viernes, 17 de abril de 2026

223

 



¿Te acordás que te dije que mi papá me había cancelado la salida al cine?
Son las primeras palabras de Ema. Sí, hace ya dos semanas responde él. Después de eso no volvió a comunicarse conmigo. ¿No tenés días fijos para verlo? En principio sí, pero casi nunca se cumplen, desde que está con Sandra no se cumplen. Él calla. Mamá al principio le reclamaba, pero ya no. ¿Por qué no? Porque yo le pedí que no lo hiciera, me hacía peor escuchar las discusiones que no verlo. Quiere decir que tu mamá respeta tus deseos. La chica hace un gesto de fastidio. Sí, ya te dije que siempre me escucha, que demasiado me escucha. Sigamos con tu papá propone él. ¿Sabés qué me pasó? pregunta mirándolo fijo estaba enojada, muy enojada; es raro porque antes solo me ponía triste. ¿Antes de qué? Ema se endereza en el diván y se queda unos segundos callada. No había pensado antes de qué mira el piso y agrega supongo que antes de empezar a… se interrumpe antes de empezar a charlar con vos. Él experimenta una gran satisfacción. ¿Cómo es eso? pregunta. Antes…, cuando era chiquita, aclara pensaba que, si mi papá no tenía ganas de estar conmigo, la culpa a lo mejor era mía, que yo era aburrida o tonta o mala o vaya a saber qué y por eso no podía hacerme querer; pero últimamente me di cuenta de que yo no soy la culpable, porque además todos los demás me quieren. ¿viste?, yo soy de hacerme querer, las mamás de mis amigas me adoran, las maestras antes, las profesoras ahora, también; él es mi papá y él tiene que ocuparse de mí, aunque no me quiera, porque es un adulto y soy su responsabilidad; por eso me enojé. Gustavo se cerciora de que ella no seguirá hablando y pregunta ¿vos sentís que tu papá no te quiere? Al instante los ojos de la chiquilina se llenan de lágrimas. La pucha dice de nuevo estoy llorando. Ya hablamos al respecto, Ema, celebro que puedas comunicar tus emociones, no necesitás ser como tu abuela. La chica sonríe entre las lágrimas. Vos te acordás de todo afirma. Te escucho con atención responde él, complacido. ¡Como mamá! exclama la chica y ahora ríe. Él deja pasar unos segundos y reitera la pregunta ¿sentís que tu papá no te quiere? La chica, ya sin lágrimas, se queda pensando. Cuando está conmigo me trata bien, es cariñoso; el tema es que no necesita pronuncia el necesita con intensidad estar conmigo. Quizá te aflige que él no registre tus propias necesidades. ¡Sí!, no se da cuenta de que yo me pasé cada uno de los diez días esperando que me llamara; y eso antes me daba pena, pero ahora me da mucha rabia dice inclinándose hacia adelante, los brazos cruzados sobre el abdomen. Como permanece en silencio, Gustavo acota creo que acabás de enunciar la clave. La chica se endereza y lo mira con atención. ¿Cuál? pregunta. Dijiste que no se daba cuenta.  Ema frunce el entrecejo. ¿Cuándo alguien no se da cuenta de algo qué hay que hacer? le pregunta él. ¡Decírselo! exclama ella inmediatamente. Él asiente con la cabeza. ¿Y cómo? pregunta la chica. ¿Qué se te ocurre? Ema se queda pensando. Puedo escribirle un mensaje por Wapp, puedo mandarle un mail, puedo llamarlo por teléfono al estudio ahora se sienta como indio también puedo pasar por el estudio, queda cerca de la casa de Malena y justo mañana voy. Veo que sos una muchachita con muchos recursos dice él sonriendo. La piba mira el reloj. 16.58 dice la semana que viene te cuento y levanta la palma de la mano. Él se la choca. Hecho dice. El portero eléctrico suena.

 

Se deja caer sobre el diván. Estoy de buen humor, piensa. Recuerda la cita acordada con su hijo para el próximo miércoles. Él no me demandó nada en tantos años de indiferencia, reflexiona, y yo, como el padre de Ema, estuve al margen de las necesidades de mi hijo. Registra, también, que lo invitó a comer porque él tenía necesidad de fortalecer el vínculo no porque pensara que el chico lo precisara. El buen humor se le diluye en un instante. Mucho para trabajar en mí, reconoce.

miércoles, 15 de abril de 2026

222

 



