viernes, 20 de febrero de 2026

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¿Cómo anduvo esa semana? pregunta él, ya los dos instalados. ¡Uf! contesta Andrea, revoleando los ojos supermovilizada; una catarata de recuerdos. ¿Querés contarme? ¿Tenés tiempo? pregunta ella entre carcajadas. Me parece que era tu madre la que no tenía tiempo para vos le aclara él. En esa dirección caminamos admite ella, a pura sonrisa. Luego cierra los ojos y cuenta estoy a la salida del colegio esperando que mi mamá me venga a buscar; tarda mucho, ya se fueron todos y me quedo sola; hace frío, llueve. ¿Estás asustada?, ¿enojada? Ella niega con la cabeza. Triste contesta. Seguramente no fue esa única vez que se demoró. Supongo que no; cuando trabajaba mamá se olvidaba del mundo. Se olvidaba de vos la corrige él. Segundos después ella continúa recuerdo ahora un domingo, allá por mis diez años; de repente la veo a mi madre con su traje de enfermera, porque le había dado por hacer un curso de enfermera voluntaria; yo le pregunté adónde iba y me dijo que a ayudar; "¿y nosotros?", le reclamé; "en un rato viene la abuela", me contestó; "pero es domingo", le recordé; ella se encogió de hombros y salió; para mi madre no existía el descanso; no podía estar sin hacer nada. Contactarse con los hijos no es hacer nada le aclara él y piensa cuánto se ha contactado él últimamente con los suyos; cuánto con Cecilia. El mundo se le desmorona. Por unos instantes se había olvidado del WhatsApp; que Andrea, por favor, siga hablando. Ella parece escucharlo porque continúa mamá era super responsable, no en vano empezó como simple empleada administrativa y terminó como Directora Financiera; una vez tenía un trabajo pendiente; después de cenar nos llevó a la oficina y nos quedamos allí hasta las doce de la noche. Vos también tenés un cargo directivo, ¿heredaste de tu madre la "adicción" al trabajo? ¿Te pasó letra mi marido? dice entre carcajadas. Él no quiere dejarse resquicio por eso pregunta inmediatamente ¿eras una chiquita muy ocupada? ¡Claro!; cuando tenía seis años mamá me anotó en ballet; yo era larguita, flacucha, muy flexible, bonitilla; enseguida destaqué; a los siete gané un concurso provincial; a los ocho de nuevo; me transformé en la estrella del pueblo; mi foto estaba en las vidrieras de los negocios. ¿Tu madre estaba orgullosa de vos? Supongo; ella se ocupaba de mi vestuario para cada representación; me hacía los rodetes. Tuviste que subir a un escenario para ser visible para tu mamá. Es cierto dice ella. Y ya no te bajaste se juega él, ella asiente con la cabeza cuestión de supervivencia. Cuando tenía diez años mi profesora se trasladó a Casilda, a treinta kilómetros de Cañada se incorpora, sonriendo, y luego se sienta y le pidió encarecidamente a mamá que me siguiera mandando con ella; así fue; dos veces por semana me llevaba una camionetita; eso los primeros meses, después me iba en micro. ¿Sola? pregunta él recordando los diez años de su hija. Claro, mamá trabajaba. ¿Te gustaba o te presionaba tu madre? Me gustaba el "exito"; cuando bailaba en el Teatro Dante venía media Cañada a verme; a esa altura ya viajaba tres veces por semana, porque, además, empecé a aprender música y piano. ¿Cómo te arreglabas con el colegio? Hacía lo que podía, iba pasando. ¿Tenías amigas? En Cañada, pocas; casi no estaba; en Casilda compañeras de baile, pero mucho no me querían porque yo era la preferida de la profe, me conocía desde que era chiquitita. La veías más que a tu mamá. Casi contesta riendo la señorita Elena, porque nunca se casó; todavía hablamos cada tanto; a los catorce me dijo que si quería hacer carrera tenía que empezar ya en una escuela profesional y dedicarme en exclusividad; terminé instalándome en Rosario. ¿Fuiste a una pensión? No, compartía un departamento con otras dos chicas. ¿De tu edad? Asiente con la cabeza. ¿Quién las cuidada? Lo mira con extrañeza. Nos arreglábamos solas; bastante tenía mamá con pagar el alquiler y el conservatorio que era muy caro. Andrea, tenían catorce años, casi nenas; nadie las levantaba, nadie les preparaba el desayuno, nadie verificaba que se alimentaban correctamente para tamaño despliegue físico, nadie controlaba que un hombre no se les colara en la casa; si no les pasó nada, fue solo porque tuvieron suerte; acá lo notable es que lo adultos de quienes ustedes dependían considerara que estaban capacitadas para vivir absolutamente solas; ¿tu madre te visitaba? Poco admite, mirando el piso pero yo iba a Cañada tres o cuatro veces al año. Andrea, con tus cuarenta años seguís normalizando tu desamparo; eras una chiquilina, absolutamente sola, sometida a enormes exigencias; no tuviste más remedio que autorregularte, hacerte resistente, dura; la piedra a la que hiciste referencia. Ella lo mira, por primera vez muy seria. Para colmo se acabó mi época de oro; en Rosario pasé a ser una del montón, una bombita en el árbol de navidad; la profesora se dedicaba a sus alumnas históricas, no nos prestaba atención. ¿Qué pasó con tus estudios secundarios? En un principio intenté seguir estudiando para rendir exámenes libres; pero fue imposible, la exigencia del conservatorio era atroz. Me alegra escucharte comenta él. No te entiendo. Es la primera vez que te veo conectada con tus padeceres. Sí, fue horrible; la profesora nos pesaba todos los días; me humillaba; para colmo cuando me desarrollé, a los dieciséis años, me cambió el cuerpo, me engordaron las piernas, perdí el tipo; me di cuenta de que nunca más destacaría; los sobresalientes se transformaron en muy bueno y luego en regular; igual conseguí recibirme de bailarina profesional a los dieciocho; lo único que quería era irme de allí. ¿Volviste a Cañada? ¡Ni loca!, estaba el subnormal que mamá había llevado a casa. ¿Cómo? Ella mira el reloj. Otro día te cuento dice es para largo; la cosa es que le informé a mi madre que iba a seguir estudiando en Buenos Aires, yo misma me había ocupado de conseguir donde; mi madre me anunció el monto que estaba en condiciones de pagar, así que no me quedó más remedio que empezar a trabajar.  Ahora es él quien mira el reloj. Nos pasamos anuncia seguimos la próxima. Conmigo nunca te vas a aburrir dice ella con una gran sonrisa mientras se incorpora. Mientras la despide Gustavo quisiera agradecerle: su energía desbordante lo apartó por casi una hora de sus padeceres. Con Manuel no será tan sencillo abstraerse de sí mismo. 


 

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