda en alerta. El almuerzo otra vez sobre la mesa. No me jodas dice el chico levantándose. ¿Y yo qué le hice? pregunta Martina mientras mastica está buenísimo el puré, mami, le pusiste mucha nuez moscada como a mí me gusta. Cecilia está seria.
Ya en el dormitorio Cecilia comenta Nacho estaba muy raro, ¿pasó algo hoy? Él se inquieta. Más allá de la solicitud del hijo, él tampoco quiere hablar del almuerzo. Agradece la petición del chico que lo exime de ocultarle información a su mujer. Nada en particular contesta él. ¿De qué charlaron? insiste ella. De la facultad, de la fábrica miente él estábamos muy ocupados en masticar. Me alegra mucho que hayan salido juntos dice ella gracias. ¿Gracias? pregunta él, sorprendido. Hace diecinueve años que estaba esperando este momento. Él se siente incómodo, muy incómodo. ¿Te traigo un té? propone. Ella se encoge de hombros. Parece desanimada. Dale contesta con limón. Él le roza la mejilla con la mano antes de salir. Cuando abre la puerta se topa con Lacán. ¡Qué hacés aquí!, casi me hacés caer. El perro le lame la mano. Él lo aparta. Cuando regresa con el té recuerda la propuesta de su amigo. Me comentó Santiago que hacía mucho que no nos veíamos, sugirió que combinábamos para el fin de semana ante la mirada indiferente de Cecilia pregunta ¿tenés ganas? De acuerdo contesta ella. Arreglá con Marisa, entre mujeres se entienden. Ella cabecea.
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Miércoles 5
Grande es la sorpresa de Gustavo cuando al entrar descubre a Santiago con Tomy en brazos. ¿Ya toma café? pregunta pasando la mano por la cabecita. Ni me digas, vos sabés que mis miércoles con vos son sagrados; me prometió la madre que en cuanto terminé lo pasa a buscar; fue a renovar el DNI; por suerte ahora el trámite es rápido. ¿Querés que lo tenga un rato? ofrece él. Te lo agradecería, tengo el brazo acalambrado; cuando era chiquito era fácil, ahora se retuerce como una víbora. Quiere libertad comenta Gustavo. ¡Yo también! El bebé cambia de brazos. Así te vas entrenando se burla Santiago. Gustavo, con su ahijado en brazos, intenta tomar el café. Imposible. El nene manotea lo que está a su alcance y se estira para llegar a lo que no. Dámelo indica Santiago van a terminar los dos quemados, veo que te falta práctica, hay que saber cómo controlar a las bestias. Él vacía su taza y hace ademán de agarrar una medialuna. El nene la caza al vuelo. Tomy uno, Gustavo cero dice Santiago entre risas. Hola dice Marisa. No te vimos comenta él. Veo que están los tres muy divertidos, ella. En cuanto la ve Tomy dice algo parecido a mamá y le tira los brazos. Ella lo alza. Estuvo lindo el sábado comenta necesitaba tanto salir. ¡Y yo! exclama Santiago. Él aparta una silla. ¿Te sentás? ofrece. No, gracias, los dejo solos. Que buena falta me hace dice su amigo. No seas grosero lo reprende él. La sinceridad es la base de la pareja replica Santiago. Ya solos su amigo dice no me contaste cómo te fue con Nacho, el sábado no quise preguntarte. Y lo bien que hiciste contesta él sosteniendo la cabeza en el brazo flexionado. Che, ¿qué pasó? Mi hijo me echó en cara cada una de mis indiferencias desde que nació hasta la fecha, ¿podés creerme que las tenía anotadas? Puf, qué fuerte, no quiero ni imaginarme frente a Tomy en una situación similar dentro de diecinueve años. A vos no te va a pasar, Santi dice él meneando la cabeza vos adorás a ese pibito. Vos también querés a tu hijo. ¡Ahora!, ¿pero cómo compensar tantos años de desamor?, es imposible. Si Nacho considerara que es imposible no hubiera propuesto la charla; desde el momento que lo hizo podés tener la certeza de que te ama y te necesita; a lo mejor después de todo no fuiste tan mal padre y, lo que es lo más importante, le das la posibilidad de que presente sus reclamos, te hacés cargo de ellos. Gustavo lo observa, admirado. Siempre lo digo, yo tengo dos analistas: Ana María y vos. Ambos ríen.
Estaciona en la esquina y se encamina, a paso lento, hacia el consultorio. Ya está haciendo calor. El portero lo intercepta y le entrega una carta: reunión de consorcio. Qué pesadilla. Seguramente otra vez no irá. Cecilia lo reta. Ella es la encargada de acudir a las reuniones de su casa. Debería ir, hay una pequeña gotera en la cocina. Entra al departamento. Sube las cortinas y enciende el aire acondicionado. Primera vez en esta temporada. Por suerte funciona. Se dirige a la cocina con el paquete entre las manos. Cecilia siempre insiste para que se lleve algo desde la casa, pero a él le gusta resolver en el momento qué tiene ganas de comer. Hoy optó por un vacío al horno con papas. Cuando desplaza el contenido de la cajita al plato, descubre que es más grasa que carne como diría Cecilia que suele agregar tu mamá te acostumbró mal. Su mamá. Hace como una semana que no la llama, tendrá que contarle del bebé. ¿Se pondrá contenta? Es una excelente abuela. Nacho contó que ayer había almorzado con ella. ¿Qué comieron? preguntó Cecilia. Guiso de lentejas respondió el chico. ¿Con chorizo? Sí, con chorizo, no jodas mamá con el colesterol. Acordó con su mujer que hoy en la cena les contarán a los chicos. ¿Cómo reaccionarán? La carne será grasosa, pero está buena. Muy tierna. Cuando sus hijos lo sepan deberá apurarse por contárselo a su madre si quiere evitar que se entere por otras fuentes. A su padre, a pesar de que lo ve todos los días, tampoco le contó. Cecilia ya participó a su madre con la consigna de que disimule con sus nietos. Ya es irrevocable se encuentra diciendo en voz alta y luego se reta, ahora en silencio si serás boludo. Carga la Volturno y mientras se hace el café lava los platos. Controla el reloj. Andrea estará al llegar.
