2018
24 de octubre
Al abrir la puerta se encuentra con una mujer y una muchachita. Soy Paz dice la mujer extendiéndole la mano no me quedó claro si yo también tenía que venir. Él se acerca a la chica y la besa. Bienvenida, Ema dice, la piba sonríe tímidamente y él pregunta ¿precisás que tu mamá se quede? La chica menea la cabeza. Él, entonces, le sonríe a la mujer y pregunta ¿vos la venís a buscar o se va sola? No, vengo yo, así le abono el mes. Él la acompaña al palier y le da un beso. Nos vemos la despide. ¿Me siento? pregunta la chica. Él asiente, le señala el diván y se ubica frente a ella. Ema, ¿cuántos años tenés? Catorce, pero voy a cumplir quince. Gustavo contiene su sonrisa: le falta levantar los deditos flexionados, aunque la medida de su crecimiento es que ya no le alcanza ni con las dos manos. Es una adolescente delgada, largo cabello lacio y rubio, los ojos oscuros. Delicada. Bonita, particularmente bonita. Vestida…, Gustavo busca la palabra, impecable, demasiado impecable. Él la mide con su hija, siempre desharrapada, como le dice su madre a lo que la chiquilina acota: Abuela, estoy cómoda. Él recoge unos cuantos datos que vuelca en su cuaderno. Luego de unos minutos de silencio en los que la mirada de la chica inspecciona el consultorio, él le pregunta Ema, ¿por qué estás acá? Mi mamá ya habló con el otro psicólogo, Andrés me dijo que se llama, ¿él no te contó? Me gustaría que me lo contaras vos. La chica flexiona las piernas y se sienta sobre ellas. Se está distendiendo, registra él. Mi mamá está preocupada porque tengo pocos amigos. ¿Y a vos te preocupa? La chica se queda pensando. Mi mamá considera que son pocos, pero a mí me alcanzan. Él repara en que todas las alocuciones comienzan con el mismo sujeto. ¿Entonces? ¿Entonces qué? repregunta la piba. Entonces por qué estás acá; las preocupaciones de tu madre tendrán que ser resueltas en su propia terapia; este es un espacio en el que vos serás la única protagonista; el trabajo solo cobrará sentido si a vos él eleva el tono al pronunciar el pronombre te interesa charlar sobre tus preocupaciones, tus dificultades. La chica calla. ¿Te obligaron a venir? inquiere. Mi mamá nunca me “obliga” contesta la chica elevando ambas manos y haciendo el gesto de comillas. ¿Tenías ganas de venir? Curiosidad contesta Ema. Es una chica inteligente, evalúa él, correcta pero muy desenvuelta. Empecemos de nuevo propone él sonriendo Ema, ¿qué te preocupa? ¿Lo que yo diga se lo vas a contar a mi mamá? De ninguna manera, este espacio es solo nuestro. Ema se reacomoda, se apoya en el respaldo. Vamos bien, evalúa él. Me tienen harta dice de pronto. ¿Quiénes? ¡Todos!; mi mamá, mi papá, mi abuela, hasta Alejandro. ¿Alejandro? El marido de mi mamá. ¿Por qué te tienen harta? Todos suponen saber qué tengo que hacer, cómo me tengo que portar, cuántos amigos debo tener; ¡me tratan como si fuera una nena! Adolescente de manual, determina él, como escucharla a Martina. Arranquemos del principio propone él ¿me querés hablar un poco de tu familia? ¡Uf! resopla Ema es complicado. Te escucho. Mis papás están separados la chica eleva los hombros y agrega eso ya lo sabrás. El vínculo es entre nosotros dos, repito; lo importante es lo que vos me cuentes. Siempre hay bardo entre ellos; por el dinero, por los horarios, por mis salidas, por si me quedo o no en lo de mi padre, por si Alejandro se mete demasiado, o la mujer de mi papá, Sandra se llama, demasiado poco; sobre cada situación relativamente importante de mi vida cuatro personas dan su opinión: mi mamá, mi papá, mi