2018
24 de octubre
Al abrir la puerta se encuentra con una mujer y una muchachita. Soy Paz dice la mujer extendiéndole la mano no me quedó claro si yo también tenía que venir. Él se acerca a la chica y la besa. Bienvenida, Ema dice, la piba sonríe tímidamente y él pregunta ¿precisás que tu mamá se quede? La chica menea la cabeza. Él, entonces, le sonríe a la mujer y pregunta ¿vos la venís a buscar o se va sola? No, vengo yo, así le abono el mes. Él la acompaña al palier y le da un beso. Nos vemos la despide. ¿Me siento? pregunta la chica. Él asiente, le señala el diván y se ubica frente a ella. Ema, ¿cuántos años tenés? Catorce, pero voy a cumplir quince. Gustavo contiene su sonrisa: le falta levantar los deditos flexionados, aunque la medida de su crecimiento es que ya no le alcanza ni con las dos manos. Es una adolescente delgada, largo cabello lacio y rubio, los ojos oscuros. Delicada. Bonita, particularmente bonita. Vestida…, Gustavo busca la palabra, impecable, demasiado impecable. Él la mide con su hija, siempre desharrapada, como le dice su madre a lo que la chiquilina acota: Abuela, estoy cómoda. Él recoge unos cuantos datos que vuelca en su cuaderno. Luego de unos minutos de silencio en los que la mirada de la chica inspecciona el consultorio, él le pregunta Ema, ¿por qué estás acá? Mi mamá ya habló con el otro psicólogo, Andrés me dijo que se llama, ¿él no te contó? Me gustaría que me lo contaras vos. La chica flexiona las piernas y se sienta sobre ellas. Se está distendiendo, registra él. Mi mamá está preocupada porque tengo pocos amigos. ¿Y a vos te preocupa? La chica se queda pensando. Mi mamá considera que son pocos, pero a mí me alcanzan. Él repara en que todas las alocuciones comienzan con el mismo sujeto. ¿Entonces? ¿Entonces qué? repregunta la piba. Entonces por qué estás acá; las preocupaciones de tu madre tendrán que ser resueltas en su propia terapia; este es un espacio en el que vos serás la única protagonista; el trabajo solo cobrará sentido si a vos él eleva el tono al pronunciar el pronombre te interesa charlar sobre tus preocupaciones, tus dificultades. La chica calla. ¿Te obligaron a venir? inquiere. Mi mamá nunca me “obliga” contesta la chica elevando ambas manos y haciendo el gesto de comillas. ¿Tenías ganas de venir? Curiosidad contesta Ema. Es una chica inteligente, evalúa él, correcta pero muy desenvuelta. Empecemos de nuevo propone él sonriendo Ema, ¿qué te preocupa? ¿Lo que yo diga se lo vas a contar a mi mamá? De ninguna manera, este espacio es solo nuestro. Ema se reacomoda, se apoya en el respaldo. Vamos bien, evalúa él. Me tienen harta dice de pronto. ¿Quiénes? ¡Todos!; mi mamá, mi papá, mi abuela, hasta Alejandro. ¿Alejandro? El marido de mi mamá. ¿Por qué te tienen harta? Todos suponen saber qué tengo que hacer, cómo me tengo que portar, cuántos amigos debo tener; ¡me tratan como si fuera una nena! Adolescente de manual, determina él, como escucharla a Martina. Arranquemos del principio propone él ¿me querés hablar un poco de tu familia? ¡Uf! resopla Ema es complicado. Te escucho. Mis papás están separados la chica eleva los hombros y agrega eso ya lo sabrás. El vínculo es entre nosotros dos, repito; lo importante es lo que vos me cuentes. Siempre hay bardo entre ellos; por el dinero, por los horarios, por mis salidas, por si me quedo o no en lo de mi padre, por si Alejandro se mete demasiado, o la mujer de mi papá, Sandra se llama, demasiado poco; sobre cada situación relativamente importante de mi vida cuatro personas dan su opinión: mi mamá, mi papá, mi abuela y Alejandro; a veces Sandra también si es que en algo puedo perjudicarla; es agotador. A Gustavo lo atraviesa el cansancio de la piba. Me parece que te olvidaste de la opinión fundamental comenta. No te entiendo, ¿cuál?, hasta a Sandra la incluí. La tuya. La chica ladea ligeramente la cabeza. A veces ni sé lo que opino yo; lo que más necesito es que dejen de pelearse; la cabeza me explota. ¿Las discusiones son violentas? La chica sonríe; se le hacen hoyitos. Se