24 de octubre
Ana María, sentada frente a él, sonríe. Hoy comencé a atender le recuerda él. ¿Cómo le fue? Creí entender que, dado que no está de acuerdo con mi técnica dice él con cierta sorna en la voz ya no quería oficiarme de control. Ella redobla la sonrisa. Su puta sonrisa, piensa él. Le estoy preguntando por usted. Ana María suele irritarme, registra él, se toma unos segundos y contesta creo que estuve bastante efectivo. ¿Disfrutó? Gustavo se queda pensando. ¿Disfrutó?, ¿Ana María disfruta atendiéndolo?, ¿se disfruta escuchando las miserias de alguien? No lo sé dice al cabo me resulta difícil darme cuenta de cuando disfruto. También fuera del consultorio afirma ella. Él la mira fijo. ¿Qué quiere decir? pregunta, aunque en realidad debería preguntarle: ¿qué quiere al decirlo? Me parece que está más entrenado en percibir sus zonas de disconfort que sus zonas de disfrute. Algo se agita dentro de él, la puta que la parió, otra vez acertó. Puede ser admite varias veces detecté durante las sesiones mi fastidio, mi aburrimiento; no sé si registré mi satisfacción con el trabajo realizado se toma la cabeza me estoy transformando en un cascarrabias. ¿Qué es lo que no anda bien fuera del consultorio? Ya lo charlamos; tener que modificar mi vida a raíz de mi padre me hace sentir que retrocedí. Ana María permanece unos segundos en silencio, sonriéndole. ¿Está seguro de que es un retroceso?, usted decidió hacerse cargo de la fábrica voluntariamente porque, además de tranquilizar a su padre estaba defendiendo sus propios intereses; usted decidió interrumpir su consultorio; usted decidió que ahora está en condiciones de adjudicarse un día; usted irá evaluando cuándo podrá sumar más días; todas decisiones de adulto que, me consta, tomó en acuerdo con su mujer y con su padre; ¿por qué verlo como un retroceso? Parece que no estoy diseñado para ser feliz dice él. Solo podemos inferir que le cuesta detectar cuando es feliz. Totalmente cierto; esta mañana cuando me dirigía hacia el consultorio me dije a mí mismo: "deberías estar feliz y no lo estás"; pero sigo sin saber por qué me siento mal. Ana María lo mira un rato largo y luego pregunta ¿cómo va todo en su familia?; en los últimos encuentros se limitó a hablar de su padre, de su relación con su padre. Él se oprime las sienes. Es que eso contamina todo. Debo inferir de su comentario que considera que sus relaciones familiares están "contaminadas", ¿contaminadas con qué?, ¿con su malhumor?, ¿con su insatisfacción? Quizá; yo solo percibo el mal humor de Cecilia, la lejanía de los chicos. ¿A qué atribuye el mal humor de Cecilia? Él tiene un respingo interno. No lo pensé admite. ¿Lo pensamos juntos? propone ella. Creo que no quiero pensar dice él, la vista en el piso. ¿Por qué? La última vez que Cecilia estuvo tan rara tenía un amante. ¿En qué consiste su rareza ahora? Él se queda reflexionando. No sé, está rara. ¿Tienen buen sexo? El respingo se repite. Creo que hace más de una semana que no hacemos el amor. ¿Cree? No me acuerdo reconoce él. No parece estar muy atento a lo que ocurre en su pareja. Él se oprime de nuevo las sienes. La cabeza me va a explotar dice. ¿Le duele? pregunta ella. No, pero hoy pensé demasiado, se ve que estoy desentrenado. No solo con los pacientes afirma Ana María mientras se incorpora. Será mejor que dejemos aquí indica. Aún es temprano. Él, desconcertado, se para.
Sube al auto, fastidiado. Ana María abusa de su poder. Y no se caracteriza por dar explicaciones. Me trata como a un chico, piensa, pero soy tan profesional como ella.