235
Andrea se deja caer sobre el diván. Estoy agotada dice. ¿Mucho trabajo? pregunta él. Sí, como siempre, pero, además, estoy durmiendo muy mal dice la mujer y calla. Gustavo espera, sabe que ella seguirá hablando. La última sesión me dejó dada vuelta, no solo por mi frustrada maternidad; me quedé reflexionando sobre mi pareja por primera vez sonríe y agrega mi pareja despareja; no se me había pasado por la cabeza la posibilidad de adoptar una criatura yo sola; me sirvió contemplar la posibilidad porque, cuando el miércoles pasado le planteé nuevamente el tema a George, hacia rato que lo obviaba, y él insistió en la negativa, le dije que entonces no iba a tener más remedio que adoptar en soledad; la cara se le transformó; me preguntó si estaba pensando en una separación y yo le contesté que no es lo que quería, pero que si él no podía acompañarme en este proceso, no tendría más remedio porque yo estaba decidida a tener un hijo y que ya lo había probado todo, que no me quedaba otro camino que intentar una adopción; esa noche la conversación quedó allí, me pidió que le diera tiempo para pensarlo¸ yo le concedí una semana, una semana que vence hoy. El pulso de Gustavo se alborota. ¿Los pacientes son espejos? Fue él quien hace muy poco estuvo en el lugar del marido: aceptar un hijo no deseado para no perder a la mujer. El mismo plazo: una semana. Andrea sigue hablando. Y te aseguro que no es una amenaza, resuelva George lo que resuelva mañana me pondré en campaña para conseguir un bebé. ¿Para conseguir? le pregunta él ¿qué significa eso? Andrea lo mira fijo, muy seria. Lo que sea; ojalá que pueda ser por vía legal, pero si lo tengo que comprar lo compraré; nada ni nadie me va a detener. Él se agita. ¿Qué actitud le corresponde tener?, ¿puede permanecer en silencio ante un posible ilícito? Sin respuestas, decide retomar el tema de la pareja. ¿Qué te genera la posibilidad de separarte de George? Ella se queda reflexionando un largo rato. Nunca permaneció tanto tiempo callada, registra él que, sin embargo, decide no intervenir. Me quedé meditando en lo que alguna vez me dijiste; desde el primer momento pensé en George como en un apropiado padre para mis hijos; si soy sincera, creo que por eso lo elegí; si, ahora, se niega a ocupar ese lugar, dejaría de tener sentido permanecer a su lado; sin embargo, no te creas que me resulta indiferente; yo lo quiero, tal vez nunca lo haya amado pero lo quiero; es una buena persona, dulce, culto, inteligente sonríe además de buen cocinero; a su lado siempre me sentí amparada y siempre respetó mi independencia, mi libertad; no quisiera tener que separarme de él; pero mi necesidad de un hijo es más fuerte que todo, Gustavo, es como una fuerza irracional, no te lo puedo explicar. Sí, piensa él, las emociones son intransferibles; él nunca sintió esa necesidad; ¿quizá porque el destino la cubrió antes de que él pudiera experimentarla? Por otro lado, me siento culpable; no sé cómo se las va a arreglar George sin mí; y no me refiero a lo económico, eso por suerte lo tiene familiarmente resuelto; hace años que, como bien vos me lo planteaste, yo nunca lo había pensado, él vive colgado de mi energía, de mi alegría; me parte el alma pensar en dejarlo solo. Los ojos de Andrea se humedecen. Quizá no sea necesario que desaparezca de tu vida; quizá puedan encontrar la manera de continuar relacionados; ya te lo dije, Andrea; ustedes son mutuamente funcionales. Ahora las lágrimas de Andrea ruedan. Somos como hermanos; no quiero prescindir de él dice y luego mira el reloj e informa ya es casi la hora, la semana que viene te cuento. Se incorpora. Si necesitás hablar conmigo llamame ofrece él. Andrea lo mira sorprendida. ¿Tan mal se me ve? pregunta riendo entre lágrimas. Él sonríe, se para y la acompaña al palier. Mientras espera el ascensor recuerda el interrumpido relato de Manuel. Lo dejó intrigado.
Manuel viste una chomba aunque conserva un pantalón de vestir. Ya me había olvidado del calor y de la humedad de Buenos Aires comenta al tiempo que se sienta. El hombre relata con detalle el encuentro que tuvo con el abogado. La sucesión encaminada informa al menos le ahorré este incordio a Inés. Él, antes de que arranque con otro tema, dice la sesión pasada quedo inconclusa la visita a tu casa paterna. El rostro de Manuel se crispa ligeramente. ¿Querés seguir contándome? propone él. Como querer… responde el hombre. Gustavo permanece en silencio. ¿Hasta dónde habíamos llegado? pregunta Manuel luego de un buen rato. Te disponías a leer la carta de tu padre responde él. Es cierto dice el hombre y calla. Segundos después relata había una sola hoja; iba a desdoblarla cuando me pregunté: ¿qué se supone que alguien a punto de morir puede necesitar escribir?; si esa carta incluía un mandato, solo me quedaban dos caminos: obedecerlo o desafiarlo; el primero me sumiría nuevamente en la impotencia; el segundo, en la culpa; recuerdo como si fuera ahora que un odio feroz empezó a llenarme los pulmones; otra vez mi padre había logrado su objetivo; otra vez me veía sometido a una falsa disyuntiva; porque así optara por la sumisión o por la rebeldía, de lo único que no podría liberarme era de actuar influido por sus deseos. Manuel se interrumpe bruscamente. Se sirve agua y la bebe como si estuviera en un desierto. Esconde la cabeza entre ambas manos. Como el silencio se prolonga, Gustavo pregunta, en voz baja ¿y qué hiciste, Manuel? El hombre se descubre y dice rescaté el cigarrillo encendido de arriba de la mesa de luz y lo aproximé a la carta; solo cuando el fuego empezó a quemarme la mano, solté la hoja. Calla nuevamente. ¿Y entonces? lo ayuda él. Entonces enterré la cabeza en la almohada y lloré como nunca lo había hecho en la vida cuenta Manuel mientras las lágrimas le brotan. Lágrimas que mutan en sollozos. Se incorpora e informa me voy. Gustavo también se para. No te vayas así intenta retenerlo él asiéndolo del brazo. Me voy repite el hombre soltándose. Gustavo lo acompaña hasta la puerta. Se queda en el marco, en silencio, hasta que lo ve subir al ascensor. El corazón le redobla.
