2018
24 de octubre
Cabello oscuro, muy corto. Boca grande, ojos negros, sonrisa expresiva. Un traje sastre de excelente corte. La mujer entra taconeando fuerte sus botas. Es muy potente, es el primer pensamiento de Gustavo. Ella se sienta y él comienza a apuntar sus datos. Andrea Labrador, treinta y cuatro años; casada hace siete años con George, están juntos desde los veintidós. Es directora de ventas para Latinoamérica de una empresa inglesa. Él baja la libreta, la mira a los ojos y sonríe. ¿Cómo estás? pregunta. ¡Nerviosa!, pensando con qué me voy a encontrar dice y luego ríe. ¿Qué te trae por acá? No puedo tener hijos responde y la risa troca en amargo rictus en solo un instante. Te propongo que arranquemos del principio, no podemos entender una película si comenzamos por la escena final, ¿de acuerdo?¡Qué remedio me queda! exclama ella, de nuevo sonriente aquí las reglas las ponés vos; además, estaba sobre aviso. Él arquea las cejas. María Inés me explicó cómo trabajás. Comencemos, entonces, por tu infancia; ¿dónde creciste? Soy de Cañada de Gómez, provincia de Santa Fe se incorpora un segundo y vuelve a sentarse si Mirtha Legrand homenajea a Villa Caña, que no le llega ni a la rodilla... explica riendo. ¿Qué hacían tus padres? Papá era empleado municipal, creo; murió cuando yo tenía un año y medio, lo atropelló un auto; lo trasladaron a Rosario; mi mamá, que encima estaba embarazada de mi hermano, se pasó un mes yendo y viniendo, pobre. Gustavo se toma unos minutos y comenta pobre de vos. ¿Por qué decís eso? No debe de haber sido fácil para una beba estar tanto tiempo sin su mamá. ¡Ya estaba acostumbrada! ¿Cómo es eso? Mi madre trabajaba, casi me crió mi abuela. ¿Desde cuándo? Mamá me cuenta que trabajó hasta el día del parto y como no me pudo amamantar, a los diez días volvió al trabajo. ¿No pudo? pregunta él, con intención en la voz. Tenía los pezones invertidos. Y parece que también tenía mucha necesidad de dejar a la criatura en casa y huir; ponete en el lugar de la beba que fuiste, parece que recibiste muy poca mamá; seguramente mucho menos de lo que precisabas. Ella cabecea, despectiva. Me cuidaba la abuela. ¿Tu abuela era cariñosa? Ella ríe. ¿Cariñosa la abuela?, cuando entraba a la casa mi hermano y yo corríamos a abrazarla, pero ella nos apartaba; "lo poco agrada, lo mucho enfada", nos decía; era una piedra; pero también era divertida, jugábamos a las cartas y nos hacía trampa y se reía; nos entendíamos bien. Vos también sos divertida... comenta él con intención. ¿Me estás diciendo que soy una piedra? sonríe ella abiertamente, reflexiona unos segundos y agrega puede ser, aguanto cualquier cosa, nada me rompe, ya vas a ver. ¿Cómo se arreglaron cuando murió tu papá? Dejó una buena pensión y la abuela tenía otra; además mi mamá se puso el sombrero de papá trabajador; nunca nos hizo faltar nada. Dijo ella aclara Gustavo solo su presencia, claro. Ella ladea la cabeza. Mi hermano la llevó peor; se pasaba las tardes sentado arriba del aparador de la cocina, esperándola; le iba mal en la escuela, no tenía amigos; yo era todo lo contrario; aplicada, simpática, sociable. Claro, él se hizo cargo de la soledad de los dos. Ella lo mira, parece interesada. No parece haber habido lugar en esa familia para la ternura, el diálogo, la blandura. ¿Diálogo? ríe de nuevo en casa todo eran órdenes: "a comer", grita con un acento áspero, duro, que lastima los oídos de Gustavo "a bañarse, al colegio, a dormir"; una vez que fui a lo de una amiga la mamá nos leyó cuentos, yo no lo podía creer, siempre nos acostábamos solos; Miguel la llamaba interminables veces, "¡galletas!" vuelve a gritar pedía, pero lo único que conseguía era un reto. ¿Ves?, tu hermanito usa el diminutivo con intención siempre se hizo cargo de tus propias carencias. Yo no suelo necesitar lo que no puedo conseguir; soy práctica a ultranza. Sin embargo ahora precisás algo que no está a tu alcance. Ella levanta las cejas, interrogante, hasta que comprende. Eso fue un golpe bajo dice intentando sonreír. ¿Dejamos acá? indica él incorporándose. ¿Miércoles próximo, misma hora, mismo lugar? pregunta ella con una sonrisa, ya cartera en mano. Cuando cierra la puerta Gustavo escucha su enérgico taconeo rumbo al ascensor. Un encuentro intenso para comenzar, evalúa. Busca su celular. ¿A qué hora llegás? le escribe a Cecilia acordate de que hoy vuelvo tarde. Un timbrazo antecede a la respuesta. Es una derivación de Ana María, que está atendiendo a su hermana. ¿Qué le deparará el destino? Pulsa el botón del portero eléctrico. Se arregla la camisa frente al espejo y se dirige hacia la puerta.