31 de octubre
Sale de la sesión más tranquilo. No está obligado a nada. Ni siquiera a contarle a Cecilia que leyó los mensajes. Quizá si su mujer percibe que usted está receptivo ella misma le cuente lo que le tiene que contar; nada de lo que ocurre es ajeno a usted; todo lo que nos acontece nos pertenece dijo Ana María. No quiero perder a Cecilia, se dice nuevamente. Otra vez no, por favor no. Pone el auto en marcha. Esto es como retroceder en el tiempo piensa. El ruido del motor le llega junto con la melodía que en aquella época de pesadilla lo rondaba. No debemos de pensar que ahora es diferente/ Mil momentos como éste quedan en mi mente/ No se piensa en el verano cuando cae la nieve/ Deja que pase un momento y volveremos a querernos. Suena un mensaje en su celular. En el primer semáforo en rojo atiende. Tengo antojo de helado, papi, ¿me traes? La mocosa le arranca una sonrisa.
7 de noviembre
Ana María lo recibe con la hermética sonrisa de siempre. Él sabe que ella no romperá el silencio. Aunque dure la sesión entera. Tengo solo una hora, piensa, después el mundo caerá sobre mí. Él también sonríe. Creo que hoy lograré sorprenderla dice revoleando los ojos. Ella solo sigue sonriendo. Arriesgue, le doy tres posibilidades. Lo mío es el análisis no la adivinación le aclara ella aunque dado que su voz carece de hostilidad y que parece en mejor estado que la última sesión, me atrevería a arriesgar que su mujer no tiene un amante se inclina hacia atrás en el sillón ¿estoy en lo cierto? Acertó, ¿no quiere seguir arriesgando?, se le da bien. Ella levanta ambos brazos. Suficiente dice sonriendo. Él calla. Estoy haciendo tiempo, piensa. Y recupera la sensación que tuvo con Santiago: en cuanto lo diga se hará realidad. Ante su silencio, Ana María, para su sorpresa le pregunta ¿encaró a Cecilia por el mensaje? No hizo falta; ella solita me explicó la situación. ¿Por qué cree que su mujer se animó? pregunta ella reforzando la última palabra. Qué boludo, ni me lo planteé, piensa él. Se queda reflexionando. Quizá porque intenté interactuar con los tres; me di cuenta de que hubo un montón de situaciones de las cuales estuve ausente; les pedí perdón. Quiere decir que su mujer es muy receptiva y que si no había hablado con usted antes fue porque registraba que usted estaba muy distante. A él le da fastidio. Sí, quédese tranquila; usted me lo había advertido, acertó otra vez. Se instala un largo silencio. Vemos que lo que tiene para transmitirme es lo suficientemente gravoso como para controla el reloj que hayan transcurrido diez minutos y todavía no lo haya hecho. Él inspira hondo. Cecilia está embarazada dice al fin. Ella calla. ¿La sorprendí? pregunta él, irónico. Me sorprendió admite ella elevando las palmas. ¡Una que no vio venir! exclama él con franca sonrisa. ¿Está contento? pregunta Ana María. La sonrisa de él se borra. No confiesa lo último que estaba en mis planes era tener otro hijo. ¿Entonces? Entonces no sé. ¿Qué opina Cecilia? Cecilia…, Cecilia… le cuesta encontrar qué decir tampoco estaba en sus planes, pero… ella lo tendría. ¿Por qué usa el condicional? A él lo sorprende lo atento de su oído. Me dejó a mí la elección dice, agarrándose la cabeza. ¿De cuánto está? pregunta ella. Ya diez semanas informa él hoy vence la semana que le pedí y que me dio para tomar una decisión. ¿Por qué justo una semana? Él no quisiera dar el brazo a torcer, pero sabe que es ridículo. Quería hablarlo con usted admite. ¿Por qué no me llamó para adelantar la sesión? No se me ocurrió dice. O le cuesta admitir que no es omnipotente. Él eleva los brazos en un gesto difuso. ¿Cómo está? pregunta ella luego de una pausa. Angustiado define él, intenta sonreír y dice, elevando una mano, la palma hacia arriba ser o no ser; tener o no tener. Ana María, muy seria, pregunta ¿por qué no tendría al bebé? Ya somos grandes, Ana María; tenemos dos hijos adolescentes; estamos afianzando nuestras carreras; una criatura mandaría todo para atrás. Usted utiliza el plural; sin embargo, estos argumentos no parecen ser