Sesiones de Marcelo

 

2018

 24 de octubre

 


Gustavo observa a Marcelo. Bien le gustaría a él tener ese aspecto a los cincuenta y tantos. Le recuerda al actor de la serie que está viendo. ¿Cómo se llama la serie?, ¿cómo el actor? ¿Cómo estás tanto tiempo? le pregunta el hombre. Él parpadea. ¿Cómo estás vos? repregunta. Si regreso es porque no muy bien. Contame propone él, abriendo los brazos. No sé por dónde empezar, demasiados frentes. ¿Cinco? sugiere él, aludiendo al número de hijos. Seis, contándome. Marcelo se arrellana en el sillón. No sé cuánto te acordás de lo que trabajamos pregunta mirándolo con fijeza. Todo Gustavo sonríe estudié la lección. Marcelo también sonríe. Por eso te esperé, no tenía energía para empezar de nuevo desde que era chiquito; ni energía ni tiempo, las papas queman. ¿Qué está pasando? No sé por dónde empezar repite Matilde y Agustina siguen con sus noviecitos; espero que no me hagan pronto abuelo. ¿Hablaste con ellas al respecto? pregunta él. Marcelo baja la cabeza. Sabés como es Matilde, me va a sacar arando; quizá hasta me dicte cátedra sobre el control de la natalidad, siempre sabe de todo; además, yo no soy el más indicado para aconsejarlas al respecto. ¿Por qué lo decís? Al menos dos de mis hijos no fueron buscados sin contar que una ni siquiera es hija mía. Gustavo busca el respaldo del sillón antes de comentar seguramente tus hijas, más allá de los detalles técnicos, precisan apoyo emocional; no es fácil transitar esta edad sin tener mamá. Marcelo cabecea. A esta altura dudo de que Diana hubiera podido acompañarlas; a medida que voy charlando con mis hijas más me entero de facetas de ella que desconocía se oprime las sienes te aseguro que no sé con qué mujer estuve casado durante dieciséis años, ¿Aprendiste algo de esta incertidumbre? No te entiendo. Si durante años ocurrieron tantas cosas a tu alrededor que no percibiste, ¿a qué lo atribuís? ¿A que Diana era una excelente impostora? repregunta el hombre. ¿O a que tenés poco desarrollada la observación de los otros?; durante esos dieciséis años, ¿miraste alguna vez a tus hijos con atención?, ¿no descubriste en ellos signos de la indiferencia materna? Marcelo se agarra la cabeza con ambas manos. No sé dónde estaba yo mientras mi vida transcurría. Gustavo calla hasta que el hombre levanta la mirada y luego dice lo importante es que dejes de estar en ese lugar, que intentes observar a tus hijos como vimos que a vos no te observaron; tus hijos, permanentemente, te tenderán hilos para que te conectes a ellos; solo se trata de estar atento; ellos serán tus maestros. Lorena sí que me tira hilos, en cuanto me tiene a tiro no se me despega; es un abrojo; a veces me agobia. Quizá por no ser tu hija biológica necesita reforzar la cercanía; no debe ser fácil saberse la distinta. Para mí es igual que todos replica Marcelo con energía. Tal vez ese ser igual es insuficiente para ella. Quizás es poco para todos admite el hombre pero no me da el cuerpo para sobrellevar esta vida; ¡quisiera mandarme mudar! Pero no te lo permitís. ¿Cómo dejarlos solos?, no tienen absolutamente a nadie, Diana se ocupó de alejarlos de todos. Gustavo intenta hacer memoria. Ramona, sí, Ramona. ¿Ramona sigue trabajando en tu casa? ¡Sí!, si ella se va me suicido; lo operativo está resuelto; además, las mayores son dos joyas, dos mujercitas; si vieras cómo se hacen cargo de sus hermanos. No deberían hacerlo acota él. Lo mismo me dice el pediatra, pero ninguno se pone en mis zapatos; tengo ya cincuenta y cinco años y estoy solo con cinco pibes. No estás solo lo corrige él estás con ellos. Marcelo hace un gesto de fastidio y continúa Fede todavía no tiene tres; tendría que ocuparme de conseguirle vacante para el jardín para el año próximo. Es buen indicador que hayas pensado en eso. Marcelo baja la vista. En realidad Matilde me alertó cuenta ya estuvo averiguando en un colegio cercano. Tiene solo dieciséis años le recuerda él la escolaridad de su hermanito no debería ser un problema para ella. Marcelo resopla, se lo ve irritado. ¿Qué sugerís?, ¿que me case de nuevo? La madre del borrego, piensa él y le pregunta ¿conociste a alguien? Marcelo permanece callado. ¿Y? insiste él. Me pescaste contesta el hombre, sonriendo por primera vez. Suena el portero eléctrico. Me salvó el gong. Hoy nos pusimos al día comenta él la próxima trabajaremos fuerte. Necesito descanso, no trabajo objeta Marcelo incorporándose.