ve que todavía no conocés a mi familia; todos son muy educados; difícil que alguien levante la voz, las malas palabras no existen; pero cuando empiezan a “intercambiar opiniones” otra vez hace el gesto de comillas elevando ambas manos no paran; a veces preferiría que se agarraran a las trompadas y la terminaran de una vez. ¿Qué hacés vos en esos casos? Ema se queda desconcertada. ¿Qué hago?; muchas veces me alejo o me tapo los oídos, quisiera desaparecer, dejar de ser la excusa para que ellos puedan confrontar eternamente; parece que se pelearan por mí, pero mi sensación es que empezaron a pelearse antes de que yo naciera; es como entrar al cine con la película ya empezada. Esta chica es muy inteligente, calibra él, tiene solo catorce años. Me parece que ya encontramos un motivo para iniciar estos encuentros. La chica se endereza en el diván. ¿Cuál? pregunta abriendo los ojos. Que en lugar de eclipsarte para que terminen los conflictos, tus necesidades, tus deseos, tus opiniones, tu voz, en definitiva, ocupe el lugar central. Ema con ambas manos se abraza a sí misma. Luego lo mira fijo y muy seria le pregunta ¿y vos podés conseguir que yo me anime? Él la ve tan desvalida, tan entregada, que se conmueve. Vamos a intentarlo juntos dice confío en que lo lograremos. La chica suelta los brazos y afirma con la cabeza. ¡Dale! exclama. Él está pensando cómo continuar cuando suena el timbre. Mi mamá dice Ema incorporándose es superpuntual. Él también se para. Te veo el miércoles próximo la despide. Me gustó venir. Él le oprime el hombro y se dirige a abrir la puerta.
Está agotado. Fuera de entrenamiento, piensa. Cada vez está más convencido: las madres son el origen de todo. Allá lo que opine Ana María, en eso seguirá centrando el foco.
31 de octubre
Acompaña a Ema al palier justo en el momento en que el ascensor se detiene. Le dije a mamá que no subiera, ¡qué pesada! murmura Ema con fastidio. Cuando la puerta se abre y desciende Marcelo, la chica se ruboriza, le da la espalda y dice hasta el miércoles.
7 de noviembre
Ema le da un beso en la mejilla. Hoy vino con jeans, zapatillas. Parece Martina, piensa él. La chica, nuevamente, se sienta como indio, pero ya no pide permiso. Hablé con mi mamá informa. ¿Sobre? Sobre ella. Gustavo está por intervenir cuando Ema continúa yo estaba mal porque, por teléfono, mi papá me dijo que no podríamos ir al cine como me había prometido; mi mamá me preguntó qué me pasaba; yo le estaba contando y se puso a llorar; me enojé mucho; le dije que el problema era mío no de ella, que lo único que me faltaba era tener que consolarla; que aprendiera a controlarse. Gustavo se toma unos segundos, los dedos de una mano presionando los de la otra. Seguramente tu abuela le hubiera dicho lo mismo. La chica da un respingo. Yo no soy como mi abuela dice, en mal tono. Sin embargo, en la sesión anterior me comentaste Gustavo lee la ficha que tu abuela dice que no hay que llorar en público, que no corresponde. La chica parece perder seguridad. Sí dice luego de unos segundos pero esto es distinto; yo nos soy el público, soy la hija y me hace mal verla llorar. ¿A veces te dan ganas de llorar y no lo hacés para no incomodar al resto?¡Claro!, para llorar me escondo. ¿Te lo recomendó tu abuela? ¡Basta, Gustavo! exclama la chica y después pide perdón, yo no soy así y se tapa la cara con las manos. Vos también sos así, Ema, con derecho a llorar y a manifestar tu enojo; porque aunque no los demuestres la tristeza y el enojo a veces te visitan, como a todos; si tu mamá lloró cuando le contaste de tu frustración con tu papá es porque es empática con vos; lo que no debiera ocurrir es que vos limites la expresión de tus sentimientos para no herirla; las lágrimas de ella no invalidan las tuyas y las palabras de tu abuela no debieran invalidar ninguna de las dos. Sí, me contó mi mamá que antes no lloraba; que después que nací yo aprendió a llorar y que eso la alivia mucho; ahora llora aunque esté la abuela adelante y la rete la chica hace una pausa pero yo quiero ser