31 de octubre
Gustavo le resume a Andrea lo visto hasta el momento: aridez emocional, ausencia total de cuerpo y palabras, valor materno puesto en la responsabilidad, en la correctitud, la normalización del esfuerzo. Seguramente lo tuyo, como para tu madre, será el hacer; te asustará permanecer quieta, escucharte. ¡Una pena que no te oiga mi marido!; “vos no podés parar”, me dice siempre comenta ella con una sonrisa desbordante. Él mira sus anotaciones. Terminaste la sesión pasada nombrando a una pareja de tu madre le recuerda. Sí, el subnormal. ¿Hizo irrupción cuando vos estabas en Rosario? ¡No!, ¡ojalá!; apareció allá por mis doce. Qué raro que no lo mencionaste antes dice él y piensa: abuso en puerta. ¡No me habré querido acordar! Cuenta luego que comenzó siendo un señor que iba a ayudar a arreglar cortinas, canillas, etc. y un buen día me lo veo sentado en el living con un piyama azul. ¿Tu mamá no les explicó nada? Niega con la cabeza. ¿No le preguntaste? A buen entendedor, pocas palabras se justifica, toma un vaso de agua y continúa la cosa es que se instaló en casa; bah, nos invadió; había que ver en la tele lo que él quería, comer lo que él indicaba; me acuerdo y me vuelve la rabia. Andrea, acá lo que más nos importa es la conducta de tu madre, que no los consultó, no los informó, no los defendió. Nunca lo pensé así admite meneando la cabeza. ¿Qué beneficios le aportaba a tu madre? No te entiendo. ¿Tenía dinero? No; eran compañeros de trabajo pero él tenía un cargo inferior a pesar de que era diez años mayor que mi madre; era un bruto, además; la verdad es que no sé qué le vio; fue la única pareja que le conocimos; para colmo, a esa edad empecé a salir los fines de semana con mis amigas y él me quería controlar. Reitero, el problema real era tu madre que no intervenía. ¡Pero yo salía igual! exclama con alegría. Siempre es un riesgo introducir un hombre en una casa donde hay púberes arriesga él. Ella calla. Entonces él decide tomar el toro por las astas ¿alguna vez se propasó? pregunta. ¡Que lo hubiera intentado! responde ella con energía. Quizá fue una suerte sugiere él acentuando la palabra. ¡Sí!, ¡vivir en esa casa era insoportable!; pero no quiero dedicarle ni un solo minuto más de mi tiempo a él dice, resuelta ¡a otra cosa! De acuerdo acepta él y piensa: no faltará oportunidad pero quiero que tengas en cuenta que una nena de catorce años no puede resolver irse a vivir sola a otra ciudad; esa fue una decisión de tu madre. Puede ser dice, despectiva. Volvamos a tu estadía en Rosario, ¿tuviste algún novio? Sí, a los dieciséis; un compañero de veinte años. ¿Te iniciaste sexualmente con él? Ella asiente con la cabeza. ¿Cómo anduvo? Bien dice, escueta. ¿Se cuidaban? Sí; una amiga me acompañó al ginecólogo. ¿Le contaste a tu mamá? pregunta sabiendo que no. ¡Qué buen chiste!; mi mamá jamás me habló de sexo, ni siquiera me preparó para mi primera menstruación. ¿Fue una relación trascendente para vos? Ella se queda pensando. La pasábamos bien. Se hacían compañía arriesga él seguramente estaba tan solo como vos. Sí; éramos buenos amigos; cuando llegó el verano me fui a mi pueblo con él, pensábamos hacer camping; el subnormal intentó oponerse; “irán dos y volverán tres”, vaticinó. ¿Tu madre qué opinó? Repitió el mismo argumento; entonces le pedí que no fuera ridícula, que hacía meses que vivíamos juntos; le pregunté si ella no sabía que existían