237
Ema llega ligeramente ¿desaliñada? Él no pude precisar en qué. Quizá el cabello más alborotado que de costumbre. Jeans, zapatillas, remera. Todo negro. Se sienta, ambas piernas juntas, la espalda recostada en el diván. No sé qué hacer arranca. ¿Con respecto a qué? ¿Viste que hay varios cuentos en que la gente pide deseos pero que cuando le son concedidos le complican la vida? Él asiente con la cabeza, interesado. ¿Te acordás de la charla con mi papá? Por supuesto. Lo que te voy a contar te va a sorprender, estoy segura. Sorprendeme, entonces dice él al tiempo que eleva ambas palmas. Mi papá me invitó a pasar las fiestas con ellos en Punta del Este. Esa sí que es una noticia comenta él genuinamente sorprendido y después recuerda la frase anterior y pregunta ¿y cuál sería la complicación? La chica abre mucho los ojos, arquea las cejas. ¿De veras me preguntás o me estás cargando? ¿Qué sería tan obvio? repregunta él. Ema se reacomoda. Se sienta sobre las piernas flexionadas. No puedo dejar sola a mi mamá para las fiestas. ¿Nunca celebraste con tu papá? Algún año nuevo cuando era chiquita, pero todas las navidades de mi vida las pasé con mi mamá. Él se queda reflexionando. Vamos por partes, Ema propone al fin en primer lugar, aunque vos te fueras, tu mamá está muy lejos de la soledad; Alejandro, tus dos hermanos y quizá tu abuela y alguno de tus muchos tíos. Sí confirma la chiquilina siempre pasamos la nochebuena en lo de mi tío Juan Cruz; tiene una casa enorme en un country; mi tía Luján es una excelente anfitriona, como dice mi abuela; la mesa es un espectáculo, el parque lleno de luces de colores, un árbol gigantesco y se juntan un montón de primos: hasta sobrinitos segundos tengo. Ema se restriega las mejillas con ambas manos. Entonces podríamos dejar de lado la hipótesis de la soledad de tu mamá. No me entendés dice la chica, fastidiada yo siempre la ayudo a pensar los regalos, a comprarlos, a envolver los paquetes; mis hermanos son chicos se queda pensando aunque yo era mucho más chica cuando empecé a ayudarla. Eso podrías hacerlo antes de irte sugiere él si ese fuera el motivo, claro. Tenés razón admite Ema, su mentón oscilando de arriba a abajo lo que pasa es que a mí esas fiestas me encantan, me divierto un montón. Dejemos de lado el multitudinario festejo de nochebuena, ¿vos y adrede acentúa el vos tenés ganas de ir con tu papá? La mirada de la chica pasea de la ventana al techo. Luego lo mira y dice sí y no. Vamos a tratar de evaluar primero cada una de las razones por las que sí desearías ir. La chica va tocando sus dedos a medida que enumera. Quiero estar con mi papá un tiempo largo; hace mucho que no compartimos más que un par de horas; quiero estar con mis hermanitos, son imbancables pero son mis hermanos y casi no los conozco y, lo que es peor, ellos casi no me conocen a mí; quiero conocer Punta del Este, siempre escucho hablar a mis amigas de que varias veranean allí; mi papá siempre va a restaurantes lindos, caros, mamá y Alejandro no pueden, me siento idiota contándote esto, a mí la plata no me importa. Él sonríe. Continuá, Ema, vamos bien la alienta. No se me ocurre nada más dice la chica luego de un rato. Entonces pensemos por qué no querrías ir. Ema baja la vista, las mejillas se le encienden. Tengo miedo confiesa segundos después. ¿De qué? De muchas cosas dice mientras mira el piso de extrañar, de no aguantar a mis hermanitos, de que mi papá igual no me dé bola, de aburrirme, qué sé yo sacude la cabeza y afirma ya me cansé de esto. Él, luego de unos instantes, en voz más baja dice me parece que te olvidaste de alguien. ¿De quién? pregunta Ema, enderezándose y mirándolo. ¿De quién? repregunta él. Cierto reconoce la chica no la nombré a Sandra; sí, tengo miedo de que me ignore, de que me maltrate; no puedo ni imaginarme pasar tantos días con ella. Con la madrastra de los cuentos comenta él sonriendo. No te burles de mí, Gustavo pide Ema. A lo mejor es una oportunidad para que ambas se conozcan; quizás ella también te tiene un poco de miedo… ¿Por qué lo decís? pregunta Ema frunciendo el ceño. Sos una chica muy inteligente que siempre tiene respuestas y, además, seguramente se da cuenta de cuánto te valora tu papá. La chica se queda reflexionando. Varias veces mi papá comparó a sus nuevos hijos conmigo; Ema a esa edad ya…; me imagino que eso a ella le debe dar rabia, nunca lo había pensado; ¿me servís agua? pide. Luego de beber agrega además, con todo lo que le eché en cara a mi papá. ¿cómo ahora podría decirle que no me interesa estar con él; ¿y cómo le puedo decir a mi mamá que lo elijo a él para pasar las fiestas?, no es justo solo porque me ligaría un viaje a Punta del Este. Gustavo controla el reloj. Lo importante, Ema, es que vos puedas tomar una decisión de acuerdo a tus deseos; en esta oportunidad dejá de lado los sentimientos de tus padres, ellos son adultos, tienen recursos para afrontar situaciones adversas; centrate en vos; me imagino que todavía tenés unos días para seguir evaluándolo. De acuerdo dice muy seria voy agarrar un papelito y anotar las cosas que vimos aquí y otras que se me puedan llegar a ocurrir; voy a hacer dos columnas. Él recuerda las columnas de Nacho. Nunca debiéramos subestimar a los adolescentes, piensa. Si necesitás hablar conmigo llamame ofrece él. Muchas gracias, Gustavo; vos siempre me ayudas, mucho me ayudas. Él sonríe, conmovido.