abuela y Alejandro; a veces Sandra también si es que en algo puedo perjudicarla; es agotador. A Gustavo lo atraviesa el cansancio de la piba. Me parece que te olvidaste de la opinión fundamental comenta. No te entiendo, ¿cuál?, hasta a Sandra la incluí. La tuya. La chica ladea ligeramente la cabeza. A veces ni sé lo que opino yo; lo que más necesito es que dejen de pelearse; la cabeza me explota. ¿Las discusiones son violentas? La chica sonríe; se le hacen hoyitos. Se ve que todavía no conocés a mi familia; todos son muy educados; difícil que alguien levante la voz, las malas palabras no existen; pero cuando empiezan a “intercambiar opiniones” otra vez hace el gesto de comillas elevando ambas manos no paran; a veces preferiría que se agarraran a las trompadas y la terminaran de una vez. ¿Qué hacés vos en esos casos? Ema se queda desconcertada. ¿Qué hago?; muchas veces me alejo o me tapo los oídos, quisiera desaparecer, dejar de ser la excusa para que ellos puedan confrontar eternamente; parece que se pelearan por mí, pero mi sensación es que empezaron a pelearse antes de que yo naciera; es como entrar al cine con la película ya empezada. Esta chica es muy inteligente, calibra él, tiene solo catorce años. Me parece que ya encontramos un motivo para iniciar estos encuentros. La chica se endereza en el diván. ¿Cuál? pregunta abriendo los ojos. Que en lugar de eclipsarte para que terminen los conflictos, tus necesidades, tus deseos, tus opiniones, tu voz, en definitiva, ocupe el lugar central. Ema con ambas manos se abraza a sí misma. Luego lo mira fijo y muy seria le pregunta ¿y vos podés conseguir que yo me anime? Él la ve tan desvalida, tan entregada, que se conmueve. Vamos a intentarlo juntos dice confío en que lo lograremos. La chica suelta los brazos y afirma con la cabeza. ¡Dale! exclama. Él está pensando cómo continuar cuando suena el timbre. Mi mamá dice Ema incorporándose es superpuntual. Él también se para. Te veo el miércoles próximo la despide. Me gustó venir. Él le oprime el hombro y se dirige a abrir la puerta.
Está agotado. Fuera de entrenamiento, piensa. Cada vez está más convencido: las madres son el origen de todo. Allá lo que opine Ana María, en eso seguirá centrando el foco.
31 de octubre
Acompaña a Ema al palier justo en el momento en que el ascensor se detiene. Le dije a mamá que no subiera, ¡qué pesada! murmura Ema con fastidio. Cuando la puerta se abre y desciende Marcelo, la chica se ruboriza, le da la espalda y dice hasta el miércoles.
7 de noviembre
Ema le da un beso en la mejilla. Hoy vino con jeans, zapatillas. Parece Martina, piensa él. La chica, nuevamente, se sienta como indio, pero ya no pide permiso. Hablé con mi mamá informa. ¿Sobre? Sobre ella. Gustavo está por intervenir cuando Ema continúa yo estaba mal porque, por teléfono, mi papá me dijo que no podríamos ir al cine como me había prometido; mi mamá me preguntó qué me pasaba; yo le estaba contando y se puso a llorar; me enojé mucho; le dije que el problema era mío no de ella, que lo único que me faltaba era tener que consolarla; que aprendiera a controlarse. Gustavo se toma unos segundos, los dedos de una mano presionando los de la otra. Seguramente tu abuela le hubiera dicho lo mismo. La chica da un respingo. Yo no soy como mi abuela dice, en mal tono. Sin embargo, en la sesión anterior me comentaste Gustavo lee la ficha que tu abuela dice que no hay que llorar en público, que no corresponde. La chica parece perder seguridad. Sí dice luego de unos segundos pero esto es distinto; yo nos soy el público, soy la hija y me hace mal verla llorar. ¿A veces te dan ganas de llorar y no lo hacés para no incomodar al resto?