Sesiones de Marcelo

 

2018

 24 de octubre

 


Gustavo observa a Marcelo. Bien le gustaría a él tener ese aspecto a los cincuenta y tantos. Le recuerda al actor de la serie que está viendo. ¿Cómo se llama la serie?, ¿cómo el actor? ¿Cómo estás tanto tiempo? le pregunta el hombre. Él parpadea. ¿Cómo estás vos? repregunta. Si regreso es porque no muy bien. Contame propone él, abriendo los brazos. No sé por dónde empezar, demasiados frentes. ¿Cinco? sugiere él, aludiendo al número de hijos. Seis, contándome. Marcelo se arrellana en el sillón. No sé cuánto te acordás de lo que trabajamos pregunta mirándolo con fijeza. Todo Gustavo sonríe estudié la lección. Marcelo también sonríe. Por eso te esperé, no tenía energía para empezar de nuevo desde que era chiquito; ni energía ni tiempo, las papas queman. ¿Qué está pasando? No sé por dónde empezar repite Matilde y Agustina siguen con sus noviecitos; espero que no me hagan pronto abuelo. ¿Hablaste con ellas al respecto? pregunta él. Marcelo baja la cabeza. Sabés como es Matilde, me va a sacar arando; quizá hasta me dicte cátedra sobre el control de la natalidad, siempre sabe de todo; además, yo no soy el más indicado para aconsejarlas al respecto. ¿Por qué lo decís? Al menos dos de mis hijos no fueron buscados sin contar que una ni siquiera es hija mía. Gustavo busca el respaldo del sillón antes de comentar seguramente tus hijas, más allá de los detalles técnicos, precisan apoyo emocional; no es fácil transitar esta edad sin tener mamá. Marcelo cabecea. A esta altura dudo de que Diana hubiera podido acompañarlas; a medida que voy charlando con mis hijas más me entero de facetas de ella que desconocía se oprime las sienes te aseguro que no sé con qué mujer estuve casado durante dieciséis años, ¿Aprendiste algo de esta incertidumbre? No te entiendo. Si durante años ocurrieron tantas cosas a tu alrededor que no percibiste, ¿a qué lo atribuís? ¿A que Diana era una excelente impostora? repregunta el hombre. ¿O a que tenés poco desarrollada la observación de los otros?; durante esos dieciséis años, ¿miraste alguna vez a tus hijos con atención?, ¿no descubriste en ellos signos de la indiferencia materna? Marcelo se agarra la cabeza con ambas manos. No sé dónde estaba yo mientras mi vida transcurría. Gustavo calla hasta que el hombre levanta la mirada y luego dice lo importante es que dejes de estar en ese lugar, que intentes observar a tus hijos como vimos que a vos no te observaron; tus hijos, permanentemente, te tenderán hilos para que te conectes a ellos; solo se trata de estar atento; ellos serán tus maestros. Lorena sí que me tira hilos, en cuanto me tiene a tiro no se me despega; es un abrojo; a veces me agobia. Quizá por no ser tu hija biológica necesita reforzar la cercanía; no debe ser fácil saberse la distinta. Para mí es igual que todos replica Marcelo con energía. Tal vez ese ser igual es insuficiente para ella. Quizás es poco para todos admite el hombre pero no me da el cuerpo para sobrellevar esta vida; ¡quisiera mandarme mudar! Pero no te lo permitís. ¿Cómo dejarlos solos?, no tienen absolutamente a nadie, Diana se ocupó de alejarlos de todos. Gustavo intenta hacer memoria. Ramona, sí, Ramona. ¿Ramona sigue trabajando en tu casa? ¡Sí!, si ella se va me suicido; lo operativo está resuelto; además, las mayores son dos joyas, dos mujercitas; si vieras cómo se hacen cargo de sus hermanos. No deberían hacerlo acota él. Lo mismo me dice el pediatra, pero ninguno se pone en mis zapatos; tengo ya cincuenta y cinco años y estoy solo con cinco pibes. No estás solo lo corrige él estás con ellos. Marcelo hace un gesto de fastidio y continúa Fede todavía no tiene tres; tendría que ocuparme de conseguirle vacante para el jardín para el año próximo. Es buen indicador que hayas pensado en eso. Marcelo baja la vista. En realidad Matilde me alertó cuenta ya estuvo averiguando en un colegio cercano. Tiene solo dieciséis años le recuerda él la escolaridad de su hermanito no debería ser un problema para ella. Marcelo resopla, se lo ve irritado. ¿Qué sugerís?, ¿que me case de nuevo? La madre del borrego, piensa él y le pregunta ¿conociste a alguien? Marcelo permanece callado. ¿Y? insiste él. Me pescaste contesta el hombre, sonriendo por primera vez. Suena el portero eléctrico. Me salvó el gong. Hoy nos pusimos al día comenta él la próxima trabajaremos fuerte. Necesito descanso, no trabajo objeta Marcelo incorporándose.