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¿Cómo anduvo la semana? pregunta Ana María porque él se quedó callado largo rato, sin decidirse sobre qué hablar. Primera semana tranquila en mucho tiempo; el sábado nos encontramos con Santiago y Marisa; la pasamos muy bien, nos hacía falta socializar; se los ve contentos con Tomy. ¿Por qué no habrían de estarlo? Criar un bebé es agotador, pero la van llevando bien; se nota que son un equipo. ¿Cecilia y usted constituyeron alguna vez un equipo de crianza? pregunta Ana María esbozando apenas una sonrisa. Oyéndolos hablar, porque habían dejado el nene con la abuela, me di cuenta de que no; a lo sumo yo la “ayudé” a Cecilia, nunca en plano de igualdad. Sin embargo, cuando Cecilia estuvo en Chile usted se hizo cargo de sus hijos a tiempo completo. ¡Pero estaban grandes!, yo digo de chiquitos, como que no sé qué hacer con un bebé. Ana María ahora sonríe ampliamente. Tal vez pronto tenga oportunidad de aprenderlo; porque, a diferencia de los otros dos puerperios en que según usted Cecilia no hacía “nada”, ahora trabaja y supongo que más tarde o más temprano, luego del nacimiento de la criatura, reanudará su labor, que según usted me ha transmitido, le gusta, le interesa y, además, está en ascenso. Sí, así es admite él tendré que ponerme las pilas. Él se sirve un vaso de agua. Tiene la garganta seca. Hace bastante que no menciona el consultorio le da pie ella. Creo que lo estoy haciendo bastante bien comenta él al menos estoy satisfecho con mi paciente adolescente, increíble lo que se logró en tan poco tiempo; con Marcelo, yo le hablé de él en su momento, es que quedó viudo con cinco hijos, logré, porque de algún modo considero que es un logro mío, que le contara a una de sus hijas adolescentes que su hermanita en realidad es medio hermana; otro que tiene enormes dificultades para transmitir sus emociones hoy sollozó en sesión y la otra…; con la otra sí que estoy en conflicto; creo que de ella no le he hablado; una mujer muy potente, toda su vulnerabilidad en sombras, que luego de infinitos y cruentos tratamientos no logra ser madre; ahora se plantea adoptar aunque el marido no está de acuerdo; ella está decidida y me comentó que si hiciera falta está dispuesta a “comprar” una criatura; no supe qué hacer, cómo manejarlo; ya sé que ahora usted no es más mi control; no se lo hubiera comentado pero como me preguntó sobre el consultorio… Ana María permanece en silencio unos segundos y luego, muy seria, dice lo primero es discernir cuánta veracidad tiene el comentario que hizo; a veces son cosas que se dicen sin que uno efectivamente piense llevarlas a cabo; si fuera paciente mía, trataría de disuadirla e insistir con que buscara opciones legales; es una situación compleja, porque una cosa es que una madre desesperada nos entregue personalmente su bebé y otra muy distinta operar con redes que vaya a saber cómo se han hecho de la criatura; por lo que me ha contado, si ni siquiera ha logrado ponerse de acuerdo con el marido, es una idea incipiente; quizá haya posibilidad de evitar el ilícito. ¿Y si no? insiste él. De ser así puede buscar asesoramiento legal para psicólogos; no seré yo la que le indique cómo debe de actuar. De acuerdo, muchas gracias, ya veré cómo viene la mano, pero conociendo a la mujer me temo que sí estaría dispuesta a todo. Ana María hace un gesto con la cabeza, ¿de fastidio? Volviendo a lo nuestro continúa ¿cómo se tomaron sus hijos la noticia del embarazo? Por una razón u otra lo fuimos postergando, pero de esta noche no pasará; espero que estén los dos a la hora de la cena; Cecilia está muy inquieta con el tema; dice que para un adolescente es difícil de aceptar. Una confirmación de la sexualidad de los padres cuando son ellos los que están comenzando ese camino acota Ana María. Exactamente; supongo que Martina se pondrá contenta, a ella le gustan mucho los chicos, pero Nacho… a él le tengo miedo. Qué interesante; hace un rato comentó que un paciente suyo acaba de develar un secreto a su hija y usted se encuentra en una situación semejante. Sí, es increíble las situaciones paralelas que aparecieron en el consultorio; la adolescente, ya le comenté, que encaró a su padre casi simultáneamente con los planteos de Nacho; tengo un paciente con una relación sumamente conflictiva con su padre que acaba de morir, por momento me remite al vinculo con mi padre; otra paciente está abrumada por no poder tener un hijo y yo abrumado por tenerlo Gustavo finalmente sonríe a veces pienso que yo tendría que pagarle a ellos, por mostrarme cosas de mí que me cuesta ver. Ya comenté en otra sesión, los pacientes a veces son los que nos sanan. Gustavo se pregunta qué puede haberle aportado él a Ana María. Tiene la percepción, sin fundamento, por supuesto, que el tema del embarazo, de los hijos deseados o no, no le pasa por el costado. ¿Me escuchó, Gustavo? lo trae a la realidad ella vamos a dejar acá.
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Escucha ruidos en el pasillo. Él se sienta en la cama y aguza el oído, nada ahora. Se incorpora y sale. La puerta de Nacho está abierta. La de Martina, cerrada. Apoya el oído. Sus hijos hablan, pero él no logra descifrar palabra. Regresa a su dormitorio y se duerme. Un pequeño ruido lo despierta. Aprovechará para ir al baño. Avanza descalzo, no quiere despertar a Cecilia, le costó mucho dormirse. Estaba muy angustiada. Al abrir la puerta descubre un papel deslizado por abajo. Lo agarra. Va al baño, enciende la luz y lee. La letra de Martina. Solo dice Perdón.
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Miércoles 12
Otra vez me hiciste madrugar protesta Santiago. Quedé en almorzar con mi vieja tempranito porque luego tengo consultorio. Si es por tu vieja te perdono, sabés que la adoro. Y ella a vos, siempre me pregunta por tus andanzas. ¿Andanzas? Mi madre, a pesar de que siempre te la pusiste en el bolsillo, nunca consideró que fueras una buena junta. Contale que ya me domesticaron, como al zorro de “El principito” dice Santiago con cara de compungido. Hazte la fama y…replica él, sobrador. Bien que me gustaría echarme a dormir completa la frase su amigo, desmoronándose sobre el respaldo de la silla. ¿Mala noche? Santiago se queda pensando. No debería decir que fue mala noche, solo me tocó darle agua a mi hijito, por suerte en plena salud; tomémoslo como una señal de que el niño forma parte de mi vida. Él lo mira sorprendido. Lo escucho y no lo creo dice sos puro instinto paternal se queda reflexionando y pregunta luego ¿tu padre estuvo presenta en tu primera infancia? Mi viejo era lo más; muchas veces pienso que si él no se hubiera muerto tan pronto yo no le habría dado tantos dolores de cabeza a mi pobre madre; me desmoroné cuando lo perdí. Nunca quisiste hablar del tema comenta él, conmovido. ¡Y ahora tampoco! exclama Santiago dando un golpecito sobre la mesa contame vos pide. La semana pasada les contamos a los chicos dice él. ¿Y? El reino del revés; evidentemente conozco menos de lo que creo a mis hijos porque Nacho reaccionó de diez y Martina hizo un berrinche; después pidió perdón, pero, para colmo, se fue a un viaje de estudio por una semana así que no volvimos a charlar del tema; Cecilia se quedó remal; sobre todo porque Martina siempre es tan amorosa. Santiago cabecea. Ya se le pasará dice y luego de unos segundos agrega pero hablemos de Nacho, mi ahijado es un lujo, sale a mí; puro instinto paternal. Callate, boludo dice él empujándole el brazo. Ambos ríen.