 

Gustavo cierra la puerta y se recuesta en el diván. se queda reflexionando. ¿Está él atento a lo que sucede a su alrededor? La enfermedad de su padre lo tuvo absorbido. ¿Cuánto hace que no charla con Nacho?, ¿cuánto que no merienda con Martina? Basta de retarme, se dice, lo importante es que retomé el consultorio.

31 de octubre



En cuanto ve a Marcelo acomodado Gustavo arranca ¿quién es ella? El hombre ríe. Creí que te habrías olvidado dice. Yo no me olvido de nada afirma él, con una amplia sonrisa. Marcelo, las manos juntas entre las rodillas, la espalda ligeramente inclinada, confiesa es una mina para más quilombo.  Él lo mira sorprendido y como Marcelo calla pregunta ¿por qué? La vista en el piso Marcelo informa fue la mejor amiga de Diana, la exmujer del padre de Lorena. Sí, es una mina para quilombo, piensa él y después se acuerda de Cecilia. Todas las minas son para quilombo. Se lleva instintivamente la mano hacia el pecho. Me contacté con ella intentando conseguir datos de Alberto, el ex. ¿Ella sabía de la nena? No, y sigue sin saberlo se descubre la cara y lo mira te dije que me había metido en un quilombo. Quilombo que obviaste toda la sesión anterior comenta él fastidiado, me hace perder el tiempo, piensa. Para hablarte de otros quilombos replica Marcelo, airado. Está con poca paciencia, registra él y luego se dice: pero yo también. Cecilia. Siente una opresión entre las costillas. Contame en qué anda tu vínculo con… Patricia se adelanta Marcelo a su pregunta. Patricia repite él mientras anota no la habías nombrado. Nos encontramos, tomamos un café el primer día, almorzamos el siguiente y… Al tercero se fueron a la cama afirma él. Está ofuscado, no logra contenerse. Suerte que Ana María no puede verlo. Suerte que ya no tiene por qué contárselo a Ana María. Ya no es su control. Estoy perdiendo el control, piensa. Inspira hondo. Toma un vaso de agua. Al tercero no, pero no demasiado después aclara Marcelo; es de las pocas mujeres a las que el paso del tiempo ha favorecido; delgada, arreglada; recuerdo que Diana solía comentar cuánto se había abandonado, hijos mediante. ¿Cuántos tiene? Marcelo mira el piso. Seis informa segundos después seis varones. Separada, seis hijos medio hermanos de la tuya; te conseguiste una mujer bárbara; justo para ayudarte a solucionar tus problemas. El hombre lo mira con sorpresa. Me extralimité, decide él. Perdón pide. Será porque me imaginaba tu reacción que me costó contártelo. Él decide recuperar el rumbo. Se concentra en cada una de sus palabras. No volverá a equivocarse. ¿Por qué suponías mi reacción? No soy boludo, me doy cuenta de las complicaciones; pero ocurrió, simplemente ocurrió, ¿recordás el fugaz enredo con mi alumna? Feldman dice él orgulloso de sus neuronas. Marcelo parece impresionado. Sí, Feldman; más allá de la atracción sexual, estábamos en las antípodas. Es notable tu propensión a relacionarte con mujeres que pueden ocasionarte problemas; si mal no recuerdo Diana también había sido alumna tuya. Sí admite el hombre aunque fue complicado manejarlo, zafé. Solo de la ley afirma él. Pese a todo no me arrepiento de los años compartidos con Diana; te sonará estúpido, pero al lado de ella me sentía feliz. Él cabecea. Es un hombre difícil de roer, decide. Con Patricia retoma Marcelo me ocurre exactamente lo contrario que con Feldman, los dos pisamos el mismo terreno. Arenas movedizas acota él sonriendo. Marcelo también sonríe y la tensión entre ambos se disipa como por arte de magia. Más que arenas movedizas el polvo levantado por once pibes zapateando un malambo le sigue la broma Marcelo. ¿Once?, ¿tan rápido van las cosas que ya sumás los tantos? El hombre se queda en silencio un largo rato y luego mirándolo fijo a los ojos confiesa mucho me temo que estoy enamorado. Miedo asociado al amor; parece que lamentaras estar “enamorado” pronuncia con retintín. No estoy en condiciones de sufrir más dice con la voz firme. Ahora asociás el sufrimiento al amor. Es que cuando me enamoro me pierdo a mí mismo; hacen de mí lo que quieren. Eso sería suponer que el trabajo que hicimos fue inútil; cuando llegaste aquí no tenías registro de tu “necesidad” pronuncia con fuerza de ser manejado por una mujer; trabajamos fuerte la impronta del vínculo con tu madre, ¿por qué ahora una mujer te haría perderte a vos mismo? lo mira con intensidad yo confío en el trabajo que realizamos juntos. Marcelo sonríe, sobrador. Quiere decir que le das el visto bueno al posible malambo. Yo no dije eso él levanta ambas manos, las palmas hacia arriba, sonriente solo que dudo que, dado el proceso realizado, una mujer vuelva a hacerte hacer lo que realmente no querés. Patricia es extraordinaria comenta Marcelo una madraza; me maravilla oírla hablar de sus hijos. Él consulta el reloj, suficiente por hoy. Yo diría que en muchos de los dificilísimos momentos que te tocó atravesar con tus hijos un observador anónimo bien podría haberte calificado de padrazo comenta él mientras se incorpora. ¿De veras lo creés? pregunta Marcelo también levantándose. Y hay tanta ilusión en su mirada que Gustavo se conmueve.

