24 de octubre
Ana María, sentada frente a él, sonríe. Hoy comencé a atender le recuerda él. ¿Cómo le fue? Creí entender que, dado que no está de acuerdo con mi técnica dice él con cierta sorna en la voz ya no quería oficiarme de control. Ella redobla la sonrisa. Su puta sonrisa, piensa él. Le estoy preguntando por usted. Ana María suele irritarme, registra él, se toma unos segundos y contesta creo que estuve bastante efectivo. ¿Disfrutó? Gustavo se queda pensando. ¿Disfrutó?, ¿Ana María disfruta atendiéndolo?, ¿se disfruta escuchando las miserias de alguien? No lo sé dice al cabo me resulta difícil darme cuenta de cuando disfruto. También fuera del consultorio afirma ella. Él la mira fijo. ¿Qué quiere decir? pregunta, aunque en realidad debería preguntarle: ¿qué quiere al decirlo? Me parece que está más entrenado en percibir sus zonas de disconfort que sus zonas de disfrute. Algo se agita dentro de él, la puta que la parió, otra vez acertó. Puede ser admite varias veces detecté durante las sesiones mi fastidio, mi aburrimiento; no sé si registré mi satisfacción con el trabajo realizado se toma la cabeza me estoy transformando en un cascarrabias. ¿Qué es lo que no anda bien fuera del consultorio? Ya lo charlamos; tener que modificar mi vida a raíz de mi padre me hace sentir que retrocedí. Ana María permanece unos segundos en silencio, sonriéndole. ¿Está seguro de que es un retroceso?, usted decidió hacerse cargo de la fábrica voluntariamente porque, además de tranquilizar a su padre estaba defendiendo sus propios intereses; usted decidió interrumpir su consultorio; usted decidió que ahora está en condiciones de adjudicarse un día; usted irá evaluando cuándo podrá sumar más días; todas decisiones de adulto que, me consta, tomó en acuerdo con su mujer y con su padre; ¿por qué verlo como un retroceso? Parece que no estoy diseñado para ser feliz dice él. Solo podemos inferir que le cuesta detectar cuando es feliz. Totalmente cierto; esta mañana cuando me dirigía hacia el consultorio me dije a mí mismo: "deberías estar feliz y no lo estás"; pero sigo sin saber por qué me siento mal. Ana María lo mira un rato largo y luego pregunta ¿cómo va todo en su familia?; en los últimos encuentros se limitó a hablar de su padre, de su relación con su padre. Él se oprime las sienes. Es que eso contamina todo. Debo inferir de su comentario que considera que sus relaciones familiares están "contaminadas", ¿contaminadas con qué?, ¿con su malhumor?, ¿con su insatisfacción? Quizá; yo solo percibo el mal humor de Cecilia, la lejanía de los chicos. ¿A qué atribuye el mal humor de Cecilia? Él tiene un respingo interno. No lo pensé admite. ¿Lo pensamos juntos? propone ella. Creo que no quiero pensar dice él, la vista en el piso. ¿Por qué? La última vez que Cecilia estuvo tan rara tenía un amante. ¿En qué consiste su rareza ahora? Él se queda reflexionando. No sé, está rara. ¿Tienen buen sexo? El respingo se repite. Creo que hace más de una semana que no hacemos el amor. ¿Cree? No me acuerdo reconoce él. No parece estar muy atento a lo que ocurre en su pareja. Él se oprime de nuevo las sienes. La cabeza me va a explotar dice. ¿Le duele? pregunta ella. No, pero hoy pensé demasiado, se ve que estoy desentrenado. No solo con los pacientes afirma Ana María mientras se incorpora. Será mejor que dejemos aquí indica. Aún es temprano. Él, desconcertado, se para.
Sube al auto, fastidiado. Ana María abusa de su poder. Y no se caracteriza por dar explicaciones. Me trata como a un chico, piensa, pero soy tan profesional como ella.
31 de octubre
Sale de la sesión más tranquilo. No está obligado a nada. Ni siquiera a contarle a Cecilia que leyó los mensajes. Quizá si su mujer percibe que usted está receptivo ella misma le cuente lo que le tiene que contar; nada de lo que ocurre es ajeno a usted; todo lo que nos acontece nos pertenece dijo Ana María. No quiero perder a Cecilia, se dice nuevamente. Otra vez no, por favor no. Pone el auto en marcha. Esto es como retroceder en el tiempo piensa. El ruido del motor le llega junto con la melodía que en aquella época de pesadilla lo rondaba. No debemos de pensar que ahora es diferente/ Mil momentos como éste quedan en mi mente/ No se piensa en el verano cuando cae la nieve/ Deja que pase un momento y volveremos a querernos. Suena un mensaje en su celular. En el primer semáforo en rojo atiende. Tengo antojo de helado, papi, ¿me traes? La mocosa le arranca una sonrisa.