Ya está por tocar el timbre cuando retrocede. Camina hasta el kiosco de la esquina y compra unas margaritas. Le encantan, piensa. ¿A qué se debe tu visita? le pregunta su madre mientras le sirve los canelones. No necesito motivos para venir a verte. Vamos, hijo, te conozco bien, algo sucede; estás muy misterioso últimamente. Gustavo cabecea. No hay caso, nunca pudo ocultarle cosas a su mamá. Parece que fuera transparente, piensa. Descarta los preámbulos y dice Cecilia está embarazada. La madre esboza una sonrisa que luego desaparece. Lo tendrán, ¿no? inquiere. Sí, claro, ¿a qué viene la pregunta? Porque no te veo contento. Transparente, confirma él. Esa es una apreciación tuya la confronta. La mujer sonríe ahora abiertamente. ¡Qué me importa! exclama yo sí que estoy feliz por ser abuela de nuevo; tus hijos ya poco me necesitan. Te recuerdo que Nacho almorzó con vos el otro día. Es una cuestión de estómago, no de corazón ríe ella. Los chicos te adoran dice él. ¿Para cuándo el nuevo arribo? No sé bien, hay algunas dudas con las fechas. ¿Ya saben el sexo? No, le harán la primera ecografía la próxima semana; quizás ahí se sepa. ¿Fue buscado? continúa su madre el interrogatorio. Pará, mamá, se enfrían los canelones dice él, pero como ella no le quita los ojos de encima informa no, como te imaginarás no fue buscado; aterrizó. ¿Por qué lo ves tan obvio? Cecilia y yo estamos grandes, los chicos están grandes; no era momento. Siempre es buen momento para recibir una vida; cuánto hubiera dado yo por tener muchos hijos; me costó un montón embarazarme de vos y luego tampoco pude darte un hermano. Mamá, se separaron cuando yo era chiquito. Sí, pero en los años anteriores lo intenté, me hice varios tratamientos. Nunca me contaste comenta él, en mal tono. Nunca me preguntaste se defiende ella, hace una pausa y dice historias viejas; ahora lo único que importa es que se sumará otra criatura a la familia levanta el vaso de agua brindemos, Gustavo, por la vida renacida. Él levanta la copa. En la columna de los partidarios puede colocar a Cecilia, a Nacho, a Santiago y, ahora, a su madre; en la de los detractores a Martina y a él mismo. Por suerte van ganando tus adeptos, piensa y se da cuenta de que, por primera vez, se está dirigiendo personalmente a su hijo. En qué baile nos metiste, reincide. Luego, ataca los canelones con entusiasmo. Deliciosos como siempre, mamá dice.
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Andrea entra sonriente. Pollera corta, tacos altos pero gruesos. Se sienta con las piernas cruzadas. La falda trepa. Es una linda mujer, evalúa él. Lo convencí a George arranca ella echándose ligeramente hacia atrás. ¿Cómo fue eso? pregunta él cuando ella se detiene. “Se venció el plazo”, abrí yo la conversación cuenta Andrea él permaneció en silencio; “¿qué decidiste?”, le pregunté; él me miró… como vencido, te diría, y me dijo que yo no le dejaba mucha opción; que, aunque, él no quería adoptar, no podía, de ninguna manera, prescindir de mí; así que me acompañaría en el proceso de adopción; pero que, la condición era que todo se desarrollara dentro del marco legal. Gustavo se relaja, George está de su lado. Me hice problema inútilmente, piensa. Andrea sigue hablando. Yo le respondí que estaba de acuerdo, me gustaría que todo pueda hacerse así, pero me guardo una carta en la manga; llegado el caso también lograré convencerlo. No será fácil acompañarla, evalúa él. Ya me contacté con dos juzgados la sonrisa desaparece me dijeron, en ambos, que habrá que tener paciencia, que estos procesos son muy lentos; nos llamarán para tener una entrevista; lo tendré que entrenar a George porque si no, la veo difícil; es difícil de todas las maneras; creo que casi imposible en plazos razonables; por eso te hablaba del as en la manga, ya me pasaron contactos. Él se queda reflexionando. Me aparece que estás gestionando tu posibilidad de ser madre como un proyecto laboral más. Ella lo mira alzando las cejas. No te entiendo dice. Supongo que en tu trabajo te ponés una meta y allí vas, sin registrar los, digamos, daños colaterales. Sigo sin entenderte agrega ella en tono seco. Vos has resuelto que “conseguirás” un hijo; prescindís de los deseos genuinos de George, y, si mal no te entendí, hasta estarías dispuesta a comprar lo pronuncia con énfasis una criatura dejando de lado que no es una práctica legal; que quizás están despojando a una mujer necesitada de una criatura. Criatura que saldría beneficiada porque yo la haría feliz. No podemos evaluar los procesos humanos solo con la vara del costo-beneficio. No sé a dónde querés llegar, Gustavo. Él desearía poder charlarlo antes con Ana María, pero como es imposible, luego de un buen rato informa yo no podré acompañarte en este proceso si decidís optar por la ilegalidad; compromete mi ética profesional. He sido notificada dice ella incorporándose con brusquedad. Él, el corazón a mil, también se para. Espero verte aquí el próximo miércoles. Ella le da un beso y se dirige a la salida. Él le abre la puerta.
Gustavo va a la cocina a prepararse un café. ¿Hizo bien?, ¿puede dejar sola a esta mujer en un momento tan importante después de todo lo que atravesó? Precisaría encontrarse con Ana María ya. ¿Y si le planteara que de ahora en adelante vuelva a ser su control? Imposible. Él se apartó de la ortodoxia y, además, la necesita a ella acompañándolo en su propio proceso. Sería un pésimo momento para perder su guía. ¿Y si sumara otra sesión con ella?, ¿una y una? El ruido de la cafetera lo sobresalta. Se sirve un café, le pone azúcar y, taza en mano, se dirige al consultorio. La apoya sobre la mesita y se acuesta en el diván.