válidos para su mujer. No replica Gustavo con fastidio a ella cuando queda embarazada no le importa nada. Parece que esta vez sí le importa usted. Él la mira con sorpresa. No sé si le importo yo o le importa el bebé; me dijo que no está dispuesta a someter a la criatura a la indiferencia a la que me dice sometí a Nacho. Ya charlamos aquí bastante el tema. Sí admite él precisé un simulacro de divorcio para conectarme realmente con mi hijo. Si usted todavía no pudo tomar la decisión, será porque está en contradicción afirma Ana María, hace una pausa y pregunta ¿por qué sí enfatiza el sí tendría el bebé? No quiero perderla a Cecilia. Sin embargo, ella le dio libre albedrío y no amenazó con dejarlo. Creo que nunca me lo perdonaría. Así como usted nunca terminó de perdonarla por imponerle a Nacho ella se reacomoda en su sillón, cruza las piernas centrémonos en el bebé, ¿de alguna manera lo percibe ya como su hijo? Él aprieta fuerte los puños. Tanto que se clava las uñas. ¡Sí!, ¡la puta que lo pario! exclama hoy hablaba con Santiago; él, que en su momento transitó más de un aborto, me decía que ahora que es padre, ya no podría; me enojé con él, pero en el fondo tiene razón; me planteo que si hubiera sido por mí Nacho no existiría y es un pibe espléndido; y aunque me llevó su tiempo lo quiero con toda mi alma. Se instala un largo silencio. Ayer, cuando estaba por tomar el ascensor, mi vecina me pidió que le tuviera un segundo el bebé mientras plegaba el cochecito… cuenta y nuevamente calla; las palabras se resisten a salir. ¿Qué sintió? lo ayuda ella. Lo encontré parecido a Nacho; recordé que era un crío precioso; pensé una estupidez, me da vergüenza contarle. Ella lo mira en silencio con su mágica sonrisa. Pensé que Cecilia y yo hacíamos una excelente combinación, que los hijos nos salían inteligentes, buenos, lindos. ¿Tanto como para arriesgarse a reincidir? Él la mira muy serio. ¿Usted considera que estoy en condiciones de hacerme cargo de otro hijo? ¿Por qué no habría de estarlo? repregunta ella acá la verdadera pregunta es otra; ¿desea que nazca este hijo? Precisaría otra semana. Pero sabe que no la tiene. Él se restriega los ojos. No lo deseo, pero me resulta intolerable pensar en hacerlo desaparecer siente que las lágrimas pugnan por salir después de todo es mi hijo. Antes que todo lo corrige ella, incorporándose. Él la imita.
Una vez que la puerta se cierra, Gustavo deja de luchar para contener el llanto. Las lágrimas se deslizan por sus mejillas mientras camina hacia el auto. Ni intenta enjugarlas.
14 de noviembre
Gustavo se apoya contra el respaldo y dice cree saber cuál fue mi decisión, ¿no? La pregunta en sí, en este marco, es irrelevante. Como diría un juez acota él. Parece que considera que yo podría juzgar su decisión, ¿o es usted mismo quien se juzga? Quizás usted me juzgara íntimamente si yo hubiera decidido lo contrario de lo que decidí. Ana María hace un gesto de fastidio. Se le escapó, evalúa el sorprendido, es humana. Usted ha resuelto se recupera ella olvidando los paradigmas del psicoanálisis, que yo estoy a favor de la continuación del embarazo y que, íntimamente, repito sus palabras, lo criticaría si usted hubiera optado por interrumpirlo; le cuesta ejercer su libre albedrío y justifica su decisión amparándose en las reacciones de quienes lo rodean. ¿A quiénes se refiere? A Cecilia y a Santiago los ha mencionado expresamente; a mí, entre líneas y supongo, conociéndolo, que sumaría en la lista a su madre. Él cabecea. Sí es así admite mi vieja tampoco me perdonaría. Ana María revolea los ojos. Qué extraño, piensa él, hoy parece manifestar emociones, quizás el tema la interpela. Dijo perdonaría y no perdonará sigue ella de lo cual desprendo que ha resuelto continuar con el embarazo. Así es reconoce él. Gustavo, ¿por qué le costó tanto contarlo? Él se toma unos segundos antes de responder porque decidí tener este hijo, pero sin alegría se toma otros segundos diría que hasta tengo rabia. Sí, se percibe; una rabia que se extiende hacia mí. Él se endereza en el diván