fuerte agrega la abuela siempre dice que salí como ella. Mirame, Ema pide. La chica levanta los ojos. Vos no tenés que ser ni como tu madre ni como tu abuela, vos tenés que ser simplemente vos. ¡Como si fuera tan fácil! Por supuesto que no es fácil, por eso estamos trabajando juntos en eso intenta tranquilizarla él. ¿Puedo tomar agua? pide Ema. Claro contesta él mientras le sirve. Está rica, bien fría agradece la chica. Volvamos a la llamada telefónica, ¿tu papá te dijo por qué cancelaba el encuentro? Ema deposita el vaso vacío. Me habló de un cliente, pero no le creí. ¿Por qué? Porque es mentiroso, muchas veces lo pesqué en mentiras; seguro que Sandra se enteró y no lo dejó. ¿Sandra le dice a tu padre lo que tiene que hacer? No directamente, pero seguro que le encargó que fuera a buscar a Pedrito a algún lado en ese horario, no sé por qué no me quiere. ¿Alguna vez lo hablaste con ella? ¡No! ¿Y con tu papá? Tampoco, con él no se puede hablar no es como con mamá o con Alejandro; no le gusta hablar de cosas personales. Entonces, como vos te das cuenta de que a él no le gusta hablar no hablas aunque a vos sí te gustaría hablar. Es cierto admite Ema no lo había pensado así, yo le doy el gusto. Me parece que tu problema es que querés darle el gusto a todos y todos quieren distintas cosas. ¡Eso es lo que me pasa!, ¡justo eso!, ¡todos esperan distintas cosas de mí!, ¡imposible dejar a todos contentos! Él se reclina sobre el respaldo y cruza las piernas. Ema, lo importante es que vos estés contenta. Tenés razón dice la chica asintiendo con la cabeza a veces siento que soy una marioneta eleva la mano y simula mover los hilos además, si haga lo que haga a alguno no le va a gustar, mejor es hacer lo que yo quiero que seguro tampoco le va a gustar a alguien; parece un trabalenguas dice sonriendo y pide ¿me servís más agua?, hablar con vos me da sed. Él le llena el vaso. Ella bebe y luego mira el reloj. 16.57 dice ¿apostamos que mi mamá toca el timbre antes de y cincuenta y nueve? Él sonríe y asiente. 16.58 suena el portero eléctrico. ¡Te dije! anuncia triunfal Ema incorporándose y levantando la palma ganamos los dos. Él se la choca.
Abre la heladera y busca una lata de Cocacola. Está satisfecho de lo logrado con Ema. Se va abriendo, evalúa, pudimos conectar. Y es tan difícil conectar con nuestros genuinos deseos, se dice. Y a veces no alcanza con conocer los deseos. A veces en contra de ellos hay que tomar decisiones. ¿Decisiones? Solo una única y tremenda decisión. Va con la lata al consultorio y apoya la frente contra el vidrio. Sabio, quisiera ser sabio. Y vidente.
14 de noviembre
216
Cuando Gustavo abre la puerta, descubre a madre e hija. Subí a pagarte se justifica Paz como es principio de mes…, me fijé en el almanaque, son cuatro sesiones agrega tendiéndole un sobre. Muchas gracias dice él al tiempo que Ema se dirige al consultorio y se ubica en el diván. Chau, hija se despide la madre desde la puerta. Chau, mamá contesta la chica sin mirarla. Él acompaña a la mujer al palier. Es rubia, delgada, bonita, delicada. Digna madre de su hija, concluye él. ¿Todo bien? pregunta Paz en voz muy baja. Todo bien responde él mientras le abre el ascensor. Me podría haber dado el sobre a mí dice la chica en cuanto lo ve. ¿Se lo dijiste? Ema niega con la cabeza. Deduzco entonces, de acuerdo con lo que charlamos la sesión pasada, que supusiste que a tu mamá no le hubiera gustado escucharte. ¡Lo que le gustaría es escuchar de qué hablamos!; siempre está pendiente de todo lo mío, me observa, me pregunta cómo estoy, qué siento, qué me pasa, qué quiero. ¿Y eso está mal? La chica se queda reflexionando. Mal no está, pero es demasiado, a veces me ahoga. ¿Tu abuela también te pregunta? Otras cosas me pregunta contesta la chica, haciendo girar las manos de qué trabajan los padres de mis amigas, cómo son sus casas, qué notas tengo en el boletín, cómo se lleva mi papá con su mujer; ella también me cansa. Gustavo se reclina sobre el respaldo y se toma unos segundos antes de decir parece que tu