7 de noviembre
Ana María lo recibe con la hermética sonrisa de siempre. Él sabe que ella no romperá el silencio. Aunque dure la sesión entera. Tengo solo una hora, piensa, después el mundo caerá sobre mí. Él también sonríe. Creo que hoy lograré sorprenderla dice revoleando los ojos. Ella solo sigue sonriendo. Arriesgue, le doy tres posibilidades. Lo mío es el análisis no la adivinación le aclara ella aunque dado que su voz carece de hostilidad y que parece en mejor estado que la última sesión, me atrevería a arriesgar que su mujer no tiene un amante se inclina hacia atrás en el sillón ¿estoy en lo cierto? Acertó, ¿no quiere seguir arriesgando?, se le da bien. Ella levanta ambos brazos. Suficiente dice sonriendo. Él calla. Estoy haciendo tiempo, piensa. Y recupera la sensación que tuvo con Santiago: en cuanto lo diga se hará realidad. Ante su silencio, Ana María, para su sorpresa le pregunta ¿encaró a Cecilia por el mensaje? No hizo falta; ella solita me explicó la situación. ¿Por qué cree que su mujer se animó? pregunta ella reforzando la última palabra. Qué boludo, ni me lo planteé, piensa él. Se queda reflexionando. Quizá porque intenté interactuar con los tres; me di cuenta de que hubo un montón de situaciones de las cuales estuve ausente; les pedí perdón. Quiere decir que su mujer es muy receptiva y que si no había hablado con usted antes fue porque registraba que usted estaba muy distante. A él le da fastidio. Sí, quédese tranquila; usted me lo había advertido, acertó otra vez. Se instala un largo silencio. Vemos que lo que tiene para transmitirme es lo suficientemente gravoso como para controla el reloj que hayan transcurrido diez minutos y todavía no lo haya hecho. Él inspira hondo. Cecilia está embarazada dice al fin. Ella calla. ¿La sorprendí? pregunta él, irónico. Me sorprendió admite ella elevando las palmas. ¡Una que no vio venir! exclama él con franca sonrisa. ¿Está contento? pregunta Ana María. La sonrisa de él se borra. No confiesa lo último que estaba en mis planes era tener otro hijo. ¿Entonces? Entonces no sé. ¿Qué opina Cecilia? Cecilia…, Cecilia… le cuesta encontrar qué decir tampoco estaba en sus planes, pero… ella lo tendría. ¿Por qué usa el condicional? A él lo sorprende lo atento de su oído. Me dejó a mí la elección dice, agarrándose la cabeza. ¿De cuánto está? pregunta ella. Ya diez semanas informa él hoy vence la semana que le pedí y que me dio para tomar una decisión. ¿Por qué justo una semana? Él no quisiera dar el brazo a torcer, pero sabe que es ridículo. Quería hablarlo con usted admite. ¿Por qué no me llamó para adelantar la sesión? No se me ocurrió dice. O le cuesta admitir que no es omnipotente. Él eleva los brazos en un gesto difuso. ¿Cómo está? pregunta ella luego de una pausa. Angustiado define él, intenta sonreír y dice, elevando una mano, la palma hacia arriba ser o no ser; tener o no tener. Ana María, muy seria, pregunta ¿por qué no tendría al bebé? Ya somos grandes, Ana María; tenemos dos hijos adolescentes; estamos afianzando nuestras carreras; una criatura mandaría todo para atrás. Usted utiliza el plural; sin embargo, estos argumentos no parecen ser válidos para su mujer. No replica Gustavo con fastidio a ella cuando queda embarazada no le importa nada. Parece que esta vez sí le importa usted. Él la mira con sorpresa. No sé si le importo yo o le importa el bebé; me dijo que no está dispuesta a someter a la criatura a la indiferencia a la que me dice sometí a Nacho. Ya charlamos aquí bastante el tema. Sí admite él precisé un simulacro de divorcio para conectarme realmente con mi hijo. Si usted todavía no pudo tomar la decisión, será porque está en contradicción afirma Ana María, hace una pausa y pregunta ¿por qué sí enfatiza