 

Gustavo cierra la puerta y se recuesta en el diván. se queda reflexionando. ¿Está él atento a lo que sucede a su alrededor? La enfermedad de su padre lo tuvo absorbido. ¿Cuánto hace que no charla con Nacho?, ¿cuánto que no merienda con Martina? Basta de retarme, se dice, lo importante es que retomé el consultorio.

31 de octubre



En cuanto ve a Marcelo acomodado Gustavo arranca ¿quién es ella? El hombre ríe. Creí que te habrías olvidado dice. Yo no me olvido de nada afirma él, con una amplia sonrisa. Marcelo, las manos juntas entre las rodillas, la espalda ligeramente inclinada, confiesa es una mina para más quilombo.  Él lo mira sorprendido y como Marcelo calla pregunta ¿por qué? La vista en el piso Marcelo informa fue la mejor amiga de Diana, la exmujer del padre de Lorena. Sí, es una mina para quilombo, piensa él y después se acuerda de Cecilia. Todas las minas son para quilombo. Se lleva instintivamente la mano hacia el pecho. Me contacté con ella intentando conseguir datos de Alberto, el ex. ¿Ella sabía de la nena? No, y sigue sin saberlo se descubre la cara y lo mira te dije que me había metido en un quilombo. Quilombo que obviaste toda la sesión anterior comenta él fastidiado, me hace perder el tiempo, piensa. Para hablarte de otros quilombos replica Marcelo, airado. Está con poca paciencia, registra él y luego se dice: pero yo también. Cecilia. Siente una opresión entre las costillas. Contame en qué anda tu vínculo con… Patricia se adelanta Marcelo a su pregunta. Patricia repite él mientras anota no la habías nombrado. Nos encontramos, tomamos un café el primer día, almorzamos el siguiente y… Al tercero se fueron a la cama afirma él. Está ofuscado, no logra contenerse. Suerte que Ana María no puede verlo. Suerte que ya no tiene por qué contárselo a Ana María. Ya no es su control. Estoy perdiendo el control, piensa. Inspira hondo. Toma un vaso de agua. Al tercero no, pero no demasiado después aclara Marcelo; es de las pocas mujeres a las que el paso del tiempo ha favorecido; delgada, arreglada; recuerdo que Diana solía comentar cuánto se había abandonado, hijos mediante. ¿Cuántos tiene? Marcelo mira el piso. Seis informa segundos después seis varones. Separada, seis hijos medio hermanos de la tuya; te conseguiste una mujer bárbara; justo para ayudarte a solucionar tus problemas. El hombre lo mira con sorpresa. Me extralimité, decide él. Perdón pide. Será porque me imaginaba tu reacción que me costó contártelo. Él decide recuperar el rumbo. Se concentra en cada una de sus palabras. No volverá a equivocarse. ¿Por qué suponías mi reacción? No soy boludo, me doy cuenta de las complicaciones; pero ocurrió, simplemente ocurrió, ¿recordás el fugaz enredo con mi alumna? Feldman dice él orgulloso de sus neuronas. Marcelo parece impresionado. Sí, Feldman; más allá de la atracción sexual, estábamos en las antípodas. Es notable tu propensión a relacionarte con mujeres que pueden ocasionarte problemas; si mal no recuerdo Diana también había sido alumna tuya. Sí admite el hombre aunque fue complicado manejarlo, zafé. Solo de la ley afirma él. Pese a todo no me arrepiento de los años compartidos con Diana; te sonará estúpido, pero al lado de ella me sentía feliz. Él cabecea. Es un hombre difícil de roer, decide. Con Patricia retoma Marcelo me ocurre exactamente lo contrario que con Feldman, los dos pisamos el mismo terreno. Arenas movedizas acota él sonriendo. Marcelo también sonríe y la tensión entre ambos se disipa como por arte de magia. Más que arenas movedizas el polvo levantado por once pibes zapateando un malambo le sigue la broma Marcelo. ¿Once?, ¿tan rápido van las cosas que ya sumás los tantos? El hombre se queda en silencio un largo rato y luego mirándolo fijo a los ojos confiesa mucho me temo que estoy enamorado. Miedo asociado al amor; parece que lamentaras estar “enamorado” pronuncia con retintín. No estoy en condiciones de sufrir más dice con la voz firme. Ahora asociás el sufrimiento al amor. Es que cuando me enamoro me pierdo a mí mismo; hacen de mí lo que quieren. Eso sería suponer que el trabajo que hicimos fue inútil; cuando llegaste aquí no tenías registro de tu “necesidad” pronuncia con fuerza de ser manejado por una mujer; trabajamos fuerte la impronta del vínculo con tu madre, ¿por qué ahora una mujer te haría perderte a vos mismo? lo mira con intensidad yo confío en el trabajo que realizamos juntos. Marcelo sonríe, sobrador. Quiere decir que le das el visto bueno al posible malambo. Yo no dije eso él levanta ambas manos, las palmas hacia arriba, sonriente solo que dudo que, dado el proceso realizado, una mujer vuelva a hacerte hacer lo que realmente no querés. Patricia es extraordinaria comenta Marcelo una madraza; me maravilla oírla hablar de sus hijos. Él consulta el reloj, suficiente por hoy. Yo diría que en muchos de los dificilísimos momentos que te tocó atravesar con tus hijos un observador anónimo bien podría haberte calificado de padrazo comenta él mientras se incorpora. ¿De veras lo creés? pregunta Marcelo también levantándose. Y hay tanta ilusión en su mirada que Gustavo se conmueve.