mamá te pregunta sobre tu persona y tu abuela sobre lo que te rodea. La piba, que estaba recostada, se endereza. Lo que decís, es tal cual, no lo había pensado; el adentro y el afuera. Quizá tu madre creció sintiendo que tu abuela ignoraba sus sentimientos y por eso trata de que vos no te sientas ignorada. ¡No hay chance! exclama Ema riendo a mí mamá le gustaría que yo fuera transparente; cuando era chiquita no me importaba, pero ahora a veces no me la banco. Gustavo se sirve agua y le ofrece. Ambos beben. Me parece que lo que ocurre es que estás creciendo y es lógico y saludable que quieras preservar tu intimidad. ¡Pero mamá se pone triste cuando no le cuento! Él rodea el vaso vacío con ambas manos. ¡Y ya me cansé de hablar de mi mamá y mi abuela! Él sonríe y eleva ambas palmas. Muy bien, ¿de qué te gustaría conversar? La chica se queda pensando. De mi papá tampoco quiero hablar hoy. Gustavo registra el hoy. ¿Entonces? No sé Ema ladea la boca. Comentaste que tenías amigas, ¿todo bien con ellas? Sí contesta la chiquilina en general sí. ¿Y en particular? No sé cómo explicártelo; yo no soy como las demás; trato de parecerme, de que no se den cuenta, pero el otro día Malena, que es mi mejor amiga, me dijo “mirá que sos rara vos”. ¿Por qué pensás que lo dijo? Me pidió que le sacara unas fotos para Instagram; unas fotos… unas fotos con… poca ropa… cuenta la chica y calla. ¿Se las sacaste? intenta ayudarla él. Sí, se las saqué y ella enseguida las publicó y le llegaron muchos like; entonces me dijo: “ahora te toca a vos, ¿por qué no te ponés la bikini?”… la chica se interrumpe. ¿Te la pusiste? interviene él. A mí no me gustan esas cosas así que le dije que no quería la mirada de Ema se entierra en el piso y ahí fue cuando me dijo que yo era rara; ¿viste?, tiene razón, soy rara. Mirame, Ema le pide él. La chica obedece, sus mejillas son dos frambuesas. Fuiste muy valiente, te negaste a hacer algo con lo que no estabas de acuerdo; te arriesgaste a ser rechazada, defendiste tus deseos. ¿Te parece? Estoy seguro él hace una pausa y le pregunta ¿Malena te dejo de lado después de eso? Ema niega con la cabeza. No responde solo me dijo que era rara, pero al día siguiente me invitó a ir al country. ¿Fuiste? Sí, fuimos Olivia, Camila y yo, la pasamos genial, todo el día en la pileta. Ahí sí te pusiste la bikimi comenta él sonriendo. ¡Claro! exclama la piba riendo ¡ahí sí! Él mira el reloj, ya es casi la hora. Me parece que este episodio te demuestra que no siempre podés hacer lo que los otros esperan de vos, pero que eso no significa que esos otros vayan a dejar de valorarte ni de quererte. Puede ser dice Ema sonriendo. Ella también mira el reloj. Y 59 anuncia. Suena el portero eléctrico. Ambos ríen.
21 de noviembre
¿Te acordás que te dije que mi papá me había cancelado la salida al cine? Son las primeras palabras de Ema. Sí, hace ya dos semanas responde él. Después de eso no volvió a comunicarse conmigo. ¿No tenés días fijos para verlo? En principio sí, pero casi nunca se cumplen, desde que está con Sandra no se cumplen. Él calla. Mamá al principio le reclamaba, pero ya no. ¿Por qué no? Porque yo le pedí que no lo hiciera, me hacía peor escuchar las discusiones que no verlo. Quiere decir que tu mamá respeta tus deseos. La chica hace un gesto de fastidio. Sí, ya te dije que siempre me escucha, que demasiado me escucha. Sigamos con tu papá propone él. ¿Sabés qué me pasó? pregunta mirándolo fijo estaba enojada, muy enojada; es raro porque antes solo me ponía triste. ¿Antes de qué? Ema se endereza en el diván y se queda unos segundos callada. No había pensado antes de qué mira el piso y agrega supongo que antes de empezar a… se interrumpe antes de empezar a charlar con vos. Él experimenta una gran satisfacción. ¿Cómo es eso? pregunta. Antes…, cuando era chiquita, aclara pensaba que, si mi papá no tenía ganas de estar conmigo, la culpa a lo mejor era mía, que yo era aburrida o tonta o mala o vaya a saber qué y por eso no podía hacerme querer; pero últimamente me di cuenta de que yo