el sí tendría el bebé? No quiero perderla a Cecilia. Sin embargo, ella le dio libre albedrío y no amenazó con dejarlo. Creo que nunca me lo perdonaría. Así como usted nunca terminó de perdonarla por imponerle a Nacho ella se reacomoda en su sillón, cruza las piernas centrémonos en el bebé, ¿de alguna manera lo percibe ya como su hijo? Él aprieta fuerte los puños. Tanto que se clava las uñas. ¡Sí!, ¡la puta que lo pario! exclama hoy hablaba con Santiago; él, que en su momento transitó más de un aborto, me decía que ahora que es padre, ya no podría; me enojé con él, pero en el fondo tiene razón; me planteo que si hubiera sido por mí Nacho no existiría y es un pibe espléndido; y aunque me llevó su tiempo lo quiero con toda mi alma. Se instala un largo silencio. Ayer, cuando estaba por tomar el ascensor, mi vecina me pidió que le tuviera un segundo el bebé mientras plegaba el cochecito… cuenta y nuevamente calla; las palabras se resisten a salir. ¿Qué sintió? lo ayuda ella. Lo encontré parecido a Nacho; recordé que era un crío precioso; pensé una estupidez, me da vergüenza contarle. Ella lo mira en silencio con su mágica sonrisa. Pensé que Cecilia y yo hacíamos una excelente combinación, que los hijos nos salían inteligentes, buenos, lindos. ¿Tanto como para arriesgarse a reincidir? Él la mira muy serio. ¿Usted considera que estoy en condiciones de hacerme cargo de otro hijo? ¿Por qué no habría de estarlo? repregunta ella acá la verdadera pregunta es otra; ¿desea que nazca este hijo? Precisaría otra semana. Pero sabe que no la tiene. Él se restriega los ojos. No lo deseo, pero me resulta intolerable pensar en hacerlo desaparecer siente que las lágrimas pugnan por salir después de todo es mi hijo. Antes que todo lo corrige ella, incorporándose. Él la imita.
Una vez que la puerta se cierra, Gustavo deja de luchar para contener el llanto. Las lágrimas se deslizan por sus mejillas mientras camina hacia el auto. Ni intenta enjugarlas.
14 de noviembre
Gustavo se apoya contra el respaldo y dice cree saber cuál fue mi decisión, ¿no? La pregunta en sí, en este marco, es irrelevante. Como diría un juez acota él. Parece que considera que yo podría juzgar su decisión, ¿o es usted mismo quien se juzga? Quizás usted me juzgara íntimamente si yo hubiera decidido lo contrario de lo que decidí. Ana María hace un gesto de fastidio. Se le escapó, evalúa el sorprendido, es humana. Usted ha resuelto se recupera ella olvidando los paradigmas del psicoanálisis, que yo estoy a favor de la continuación del embarazo y que, íntimamente, repito sus palabras, lo criticaría si usted hubiera optado por interrumpirlo; le cuesta ejercer su libre albedrío y justifica su decisión amparándose en las reacciones de quienes lo rodean. ¿A quiénes se refiere? A Cecilia y a Santiago los ha mencionado expresamente; a mí, entre líneas y supongo, conociéndolo, que sumaría en la lista a su madre. Él cabecea. Sí es así admite mi vieja tampoco me perdonaría. Ana María revolea los ojos. Qué extraño, piensa él, hoy parece manifestar emociones, quizás el tema la interpela. Dijo perdonaría y no perdonará sigue ella de lo cual desprendo que ha resuelto continuar con el embarazo. Así es reconoce él. Gustavo, ¿por qué le costó tanto contarlo? Él se toma unos segundos antes de responder porque decidí tener este hijo, pero sin alegría se toma otros segundos diría que hasta tengo rabia. Sí, se percibe; una rabia que se extiende hacia mí. Él se endereza en el diván con brusquedad. ¿Qué dice? Ella desestima la pregunta y continúa centrémonos en usted; aunque se arrepintiera ya no hay manera de volver atrás, ¿me equivocó? No, ninguna; ya van más de once semanas; además, luego de este tiempo de incertidumbre, Cecilia ya se