 6 de noviembre

 



Marcelo se sienta y sonríe satisfecho. Ya lo inscribí a Fede en el jardín de infantes informa me saqué un verdadero peso de encima. ¿Tanto te preocupaba? pregunta él, sorprendido. No en sí que el nene fuera a la escuela, todavía es chiquito y en casa está muy estimulado; pero Matilde me volvía loco se muerde los labios cuando se le mete algo en la cabeza… ¿Tu hija entra en la categoría de mujeres que te obligan a hacer lo que no querés? Espero que no contesta el hombre además vos me dijiste que nuestro trabajo me “había curado” hace el gesto de comillas con ambas manos. Veo que me escuchaste con atención dice él, sonriendo. Marcelo ríe. El pez por la boca muere dice. Hoy derrochás buen humor comenta él. ¿Está mal? ¿Por qué habría de estarlo? ¡Porque me metí en un quilombo! ¿Cómo sigue el vínculo con Patricia? pregunta él. Progresando; ella ya les contó a los chicos que está saliendo con alguien; los pibes se lo tomaron bien. ¿Y vos? No tan bien, porque yo no puedo contarles; por eso te dije que estaba en un quilombo; si se entera Matilde le agarra un ataque. Gustavo se desanima, ¿la terapia le sirvió de algo a este hombre? ¿Le tenés que pedir permiso a tu hija para salir con una mujer? pregunta. Con cualquiera otra mujer, no; Matilde sabe muy bien quién es Patricia. ¿Y el resto de los chicos? No contesta Marcelo mirando el piso. ¿Agustina tampoco? Agustina tampoco repite el hombre. ¿No le contaron que Lorena no es tu hija biológica? Todavía no. En la última sesión antes de que tuviéramos que interrumpir dice él quedamos en que lo harías. Pero no lo hice informa el hombre. Y a menos que haya habido novedades esta semana tampoco se lo contaste a Patricia. Tampoco. Gustavo hace una prolongada pausa y luego pregunta ¿por qué? Marcelo también se toma un tiempo antes de contestar tengo miedo; Patricia se enojaría muchísimo. Y con razón, piensa él. ¿Cuánto tiempo más te parece que podrás ocultárselo? pregunta. Si no fuera por Matilde nunca se enteraría. Gustavo se está impacientando. Marcelo, parecés una criatura que se tapa la cara creyendo que así no lo verán; acá el problema no es que te descubran, sino que tanto tus cinco hijos como Patricia tienen derecho a saber la verdad; no se puede construir una vida sobre una mentira. Marcelo cruza ambas manos sobre su nuca y recuesta la espalda sobre el diván. Ya no estoy de buen humor dice. Él decide obviar el comentario y pregunta ¿considerás que tu relación con Patricia puede trascender? Creo que pese a todo, sí. Y si querés que esa relación trascienda, ¿hay alguna posibilidad de mantener a tus hijos al margen? Marcelo reflexiona unos segundos y luego contesta ninguna. ¿Hay chance de que Matilde al encontrarse con Patricia se transforme en tu cómplice y calle? Conociéndola a mi hija, chance cero. ¿Entonces? pregunta él abriendo ambos brazos. Marcelo, ahora, se cubre la cara con las manos. Estoy perdido dice yo me presenté a Patricia como un viudo afligido. Lo sos o lo eras le reconfirma él. El hombre menea la cabeza. Mientras ella me hablaba del abandono de su marido, de la infidelidad que nunca pudo comprobar pero de la cual estaba segura, yo quería que los marcianos me abdujeran; si callé en ese momento no puedo decírselo ahora. ¿Y cual es el Plan B? No lo tengo contesta Marcelo sin descubrirse. ¿Creés que Patricia está enamorada de vos? Me lo dijo ahora sí el hombre lo mira. ¿No debieras confiar en eso? No alcanza responde Marcelo con desaliento. Él mira el reloj: faltan unos minutos aún. Tendremos que encontrar la mejor manera en que puedas decírselo; lo trabajaremos la próxima. Al menos disfrutaré otra semana con ella; trataré de aprovecharla porque será la última dice Marcelo, sonriendo. Me alegra que hayas recuperado el buen humor comenta él, ya de pie.