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Manuel, camisa escocesa de manga corta, pantalón liviano, se sienta. Gustavo recuerda al hombre que en el encuentro anterior se fue sollozando. Poco tiene que ver con este. Se te ve mejor comenta. Manuel esboza una sonrisa. No hace falta mucho para verme mejor que la última sesión; te quería pedir perdón. ¿Perdón? pregunta él sorprendido. Di un espectáculo; estoy muy avergonzado; te aseguro que yo no soy así. Vos también sos así, o sea, humano; celebro que te hayas permitido mostrar tus emociones, compartir tus sentimientos. Parece que no sé hacerlo civilizadamente dice Manuel echándose el cabello hacia atrás con ambas manos. ¿Qué te provoca cuando el familiar de un paciente se quiebra al recibir una mala noticia? Me pone molesto contesta el hombre al instante molesto conmigo mismo agrega porque no sé cómo reaccionar, cómo contenerlo, cómo sostenerlo. ¿Qué hacés en esos casos? No mucho más que decirle que lo lamento; por suerte mi secretaria es ideal para estas situaciones, ella sí que sabe cómo consolar. Es difícil dar lo que no se recibió dice él no creo que hayas sido muy amparado de niño. Los ojos de Manuel se llenan de lágrimas. Se los restriega con fastidio. Parezco una nenita se disculpa. ¿Así te decía tu padre? Él levanta la mirada. Sí admite en casa la debilidad estaba desterrada. ¿Considerás que tus pacientes o sus familiares lloran porque son débiles? No necesariamente, lloran porque…lloran porque pueden; me doy cuenta ahora de que nunca pude darme el lujo de llorar; bah, me pasé la vida llorando por dentro. Quizá cuando habilites tus partes vulnerables puedas acompañar mejor a los que sí pueden mostrarlas. Ojalá dice me detesto en esas situaciones; la gente pensará que soy duro, de hielo, que no me importa; pero te aseguro Gustavo que no es así; claro que me importa. Gustavo le ofrece agua. Ambos beben. Mi hermana me preguntó por la carta de papá informa no tuve más remedio que contarle que la había destruido; no lo podía creer, se desesperó; logré explicarle lo que me había pasado por dentro y ella admitió que nunca pudo dejar de actuar según los deseos de nuestro padre; a ella también le está haciendo muy bien la terapia. Gustavo registra el “también”. Estuvimos charlando sobre qué hacer con la casa; ella me dijo que si yo precisaba el dinero ella accedería a venderla; le comenté que no era una situación económica, pero que me parecía que para ella recalca el ella sería muy importante irse de allí, empezar de nuevo, vivir en un lugar que ella eligiera, que ella amueblara a su gusto; propio; por primera vez propio; me dijo que lo iba a pensar. ¿Y cuáles son tus propios planes? pregunta él. A fin de mes regreso a Estados Unidos; aquí me ofrecieron postularme para ser jefe del Servicio de Cirugía General del Hospital Británico; tendría muchas chances; tengo tiempo hasta febrero para presentarme; todavía no lo decidí; económicamente ni se acerca a lo que cobro en Estados Unidos, pero a esta altura de mi vida el dinero es lo que menos me importa. ¿Y qué es lo que sí te importa? Manuel se queda pensando. Segundos después dice me cansé de estar solo; acá, por lo menos, la tengo a Inés; ¿sabés lo que representa para mí poder compartir una cena con alguien un par de veces por semana?; además está este tratamiento, no quisiera tener que interrumpirlo. Gustavo siente que su pecho se dilata. Está orgulloso, muy orgulloso. Si fuera por eso, podría continuar trabajando virtualmente dice antes de poder evaluarlo en profundidad. No sería lo mismo dice el hombre a mí me hace bien venir aquí a verte; quizá sí podríamos seguir online mientras resuelvo; necesitaré ayuda para decidirme. Igual tendremos un par de sesiones antes de que te vayas dice él incorporándose. Ya en el palier Manuel informa antes de venir le envié un mail a Judith y se sube al ascensor. Suerte dice él, sorprendido. Sorprendido y complacido.
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Ema viste bermudas y una musculosa. Zapatillas de lona. Imposible el calor dice al tiempo que se deja caer en el diván. Ya resolví mi problema arranca con una sonrisa que le marca los hoyuelos. Cómo no quererla, piensa él. Soy todo oídos. Después de lo que hablamos la última sesión, que me resirvió, me di cuenta de que el principal inconveniente para irme, más allá de todos los miedos de que hablamos, era el festejo de navidad; lo charlé largo con mamá y Alejandro y a él se le ocurrió una solución, que pase nochebuena como siempre en lo de mi tío y que viaje a Punta del Este el veinticinco; mamá dijo que a esta altura ya no íbamos a conseguir pasajes y que le daba miedo que mi papá no me fuera a buscar y que soy muy chica para quedarme sola en un aeropuerto; empecé a discutir con ella hasta que Alejandro dijo que era muy importante para mí poder ir y se ofreció a llevarme en auto; sí, lo que oís; es un crack dice y pide, como de costumbre ¿me servís agua, Gustavo, porfi? Mientras llena los vasos él pregunta ¿y qué resolvieron? Cuando se lo planteé a mi papá me dijo que de ninguna manera; que él iba a intentar conseguirme un pasaje y que se comprometía a irme a buscar al aeropuerto, me parece que ya había hablado algo con mi mamá; hoy le contesta un amigo que trabaja en Aerolíneas. Este episodio pone de manifiesto que hay tres personas, tu mamá, tu papá y Alejandro, que pudieron poner tus deseos en primer lugar; seguramente tu mamá y Alejandro hubieran preferido que también pasaras año nuevo con ellos; tu mamá venció el miedo de dejarte viajar sola y tu papá se resignó a no compartir la nochebuena y se tomará la molestia de buscarte en el aeropuerto; parece que te quieren bastante, ¿qué opinás vos? Ema se queda pensando. Sí, me quedé muy sorprendida yo pensé que todos se iban a ofender, a enojar conmigo, pero no; me parece que mi mamá de veras está contenta de que pase tiempo con mi papá. Será que se da cuenta de que es muy importante para vos. Sí, lo que le dijo Ale; lo único que me da lástima es que me voy a perder una o dos sesiones con vos. Él se queda reflexionando, no le parece bien que la chiquilina genere dependencia. Ya te adelanté, Ema, que este trabajo pronto finalizará; ya solucionaste las dificultades con las que llegaste y este episodio que trajiste hoy demuestra que tu familia está a tu lado acompañándote, ayudándote. Es que yo no quiero dejar. Él de pronto tiene una idea. ¿Qué te parece si la próxima la invitamos a tu mamá y decidimos entre los tres que es mejor para vos? Lo voy a pensar, seguro que ella no tendrá ningún problema en venir, se muere de ganas de saber de qué hablamos dice la chica entre risas. Hasta el final de la sesión Ema le contará qué piensa llevarse a Punta del Este, cuántas amigas irán allá por esos días, a qué lugares sueña con ir. Gustavo la dejará hablar.