conectó con el bebé; diría que hasta se la ve contenta. ¿Por qué no habría de estarlo? Él, de repente, se siente muy irritado; está harto de Ana María, de Cecilia, de su madre, de todas las mujeres; quiere meterse en la cama y taparse la cabeza y no pensar. Le repito la pregunta insiste ella ¿por qué Cecilia no habría de estar contenta? Porque su vida se va a alterar; se le acabará la tranquilidad, la libertad, el dormir por las noches. Pero ella parece estar hasta contenta de soportarlo. Él fastidio de él se incrementa. No entiendo a las mujeres, no sé qué le ven de disfrutable a un bebé. Ella, ajena a su demostrado malhumor, sonríe. Por lo que usted contó, Santiago tampoco parece padecer a su hijito. Él no encuentra qué replicar, momento en que descubre que no vino para enfrentarse con su analista. Perdón pide me estoy comportando como un imbécil. Ella se encoge de hombros y ladea la cabeza. Siempre sabe cómo reaccionar, evalúa él. Luego de una larga pausa Ana María pregunta ¿cómo transitó el embarazo de Martina? La recuerdo feliz, radiante, luminosa. No me refiero a Cecilia sino a usted. Soy un pelotudo, piensa él y luego se queda reflexionando. En esa época yo estaba bien, pleno; me sentía grande; estaba ganando bien y hacía unos meses había retomado la facultad; nuevamente me contactaba con gente interesante; la relación con mi viejo se había estabilizado; yo solía decir: “esta nena viene con un pan debajo del brazo”; y así fue, desde que nació Martina es un sol; yo no podía creer, Nacho había sido muy llorón; la mayor parte de las noches me despertaba y no encontraba a Cecilia en la cama; pasó noches enteras con el bebé en la mecedora. Ella lo mira con fijeza y pregunta ¿usted no la ayudaba? No contesta él, incómodo al día siguiente tenía que trabajar e intenta justificarse y en esa época Cecilia no hacía nada. Nada más que criar sola a ese niño; porque seguramente su ausencia no era solo física sino también emocional. Sí, siempre vi a Nacho como un contendiente admite Gustavo él me robaba a mi mujer; pasamos meses sin tener sexo. Sin embargo, cuatro años después usted, voluntariamente, buscó otro hijo. Bueno, no es que lo busqué yo, creo que no encontré razones para oponerme. Ya hemos hablado en su momento de cómo transito usted el embarazo de Nacho, ¿y Cecilia? Con Nacho fue todo complicado desde el principio; Cecilia tuvo muchas náuseas; la mayor parte del embarazo se sintió muy mal; casi no teníamos relaciones. ¿Y con Martina? Ya le dije, Cecilia brillaba, ni una molestia dio esa nena. Ella despliega esa sonrisa que él tanto envidia. Qué notable comenta podríamos suponer que los malestares de Cecilia no eran de origen físico; Cecilia tal vez sentía su rechazo y reaccionaba con su cuerpo; quizá luego Nacho percibía la angustia de su madre y por eso lloraba tanto, lloraba el llanto de ella. Él se enfurece. Como siempre la culpa es mía. Ella, ahora seria, dice Gustavo, usted es un hombre inteligente, pero a veces pareciera que esa inteligencia la dejara adentro del consultorio; ¿qué conclusiones sacaría ante un paciente que manifiesta su rechazo por un primer hijo y que describe un embarazo y un puerperio complicados y que luego relata un segundo nacimiento deseado donde todo anduvo sobre rieles? ¿Adónde quiere llegar, Ana María? pregunta él, tan avergonzado como fastidiado. A que repare en que el bienestar de Cecilia y del futuro bebé de algún modo depende de cómo usted logre relacionarse con este embarazo; lograr aceptarlo redundará en su propio beneficio. Él, las manos apoyadas sobre las piernas abiertas, la vista en el piso, cabecea. Sí, ya lo sé, Ana María; por eso estoy aquí, voy a intentarlo. Ella se incorpora. Lo veo el próximo miércoles dictamina.