Estuve charlando con Inés
informa Manuel en cuanto se sienta. ¿Sobre? El hombre ladea la cabeza y eleva las cejas sobre lo que me encargaste, sobre la vejez de mi padre. Yo no te doy indicaciones, Manuel, solo sugerencias, propuestas le aclara él. Manuel se encoge de hombros, parece fastidiado. No me gustó escucharla dice no me hizo bien. Gustavo espera, pero como el hombre permanece callado, propone ¿te gustaría contarme? Manuel se reacomoda en el diván, se apoya en el respaldo y cruza una pierna sobre la otra rodilla. Creo que en este último tramo pagó todos los errores que pudo cometer en su vida comenta y calla nuevamente. ¿Por qué lo decís? trata él de ayudarlo a abrirse. Estuvo solo como un perro. Al menos han tenido algo en común, además de la profesión acota él. ¿A qué te referís? A la soledad. Él esboza una leve sonrisa. Quizás es genética dice porque Inés también la padece y regresa al silencio. ¿Estuvo mucho tiempo enfermo? intenta él abrir la conversación. Fue largo; largo y doloroso; cáncer de laringe; de entrada le dieron pocas chances, pero el viejo resistió. ¿Vos estabas al tanto? Manuel se endereza con brusquedad. responde Inés me escribía. ¿Te avisó Gustavo decide, adrede, ser duro que se estaba muriendo? Sí, pero no vine; si no lo había visto antes qué sentido tenía en ese momento. ¿Inés te lo recriminó luego? Manuel menea la cabeza. Inés nunca recrimina, nunca demanda. Gustavo decide permanecer en silencio. Silencio que un buen rato después Manuel rompe para decir soy yo el que me lo recrimino. Gustavo le ofrece agua. Ambos beben. Aunque no puedas creerlo, ayer, porque me encontré con ella ayer, fue la primera conversación profunda que tuve con mi hermana en toda mi vida; la primera vez que fue a visitarme, un par de años después de mi partida, era muy jovencita, en el poco tiempo libre que tenía la paseé lo que pude, pero no hablamos nada de temas personales, pero sí recuerdo que traté de convencerla para que siguiera estudiando, ya estaba trabajando como secretaria en el consultorio de varios ginecólogos, aún sigue allí; se justificaba diciendo que no tenía ninguna vocación. Él se queda reflexionando, cuánto precisaría charlarlo con Ana María. A lo mejor ella también satisfizo los mandatos paternos. No entiendo. Para las mujeres, la  familia debe de ser el centro de su existencia. Pero ella no se casó ni tuvo hijos, sigue viviendo en la casa de nuestra infancia. Tu padre fue su familia le aclara él. Es cierto admite Manuel al menos ella tuvo esa familia; yo, ninguna. Vos decidiste prescindir de tu familia, tanto de tu padre como de Inés. Es cierto repite, tomándose la cabeza con ambas manos la arrastré a Inés en la volteada. Se sirve agua y continúa ayer, charlando con ella, recién tomé cabal conciencia del fardo que tuvo encima, fardo del que, en todos estos años no se quejó; me pasé la vida lamentándome, a solas, claro, del desamor de mi padre, de su brutal manera de torcer mi vida y recién puedo ver ahora que aquí la verdadera víctima ha sido Inés; a pesar de saber con precisión, por algo soy médico, la complejidad de la enfermedad de mi padre, los dolores, la incapacidad, la asistencia permanente que requería, no moví un dedo para ayudar a mi hermana, no en tanto hija del ser que yo detestaba, sino en su calidad de ser humano vuelve a esconder la cabeza entre las manos todo esto habla muy mal de mí, Gustavo, me avergüenzo de mí mismo. Él deja pasar un buen rato antes de comentar es muy interesante tu proceso, Manuel; recién cuando dejamos de vernos como víctimas y nos reconocemos artífices de nuestra historia, descubrimos que nosotros somos los otros de los otros y podemos reconocer que todo aquello que nos ha acontecido en nuestra adultez ha ocurrido con nuestra anuencia, por acción o por omisión; quizá recién ahora puedas, Manuel, tomar el timón de tu vida. Quizá ya es demasiado tarde dice el hombre, descubriéndose el rostro. ¿Tarde? Gustavo sonríe recién y remarca el recién tenés cuarenta y cinco años. Suena el portero eléctrico. Ambos hombres, al unísono, miran el reloj. Se nos pasó la hora dice Gustavo incorporándose. Mientras no se me pase la vida… acota Manuel imitándolo. Él sonríe, satisfecho.

lunes, 13 de abril de 2026

221

 