Cuando escucha el timbre, el agua ya hierve. Gustavo baja el fuego y acude a atender. Marcelo le da la mano y entra al consultorio. Voy a buscar el café informa él. Veo que me estabas esperando replica el hombre y agrega da gusto venir aquí. Él sonríe complacido y se dirige a la cocina de la cual regresa, minutos después, con ambas tazas que deposita sobre la mesita. Estuve con Patricia informa Manuel, pocillo en mano. Te escucho. Le propuse encontrarnos y se resistió hasta que le dije que tenía que comentarle algo sobre mis hijas; anteanoche tomamos un café en la esquina de su casa; se había arreglado, pensé que eso era un buen indicador; tenía mejor cara; le conté que había hablado con Agustina y le agradecí el “empujón” hace gesto de comillas con las manos que ella me había dado; me pedía detalles y más detalles sobre la reacción de Agustina y también sobre cómo lo había llevado Matilde; me pareció estar hablando con ella como antes; “¿Agustina te perdonó?”, me preguntó; me hubiera gustado decirle que sí, porque quizás eso ayudaría a su propia absolución pero no me quedo más remedio que contarle, de paso te lo cuento también a vos, que hace una semana que Agustina casi no me habla, casi no habla, parece un fantasma; no sé qué hacer concluye Marcelo pasándose las palmas de las manos por el rostro. Vamos por partes intenta él organizar el relato termina de contarme de Patricia. El hombre se descubre la cara. No sé qué decirte; al menos aceptó el encuentro; parecía interesada por mis hijas, si yo ya no le importara, menos aún tendrían que importarle ellas; insistió con que en algún momento debería contarles a sus propios hijos de la existencia de Lorena, yo me quedé callado; después recibió un mensaje y dijo que se tenía que ir; en el momento de despedirnos, me felicitó por haberme atrevido a blanquear la situación con Agustina; beso en la mejilla y eso fue todo; no quedamos en nada. ¿Y cómo te quedaste vos? Marcelo se toma unos segundos, luego responde esperanzado y calla. Vocablo interesante solo acota él. Quizá me monto en la esperanza para poder transitar este nuevo duelo; me llevó un año empezar a remontar el de Diana, no estoy en condiciones de asumir que otra vez perdí a una mujer amada. ¿Tan seguro estás de tu amor a Patricia?, ¿no será un intento desesperado de llenar tu soledad? El hombre menea la cabeza. La quiero, Gustavo; pocas veces en mis cincuenta y dos años tuve la certeza de haberme enamorado; mi primera noviecita, décadas después Diana y ahora, Patricia. ¿Feldman? Marcelo sonríe. Esa chica fue solo un salvavidas en mis horas más negras; no dejó rastros en mí. ¿Qué pensás hacer? No sé responde el hombre, ahora serio las mujeres siempre se acercaron a mí, armaron el vínculo; nunca necesité desplegar estrategias para seducirlas; no quiero parecer engreído, pero el seducido, en los muchos otros vínculos intrascendentes que tuve, también fui yo; no sé cómo actuar. Gustavo sonríe. Interesante repite el adjetivo prueba a la que te somete el ¿destino?; pasados los cincuenta deberás descubrir la manera de lograr, activamente, recuperar, en este caso, un lazo perdido; solés ponerte en un lugar pasivo, las cosas te suceden, vos no tenés responsabilidad, creo que llegó la hora de que te conviertas, y es justo reconocer que empezás a hacerlo, como protagonista de tu vida; seguramente has desplegado en estos años recursos, de los que no sos consciente, que te permitieron ser el buscado, el conducido; deberás ahora, desplegar otro tipo de recursos. Marcelo resopla. Ya tengo suficiente trabajo como para tener que trabajar también en esto dice, sonriente. Crecer es laborioso acota él y mira el reloj. No quisiera que terminara la sesión sin que habláramos de Agustina dice. Marcelo resopla nuevamente. No sé qué hacer con ella dice. Otros recursos que deberás desplegar y conste que has hecho notables avances en tu rol paterno. No alcanzan; mis hijos cada día me proponen un nuevo desafío. Volvamos a Agustina. Está tan triste que me estruja el alma saber que es por mi culpa. A ver, a ver…; en este caso tu única culpa es haber retenido la información; no sos directamente responsable de lo ocurrido; por eso confío en que tu hija terminará comprendiéndolo; es más sencillo estar enojada con vos que con la memoria de su madre. Marcelo asiente con la cabeza. No lo había pensado así; quizá tengas razón. ¿También sigue enojada con Matilde? Matilde no me dijo nada, pero me da la sensación de que están distantes; menos intercambio en el auto, en la cena. Quizás es una buena oportunidad para que intentes acercarte a Matilde, conversar. ¡Todas tareas fáciles me proponés!, ¡Matilde es una fiera! Gustavo levanta ambas palmas. Y a las fieras se las suele amansar con cariño comenta. A falta de una, tengo tres mujeres a reconquistar. Confío en tus incipientes recursos dice incorporándose. Marcelo también se levanta. Ya en el palier se despide con un gracias por tu confianza.
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Ana María, sentada frente a él, sonríe. Sonrisa que es una invitación muda a hablar. Los mudos no hablan, piensa. Ella se reacomoda en el sillón sin dejar de sonreír. Semana de comunicaciones arranca él y como ella persiste en silencio, ahora seria, él agrega el miércoles pasado le contamos a los chicos y hoy a mi madre como Ana María se limita a mirarlo él continúa hoy le comentaba a Santiago que evidentemente conozco menos de lo que creo a mis hijos porque Martina reaccionó muy mal, especialmente con Cecilia, y Nacho, en cambio, abrazó y felicitó a su madre; justo al revés de lo que yo suponía. Ana María sonríe nuevamente. ¿En qué se basaban sus suposiciones? pregunta. Ya le dije responde él fastidiado en que creí conocerlos. Ella se sostiene el mentón con el brazo flexionado y comenta quizá fue una cuestión de género él mira, interesado y ella continúa tal vez supuso que Martina, en tanto mujer, compartiría el instinto maternal de su propia madre y que Nacho, en tanto varón, expresaría el rechazo latente de su padre. Él, tocado, se queda pensando. Puede ser admite me movilizó escucharle decir a mi hijo que estaba contento. Como lo sorprende comprobar que Santiago disfruta de la crianza de su hijito; no pongo en duda el amor que profesa por sus dos hijos; pero le cuesta mucho correrse del modelo patriarcal, papá proveedor, mamá, ama de casa. Así fueron mis padres dice él, contrariado. Usted, intelectualmente, brega por la independencia de la mujer, pero, en la práctica, se resiste a tomar sobre sus hombros el peso que aligeraría la mochila de Cecilia lo mira sonriendo y pregunta ¿me equivoco? Él permanece en silencio. Sin embargo, cuando Cecilia se fue, usted demostró ser capaz de hacerse cargo de su hogar en todos los terrenos; hasta me atrevería a afirmar que, en algunos momentos, hasta lo disfrutó; ese Gustavo es el que seguramente Cecilia desea que reaparezca, porque ahora sabe que existe afirma Ana María y luego se cruza de piernas y calla. Cuando Cecilia les dio la noticia, la primera reacción de Nacho fue preguntarme, porque se dirigió solo a mí, si había sido buscado; cuando lo negué me preguntó si estaba contento; como me quedé callado, dijo “yo sí estoy contento; es muy triste para un bebé no ser deseado” y se levantó para a abrazar a su madre. Es interesante; quizás amparar a este hermanito le dé la posibilidad de sanar su propia herida; fíjese que se acercó a Cecilia ofreciéndole un apoyo masculino. Pero yo ya acepté esta criatura se defiende él, ofendido la estoy acompañando a Cecilia lo mejor que puedo. A lo que el chico se refiere es al deseo. Pero el deseo no depende de nuestra voluntad. Es cierto, eso deberá comprobarlo por sí mismo a medida que crezca ella hace una pausa y pregunta ¿y Martina? Después del berrinche inicial nos dejó una notita bajo la puerta pidiendo perdón; al día siguiente se fue de viaje de estudios, regresa mañana; el miércoles que viene le cuento. Él controla el reloj. Quisiera plantear lo sucedido con Andrea y la posibilidad de sumar otra sesión, pero solo quedan diez minutos, entonces comenta hoy almorcé con mi madre y le conté. Ana María sonríe, ¿Reacción? pregunta. Se puso muy contenta; se puso realmente contenta. ¿Eso significa que el resto se pulso falsamente contento? No; quiero decir que no se trató solo de aceptación, a ella le dio ilusión, alegría. A lo mejor hasta tiene algo de bonito que nazca un niño dice ella al tiempo que se para. Dejamos acá informa. Sí, todo lo relacionado a la maternidad la interpela, concluye él ya de pie.