¡Claro!, para llorar me escondo. ¿Te lo recomendó tu abuela? ¡Basta, Gustavo! exclama la chica y después pide perdón, yo no soy así y se tapa la cara con las manos. Vos también sos así, Ema, con derecho a llorar y a manifestar tu enojo; porque aunque no los demuestres la tristeza y el enojo a veces te visitan, como a todos; si tu mamá lloró cuando le contaste de tu frustración con tu papá es porque es empática con vos; lo que no debiera ocurrir es que vos limites la expresión de tus sentimientos para no herirla; las lágrimas de ella no invalidan las tuyas y las palabras de tu abuela no debieran invalidar ninguna de las dos. Sí, me contó mi mamá que antes no lloraba; que después que nací yo aprendió a llorar y que eso la alivia mucho; ahora llora aunque esté la abuela adelante y la rete la chica hace una pausa pero yo quiero ser fuerte agrega la abuela siempre dice que salí como ella. Mirame, Ema pide. La chica levanta los ojos. Vos no tenés que ser ni como tu madre ni como tu abuela, vos tenés que ser simplemente vos. ¡Como si fuera tan fácil! Por supuesto que no es fácil, por eso estamos trabajando juntos en eso intenta tranquilizarla él. ¿Puedo tomar agua? pide Ema. Claro contesta él mientras le sirve. Está rica, bien fría agradece la chica. Volvamos a la llamada telefónica, ¿tu papá te dijo por qué cancelaba el encuentro? Ema deposita el vaso vacío. Me habló de un cliente, pero no le creí. ¿Por qué? Porque es mentiroso, muchas veces lo pesqué en mentiras; seguro que Sandra se enteró y no lo dejó. ¿Sandra le dice a tu padre lo que tiene que hacer? No directamente, pero seguro que le encargó que fuera a buscar a Pedrito a algún lado en ese horario, no sé por qué no me quiere. ¿Alguna vez lo hablaste con ella? ¡No! ¿Y con tu papá? Tampoco, con él no se puede hablar no es como con mamá o con Alejandro; no le gusta hablar de cosas personales. Entonces, como vos te das cuenta de que a él no le gusta hablar no hablas aunque a vos sí te gustaría hablar. Es cierto admite Ema no lo había pensado así, yo le doy el gusto. Me parece que tu problema es que querés darle el gusto a todos y todos quieren distintas cosas. ¡Eso es lo que me pasa!, ¡justo eso!, ¡todos esperan distintas cosas de mí!, ¡imposible dejar a todos contentos! Él se reclina sobre el respaldo y cruza las piernas. Ema, lo importante es que vos estés contenta. Tenés razón dice la chica asintiendo con la cabeza a veces siento que soy una marioneta eleva la mano y simula mover los hilos además, si haga lo que haga a alguno no le va a gustar, mejor es hacer lo que yo quiero que seguro tampoco le va a gustar a alguien; parece un trabalenguas dice sonriendo y pide ¿me servís más agua?, hablar con vos me da sed. Él le llena el vaso. Ella bebe y luego mira el reloj. 16.57 dice ¿apostamos que mi mamá toca el timbre antes de y cincuenta y nueve? Él sonríe y asiente. 16.58 suena el portero eléctrico. ¡Te dije! anuncia triunfal Ema incorporándose y levantando la palma ganamos los dos. Él se la choca.
Abre la heladera y busca una lata de Cocacola. Está satisfecho de lo logrado con Ema. Se va abriendo, evalúa, pudimos conectar. Y es tan difícil conectar con nuestros genuinos deseos, se dice. Y a veces no alcanza con conocer los deseos. A veces en contra de ellos hay que tomar decisiones. ¿Decisiones? Solo una única y tremenda decisión. Va con la lata al consultorio y apoya la frente contra el vidrio. Sabio, quisiera ser sabio. Y vidente.