no soy la culpable, porque además todos los demás me quieren. ¿viste?, yo soy de hacerme querer, las mamás de mis amigas me adoran, las maestras antes, las profesoras ahora, también; él es mi papá y él tiene que ocuparse de mí, aunque no me quiera, porque es un adulto y soy su responsabilidad; por eso me enojé. Gustavo se cerciora de que ella no seguirá hablando y pregunta ¿vos sentís que tu papá no te quiere? Al instante los ojos de la chiquilina se llenan de lágrimas. La pucha dice de nuevo estoy llorando. Ya hablamos al respecto, Ema, celebro que puedas comunicar tus emociones, no necesitás ser como tu abuela. La chica sonríe entre las lágrimas. Vos te acordás de todo afirma. Te escucho con atención responde él, complacido. ¡Como mamá! exclama la chica y ahora ríe. Él deja pasar unos segundos y reitera la pregunta ¿sentís que tu papá no te quiere? La chica, ya sin lágrimas, se queda pensando. Cuando está conmigo me trata bien, es cariñoso; el tema es que no necesita pronuncia el necesita con intensidad estar conmigo. Quizá te aflige que él no registre tus propias necesidades. ¡Sí!, no se da cuenta de que yo me pasé cada uno de los diez días esperando que me llamara; y eso antes me daba pena, pero ahora me da mucha rabia dice inclinándose hacia adelante, los brazos cruzados sobre el abdomen. Como permanece en silencio, Gustavo acota creo que acabás de enunciar la clave. La chica se endereza y lo mira con atención. ¿Cuál? pregunta. Dijiste que no se daba cuenta. Ema frunce el entrecejo. ¿Cuándo alguien no se da cuenta de algo qué hay que hacer? le pregunta él. ¡Decírselo! exclama ella inmediatamente. Él asiente con la cabeza. ¿Y cómo? pregunta la chica. ¿Qué se te ocurre? Ema se queda pensando. Puedo escribirle un mensaje por Wapp, puedo mandarle un mail, puedo llamarlo por teléfono al estudio ahora se sienta como indio también puedo pasar por el estudio, queda cerca de la casa de Malena y justo mañana voy. Veo que sos una muchachita con muchos recursos dice él sonriendo. La piba mira el reloj. 16.58 dice la semana que viene te cuento y levanta la palma de la mano. Él se la choca. Hecho dice. El portero eléctrico suena.
Se deja caer sobre el diván. Estoy de buen humor, piensa. Recuerda la cita acordada con su hijo para el próximo miércoles. Él no me demandó nada en tantos años de indiferencia, reflexiona, y yo, como el padre de Ema, estuve al margen de las necesidades de mi hijo. Registra, también, que lo invitó a comer porque él tenía necesidad de fortalecer el vínculo no porque pensara que el chico lo precisara. El buen humor se le diluye en un instante. Mucho para trabajar en mí, reconoce.
28 de noviembre
Perdón repite Ema para la próxima ya sé que tengo que esperar. ¿Viniste sola? pregunta él. Sí, mi mamá me dejó porque estaba en la casa de Olivia, a tres cuadras de aquí; bah, sola no, mi amiga me acompañó, ella sí está acostumbrada a manejarse sola. La chica se sienta y lo mira. Hoy vas a estar contento de mí dice. Ema, ya te expliqué que vos no tenés que hacer nada para agradarme; es justo un punto que estamos trabajando. La chiquilina menea la cabeza, sonriente. No lo hice para ponerte contento pero supongo que sí lo harás. Él abre ambos brazos, sonriendo también. Hablé con mi papá cuenta Ema. El pulso de Gustavo se acelera. Increíble el paralelismo. Él también habló con Nacho. En realidad, él habló conmigo, evalúa. Te escucho dice. Como quedamos la última sesión, pasé por su estudio. No quedamos en nada, Ema; las decisiones son solo tuyas insiste él. Sí, Gustavo, ya entendí comenta la chica y él comprende que debe de ser muy cuidadoso con esta chica. Demasiado inteligente para mi gusto, piensa y se ríe internamente de sí mismo. Ni te cuento la cara que puso cuando me vio aparecer; “¿paso algo?”, me preguntó; “pasó que me cansé de esperar que me llames”, le contesté; empezó a darme un montón de excusas hasta que le dije que tenía hambre y entonces me invitó a almorzar sonríe, satisfecha estuve bien, ¿no?. Él va a reconvenirla por la pregunta, pero lo