los anticonceptivos; “eso no es para vos”, me dijo. Quizá temía “el qué dirán” sugiere él. ¡Por mí! ¿Fueron de camping? ¡Obvio!, ¿todavía no me conocés? pregunta entre carcajadas. Me comentaste la sesión anterior que a los dieciocho decidiste irte de Rosario decide él avanzar en la historia. Sí; yo misma había encontrado un conservatorio en Buenos Aires. ¿Dónde vivías? Conseguí un trabajo como empleada doméstica sin retiro cuenta con total naturalidad en una casa muy rica; me pagaban muy bien; cuidaba a los chicos a la tarde, y me ocupaba de preparar la cena; a la mañana, mientras los dos nenes estaban en la escuela, me dejaban estudiar; en el conservatorio me trataban un poco mejor que en Rosario, pero igual ya me estaba hartando; después de un año, un buen día vi en un aviso que buscaban bailarina clásica para una gira por Sudamérica; me presenté y me seleccionaron. Gustavo mira el reloj. ¿Me lo contás la próxima? propone. Andrea se incorpora. ¿Todavía no te cansaste de escucharme? pregunta a pura risa. Nunca diría que sos aburrida dice él, sonriendo. ¡Te lo avisé!, ¡de De la Rúa, nada! Ya frente a la puerta la mujer pregunta ¿cuándo podremos hablar del bebé? Todavía no entró tu marido en la historia le recuerda él. Habrá que meter primera, entonces indica ella. Él, sorprendido, abre en silencio.
Apoya la espalda en la puerta cerrada. Quizás Andrea tenga razón. ¿Es útil detenerse tanto en la historia? Se repite su frase de cabecera: no se puede entender una película viendo solo la escena final. Pero esta mujer no habla por hablar: está dando señales de que se le acota el tiempo interno. ¿Cómo saber cuál es la mejor técnica? Encima ya no puede consultarlo con Ana María. Ella es de otro palo, evalúa. ¿Por qué, entonces, él confía en ella para su propio tratamiento? ¿Qué es lo más importante?, ¿la partitura, el instrumento, o quién ejecuta el instrumento? El portero eléctrico lo aparta de sus elucubraciones. Mientras sube el ascensor piensa en lo absurdo de la vida: esta mujer se angustia porque no puede quedar embarazada y él se angustia porque su mujer está embarazada. Una varita mágica que intercambie los úteros, fantasea. Mientras le abre la puerta a Manuel se dice: no puedo ser tan pelotudo.
14 de noviembre
214
Cuando venía para acá me encontré por la calle con una excompañera, estaba embarazada; es horrible, en lugar de ponerme contenta por ella me dio una envidia espantosa; igual la felicité recupera la sonrisa no te asustes. Él piensa que por suerte el embarazo no lo porta él, a Andrea le resultaría intolerable. ¿Cómo anduviste esta semana? inquiere. ¡Removidita! contesta ella con gestos ampulosos me vino a visitar una prima, diez años mayor que yo; le conté lo que habíamos trabajado en terapia y me contó que el subnormal le hacía chistes verdes, la miraba con intención; le decía “deja a tu novio, yo te haré ver las estrellas”; cuando le pregunté si se acordaba qué pasaba conmigo, recordó que él siempre me estaba encima; me sentaba en sus rodillas; una vez escuchó que me decía “mirá cómo te crecen las tetitas”; también oyó a su madre decir “gracias a Dios que Andrea se fue porque no sé qué iba a pasar” cuenta con desenvoltura. Es notable que te hayas olvidado de todas esas situaciones; vemos que en tu ida a Rosario confluyeron varios motivos: tu madre trato de sacarte del escenario para evitar males mayores. Me protegió dice ella. Protegerte