 6 de noviembre

 



Marcelo se sienta y sonríe satisfecho. Ya lo inscribí a Fede en el jardín de infantes informa me saqué un verdadero peso de encima. ¿Tanto te preocupaba? pregunta él, sorprendido. No en sí que el nene fuera a la escuela, todavía es chiquito y en casa está muy estimulado; pero Matilde me volvía loco se muerde los labios cuando se le mete algo en la cabeza… ¿Tu hija entra en la categoría de mujeres que te obligan a hacer lo que no querés? Espero que no contesta el hombre además vos me dijiste que nuestro trabajo me “había curado” hace el gesto de comillas con ambas manos. Veo que me escuchaste con atención dice él, sonriendo. Marcelo ríe. El pez por la boca muere dice. Hoy derrochás buen humor comenta él. ¿Está mal? ¿Por qué habría de estarlo? ¡Porque me metí en un quilombo! ¿Cómo sigue el vínculo con Patricia? pregunta él. Progresando; ella ya les contó a los chicos que está saliendo con alguien; los pibes se lo tomaron bien. ¿Y vos? No tan bien, porque yo no puedo contarles; por eso te dije que estaba en un quilombo; si se entera Matilde le agarra un ataque. Gustavo se desanima, ¿la terapia le sirvió de algo a este hombre? ¿Le tenés que pedir permiso a tu hija para salir con una mujer? pregunta. Con cualquiera otra mujer, no; Matilde sabe muy bien quién es Patricia. ¿Y el resto de los chicos? No contesta Marcelo mirando el piso. ¿Agustina tampoco? Agustina tampoco repite el hombre. ¿No le contaron que Lorena no es tu hija biológica? Todavía no. En la última sesión antes de que tuviéramos que interrumpir dice él quedamos en que lo harías. Pero no lo hice informa el hombre. Y a menos que haya habido novedades esta semana tampoco se lo contaste a Patricia. Tampoco. Gustavo hace una prolongada pausa y luego pregunta ¿por qué? Marcelo también se toma un tiempo antes de contestar tengo miedo; Patricia se enojaría muchísimo. Y con razón, piensa él. ¿Cuánto tiempo más te parece que podrás ocultárselo? pregunta. Si no fuera por Matilde nunca se enteraría. Gustavo se está impacientando. Marcelo, parecés una criatura que se tapa la cara creyendo que así no lo verán; acá el problema no es que te descubran, sino que tanto tus cinco hijos como Patricia tienen derecho a saber la verdad; no se puede construir una vida sobre una mentira. Marcelo cruza ambas manos sobre su nuca y recuesta la espalda sobre el diván. Ya no estoy de buen humor dice. Él decide obviar el comentario y pregunta ¿considerás que tu relación con Patricia puede trascender? Creo que pese a todo, sí. Y si querés que esa relación trascienda, ¿hay alguna posibilidad de mantener a tus hijos al margen? Marcelo reflexiona unos segundos y luego contesta ninguna. ¿Hay chance de que Matilde al encontrarse con Patricia se transforme en tu cómplice y calle? Conociéndola a mi hija, chance cero. ¿Entonces? pregunta él abriendo ambos brazos. Marcelo, ahora, se cubre la cara con las manos. Estoy perdido dice yo me presenté a Patricia como un viudo afligido. Lo sos o lo eras le reconfirma él. El hombre menea la cabeza. Mientras ella me hablaba del abandono de su marido, de la infidelidad que nunca pudo comprobar pero de la cual estaba segura, yo quería que los marcianos me abdujeran; si callé en ese momento no puedo decírselo ahora. ¿Y cual es el Plan B? No lo tengo contesta Marcelo sin descubrirse. ¿Creés que Patricia está enamorada de vos? Me lo dijo ahora sí el hombre lo mira. ¿No debieras confiar en eso? No alcanza responde Marcelo con desaliento. Él mira el reloj: faltan unos minutos aún. Tendremos que encontrar la mejor manera en que puedas decírselo; lo trabajaremos la próxima. Al menos disfrutaré otra semana con ella; trataré de aprovecharla porque será la última dice Marcelo, sonriendo. Me alegra que hayas recuperado el buen humor comenta él, ya de pie.