con brusquedad. ¿Qué dice? Ella desestima la pregunta y continúa centrémonos en usted; aunque se arrepintiera ya no hay manera de volver atrás, ¿me equivocó? No, ninguna; ya van más de once semanas; además, luego de este tiempo de incertidumbre, Cecilia ya se conectó con el bebé; diría que hasta se la ve contenta. ¿Por qué no habría de estarlo? Él, de repente, se siente muy irritado; está harto de Ana María, de Cecilia, de su madre, de todas las mujeres; quiere meterse en la cama y taparse la cabeza y no pensar. Le repito la pregunta insiste ella ¿por qué Cecilia no habría de estar contenta? Porque su vida se va a alterar; se le acabará la tranquilidad, la libertad, el dormir por las noches. Pero ella parece estar hasta contenta de soportarlo. Él fastidio de él se incrementa. No entiendo a las mujeres, no sé qué le ven de disfrutable a un bebé. Ella, ajena a su demostrado malhumor, sonríe. Por lo que usted contó, Santiago tampoco parece padecer a su hijito. Él no encuentra qué replicar, momento en que descubre que no vino para enfrentarse con su analista. Perdón pide me estoy comportando como un imbécil. Ella se encoge de hombros y ladea la cabeza. Siempre sabe cómo reaccionar, evalúa él. Luego de una larga pausa Ana María pregunta ¿cómo transitó el embarazo de Martina? La recuerdo feliz, radiante, luminosa. No me refiero a Cecilia sino a usted. Soy un pelotudo, piensa él y luego se queda reflexionando. En esa época yo estaba bien, pleno; me sentía grande; estaba ganando bien y hacía unos meses había retomado la facultad; nuevamente me contactaba con gente interesante; la relación con mi viejo se había estabilizado; yo solía decir: “esta nena viene con un pan debajo del brazo”; y así fue, desde que nació Martina es un sol; yo no podía creer, Nacho había sido muy llorón; la mayor parte de las noches me despertaba y no encontraba a Cecilia en la cama; pasó noches enteras con el bebé en la mecedora. Ella lo mira con fijeza y pregunta ¿usted no la ayudaba? No contesta él, incómodo al día siguiente tenía que trabajar e intenta justificarse y en esa época Cecilia no hacía nada. Nada más que criar sola a ese niño; porque seguramente su ausencia no era solo física sino también emocional. Sí, siempre vi a Nacho como un contendiente admite Gustavo él me robaba a mi mujer; pasamos meses sin tener sexo. Sin embargo, cuatro años después usted, voluntariamente, buscó otro hijo. Bueno, no es que lo busqué yo, creo que no encontré razones para oponerme. Ya hemos hablado en su momento de cómo transito usted el embarazo de Nacho, ¿y Cecilia? Con Nacho fue todo complicado desde el principio; Cecilia tuvo muchas náuseas; la mayor parte del embarazo se sintió muy mal; casi no teníamos relaciones. ¿Y con Martina? Ya le dije, Cecilia brillaba, ni una molestia dio esa nena. Ella despliega esa sonrisa que él tanto envidia. Qué notable comenta podríamos suponer que los malestares de Cecilia no eran de origen físico; Cecilia tal vez sentía su rechazo y reaccionaba con su cuerpo; quizá luego Nacho percibía la angustia de su madre y por eso lloraba tanto, lloraba el llanto de ella. Él se enfurece. Como siempre la culpa es mía. Ella, ahora seria, dice Gustavo, usted es un hombre inteligente, pero a veces pareciera que esa inteligencia la dejara adentro del consultorio; ¿qué conclusiones sacaría ante un paciente que manifiesta su rechazo por un primer hijo y que describe un embarazo y un puerperio complicados y que luego relata un segundo nacimiento deseado donde todo anduvo sobre rieles? ¿Adónde quiere llegar, Ana María? pregunta él, tan avergonzado como fastidiado. A que repare en que el bienestar de Cecilia y del futuro bebé de algún modo depende de cómo usted logre relacionarse con este embarazo; lograr aceptarlo redundará en su propio beneficio. Él, las manos apoyadas sobre las piernas abiertas, la vista en el piso, cabecea. Sí, ya lo sé, Ana María; por eso estoy aquí, voy a intentarlo. Ella se incorpora. Lo veo el próximo miércoles dictamina.

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