 

Abre la heladera y se corta un trozo de queso. Hay vidas complicadas, piensa. Más complicadas que la mía, reformula. Cinco hijos y otros seis en standby. Marcelo también tuvo a Federico cuando las hijas mayores ya estaban grandes. Registra el también. Pobre hombre, reuniones de jardín de infantes a los cincuenta. Se lava las manos y se encamina al consultorio.

14 de noviembre 


Marcelo se sienta. No hice los deberes informa sonriendo mientras levanta ambas manos, las palmas hacia arriba. No te preocupes, quedamos en que lo trabajaríamos aquí dice él. Menos mal, me daba vergüenza enfrentarte. Marcelo Gustavo cabecea no se supone que debas contentarme; así como no debieras actuar tratando de contentar a Matilde o a la mujer de turno; ya analizamos bastante el costo que eso tuvo en tu relación con Diana; si vos no querés contarle nada a Patricia, nada le dirás; mi única intención es ayudarte a analizar los pros y los contras; la decisión es tuya. ¡Qué lástima! ríe el hombre sería buenísimo que fuera tuya así podría echarte la culpa cuando Patricia me deje. ¿Alguna novedad? pregunta él. Ayer insistió con que tiene ganas de ver a los chicos. ¿Qué le dijiste? Que me diera tiempo, que precisaba prepararlos de a poco; pero ella me explicó que tenía ganas de verlos no en función de nuestra relación sino en tanto hijos de su amiga; “vi crecer a las tres mayores”, me recordó, ¡como si yo no lo supiera!; estoy atrapado, Gustavo, fue una estupidez no contárselo de entrada; ahora estoy perdido. Él se plantea qué haría en su lugar, pero solo pregunta ¿entonces? La relación tiene fecha de vencimiento, lo único que puedo hacer es retrasarla. ¿No contándoselo? Sí, al menos podré disfrutar unas semanas o unos meses más, hasta que ella se canse de insistir en que la incorpore a mi vida. Gustavo lo mira y se queda unos segundos en silencio. Lo que no estás evaluando dice al fin es el costo emocional para Patricia. ¿Cómo? Patricia es una mujer que salió muy lastimada de su matrimonio; me imaginó que le debe de haber resultado complicado confiar otra vez en un hombre. Sí le confirma él soy el primero con el que se relacionó desde que se divorció, hace ya más de ocho años; la puta digo, hasta me presentó a sus hijos, soy un boludo, no debería haberme prestado. ¿Por qué aceptaste? Porque la quiero con todo lo que puebla su vida; además tenía ganas de ver a los chicos. Vos también los conocés desde que nacieron. Sí admite el hombre eran muy amigos de las nuestras; están enormes; los mayores son unos muchachos espléndidos. Evidentemente no sos para Patricia uno más; si vos no le decís la verdad adjudicará a tu reticencia la falta de cariño; quizá, dada su historia, hasta a la presencia de otra mujer. ¡No me psicopatees! exclama Marcelo. Tiene razón, piensa él, me excedí. Tenés razón admite la salud emocional de Patricia no es de mi incumbencia; mi paciente sos vos. Deberá acceder por otro lado, evalúa. Se sirve un vaso de agua y se toma unos segundos antes de plantear ¿qué habrías hecho vos si Diana te hubiera blanqueado su infidelidad? ¡Qué pregunta tramposa!; me lo planteé muchas veces dice Marcelo y luego calla. ¿A qué conclusión llegaste? Yo la hubiera perdonado, pero solo porque la quería tanto que habría sido incapaz de prescindir de ella. ¿Hubieses aceptado hacerte cargo de Lorena? Sí, claro; ya sabés, soy un cobarde. Hacerse cargo de la criatura de otro hombre no es de cobardes sino de valientes. Marcelo lo mira con interés. ¿De veras te parece? Sí contesta él, rotundo sos muy valiente criándola como si fuera tu hija. Es mi hija lo corrige el hombre y luego inquiere ¿por qué me hiciste esa pregunta? Para mostrarte que a veces el amor es indulgente, aunque sea por propio beneficio responde mientras se incorpora. Te veo el próximo miércoles indica. Ya en el palier Marcelo comenta no te prometo nada, pero voy a intentarlo. Él le sonríe. Desde el ascensor el hombre dice gracias, Gustavo, muchas gracias.

 


 



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