 

Abre la heladera y se corta un trozo de queso. Hay vidas complicadas, piensa. Más complicadas que la mía, reformula. Cinco hijos y otros seis en standby. Marcelo también tuvo a Federico cuando las hijas mayores ya estaban grandes. Registra el también. Pobre hombre, reuniones de jardín de infantes a los cincuenta. Se lava las manos y se encamina al consultorio.

14 de noviembre 


Marcelo se sienta. No hice los deberes informa sonriendo mientras levanta ambas manos, las palmas hacia arriba. No te preocupes, quedamos en que lo trabajaríamos aquí dice él. Menos mal, me daba vergüenza enfrentarte. Marcelo Gustavo cabecea no se supone que debas contentarme; así como no debieras actuar tratando de contentar a Matilde o a la mujer de turno; ya analizamos bastante el costo que eso tuvo en tu relación con Diana; si vos no querés contarle nada a Patricia, nada le dirás; mi única intención es ayudarte a analizar los pros y los contras; la decisión es tuya. ¡Qué lástima! ríe el hombre sería buenísimo que fuera tuya así podría echarte la culpa cuando Patricia me deje. ¿Alguna novedad? pregunta él. Ayer insistió con que tiene ganas de ver a los chicos. ¿Qué le dijiste? Que me diera tiempo, que precisaba prepararlos de a poco; pero ella me explicó que tenía ganas de verlos no en función de nuestra relación sino en tanto hijos de su amiga; “vi crecer a las tres mayores”, me recordó, ¡como si yo no lo supiera!; estoy atrapado, Gustavo, fue una estupidez no contárselo de entrada; ahora estoy perdido. Él se plantea qué haría en su lugar, pero solo pregunta ¿entonces? La relación tiene fecha de vencimiento, lo único que puedo hacer es retrasarla. ¿No contándoselo? Sí, al menos podré disfrutar unas semanas o unos meses más, hasta que ella se canse de insistir en que la incorpore a mi vida. Gustavo lo mira y se queda unos segundos en silencio. Lo que no estás evaluando dice al fin es el costo emocional para Patricia. ¿Cómo? Patricia es una mujer que salió muy lastimada de su matrimonio; me imaginó que le debe de haber resultado complicado confiar otra vez en un hombre. Sí le confirma él soy el primero con el que se relacionó desde que se divorció, hace ya más de ocho años; la puta digo, hasta me presentó a sus hijos, soy un boludo, no debería haberme prestado. ¿Por qué aceptaste? Porque la quiero con todo lo que puebla su vida; además tenía ganas de ver a los chicos. Vos también los conocés desde que nacieron. Sí admite el hombre eran muy amigos de las nuestras; están enormes; los mayores son unos muchachos espléndidos. Evidentemente no sos para Patricia uno más; si vos no le decís la verdad adjudicará a tu reticencia la falta de cariño; quizá, dada su historia, hasta a la presencia de otra mujer. ¡No me psicopatees! exclama Marcelo. Tiene razón, piensa él, me excedí. Tenés razón admite la salud emocional de Patricia no es de mi incumbencia; mi paciente sos vos. Deberá acceder por otro lado, evalúa. Se sirve un vaso de agua y se toma unos segundos antes de plantear ¿qué habrías hecho vos si Diana te hubiera blanqueado su infidelidad? ¡Qué pregunta tramposa!; me lo planteé muchas veces dice Marcelo y luego calla. ¿A qué conclusión llegaste? Yo la hubiera perdonado, pero solo porque la quería tanto que habría sido incapaz de prescindir de ella. ¿Hubieses aceptado hacerte cargo de Lorena? Sí, claro; ya sabés, soy un cobarde. Hacerse cargo de la criatura de otro hombre no es de cobardes sino de valientes. Marcelo lo mira con interés. ¿De veras te parece? Sí contesta él, rotundo sos muy valiente criándola como si fuera tu hija. Es mi hija lo corrige el hombre y luego inquiere ¿por qué me hiciste esa pregunta? Para mostrarte que a veces el amor es indulgente, aunque sea por propio beneficio responde mientras se incorpora. Te veo el próximo miércoles indica. Ya en el palier Marcelo comenta no te prometo nada, pero voy a intentarlo. Él le sonríe. Desde el ascensor el hombre dice gracias, Gustavo, muchas gracias.