evalúa mejor y solo dice muy bien. Me llevó a un restaurante paquete como hace siempre, bah, como antes hacía; con mamá y Ale no pasamos de una pizzería; me preguntó por la escuela, pero le dije que no quería hablar de eso; “¿y de qué querés hablar?” me preguntó; y ahí le conté cómo me sentía yo cuando no me llamaba, cuando me cancelaba un programa, cuando no podía ver a mis hermanos, porque sí, Gustavo, son insoportables, pero no dejan de ser mis hermanos; cuando Sandra ni me dirigía la palabra; le recordé que yo antes tenía un cuarto en su casa y ahora, las pocas veces que iba, me hacían dormir en el sillón del living; le dije que desde que había empezado el secundario él nunca había ido a una reunión de padres, que no conocía a mis compañeros, que jamás una amiga mía había ido a su casa la chica se interrumpe y pide ¿me podés servir agua? Él registra que se la podía haber servido sola pero que requirió su intervención. Un papá que la cuide, piensa, ojo, Gustavo. Mientras le llena el vaso se recuerda que por suerte Alejandro sí la cuida. Como la chica calla él le pregunta ¿cómo reaccionó tu papá? No reaccionaba, se quedó helado un largo rato y después me agarró las manos y me pidió perdón; me dijo que no se había dado cuenta de que me hacía sufrir, que creía que él mucho no me importaba, “como tenés a Alejandro”, dijo; pero yo le contesté que Alejandro no era mi papá y que yo precisaba a mi papá. De pronto los ojos de la chiquilina se llenan de lágrimas. Ya lloré de nuevo dice con fastidio. ¿Lloraste frente a tu papá? Venía bien pero cuando me dijo lo de Alejandro ya no pude contenerme; de rabia lloré, Gustavo, te aseguro. ¿Rabia por qué? Porque él siempre descansó en Alejandro; cuando era chiquita a veces pensaba que si Ale se iba mi papá se iba a ocupar más de mí. ¿Te iba a querer más? Sí, cuando era chica eso pensaba, ¿qué idiota?, ¿no? Si hay algo que no sos es idiota dice él y como la chica calla él pregunta ¿y ahora seguís pensando lo mismo? No sé, a veces me parece que mi papá se olvida de que es mi papá; como si solo tuviera dos hijos; total de mí se ocupan mamá y Alejandro. De sus otros dos hijos también se ocupa su mamá. ¡Es que Sandra no sirve para nada!, ni para criarlos; aunque tiene niñera siempre le está pidiendo a mi papá que los lleve y los traiga, parece que no puede hacer nada sola dice y calla. Qué interesante comenta él quizá Sandra no es tan tonta como vos pensás y se dio cuenta de que la única manera de obtener atención de tu padre es demandar; vos no tuviste tanto éxito esperando que él se dé cuenta de lo que precisás. ¡Tal cual!, por eso el otro día se lo tiré todo junto; ahora ya no podrá decir que no se dio cuenta. ¿Cómo te quedaste después? pregunta y se pregunta a sí mismo cómo se habrá quedado Nacho. Ema tarda en contestar más liviana; años de callarme; de callarme ante él y de defenderlo frente a mi mamá para que ella no se pusiera mal. ¿Le contaste a tu mamá lo que charlaron? No, por supuesto que me preguntó, que insistió, pero le dije que era un asunto mío con mi papá, que no se metiera. ¿Cambio algo con tu padre luego de la conversación? Ema sonríe, se le hacen hoyitos. Hoy me va a venir a buscar y luego iremos a merendar; le dije que subiera así lo conocés de repente se le crispa el rostro ¿hice mal? Hiciste muy bien; estás haciendo todo demasiado bien; me parece que pronto ya no vas a precisarme. La chica se endereza en el asiento. No, Gustavo dice yo quiero seguir viniendo; me parece que solo aquí puedo ser lo que realmente soy. A él se le anuda la garganta. Inspira hondo. El portero eléctrico acude en su auxilio. Ema mira el reloj. Nos pasamos informa 16.05; él no es como mi mamá. Segundos después suena el timbre. Gustavo abre. Un hombre alto, delgado, muy buen mozo, le tiende la mano. Soy Pedro se presenta. Gustavo dice él. Ema se apresura. Nos vemos el miércoles se despide, besándolo. El portero suena nuevamente. Ni un segundo para distenderse. Gustavo está satisfecho. Muy satisfecho. Hermoso el trabajo de esta chica.