Miércoles 21 de noviembre
Subiendo la escalera, como tantas veces, se deja conducir por la leve y… elegante, califica, fragancia de Ana María. Él se sienta y sonríe. Se lo ve bien comenta ella. Tuve un buen día confirma él juntando ambas palmas. Lo escucho. Fui con Cecilia al obstetra arranca él. ¿Ella le pidió? No, yo le ofrecí, quedó muy sorprendida. Ana María asiente con la cabeza. La encontró bien; Cecilia le consultó si el espiral podía dañar al bebé, y Santandrea, así se llama, la atendió en los dos partos anteriores, la tranquilizó y le comentó que es más habitual de lo que se supone; “recibí una beba que tenía el espiral apretado en la manito”, contó. Criaturas decididas a vivir comenta Ana María y a Gustavo lo sorprende la interrupción. Este tema la atraviesa, confirma. Permanece en silencio y ella pregunta ¿cómo se sintió usted? Gustavo juega con los dedos mientras piensa. Santiago me preguntó lo mismo; usted ya sabe que él es mi segundo analista comenta sonriendo y luego de una pausa dice si le cuento se va a reír de mí. Nunca me reiría de usted despliega su sonrisa Ana María. Cuando escuché el corazoncito redoblando a ese ritmo vertiginoso, sentí que le había dado la vida a ese hijo dos veces, al engendrarlo y al permitirle vivir; ni la vida de Nacho ni siquiera la de Martina eran producto de mi decisión; la de este bebé sí; es ridículo, pero sentí que mi decisión nos ligaba doblemente, era hijo de mis genes tanto como de mi albedrío Gustavo se restriega los ojos estoy diciendo tonterías. Ana María lo contempla con su mágica, califica él, sonrisa. Jugada magistral de Cecilia dice luego de un buen rato. ¿Cómo? Sin abandonar la sonrisa ella responde su mujer lo conoce muy bien y es muy inteligente; usted tiene tendencia a quejarse, a victimizarse, a considerar que lo que lo rodea es producto de las acciones de los demás; Cecilia lo hizo subir al escenario, lo obligó a ser protagonista y quizá recién en ese momento usted descubrió su propia potencia. Él se abraza con ambas manos. ¿Le trasmitió a Cecilia lo que había sentido? No, y recién ahora, al ponerlo en palabras frente a usted, pude descifrar lo que solo había sido un cúmulo de percepciones; sí, tiene razón, Cecilia fue muy sabia; pero no voy a decírselo enuncia Gustavo sonriendo francamente cómo otorgarle tamaño mérito. Ana María redobla su sonrisa. Usted tiene el mérito de ser amado por una mujer tan valiosa. Los ojos de Gustavo, al instante, se llenan de lágrimas. No me lo merezco afirma. ¿Por qué lo dice? Siempre pongo mis necesidades en primer lugar. Eso no está mal en tanto al mismo tiempo puedan contemplarse las necesidades de los demás. A él se le aparece la imagen de Nacho. Nunca podré perdonarme por mi indiferencia con Nacho; pasé años evaluando las dificultades que su llegada me había ocasionado y ni me planteé genuinamente qué podía generar en él mi rencor. Gustavo la voz de Ana María se dulcifica ya hablamos mucho del tema y soy testigo de la enorme transformación que logró en la relación con su hijo. El miércoles próximo almorzaré con él, nunca se me había ocurrido invitarlo, ¿qué habrá experimentado al saber que sí lo hacía con su hermana?; ahora ya es un muchacho grande, ¿cuán trascendente puede ser la relación con su padre? Ana María lo mira con una sonrisa ahora… irónica, califica él. ¿Usted diría, Gustavo, que la relación con su propio padre le resulta intrascendente? Touche admite él elevando ambas palmas. Tiene el resto de la vida para seguir profundizando el vínculo con Nacho; usted siempre va a ser importante para él. Gustavo se queda pensando. Estoy atendiendo a una adolescente cuenta una piba de catorce años particularmente inteligente; hoy en la sesión planteó, llorando, que no sabía si su padre la quería; lo primero que me surgió era decirle “como no te va a querer si es tu papá”, pero no se lo dije; qué importaba si él padre la quería si la chica no percibía su amor; me sacudió hasta el tuétano. A veces los pacientes son los que nos curan a nosotros. Gustavo esta nuevamente sorprendido. Ana María está rara hoy. Ella se incorpora. Dejamos por hoy indica. Ahora la fragancia lo conduce a la salida. En el momento de despedirse él dice muchas gracias, Ana María, fue muy valiosa para mí esta sesión. Ella solo sonríe.
Sube al auto y se deja hacer sobre el asiento. Está agotado. Permanece así, los ojos cerrados. Precisaría poder grabar en sus neuronas, ¿en su alma?, todo lo que trabajaron en sesión. Cuando llegue a su casa intentará ponerlo por escrito. Increíble todo lo que un aparatito que detecta latidos pudo provocar. Ana María es…, Ana María, concluye. Tan intensas las emociones que le genera esta mujer. Admiración, fastidio, ¿envidia? Sonríe a solas. Algún día debería llevar el tema a sesión. En esas está cuando suena el celular. ¿A qué hora venís? pregunta Cecilia. Yendo contesta mientras pone el auto en marcha. Perdí la noción del tiempo, registra, preocupado. Un bocinazo le advierte que el semáforo ya pasó a verde. Concentrate, Gustavo, se advierte mientras pone el pie en el acelerador.