 21 de noviembre

Marcelo entra, se desmorona en el diván y permanece en silencio. ¿Querés agua? ofrece Gustavo. ¿Tendrías un café? pide el hombre. Él, desconcertado, asiente, se dirige a la cocina y prepara la Volturno. Desde allí pregunta, alzando la voz ¿azúcar, leche? Dos cucharaditas de azúcar es la respuesta. Minutos después regresa con dos tazas humeantes. Te agradezco dice Marcelo sin combustible no funciono. Ya me siento mejor informa luego, el pocillo vacío, y como calla Gustavo pregunta ¿te pasó algo? La topadora por encima. ¿Querés contarme? Anoche hablé con Patricia; estaba cenando con ella en un restaurante y me llamó Matilde; me preguntó dónde estaba y le respondí que con Fernando; cuando corté Patricia, que no tiene un pelo de tonta, me preguntó por qué le mentía; iba a inventar algo cuando me acordé de vos por primera vez sonríe entonces, sin anestesia y con detalles, le hablé de la existencia de Lorena. Marcelo se interrumpe y, ahora sí, se sirve agua. La toma con fruición. Como no sigue hablando Gustavo pregunta ¿cómo se lo tomó? La cara se le iba desarmando minuto a minuto, pero no pronunció una palabra; cuando terminé dijo que no estaba en condiciones de hablar y me pidió que la alcanzara a su casa; fuimos en el auto en absoluto silencio; se bajó sin saludar y es lo último que supe de ella. Se restriega la cara con ambas manos. No pegué un ojo informa qué cara tendría esta mañana que, cuando las llevé como siempre al colegio, Matilde me preguntó si me pasaba algo; yo negué, por supuesto, pero cuando se bajó del coche sentenció “vos anoche no estabas con Fernando”; Agustina, pobre, miraba sin entender nada. ¿Qué pensás hacer? inquiere él. Creo que dejaré pasar un par de días antes de intentar comunicarme responde Marcelo. Seguramente Patricia necesitará tiempo para procesar tanta información concuerda él. Reflexiona unos segundos y luego agrega me parece que hay otros dos frentes pendientes. ¿A qué te referís? Matilde y Agustina responde él. Demasiado para mí; no quiero volver a casa porque sé que Matilde me acribillará a preguntas y qué sentido tiene contarle cuando seguramente Patricia no querrá volver a verme dice Marcelo y se agarra la cabeza con ambas manos. Te falta Agustina le recuerda él. Le diré que es un asunto entre Matilde y yo. No me refiero al episodio del auto le aclara él. ¿A qué entonces? A la identidad de Lorena. En este momento Agustina es el menor de mis problemas. ¿Cuál sería el motivo del alejamiento de Patricia?, ¿lo que ocurrió o que se lo ocultaras? Que no se lo contara, obvio. Él se toma unos segundos antes de plantear ¿qué puede llegar a sentir Agustina cuando, la verdad siempre termina sabiéndose, se entere de un secreto que Matilde sí compartía?, ¿no contemplás el riesgo de que eso genere un quiebre no solo con vos sino también entre ambas hermanas? Marcelo lo mira muy serio. Vos pretendés demasiado de mí, Gustavo. Él se plantea si está dirigiendo la terapia en la dirección correcta; quizá se excedió. Solo intento alertarte, por supuesto que las decisiones y los tiempos son tuyos. Luego de una larga pausa Marcelo dice tenés razón, mi cobardía me costó perder a Patricia; no debiera sumarle la pérdida de mis hijas; cuando me reponga de esta me ocuparé de ellas, son dos chicas de oro, se lo merecen; ¡suerte que no sumaste a Sofía! exclama por fin sonriendo. Ya llegará el momento dice él tiempo al tiempo. ¿Querés que te confiese algo? propone Marcelo luego de beber agua de algún modo estoy aliviado; la tensión de ir prolongando la catástrofe era insostenible; ya está, lo que tenga que ocurrir ocurrirá, no se puede frenar el mundo con una mano. Gustavo sonríe complacido. Marcelo se incorpora. Me voy informa tengo una reunión de trabajo importante a las ocho, veré si puedo dormir un ratito antes. Te veo el miércoles dice Gustavo ya de pie. Cuando lo despide en el ascensor le palmea el brazo y le desea suerte. ¿En la reunión? pregunta Marcelo sonriendo. En la vida es su respuesta.

 

Estoy de buen humor, dice por segunda vez en el día y decide olvidarse de qué lo corrió de ese estado la primera. Está por prepararse un café cuando decide que se merece uno en Sigi. Pasa un trapo por la mesa, acomoda los almohadones, cierra la cortina y apaga las luces. Otro miércoles, se dice satisfecho.