5 de diciembre
Ema llega ligeramente ¿desaliñada? Él no pude precisar en qué. Quizá el cabello más alborotado que de costumbre. Jeans, zapatillas, remera. Todo negro. Se sienta, ambas piernas juntas, la espalda recostada en el diván. No sé qué hacer arranca. ¿Con respecto a qué? ¿Viste que hay varios cuentos en que la gente pide deseos pero que cuando le son concedidos le complican la vida? Él asiente con la cabeza, interesado. ¿Te acordás de la charla con mi papá? Por supuesto. Lo que te voy a contar te va a sorprender, estoy segura. Sorprendeme, entonces dice él al tiempo que eleva ambas palmas. Mi papá me invitó a pasar las fiestas con ellos en Punta del Este. Esa sí que es una noticia comenta él genuinamente sorprendido y después recuerda la frase anterior y pregunta ¿y cuál sería la complicación? La chica abre mucho los ojos, arquea las cejas. ¿De veras me preguntás o me estás cargando? ¿Qué sería tan obvio? repregunta él. Ema se reacomoda. Se sienta sobre las piernas flexionadas. No puedo dejar sola a mi mamá para las fiestas. ¿Nunca celebraste con tu papá? Algún año nuevo cuando era chiquita, pero todas las navidades de mi vida las pasé con mi mamá. Él se queda reflexionando. Vamos por partes, Ema propone al fin en primer lugar, aunque vos te fueras, tu mamá está muy lejos de la soledad; Alejandro, tus dos hermanos y quizá tu abuela y alguno de tus muchos tíos. Sí confirma la chiquilina siempre pasamos la nochebuena en lo de mi tío Juan Cruz; tiene una casa enorme en un country; mi tía Luján es una excelente anfitriona, como dice mi abuela; la mesa es un espectáculo, el parque lleno de luces de colores, un árbol gigantesco y se juntan un montón de primos: hasta sobrinitos segundos tengo. Ema se restriega las mejillas con ambas manos. Entonces podríamos dejar de lado la hipótesis de la soledad de tu mamá. No me entendés dice la chica, fastidiada yo siempre la ayudo a pensar los regalos, a comprarlos, a envolver los paquetes; mis hermanos son chicos se queda pensando aunque yo era mucho más chica cuando empecé a ayudarla. Eso podrías hacerlo antes de irte sugiere él si ese fuera el motivo, claro. Tenés razón admite Ema, su mentón oscilando de arriba a abajo lo que pasa es que a mí esas fiestas me encantan, me divierto un montón. Dejemos de lado el multitudinario festejo de nochebuena, ¿vos y adrede acentúa el vos tenés ganas de ir con tu papá? La mirada de la chica pasea de la ventana al techo. Luego lo mira y dice sí y no. Vamos a tratar de evaluar primero cada una de las razones por las que sí desearías ir. La chica va tocando sus dedos a medida que enumera. Quiero estar con mi papá un tiempo largo; hace mucho que no compartimos más que un par de horas; quiero estar con mis hermanitos, son imbancables pero son mis hermanos y casi no los conozco y, lo que es peor, ellos casi no me conocen a mí; quiero conocer Punta del Este, siempre escucho hablar a mis amigas de que varias veranean allí; mi papá siempre va a restaurantes lindos, caros, mamá y Alejandro no pueden, me siento idiota contándote esto, a mí la plata no me importa. Él sonríe. Continuá, Ema, vamos bien la alienta. No se me ocurre nada más dice la chica luego de un rato. Entonces pensemos por qué no querrías ir. Ema baja la vista, las mejillas se le encienden. Tengo miedo confiesa segundos después. ¿De qué? De muchas cosas dice mientras mira el piso de extrañar, de no aguantar a mis hermanitos, de que mi papá igual no me dé bola, de aburrirme, qué sé yo sacude la cabeza y afirma ya me cansé de esto. Él, luego de unos instantes, en voz más baja dice me parece que te olvidaste de alguien. ¿De quién? pregunta Ema, enderezándose y mirándolo. ¿De quién? repregunta él. Cierto reconoce la chica no la nombré a Sandra; sí, tengo miedo de que me ignore, de que me maltrate; no puedo ni imaginarme pasar tantos días con ella. Con la madrastra de los cuentos comenta él sonriendo. No te burles de mí, Gustavo pide Ema. A lo mejor es una oportunidad para que ambas se conozcan; quizás ella también te tiene un poco de miedo… ¿Por qué lo decís? pregunta Ema frunciendo el ceño. Sos una chica muy inteligente que siempre tiene respuestas