28 de noviembre
Como tantas veces, sube la escalera tras Ana María. El mismo agitarse de su pollera, idéntico perfume. Lo reiterado me da seguridad, evalúa, como a los niños, completa la idea. Ya ubicados, Ana María, las piernas cruzadas, la falda rozando el piso, le sonríe. Hoy almorcé con Nacho arranca él y calla. Ella arquea las cejas y ladea casi imperceptiblemente la cabeza. ¿A propuesta de quién? Mía contesta él, parco. ¿Cuál fue su objetivo? Esta mañana le contaba a Santiago que el otro día reparé en que nunca lo había invitado a él; sí, a Martina. Meriendas con submarino y tostados acota ella y luego añade pareciera que su objetivo fue blanquear sus culpas. Siempre acierta, piensa él, pero, obvio, no se lo dice. No va a darle el gusto. Me salió el tiro por la culata. ¿Por qué? No sé ni por dónde empezar. Por el principio. Cuando comencé a proponer temas mi hijo me aclaró que quería hablar sobre nosotros y, acto seguido, sacó un listado de las cosas que quería decirme; no recuerdo ni la mitad, debiera haberlo grabado; lo primero que me preguntó es si yo había querido que él naciera cuenta él y calla porque, imprevistamente, los ojos se le llenan de lágrimas. Lágrimas que, aunque quiere, no logra controlar. Ana María le alcanza un pañuelo de papel que él toma. No sabía qué decirle; pero después comprendí que ese chico no merecía que le mintiera; entonces le conté un sollozo lo hace interrumpirse. Luego de unos instantes Ana María le pregunta con voz suave ¿qué le contó? Él se sirve un vaso de agua y logra tranquilizarse. Que era un mal momento, que éramos muy jóvenes, que estábamos estudiando; pero él me interrumpió; “sí, eso es obvio”, dijo, “lo que yo necesito saber es si vos hubieras preferido que no naciera”. Gustavo permanece en silencio, reviviendo en el cuerpo lo que sintió horas atrás. Le tuve que confesar que era cierto, hubiera preferido que no naciera dice al fin y calla, acongojado. Me parece que ambos fueron muy valientes; su hijo en confirmar lo que siempre supo sin palabras y usted al demostrarle que sus percepciones habían sido correctas. “¿Después me quisiste?”, me preguntó, y el alma se me partió en dos; hoy mi paciente adolescente también dudaba del amor de su padre; entonces le dije que fui aprendiendo a quererlo, y que pude amarlo plenamente, con todo mi corazón, cuando su madre se fue de viaje y me di cuenta del maravilloso hijo que tenía, aunque no me lo mereciera, aunque no fuera producto de mis conductas con él; le conté que había tratado mucho el tema en mi terapia y le pedí perdón desde el fondo de mi alma. Celebro esta charla, a pesar del dolor que les causó a ambos dice Ana María creo que ahora sí podrán conectarse con profundidad. Me contó que siempre había sentido que yo tenía preferencia por Martina; que trataba de consolarse pensando que era porque era más chica, porque era mujer; “¿te digo qué me ayudó?”, me preguntó, “saber que para el abuelo sí era el favorito” cuenta él y luego calla. Luego de un rato Ana María le pregunta ¿qué sintió al escuchar esto último? No lo podía creer; mi padre, al que tanto critico, al que desde chico he echado en cara su indiferencia, ha sido sostén emocional de mi hijo, dañado por mi propia indiferencia. Ana María se toma unos minutos antes de afirmar me parece que tiene mucho que agradecer a esta charla con Nacho; mucho que agradecerle a Nacho; quizá, a partir de ahora, no solo pueda sanar la relación con su hijo sino también la relación con su padre. Él se oprime las sienes. No sé cómo enfrentarlo al llegar a casa. ¿Enfrentarlo?, no se trata de una contienda; su hijo ya no es ese bebé que usted creía le había robado a su mujer; es un muchacho inteligente y sensible que le está abriendo un puente para conectarse con él; creo que su hijo no busca litigio, su hijo lo necesita, su hijo está reclamando su amor dice Ana María con su luminosa sonrisa. Él, por fin, sonríe. Tan difícil ser padre; lo único que me falta es que en medio de este panorama aterrice un bebé. De usted depende que dentro de dieciocho años otro hijo no le acerque un planteo similar. ¡Ni me lo diga!, porque además en ese entonces seré un viejo. Y yo ya no podré ayudarlo sentencia Ana María incorporándose.