 

28 de noviembre
 


Marcelo entra y se deja caer sobre el diván. Estuve a punto de no venir informa. ¿Por qué? inquiere Gustavo. Pasé una noche horrible y recién casi me quedo dormido en el auto. Él le ofrece un vaso de agua que el hombre no acepta; luego de evaluarlo, no quiere que se transforme en una costumbre, pregunta ¿querés un café? No me animaba a pedirte contesta, sonriendo. Él va a la cocina, pone la cafetera al fuego y regresa al consultorio. Demorará unos minutos anuncia y propone ¿querés darme al menos los títulos de las novedades? Ayer me encontré con Patricia informa Marcelo. El silbido de la cafetera hace que él se incorpore. Regresa luego con dos tazas. Le puse azúcar comunica dos cucharaditas. Tenés buena memoria dice riendo y luego agrega demasiada para mi gusto, a veces. ¿Provocaste vos el encuentro?  pregunta él mientras revuelve su pocillo. No, el lunes  ella me escribió diciéndome que precisaba hablar conmigo; quedamos en vernos al día siguiente, luego de la cena, cerca de su casa; allí fui, con la cola entre las patas, con pocas expectativas porque el tono de sus mensajes había sido seco, cortante, nada que ver con los anteriores; cuando llegué ella ya estaba; en cuanto le vi la cara comprobé que no me había equivocado, no parecía la misma; le pregunté cómo estaba y me contestó que muy mal; todavía no le entraba en la cabeza que yo hubiera podido mentirle tan descaradamente, esa palabra usó; intenté defenderme sin éxito; solo cuando le expliqué que mi error había sido no decírselo al empezar, porque ni me imaginaba que entre nosotros pudiera construirse algo, se distendió un poco; los ojos se le llenaron de lágrimas; intenté tomarle las manos pero las retiró; me dijo que lo nuestro estaba terminado pero que había otro tema pendiente; Lorena era la hermana de sus hijos y en algún momento tendría que decírselo, “porque yo no oculto como vos”, me aclaró, y deberían conocerla; ¡la que me faltaba!, yo quería tomarme un buque y huir; no sé si te conté que me enteré de que Alberto, el padre de Lorena, vive en Estados Unidos; pensé que con eso tenía un problema solucionado pero parece que no, la identidad de Lorena me involucra a mí, a Patricia, a mis hijos y a los de ella; te dije que era una mina para quilombos; le conté que solo Matilde estaba al tanto del tema, que necesitaba tiempo para arreglar la situación con mis propios hijos antes de encarar la de sus hijos; ahí aflojó un poco, me preguntó cómo lo había tomado Matilde, cuánto sabía Lorena y me alertó sobre el riesgo de mantener a Agustina al margen; “no te lo va a perdonar”, sentenció, casi me parecía estar escuchándote Marcelo intenta sonreír ¿sabés, Gustavo?, a medida que conversábamos sobre nuestros respectivos hijos tuve la certeza de que ella era la mujer que yo precisaba, no sé cómo explicártelo, enojada y todo derrama dulzura; era la mujer que precisaban mis hijos se endereza en el diván y apoya los brazos en los muslos no la puedo perder, Gustavo, la voy a pelear; este no es el momento, obvio, pero intentaré que me perdone; la quiero, la necesito afirma y ahora se agarra la cabeza con ambas manos. Como se instala el silencio él pregunta ¿en qué quedaron? En nada concreto, nos despedimos con un “nos vemos”. ¿Patricia planteó la necesidad de contárselo a Alberto? Aún no, pero no me extrañaría que fuera otro de sus estandartes; por lo poco que dijo con respecto a él en el tiempo que estuvimos juntos, sé que ha sido un padre bastante ausente; ve a los chicos solo un par de veces al año, aunque sí se ocupa de que no les falte nada económicamente; está en pareja hace unos años con una mujer; esperemos que no le dé por tener un hijo, lo único que faltaría para completar el panorama. Otro para aumentar la polvareda del malambo le recuerda él. Ambos ríen. ¿Seguirás los consejos de Patricia? le pregunta él. ¿Cómo?, ¡ah! exclama Marcelo vos siempre llevás agua para tu molino; sí, en algún momento tendré que contárselo a Agustina; además, quizás eso la ablande a Patricia… Vos tampoco das puntada sin hilo le devuelve Gustavo el dicho. Ríen nuevamente. Vos tenés hijos, ¿no? le pregunta intempestivamente Marcelo. Dos responde él. Ese sí que es un número razonable comenta el hombre. Viene un tercero en camino cuenta él. Bienvenido al gremio de las familias numerosas dice Marcelo y luego agrega no hay caso, los seres humanos nacimos para complicarnos la vida; aunque hay que reconocer que con varios hijos nunca hay chance de aburrirse. Ríen.