y, además, seguramente se da cuenta de cuánto te valora tu papá. La chica se queda reflexionando. Varias veces mi papá comparó a sus nuevos hijos conmigo; Ema a esa edad ya…; me imagino que eso a ella le debe dar rabia, nunca lo había pensado; ¿me servís agua? pide. Luego de beber agrega además, con todo lo que le eché en cara a mi papá. ¿cómo ahora podría decirle que no me interesa estar con él; ¿y cómo le puedo decir a mi mamá que lo elijo a él para pasar las fiestas?, no es justo solo porque me ligaría un viaje a Punta del Este. Gustavo controla el reloj. Lo importante, Ema, es que vos puedas tomar una decisión de acuerdo a tus deseos; en esta oportunidad dejá de lado los sentimientos de tus padres, ellos son adultos, tienen recursos para afrontar situaciones adversas; centrate en vos; me imagino que todavía tenés unos días para seguir evaluándolo. De acuerdo dice muy seria voy agarrar un papelito y anotar las cosas que vimos aquí y otras que se me puedan llegar a ocurrir; voy a hacer dos columnas. Él recuerda las columnas de Nacho. Nunca debiéramos subestimar a los adolescentes, piensa. Si necesitás hablar conmigo llamame ofrece él. Muchas gracias, Gustavo; vos siempre me ayudas, mucho me ayudas. Él sonríe, conmovido.
12 de diciembre
Ema viste bermudas y una musculosa. Zapatillas de lona. Imposible el calor dice al tiempo que se deja caer en el diván. Ya resolví mi problema arranca con una sonrisa que le marca los hoyuelos. Cómo no quererla, piensa él. Soy todo oídos. Después de lo que hablamos la última sesión, que me resirvió, me di cuenta de que el principal inconveniente para irme, más allá de todos los miedos de que hablamos, era el festejo de navidad; lo charlé largo con mamá y Alejandro y a él se le ocurrió una solución, que pase nochebuena como siempre en lo de mi tío y que viaje a Punta del Este el veinticinco; mamá dijo que a esta altura ya no íbamos a conseguir pasajes y que le daba miedo que mi papá no me fuera a buscar y que soy muy chica para quedarme sola en un aeropuerto; empecé a discutir con ella hasta que Alejandro dijo que era muy importante para mí poder ir y se ofreció a llevarme en auto; sí, lo que oís; es un crack dice y pide, como de costumbre ¿me servís agua, Gustavo, porfi? Mientras llena los vasos él pregunta ¿y qué resolvieron? Cuando se lo planteé a mi papá me dijo que de ninguna manera; que él iba a intentar conseguirme un pasaje y que se comprometía a irme a buscar al aeropuerto, me parece que ya había hablado algo con mi mamá; hoy le contesta un amigo que trabaja en Aerolíneas. Este episodio pone de manifiesto que hay tres personas, tu mamá, tu papá y Alejandro, que pudieron poner tus deseos en primer lugar; seguramente tu mamá y Alejandro hubieran preferido que también pasaras año nuevo con ellos; tu mamá venció el miedo de dejarte viajar sola y tu papá se resignó a no compartir la nochebuena y se tomará la molestia de buscarte en el aeropuerto; parece que te quieren bastante, ¿qué opinás vos? Ema se queda pensando. Sí, me quedé muy sorprendida yo pensé que todos se iban a ofender, a enojar conmigo, pero no; me parece que mi mamá de veras está contenta de que pase tiempo con mi papá. Será que se da cuenta de que es muy importante para vos. Sí, lo que le dijo Ale; lo único que me da lástima es que me voy a perder una o dos sesiones con vos. Él se queda reflexionando, no le parece bien que la chiquilina genere dependencia. Ya te adelanté, Ema, que este trabajo pronto finalizará; ya solucionaste las dificultades con las que llegaste y este episodio que trajiste hoy demuestra que tu familia está a tu lado acompañándote, ayudándote. Es que yo no quiero dejar. Él de pronto tiene una idea. ¿Qué te parece si la próxima la invitamos a tu mamá y decidimos entre los tres que es mejor para vos? Lo voy a pensar, seguro que ella no tendrá ningún problema en venir, se muere de ganas de saber de qué hablamos dice la chica entre risas. Hasta el final de la sesión Ema le contará qué piensa llevarse a Punta del Este, cuántas amigas irán allá por esos días, a qué lugares sueña con ir. Gustavo la dejará hablar.

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