5 de diciembre
¿Cómo anduvo la semana? pregunta Ana María porque él se quedó callado largo rato, sin decidirse sobre qué hablar. Primera semana tranquila en mucho tiempo; el sábado nos encontramos con Santiago y Marisa; la pasamos muy bien, nos hacía falta socializar; se los ve contentos con Tomy. ¿Por qué no habrían de estarlo? Criar un bebé es agotador, pero la van llevando bien; se nota que son un equipo. ¿Cecilia y usted constituyeron alguna vez un equipo de crianza? pregunta Ana María esbozando apenas una sonrisa. Oyéndolos hablar, porque habían dejado el nene con la abuela, me di cuenta de que no; a lo sumo yo la “ayudé” a Cecilia, nunca en plano de igualdad. Sin embargo, cuando Cecilia estuvo en Chile usted se hizo cargo de sus hijos a tiempo completo. ¡Pero estaban grandes!, yo digo de chiquitos, como que no sé qué hacer con un bebé. Ana María ahora sonríe ampliamente. Tal vez pronto tenga oportunidad de aprenderlo; porque, a diferencia de los otros dos puerperios en que según usted Cecilia no hacía “nada”, ahora trabaja y supongo que más tarde o más temprano, luego del nacimiento de la criatura, reanudará su labor, que según usted me ha transmitido, le gusta, le interesa y, además, está en ascenso. Sí, así es admite él tendré que ponerme las pilas. Él se sirve un vaso de agua. Tiene la garganta seca. Hace bastante que no menciona el consultorio le da pie ella. Creo que lo estoy haciendo bastante bien comenta él al menos estoy satisfecho con mi paciente adolescente, increíble lo que se logró en tan poco tiempo; con Marcelo, yo le hablé de él en su momento, es que quedó viudo con cinco hijos, logré, porque de algún modo considero que es un logro mío, que le contara a una de sus hijas adolescentes que su hermanita en realidad es medio hermana; otro que tiene enormes dificultades para transmitir sus emociones hoy sollozó en sesión y la otra…; con la otra sí que estoy en conflicto; creo que de ella no le he hablado; una mujer muy potente, toda su vulnerabilidad en sombras, que luego de infinitos y cruentos tratamientos no logra ser madre; ahora se plantea adoptar aunque el marido no está de acuerdo; ella está decidida y me comentó que si hiciera falta está dispuesta a “comprar” una criatura; no supe qué hacer, cómo manejarlo; ya sé que ahora usted no es más mi control; no se lo hubiera comentado pero como me preguntó sobre el consultorio… Ana María permanece en silencio unos segundos y luego, muy seria, dice lo primero es discernir cuánta veracidad tiene el comentario que hizo; a veces son cosas que se dicen sin que uno efectivamente piense llevarlas a cabo; si fuera paciente mía, trataría de disuadirla e insistir con que buscara opciones legales; es una situación compleja, porque una cosa es que una madre desesperada nos entregue personalmente su bebé y otra muy distinta operar con redes que vaya a saber cómo se han hecho de la criatura; por lo que me ha contado, si ni siquiera ha logrado ponerse de acuerdo con el marido, es una idea incipiente; quizá haya posibilidad de evitar el ilícito. ¿Y si no? insiste él. De ser así puede buscar asesoramiento legal para psicólogos; no seré yo la que le indique cómo debe de actuar. De acuerdo, muchas gracias, ya veré cómo viene la mano, pero conociendo a la mujer me temo que sí estaría dispuesta a todo. Ana María hace un gesto con la cabeza, ¿de fastidio? Volviendo a lo nuestro continúa ¿cómo se tomaron sus hijos la noticia del embarazo? Por una razón u otra lo fuimos postergando, pero de esta noche no pasará; espero que estén los dos a la hora de la cena; Cecilia está muy inquieta con el tema; dice que para un adolescente es difícil de aceptar. Una confirmación de la sexualidad de los padres cuando son ellos los que están comenzando ese camino acota Ana María. Exactamente; supongo que Martina se pondrá contenta, a ella le gustan mucho los chicos, pero Nacho… a él le tengo miedo. Qué interesante; hace un rato comentó que un paciente suyo acaba de develar un secreto a su hija y usted se encuentra en una situación semejante. Sí, es increíble las situaciones paralelas que aparecieron en el consultorio; la adolescente, ya le comenté, que encaró a su padre casi simultáneamente con los planteos de Nacho; tengo un paciente con una relación sumamente conflictiva con su padre que acaba de morir, por momento me remite al vinculo con mi padre; otra paciente está abrumada por no poder tener un hijo y yo abrumado por tenerlo Gustavo finalmente sonríe a veces pienso que yo tendría que pagarle a ellos, por mostrarme cosas de mí que me cuesta ver. Ya comenté en otra sesión, los pacientes a veces son los que nos sanan. Gustavo se pregunta qué puede haberle aportado él a Ana María. Tiene la percepción, sin fundamento, por supuesto, que el tema del embarazo, de los hijos deseados o no, no le pasa por el costado. ¿Me escuchó, Gustavo? lo trae a la realidad ella vamos a dejar acá.