14 de noviembre
216
Cuando Gustavo abre la puerta, descubre a madre e hija. Subí a pagarte se justifica Paz como es principio de mes…, me fijé en el almanaque, son cuatro sesiones agrega tendiéndole un sobre. Muchas gracias dice él al tiempo que Ema se dirige al consultorio y se ubica en el diván. Chau, hija se despide la madre desde la puerta. Chau, mamá contesta la chica sin mirarla. Él acompaña a la mujer al palier. Es rubia, delgada, bonita, delicada. Digna madre de su hija, concluye él. ¿Todo bien? pregunta Paz en voz muy baja. Todo bien responde él mientras le abre el ascensor. Me podría haber dado el sobre a mí dice la chica en cuanto lo ve. ¿Se lo dijiste? Ema niega con la cabeza. Deduzco entonces, de acuerdo con lo que charlamos la sesión pasada, que supusiste que a tu mamá no le hubiera gustado escucharte. ¡Lo que le gustaría es escuchar de qué hablamos!; siempre está pendiente de todo lo mío, me observa, me pregunta cómo estoy, qué siento, qué me pasa, qué quiero. ¿Y eso está mal? La chica se queda reflexionando. Mal no está, pero es demasiado, a veces me ahoga. ¿Tu abuela también te pregunta? Otras cosas me pregunta contesta la chica, haciendo girar las manos de qué trabajan los padres de mis amigas, cómo son sus casas, qué notas tengo en el boletín, cómo se lleva mi papá con su mujer; ella también me cansa. Gustavo se reclina sobre el respaldo y se toma unos segundos antes de decir parece que tu mamá te pregunta sobre tu persona y tu abuela sobre lo que te rodea. La piba, que estaba recostada, se endereza. Lo que decís, es tal cual, no lo había pensado; el adentro y el afuera. Quizá tu madre creció sintiendo que tu abuela ignoraba sus sentimientos y por eso trata de que vos no te sientas ignorada. ¡No hay chance! exclama Ema riendo a mí mamá le gustaría que yo fuera transparente; cuando era chiquita no me importaba, pero ahora a veces no me la banco. Gustavo se sirve agua y le ofrece. Ambos beben. Me parece que lo que ocurre es que estás creciendo y es lógico y saludable que quieras preservar tu intimidad. ¡Pero mamá se pone triste cuando no le cuento! Él rodea el vaso vacío con ambas manos. ¡Y ya me cansé de hablar de mi mamá y mi abuela! Él sonríe y eleva ambas palmas. Muy bien, ¿de qué te gustaría conversar? La chica se queda pensando. De mi papá tampoco quiero hablar hoy. Gustavo registra el hoy. ¿Entonces? No sé Ema ladea la boca. Comentaste que tenías amigas, ¿todo bien con ellas? Sí contesta la chiquilina en general sí. ¿Y en particular? No sé cómo explicártelo; yo no soy como las demás; trato de parecerme, de que no se den cuenta, pero el otro día Malena, que es mi mejor amiga, me dijo “mirá que sos rara vos”. ¿Por qué pensás que lo dijo? Me pidió que le sacara unas fotos para Instagram; unas fotos… unas fotos con… poca ropa… cuenta la chica y calla. ¿Se las sacaste? intenta ayudarla él. Sí, se las saqué y ella enseguida las publicó y le llegaron muchos like; entonces me dijo: “ahora te toca a vos, ¿por qué no te ponés la bikini?”… la chica se interrumpe. ¿Te la pusiste? interviene él. A mí no me gustan esas cosas así que le dije que no quería la mirada de Ema se entierra en el piso y ahí fue cuando me dijo que yo era rara; ¿viste?, tiene razón, soy rara. Mirame, Ema le pide él. La chica obedece, sus mejillas son dos frambuesas. Fuiste muy valiente, te negaste a hacer algo con lo que no estabas de acuerdo; te arriesgaste a ser rechazada, defendiste tus deseos. ¿Te parece? Estoy seguro él hace una pausa y le pregunta ¿Malena te dejo de lado después de eso? Ema niega con la cabeza. No responde solo me dijo que era rara, pero al día siguiente me invitó a ir al country. ¿Fuiste? Sí, fuimos Olivia, Camila y yo, la pasamos genial, todo el día en la pileta. Ahí sí te pusiste la bikimi comenta él sonriendo. ¡Claro! exclama la piba riendo ¡ahí sí! Él mira el reloj, ya es casi la hora. Me parece que este episodio te demuestra que no siempre podés hacer lo que los otros esperan de vos, pero que eso no significa que esos otros vayan a dejar de valorarte ni de quererte. Puede ser dice Ema sonriendo. Ella también mira el reloj. Y 59 anuncia. Suena el portero eléctrico. Ambos ríen.