hubiera sido echar al hombre le aclara él. ¡El gran escape! exclama la mujer entre carcajadas. No voy a irritarme, se impone él. Recuerda luego la impaciencia manifestada por Andrea la sesión anterior. A meter primera, se ordena. Me hablaste de una gira por Sudamérica dice contame un poco. Yo me fui con lo puesto; éramos unos quince chicos de menos de veinte años; hicimos kilómetros y kilómetros; nos presentábamos en teatros de primera pero parábamos en pensiones de cuarta; nos pagaba chirolas; “el resto se los daré cuando volvamos a Buenos Aires”, prometía; además me obsesionaba con el peso; me acuerdo que comía lechuga y pomelo y tomaba coca ligh; con un metro sesenta y cinco y cuarenta y cinco kilos era gorda para él; en mis sueños aparecían pollos al horno cuenta riéndose. Andrea la interrumpe él no es gracioso; eras una chiquilina de diecinueve años sola, maltratada, muerta de hambre. Sí admite ella además era pleno invierno, pasamos mucho frío. Pero vos resististe sin quebrar; una roca. Sí, no me recuerdo angustiada. Si conectabas con tu emocionalidad estabas perdida; ¿cuánto tiempo duró el suplicio? Estando en Colombia se me hinchó muchísimo el abdomen; un dolor terrible; la llamé a mi mamá que me mandó plata para que regresara a Buenos Aires; no lograron diagnosticarme, pero el episodio pasó; hace un año, haciendo unos estudios por mi esterilidad me dijeron que tuve tuberculosis en zona pélvica. La consecuencia del hambre, del frío, del esfuerzo brutal; tu cuerpo gritándolo que vos no te permitías; tu fortaleza sorprendente quedó a la luz, pero mandaste a la sombra la emocionalidad, la ternura, la fragilidad. Fue una señal para mí dice abandoné la danza. Imposible ir rápido con esta vida, piensa él y retoma la cronología. Ya en Buenos Aires volvió a trabajar con sus anteriores patrones. Le permitieron estudiar bachillerato acelerado e inglés. En dos años se recibió. Entró como secretaria en las oficinas de su patrón. ¿Seguías viviendo con ellos? No, empecé a ganar muy bien; alquilé un departamento con una amiga; hice un curso de un año de Negocios Internacionales; para mi gran sorpresa salí primera de mi promoción; éramos como treinta. Fijate vos como durante veinte años tus capacidades intelectuales fueron relegadas, nadie se ocupó de investigarlas ni desarrollarlas. Él recuerda la necesidad de acelerar. ¿Existió alguna pareja durante estos años? ¡No tenía tiempo! se ríe. Las rocas no precisan compañía le recuerda él. En realidad, salí con algunos hombres. Seguramente solo sexo arriesga él. Solo sexo acuerda ella y luego de una pausa agrega hasta que conocí a mi marido. Al fin llegamos, piensa él e informa lo abordaremos la próxima. Pienso concederle solo una sesión bromea ella. Pero él recibe el mensaje.
Gustavo se queda pensando en Andrea. La energía de esta mujer es desbordante. Derrama entusiasmo. No es solo lo que cuenta sino cómo lo cuenta. Oyéndola, uno piensa que es capaz de conseguir cuanto se proponga. Sin embargo, su cuerpo le está diciendo que no. El cuerpo de Andrea habla por ella, evalúa. ¿Está capacitada para ser madre?, ¿una madre piedra? Tantas madres circulando sin tener certificado de aptitud. ¿Y yo?, se plantea, ¿podré ser de nuevo padre?, ¿soy el padre que precisan mis dos hijos adolescentes? Está repentinamente agotado. Por suerte el tratamiento de Manuel no le genera mayores dificultades. Otro nivel energético.