12 de diciembre
Ana María, sentada frente a él, sonríe. Sonrisa que es una invitación muda a hablar. Los mudos no hablan, piensa. Ella se reacomoda en el sillón sin dejar de sonreír. Semana de comunicaciones arranca él y como ella persiste en silencio, ahora seria, él agrega el miércoles pasado le contamos a los chicos y hoy a mi madre como Ana María se limita a mirarlo él continúa hoy le comentaba a Santiago que evidentemente conozco menos de lo que creo a mis hijos porque Martina reaccionó muy mal, especialmente con Cecilia, y Nacho, en cambio, abrazó y felicitó a su madre; justo al revés de lo que yo suponía. Ana María sonríe nuevamente. ¿En qué se basaban sus suposiciones? pregunta. Ya le dije responde él fastidiado en que creí conocerlos. Ella se sostiene el mentón con el brazo flexionado y comenta quizá fue una cuestión de género él mira, interesado y ella continúa tal vez supuso que Martina, en tanto mujer, compartiría el instinto maternal de su propia madre y que Nacho, en tanto varón, expresaría el rechazo latente de su padre. Él, tocado, se queda pensando. Puede ser admite me movilizó escucharle decir a mi hijo que estaba contento. Como lo sorprende comprobar que Santiago disfruta de la crianza de su hijito; no pongo en duda el amor que profesa por sus dos hijos; pero le cuesta mucho correrse del modelo patriarcal, papá proveedor, mamá, ama de casa. Así fueron mis padres dice él, contrariado. Usted, intelectualmente, brega por la independencia de la mujer, pero, en la práctica, se resiste a tomar sobre sus hombros el peso que aligeraría la mochila de Cecilia lo mira sonriendo y pregunta ¿me equivoco? Él permanece en silencio. Sin embargo, cuando Cecilia se fue, usted demostró ser capaz de hacerse cargo de su hogar en todos los terrenos; hasta me atrevería a afirmar que, en algunos momentos, hasta lo disfrutó; ese Gustavo es el que seguramente Cecilia desea que reaparezca, porque ahora sabe que existe afirma Ana María y luego se cruza de piernas y calla. Cuando Cecilia les dio la noticia, la primera reacción de Nacho fue preguntarme, porque se dirigió solo a mí, si había sido buscado; cuando lo negué me preguntó si estaba contento; como me quedé callado, dijo “yo sí estoy contento; es muy triste para un bebé no ser deseado” y se levantó para a abrazar a su madre. Es interesante; quizás amparar a este hermanito le dé la posibilidad de sanar su propia herida; fíjese que se acercó a Cecilia ofreciéndole un apoyo masculino. Pero yo ya acepté esta criatura se defiende él, ofendido la estoy acompañando a Cecilia lo mejor que puedo. A lo que el chico se refiere es al deseo. Pero el deseo no depende de nuestra voluntad. Es cierto, eso deberá comprobarlo por sí mismo a medida que crezca ella hace una pausa y pregunta ¿y Martina? Después del berrinche inicial nos dejó una notita bajo la puerta pidiendo perdón; al día siguiente se fue de viaje de estudios, regresa mañana; el miércoles que viene le cuento. Él controla el reloj. Quisiera plantear lo sucedido con Andrea y la posibilidad de sumar otra sesión, pero solo quedan diez minutos, entonces comenta hoy almorcé con mi madre y le conté. Ana María sonríe, ¿Reacción? pregunta. Se puso muy contenta; se puso realmente contenta. ¿Eso significa que el resto se pulso falsamente contento? No; quiero decir que no se trató solo de aceptación, a ella le dio ilusión, alegría. A lo mejor hasta tiene algo de bonito que nazca un niño dice ella al tiempo que se para. Dejamos acá informa. Sí, todo lo relacionado a la maternidad la interpela, concluye él ya de pie.

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