21 de noviembre
¿Te acordás que te dije que mi papá me había cancelado la salida al cine? Son las primeras palabras de Ema. Sí, hace ya dos semanas responde él. Después de eso no volvió a comunicarse conmigo. ¿No tenés días fijos para verlo? En principio sí, pero casi nunca se cumplen, desde que está con Sandra no se cumplen. Él calla. Mamá al principio le reclamaba, pero ya no. ¿Por qué no? Porque yo le pedí que no lo hiciera, me hacía peor escuchar las discusiones que no verlo. Quiere decir que tu mamá respeta tus deseos. La chica hace un gesto de fastidio. Sí, ya te dije que siempre me escucha, que demasiado me escucha. Sigamos con tu papá propone él. ¿Sabés qué me pasó? pregunta mirándolo fijo estaba enojada, muy enojada; es raro porque antes solo me ponía triste. ¿Antes de qué? Ema se endereza en el diván y se queda unos segundos callada. No había pensado antes de qué mira el piso y agrega supongo que antes de empezar a… se interrumpe antes de empezar a charlar con vos. Él experimenta una gran satisfacción. ¿Cómo es eso? pregunta. Antes…, cuando era chiquita, aclara pensaba que, si mi papá no tenía ganas de estar conmigo, la culpa a lo mejor era mía, que yo era aburrida o tonta o mala o vaya a saber qué y por eso no podía hacerme querer; pero últimamente me di cuenta de que yo no soy la culpable, porque además todos los demás me quieren. ¿viste?, yo soy de hacerme querer, las mamás de mis amigas me adoran, las maestras antes, las profesoras ahora, también; él es mi papá y él tiene que ocuparse de mí, aunque no me quiera, porque es un adulto y soy su responsabilidad; por eso me enojé. Gustavo se cerciora de que ella no seguirá hablando y pregunta ¿vos sentís que tu papá no te quiere? Al instante los ojos de la chiquilina se llenan de lágrimas. La pucha dice de nuevo estoy llorando. Ya hablamos al respecto, Ema, celebro que puedas comunicar tus emociones, no necesitás ser como tu abuela. La chica sonríe entre las lágrimas. Vos te acordás de todo afirma. Te escucho con atención responde él, complacido. ¡Como mamá! exclama la chica y ahora ríe. Él deja pasar unos segundos y reitera la pregunta ¿sentís que tu papá no te quiere? La chica, ya sin lágrimas, se queda pensando. Cuando está conmigo me trata bien, es cariñoso; el tema es que no necesita pronuncia el necesita con intensidad estar conmigo. Quizá te aflige que él no registre tus propias necesidades. ¡Sí!, no se da cuenta de que yo me pasé cada uno de los diez días esperando que me llamara; y eso antes me daba pena, pero ahora me da mucha rabia dice inclinándose hacia adelante, los brazos cruzados sobre el abdomen. Como permanece en silencio, Gustavo acota creo que acabás de enunciar la clave. La chica se endereza y lo mira con atención. ¿Cuál? pregunta. Dijiste que no se daba cuenta. Ema frunce el entrecejo. ¿Cuándo alguien no se da cuenta de algo qué hay que hacer? le pregunta él. ¡Decírselo! exclama ella inmediatamente. Él asiente con la cabeza. ¿Y cómo? pregunta la chica. ¿Qué se te ocurre? Ema se queda pensando. Puedo escribirle un mensaje por Wapp, puedo mandarle un mail, puedo llamarlo por teléfono al estudio ahora se sienta como indio también puedo pasar por el estudio, queda cerca de la casa de Malena y justo mañana voy. Veo que sos una muchachita con muchos recursos dice él sonriendo. La piba mira el reloj. 16.58 dice la semana que viene te cuento y levanta la palma de la mano. Él se la choca. Hecho dice. El portero eléctrico suena.
Se deja caer sobre el diván. Estoy de buen humor, piensa. Recuerda la cita acordada con su hijo para el próximo miércoles. Él no me demandó nada en tantos años de indiferencia, reflexiona, y yo, como el padre de Ema, estuve al margen de las necesidades de mi hijo. Registra, también, que lo invitó a comer porque él tenía necesidad de fortalecer el vínculo no porque pensara que el chico lo precisara. El buen humor se le diluye en un instante. Mucho para trabajar en mí, reconoce.

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