5 de diciembre



Marcelo le tiende la mano en el palier. Gustavo lo mira sorprendido. Felicitame dice el hombre, entrando. Él cierra la puerta. ¿Por qué? pregunta. Hablé con Agustina cuenta Marcelo ya sentado. Él va a responderle cuando el hombre pregunta ¿no me merezco un café? Gustavo sonríe y va hacia la cocina. Sí, ya se ha convertido en un hábito. Hábito del cual él también disfruta. Cuando regresa con las dos tazas, Marcelo ya se incorporó y mira por la ventana. Hermosa vista tenés, nunca había reparado. Mientras deja la bandeja sobre la mesita, Gustavo piensa que sí, dan ganas de dejarse caer sobre el colchón tejido de vereda a vereda por las copas de los jacarandás. Por eso eligió ese departamento a pesar de la opinión de su padre, proveedor del dinero para la compra. Le tiende un pocillo a Marcelo y toma otro. Está rico, bien caliente. Está rico le pone voz a sus pensamientos el hombre muchas gracias y luego sonriendo comenta en casa nunca me preparé un café, siempre me llega de manos de mis mujeres, Ramona, las chicas, antes Diana. Gustavo espera, pero la euforia de Marcelo parece haberse evaporado. Sostiene su taza, circunspecto.  En realidad, no tengo nada que festejar; la conversación con Agustina fue durísima. Contame pide él. Las estaba llevando al colegio cuando Agustina comentó que estaba preocupada porque Lorena tenía muchas pesadillas y pescó una mirada de inteligencia entre Matilde y yo; dijo que estaba harta de que a ella la dejáramos al margen de todo; que no era tonta, que se daba cuenta de que nosotros teníamos “un secreto”, esas palabras usó exactamente; entonces comprendí que había llegado la hora, que no había tiempo para más postergaciones y le prometí que esa noche conversaríamos los tres; “te tomo la palabra” dijo; en ese momento dudé, quizá no debería haberla involucrado a Matilde en la charla; tal vez era algo que solo a mí me competía, pero lo hecho, hecho estaba; después de cenar, los más chicos ya acostados, Agustina me trajo  un café, se acercó Matilde y, los tres instalados en lo sillones, bajó la cuchilla del patíbulo; y ahí le conté todo desde el principio; las clases de biología de Matilde, las leyes de Mendel, las dudas de Matilde, los análisis de sangre y el descubrimiento de que yo no era el padre biológico de Lorena; la primera reacción de Agustina, como vos me lo anticipaste, fue enojarse con Matilde; “siempre nos contamos todo”, le reprochaba; yo le aclaré que el responsable había sido yo, que le había pedido a Matilde que lo mantuviera en secreto; cuando me preguntó por qué, le dije que como ella había sido la más cercana a la madre, no quería que se le ensombreciera su imagen; ahí parece que recién cayó; “mamá te engañó”, dijo y empezó a sollozar; quise abrazarla pero me rechazó y también rechazó los intentos de su hermana por consolarla; cuando se tranquilizó, preguntó si Lorena lo sabía; Matilde le contó que la nena había escuchado una conversación; “por eso, pobrecita, estuvo tanto tiempo enferma”, dijo, “por eso las pesadillas de ahora”; me preguntó luego si sabía quién era el padre; no quise mentirle, Gustavo, así que le contesté que sí, que se lo diría a Lorena cuando llegara el momento apropiado; Agustina lloraba, Matilde, lo que nunca, también lloraba; yo hice esfuerzos por contenerme; Agustina es un ángel, Gustavo, con qué derecho yo le producía ese dolor cuenta el hombre, se aprieta las sienes con ambas manos y luego calla. Con el derecho, más que con el derecho con el deber, de decirle la verdad; conocer la identidad de una hermana no es negociable. Como Marcelo sigue callado, él pregunta ¿cómo quedó todo? Esto ocurrió anoche; hoy las llevé al colegio, pero nadie dijo nada; los tres en el auto en absoluto silencio; el miércoles próximo te cuento. Contame ahora, al menos, cómo te quedaste vos. Qué decirte; un poco como con el tema de Patricia, estoy aliviado con la confesión; era una piedra colgada del cuello. Sí, merecés que te felicite, Marcelo retoma la frase inicial de la sesión estás reubicando todas las piezas en el tablero en su lugar correcto; fuiste muy valiente. Odio hacer sufrir a las mujeres que quiero dice. Los engaños son heridas abiertas; la verdad es como un desinfectante, arde al ponerlo pero evita que esas heridas se infecten, porque más tarde o más temprano, se van a infectar. Marcelo menea la cabeza. Habrá que esperar que pase la tormenta dice. Confío en que, en algún momento, saldrá el sol comenta Gustavo incorporándose. Marcelo lo imita

