Estuve charlando con Inés informa Manuel en cuanto se sienta. ¿Sobre? El hombre ladea la cabeza y eleva las cejas sobre lo que me encargaste, sobre la vejez de mi padre. Yo no te doy indicaciones, Manuel, solo sugerencias, propuestas le aclara él. Manuel se encoge de hombros, parece fastidiado. No me gustó escucharla dice no me hizo bien. Gustavo espera, pero como el hombre permanece callado, propone ¿te gustaría contarme? Manuel se reacomoda en el diván, se apoya en el respaldo y cruza una pierna sobre la otra rodilla. Creo que en este último tramo pagó todos los errores que pudo cometer en su vida comenta y calla nuevamente. ¿Por qué lo decís? trata él de ayudarlo a abrirse. Estuvo solo como un perro. Al menos han tenido algo en común, además de la profesión acota él. ¿A qué te referís? A la soledad. Él esboza una leve sonrisa. Quizás es genética dice porque Inés también la padece y regresa al silencio. ¿Estuvo mucho tiempo enfermo? intenta él abrir la conversación. Fue largo; largo y doloroso; cáncer de laringe; de entrada le dieron pocas chances, pero el viejo resistió. ¿Vos estabas al tanto? Manuel se endereza con brusquedad. Sí responde Inés me escribía. ¿Te avisó Gustavo decide, adrede, ser duro que se estaba muriendo? Sí, pero no vine; si no lo había visto antes qué sentido tenía en ese momento. ¿Inés te lo recriminó luego? Manuel menea la cabeza. Inés nunca recrimina, nunca demanda. Gustavo decide permanecer en silencio. Silencio que un buen rato después Manuel rompe para decir soy yo el que me lo recrimino. Gustavo le ofrece agua. Ambos beben. Aunque no puedas creerlo, ayer, porque me encontré con ella ayer, fue la primera conversación profunda que tuve con mi hermana en toda mi vida; la primera vez que fue a visitarme, un par de años después de mi partida, era muy jovencita, en el poco tiempo libre que tenía la paseé lo que pude, pero no hablamos nada de temas personales, pero sí recuerdo que traté de convencerla para que siguiera estudiando, ya estaba trabajando como secretaria en el consultorio de varios ginecólogos, aún sigue allí; se justificaba diciendo que no tenía ninguna vocación. Él se queda reflexionando, cuánto precisaría charlarlo con Ana María. A lo mejor ella también satisfizo los mandatos paternos. No entiendo. Para las mujeres, la familia debe de ser el centro de su existencia. Pero ella no se casó ni tuvo hijos, sigue viviendo en la casa de nuestra infancia. Tu padre fue su familia le aclara él. Es cierto admite Manuel al menos ella tuvo esa familia; yo, ninguna. Vos decidiste prescindir de tu familia, tanto de tu padre como de Inés. Es cierto repite, tomándose la cabeza con ambas manos la arrastré a Inés en la volteada. Se sirve agua y continúa ayer, charlando con ella, recién tomé cabal conciencia del fardo que tuvo encima, fardo del que, en todos estos años no se quejó; me pasé la vida lamentándome, a solas, claro, del desamor de mi padre, de su brutal manera de torcer mi vida y recién puedo ver ahora que aquí la verdadera víctima ha sido Inés; a pesar de saber con precisión, por algo soy médico, la complejidad de la enfermedad de mi padre, los dolores, la incapacidad, la asistencia permanente que requería, no moví un dedo para ayudar a mi hermana, no en tanto hija del ser que yo detestaba, sino en su calidad de ser humano vuelve a esconder la cabeza entre las manos todo esto habla muy mal de mí, Gustavo, me avergüenzo de mí mismo. Él deja pasar un buen rato antes de comentar es muy interesante tu proceso, Manuel; recién cuando dejamos de vernos como víctimas y nos reconocemos artífices de nuestra historia, descubrimos que nosotros somos los otros de los otros y podemos reconocer que todo aquello que nos ha acontecido en nuestra adultez ha ocurrido con nuestra anuencia, por acción o por omisión; quizá recién ahora puedas, Manuel, tomar el timón de tu vida. Quizá ya es demasiado tarde dice el hombre, descubriéndose el rostro. ¿Tarde? Gustavo sonríe recién y remarca el recién tenés cuarenta y cinco años. Suena el portero eléctrico. Ambos hombres, al unísono, miran el reloj. Se nos pasó la hora dice Gustavo incorporándose. Mientras no se me pase la vida… acota Manuel imitándolo. Él sonríe, satisfecho.