Hoy le toca a mi marido
dice Andrea en cuanto se sienta y ríe. Es muy graciosa, expresiva, ampulosa en sus movimientos. Agita sus brazos como una medusa, piensa Gustavo. Contame cómo lo conociste. Yo ya tenía veintidós años; había empezado a trabajar en la empresa inglesa donde aún continúo; hubo una reunión en el consulado, hete aquí que el cónsul inglés resultó ser el padre de George que, en ese momento, estaba de vacaciones en la Argentina, ya se había recibido de profesor de letras, especializado en literatura española; charlamos, nos gustamos y allí empezó todo. Como Gustavo no pierde de vista la urgencia de ella pregunta ¿te emparejaste con un igual, potente y tiraron juntos para adelante o con un complementario que te aportó algo de blandura y, sobre todo, no coartó tu libertad? ¡Segunda opción! Andrea lo describe. Un inglesito formal, educado, respetuoso, tierno, tímido. No se animaba a darme un beso, ¡casi tuve que obligarlo! ríe ahora a carcajadas. Te lo pusiste al hombro desde el principio arriesga él. ¡Ni me lo digas! exclama. ¿Cómo siguió el vínculo? Él regresó a Inglaterra, no te podés imaginar las cartas que me escribía, romanticismo puro; yo estaba encantada, nunca me habían tratado así; unos seis meses después la empresa nos propuso a los recientemente incorporados hacer un curso de perfeccionamiento de inglés intensivo de dos meses en Londres; se lo conté a George que me ofreció ir a vivir a su casa; su padre, luego de cuatro años, ya había cesado en su cargo; no lo pensé ni dos minutos ríe nuevamente no te imaginás lo que era la casa, ¡un palacio!, y no me cobraban ni alojamiento ni comida; eso sí, dormíamos en cuartos separados. ¿No tuvieron sexo durante esos dos meses? Sí, los padres tenían bastante vida social, así que esas noches éramos libres. ¿Qué te atraía de George? Su sensibilidad, sus detalles, su protección.; en realidad yo estaba enamorada de su padre vuelven las carcajadas broma, ¿eh? Andrea le cuenta que era un hombre potente, arrasador. Como vos acota él. Sí, hicimos muy buenas migas. La suegra era una mujer sensible, lenta, tradicional, muy inglesa, de moral victoriana, disciplinada. Como el hijo comenta Gustavo. Sí, me sigue fastidiando la falta de espontaneidad de George; quiero hablar de algo y me dice: “no, ahora no, ya son las veinte, mañana”. Gustavo le muestra que, desde sus diferencias, se complementan. Él te da seguridad, ternura; vos aportás el empuje, la energía. Recuerdo una vez, durante el desayuno, que charlé largamente con mi suegro; en un momento lo miró a George y le dijo: “esta mujer es de armas llevar, te va a hacer correr”; pobre, ¡todavía está corriendo! exclama ella entre risas. Ella regresa a Buenos Aires, cuenta Andrea, y meses después él viaja y hacen una boda sencilla, porque él tenía doble nacionalidad. Se instalan en el departamento de ella y él viaja periódicamente a Londres mientras gestiona horas de cátedra en la Universidad de Buenos Aires. Pareciera que vos fuiste el motor de todos estos cambios sugiere él. Sí, yo proponía, él ofrecía leve resistencia y luego se plegaba a mis decisiones confirma riendo. Cuando te pregunté qué te atraía de él no mencionaste la atracción física abre el ruedo Gustavo. No diría que ha sido fuerte de nuestra pareja admite ella George siempre ha sido… busca la palabra… tibio; luego de la muerte de su padre, meses después de nuestro casamiento, más aún; menos aún se corrige riendo. ¿A vos te alcanzaba? Estaba demasiado ocupada trabajando se justifica. Allí colocabas tu líbido. Ella asiente con la cabeza. Yo escuchaba a mis amigas quejándose de que no podían sacarse a sus maridos de encima. ¿Qué te generaba escucharlas? Intuía que algo no andaba bien, pero puse el tema en un armario. ¿Él ya vivía en Buenos Aires? Sí, compramos un lindo departamento de tres ambientes con la herencia de su padre; él trabajaba pocas horas, no lo precisaba porque recibía una renta mensual por propiedades en Inglaterra, hijo único él además; yo fui ascendiendo en mi carrera, cada vez me exigía más tiempo; él se ocupaba de la casa, siempre fue un excelente cocinero; no es poca cosa llegar reventada y encontrarse con la cena preparada. La comida caliente y la cama fría arriesga él. Ella asiente, seria. ¿Vos planteabas el tema? Lo intenté un par de veces, pero él se resistía; después de esas demandas se activaba un poco ríe nuevamente además, empezó a beber más, había arrancado luego de la muerte de su padre, cuando tomaba estaba más apático aún. No parece el marco ideal para engendrar un niño sugiere él. ¡Al fin llegamos al tema! exclama ella. Él mira el reloj. A eso nos dedicaremos en nuestro próximo encuentro informa levantándose. Próximos lo corrige ella y agrega, extrañamente seria mucho para contar. Él la despide junto al ascensor. Por primera vez la percibe vulnerable.

 

Revisa la ficha de Manuel. ¿Qué estará trabajando Ana María con su hermana? Le gustaría poder charlarlo con ella, pero no corresponde. Ya no es mi control, se recuerda y recuerda también cuánto lo ayudaba discutir los avances y retrocesos de sus pacientes con ella. Pero más la preciso como terapeuta personal, decide. Ella sabe conducirme, reconoce, ella impide que vuelque. ¡Qué comentario tan poco profesional!, se reta, ni que fuera un autito en una pista de Scalextric. El timbre lo sobresalta. Pone la vajilla que quedó del almuerzo en la pileta y acude a atender.

 

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