21 de noviembre
Hoy le toca a mi marido dice Andrea en cuanto se sienta y ríe. Es muy graciosa, expresiva, ampulosa en sus movimientos. Agita sus brazos como una medusa, piensa Gustavo. Contame cómo lo conociste. Yo ya tenía veintidós años; había empezado a trabajar en la empresa inglesa donde aún continúo; hubo una reunión en el consulado, hete aquí que el cónsul inglés resultó ser el padre de George que, en ese momento, estaba de vacaciones en la Argentina, ya se había recibido de profesor de letras, especializado en literatura española; charlamos, nos gustamos y allí empezó todo. Como Gustavo no pierde de vista la urgencia de ella pregunta ¿te emparejaste con un igual, potente y tiraron juntos para adelante o con un complementario que te aportó algo de blandura y, sobre todo, no coartó tu libertad? ¡Segunda opción! Andrea lo describe. Un inglesito formal, educado, respetuoso, tierno, tímido. No se animaba a darme un beso, ¡casi tuve que obligarlo! ríe ahora a carcajadas. Te lo pusiste al hombro desde el principio arriesga él. ¡Ni me lo digas! exclama. ¿Cómo siguió el vínculo? Él regresó a Inglaterra, no te podés imaginar las cartas que me escribía, romanticismo puro; yo estaba encantada, nunca me habían tratado así; unos seis meses después la empresa nos propuso a los recientemente incorporados hacer un curso de perfeccionamiento de inglés intensivo de dos meses en Londres; se lo conté a George que me ofreció ir a vivir a su casa; su padre, luego de cuatro años, ya había cesado en su cargo; no lo pensé ni dos minutos ríe nuevamente no te imaginás lo que era la casa, ¡un palacio!, y no me cobraban ni alojamiento ni comida; eso sí, dormíamos en cuartos separados. ¿No tuvieron sexo durante esos dos meses? Sí, los padres tenían bastante viva social, así que esas noches éramos libres. ¿Qué te atraía de George? Su sensibilidad, sus detalles, su protección.; en realidad yo estaba enamorada de su padre vuelven las carcajadas broma, ¿eh? Andrea le cuenta que era un hombre potente, arrasador. Como vos acota él. Sí, hicimos muy buenas migas. La suegra era una mujer sensible, lenta, tradicional, muy inglesa, de moral victoriana, disciplinada. Como el hijo comenta Gustavo. Sí, me sigue fastidiando la falta de espontaneidad de George; quiero hablar de algo y me dice: “no, ahora no, ya son las veinte, mañana”. Gustavo le muestra que, desde sus diferencias, se complementan. Él te da seguridad, ternura; vos aportás el empuje, la energía. Recuerdo una vez, durante el desayuno, que charlé largamente con mi suegro; en un momento lo miró a George y le dijo: “esta mujer es de armas llevar, te va a hacer correr”; pobre, ¡todavía está corriendo! exclama ella entre risas. Ella regresa a Buenos Aires, cuenta Andrea, y meses después él viaja y hacen una boda sencilla, porque él tenía doble nacionalidad. Se instalan en el departamento de ella y él viaja periódicamente a Londres mientras gestiona horas de cátedra en la Universidad de Buenos Aires. Pareciera que vos fuiste el motor de todos estos cambios sugiere él. Sí, yo proponía, él ofrecía leve resistencia y luego se plegaba a mis decisiones confirma riendo. Cuando te pregunté qué te atraía de él no mencionaste la atracción física abre el ruedo Gustavo. No diría que ha sido fuerte de nuestra pareja admite ella George siempre ha sido… busca la palabra… tibio; luego de la muerte de su padre, meses después de nuestro casamiento, más aún; menos aún se corrige riendo. ¿A vos te alcanzaba? Estaba demasiado ocupada trabajando se justifica. Allí colocabas tu líbido. Ella asiente con la cabeza. Yo escuchaba a mis amigas quejándose de que no podían sacarse a sus maridos de encima. ¿Qué te generaba escucharlas? Intuía que algo no andaba bien, pero puse el tema en un armario. ¿Él ya vivía en Buenos Aires? Sí, compramos un lindo departamento de tres ambientes con la herencia de su padre; él trabajaba pocas horas, no lo precisaba porque recibía una renta mensual por propiedades en Inglaterra, hijo único él además; yo fui ascendiendo en mi carrera, cada vez me exigía más tiempo; él se ocupaba de la casa, siempre fue un excelente cocinero; no es poca cosa llegar reventada y encontrarse con la cena preparada. La comida caliente y la cama fría arriesga él. Ella asiente, seria. ¿Vos planteabas el tema? Lo intenté un par de veces, pero él se resistía; después de esas demandas se activaba un poco ríe nuevamente además, empezó a beber más, había arrancado luego de la muerte de su padre, cuando tomaba estaba más apático aún. No parece el marco ideal para engendrar un niño sugiere él. ¡Al fin llegamos al tema! exclama ella. Él mira el reloj. A eso nos dedicaremos en nuestro próximo encuentro informa levantándose. Próximos lo corrige ella y agrega, extrañamente seria mucho para contar. Él la despide junto al ascensor. Por primera vez la percibe vulnerable.

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