miércoles, 15 de abril de 2026
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Estuve charlando con Inés informa Manuel en cuanto se sienta. ¿Sobre? El hombre ladea la cabeza y eleva las cejas sobre lo que me encargaste, sobre la vejez de mi padre. Yo no te doy indicaciones, Manuel, solo sugerencias, propuestas le aclara él. Manuel se encoge de hombros, parece fastidiado. No me gustó escucharla dice no me hizo bien. Gustavo espera, pero como el hombre permanece callado, propone ¿te gustaría contarme? Manuel se reacomoda en el diván, se apoya en el respaldo y cruza una pierna sobre la otra rodilla. Creo que en este último tramo pagó todos los errores que pudo cometer en su vida comenta y calla nuevamente. ¿Por qué lo decís? trata él de ayudarlo a abrirse. Estuvo solo como un perro. Al menos han tenido algo en común, además de la profesión acota él. ¿A qué te referís? A la soledad. Él esboza una leve sonrisa. Quizás es genética dice porque Inés también la padece y regresa al silencio. ¿Estuvo mucho tiempo enfermo? intenta él abrir la conversación. Fue largo; largo y doloroso; cáncer de laringe; de entrada le dieron pocas chances, pero el viejo resistió. ¿Vos estabas al tanto? Manuel se endereza con brusquedad. Sí responde Inés me escribía. ¿Te avisó Gustavo decide, adrede, ser duro que se estaba muriendo? Sí, pero no vine; si no lo había visto antes qué sentido tenía en ese momento. ¿Inés te lo recriminó luego? Manuel menea la cabeza. Inés nunca recrimina, nunca demanda. Gustavo decide permanecer en silencio. Silencio que un buen rato después Manuel rompe para decir soy yo el que me lo recrimino. Gustavo le ofrece agua. Ambos beben. Aunque no puedas creerlo, ayer, porque me encontré con ella ayer, fue la primera conversación profunda que tuve con mi hermana en toda mi vida; la primera vez que fue a visitarme, un par de años después de mi partida, era muy jovencita, en el poco tiempo libre que tenía la paseé lo que pude, pero no hablamos nada de temas personales, pero sí recuerdo que traté de convencerla para que siguiera estudiando, ya estaba trabajando como secretaria en el consultorio de varios ginecólogos, aún sigue allí; se justificaba diciendo que no tenía ninguna vocación. Él se queda reflexionando, cuánto precisaría charlarlo con Ana María. A lo mejor ella también satisfizo los mandatos paternos. No entiendo. Para las mujeres, la familia debe de ser el centro de su existencia. Pero ella no se casó ni tuvo hijos, sigue viviendo en la casa de nuestra infancia. Tu padre fue su familia le aclara él. Es cierto admite Manuel al menos ella tuvo esa familia; yo, ninguna. Vos decidiste prescindir de tu familia, tanto de tu padre como de Inés. Es cierto repite, tomándose la cabeza con ambas manos la arrastré a Inés en la volteada. Se sirve agua y continúa ayer, charlando con ella, recién tomé cabal conciencia del fardo que tuvo encima, fardo del que, en todos estos años no se quejó; me pasé la vida lamentándome, a solas, claro, del desamor de mi padre, de su brutal manera de torcer mi vida y recién puedo ver ahora que aquí la verdadera víctima ha sido Inés; a pesar de saber con precisión, por algo soy médico, la complejidad de la enfermedad de mi padre, los dolores, la incapacidad, la asistencia permanente que requería, no moví un dedo para ayudar a mi hermana, no en tanto hija del ser que yo detestaba, sino en su calidad de ser humano vuelve a esconder la cabeza entre las manos todo esto habla muy mal de mí, Gustavo, me avergüenzo de mí mismo. Él deja pasar un buen rato antes de comentar es muy interesante tu proceso, Manuel; recién cuando dejamos de vernos como víctimas y nos reconocemos artífices de nuestra historia, descubrimos que nosotros somos los otros de los otros y podemos reconocer que todo aquello que nos ha acontecido en nuestra adultez ha ocurrido con nuestra anuencia, por acción o por omisión; quizá recién ahora puedas, Manuel, tomar el timón de tu vida. Quizá ya es demasiado tarde dice el hombre, descubriéndose el rostro. ¿Tarde? Gustavo sonríe recién y remarca el recién tenés cuarenta y cinco años. Suena el portero eléctrico. Ambos hombres, al unísono, miran el reloj. Se nos pasó la hora dice Gustavo incorporándose. Mientras no se me pase la vida… acota Manuel imitándolo. Él sonríe, satisfecho.
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