12 de diciembre




Cuando escucha el timbre, el agua ya hierve. Gustavo baja el fuego y acude a atender. Marcelo le da la mano y entra al consultorio. Voy a buscar el café informa él. Veo que me estabas esperando replica el hombre y agrega da gusto venir aquí. Él sonríe complacido y se dirige a la cocina de la cual regresa, minutos después, con ambas tazas que deposita sobre la mesita. Estuve con Patricia informa Manuel, pocillo en mano. Te escucho. Le propuse encontrarnos y se resistió hasta que le dije que tenía que comentarle algo sobre mis hijas; anteanoche tomamos un café en la esquina de su casa; se había arreglado, pensé que eso era un buen indicador; tenía mejor cara; le conté que había hablado con Agustina y le agradecí el “empujón” hace gesto de comillas con las manos que ella me había dado; me pedía detalles y más detalles sobre la reacción de Agustina y también sobre cómo lo había llevado Matilde; me pareció estar hablando con ella como antes; “¿Agustina te perdonó?”, me preguntó; me hubiera gustado decirle que sí, porque quizás eso ayudaría a su propia absolución pero no me quedo más remedio que contarle, de paso te lo cuento también a vos, que hace una semana que Agustina casi no me habla, casi no habla, parece un fantasma; no sé qué hacer concluye Marcelo pasándose las palmas de las manos por el rostro. Vamos por partes intenta él organizar el relato termina de contarme de Patricia. El hombre se descubre la cara. No sé qué decirte; al menos aceptó el encuentro; parecía interesada por mis hijas, si yo ya no le importara, menos aún tendrían que importarle ellas; insistió con que en algún momento debería contarles a sus propios hijos de la existencia de Lorena, yo me quedé callado; después recibió un mensaje y dijo que se tenía que ir; en el momento de despedirnos, me felicitó por haberme atrevido a blanquear la situación con Agustina; beso en la mejilla y eso fue todo; no quedamos en nada. ¿Y cómo te quedaste vos? Marcelo se toma unos segundos, luego responde esperanzado y calla. Vocablo interesante solo acota él. Quizá me monto en la esperanza para poder transitar este nuevo duelo; me llevó un año empezar a remontar el de Diana, no estoy en condiciones de asumir que otra vez perdí a una mujer amada. ¿Tan seguro estás de tu amor a Patricia?, ¿no será un intento desesperado de llenar tu soledad?  El hombre menea la cabeza. La quiero, Gustavo; pocas veces en mis cincuenta y dos años tuve la certeza de haberme enamorado; mi primera noviecita, décadas después Diana y ahora, Patricia. ¿Feldman? Marcelo sonríe. Esa chica fue solo un salvavidas en mis horas más negras; no dejó rastros en mí. ¿Qué pensás hacer? No sé responde el hombre, ahora serio las mujeres siempre se acercaron a mí, armaron el vínculo; nunca necesité desplegar estrategias para seducirlas; no quiero parecer engreído, pero el seducido, en los muchos otros vínculos intrascendentes que tuve, también fui yo; no sé cómo actuar. Gustavo sonríe. Interesante repite el adjetivo prueba a la que te somete el ¿destino?; pasados los cincuenta deberás descubrir la manera de lograr, activamente, recuperar, en este caso, un lazo perdido; solés ponerte en un lugar pasivo, las cosas te suceden, vos no tenés responsabilidad, creo que llegó la hora de que te conviertas, y es justo reconocer que empezás a hacerlo, como protagonista de tu vida; seguramente has desplegado en estos años recursos, de los que no sos consciente, que te permitieron ser el buscado, el conducido;  deberás ahora, desplegar otro tipo de recursos. Marcelo resopla. Ya tengo suficiente trabajo como para tener que trabajar también en esto dice, sonriente. Crecer es laborioso acota él y mira el reloj. No quisiera que terminara la sesión sin que habláramos de Agustina dice. Marcelo resopla nuevamente. No sé qué hacer con ella dice. Otros recursos que deberás desplegar y conste que has hecho notables avances en tu rol paterno. No alcanzan; mis hijos cada día me proponen un nuevo desafío. Volvamos a Agustina. Está tan triste que me estruja el alma saber que es por mi culpa. A ver, a ver…; en este caso tu única culpa es haber retenido la información; no sos directamente responsable de lo ocurrido; por eso confío en que tu hija terminará comprendiéndolo; es más sencillo estar enojada con vos que con la memoria de su madre. Marcelo asiente con la cabeza. No lo había pensado así; quizá tengas razón. ¿También sigue enojada con Matilde? Matilde no me dijo nada, pero me da la sensación de que están distantes; menos intercambio en el auto, en la cena. Quizás es una buena oportunidad para que intentes acercarte a Matilde, conversar. ¡Todas tareas fáciles me proponés!, ¡Matilde es una fiera! Gustavo levanta ambas palmas. Y a las fieras se las suele amansar con cariño comenta. A falta de una, tengo tres mujeres a reconquistar. Confío en tus incipientes recursos dice incorporándose. Marcelo también se levanta. Ya en el palier se despide con un gracias por tu confianza.

 


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