Cuando entra al dormitorio Cecilia ya está acostada y, en cuanto lo ve, se incorpora y pregunta ¿qué me contás de lo de Nacho? Está creciendo responde él que no pudo dejar de pensar en el tema bajo la ducha. ¿Tu viejo te comentó algo? Nada, una tumba; no entiendo cómo este chico tiene un vínculo con él que yo nunca tuve. Afortunadamente comenta ella creo que les hace bien a los dos. A mí no me gusta que dependa de su abuelo laboralmente. Quizás es solo el empujón inicial. No dice él, de mala manera desde que es chico que el viejo ha intentado captarlo. ¿Estás celoso? Claro que no responde él, aunque se plantea que tal vez su mujer esté en lo cierto. ¿Celos del afecto de su hijo por su padre?, ¿o de que su padre quiera a ese nieto como nunca lo quiso a él? Cecilia se acuesta nuevamente. A lo mejor la idea de Nacho de cambiar de cuarto es buena comenta. Nos resolvería un problema acota Gustavo pero no sé si corresponde. A lo mejor le hace bien hacer algo por su hermanito; ¿viste como insistió con que es triste para un bebé sentirse no deseado? Él se siente incómodo, muy incómodo. Voy a hacerme un café dice ¿querés algo?
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Miércoles 19
Cecilia acostada en la camilla, la ecografista a un lado; él, al otro. Ven, esta es la cabeza explica la mujer estas son las manitos. Y sí, lo que se ve es el contorno de un ser humano. Todo perfecto, por el tamaño tiene dieciséis semanas. Él observa a Cecilia, le corren las lágrimas por las mejillas. Lágrimas que él seca con el dorso de la mano. ¿Quieren saber el sexo? Gustavo mira a Cecilia que hace un gesto de asentimiento. Sí responde él. Es un varón. Nacho va a estar contento, es su primer pensamiento. Y después piensa que él también. Quizá con este bebé pueda redimirse de muchas actividades masculinas que no compartió con su primogénito. Cecilia le tiende la mano. Él se la oprime.
¿Querés que vayamos a almorzar? propone él, terminado el estudio, ya en el auto. ¿Y si compramos algo y comemos en tu consultorio? Él se queda sorprendido. ¿Por qué? pregunta y al instante se da cuenta de que es una pregunta estúpida. Nunca comimos allí, ni siquiera compartimos un café. Es cierto, nunca la invitó. De acuerdo dice y arranca. Logra estacionar en la esquina del consultorio y pregunta ¿con qué estás tentada? Algo que vos comas habitualmente. La sorpresa de él va en incremento. ¿Empanadas, tarta, milanesa? Hace casi veinte años que decido qué se cena cada noche; hoy liberame, elegí vos. Es cierto, se repite él, nunca lo había pensado. ¿Venís conmigo a comprar o preferís esperarme en el auto o en el consultorio? Te acompaño responde ella al instante. Mientras esperan en la rotisería ella comenta es raro ver lo que tantas veces imaginé. Él la mira frunciendo el ceño. No entiende. No la entiende. Recuerda el título de una novela que leyó hace años. Extraños cotidianos. Él para ella y ella para él. Hay una parte de nosotros mismos imposible de compartir, piensa. Absolutamente propia.
Él va a poner el individual, pero repara en que solo tiene uno. Es que este lugar es exclusivamente mío, se dice. Por suerte tiene dos tenedores y dos cuchillos. Vasos, varios. Para los pacientes, claro. Y también cuatro tazas de café. Mientras distribuye los platos escucha los pasos de ella recorriendo el consultorio. Cuánta luz la oye decir que ya en la cocina agrega es muy lindo este lugar, con razón te gusta tanto venir. ¿Preferís de jamón y queso o de calabaza? le pregunta él señalando las porciones de tarta ya servidas en sendos platos. Ella levanta ambas palmas e inclina el mentón. Él, entonces, corta ambas porciones al medio. Compartiremos decide. Va a preguntarle si quiere ensalada cuando recuerda el trato y le sirve. Están muy ricas comenta ella y él acota sí, cocinan muy bien, parecen caseras. Él detecta cierta tensión en el ambiente. Así que tendremos un varoncito dice. Sí, es raro saberlo; con los otros dos fue una sorpresa le recuerda ella. ¿Vos que preferías? inquiere él. Sinceramente, ni me lo había planteado ella hace una pausa y a su vez pregunta ¿y vos? Un varón contesta él. Brindemos entonces propone ella levantando el vaso de agua. Él la imita. ¿Ya te resignaste? pregunta ella minutos después, los platos casi vacíos. Él la mira. Sus ojos están tan tristes que lo golpean. Sin siquiera pensarlo se levanta y la abraza. Ay, Gus musita ella.















































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