¿Cómo anduvo esa semana? pregunta él, ya los dos instalados. ¡Uf! contesta
Andrea, revoleando los ojos supermovilizada;
una catarata de recuerdos. ¿Querés contarme? ¿Tenés tiempo? pregunta ella
entre carcajadas. Me parece que era tu
madre la que no tenía tiempo para vos le aclara él. En esa dirección caminamos admite ella, a pura sonrisa. Luego
cierra los ojos y cuenta estoy a la
salida del colegio esperando que mi mamá me venga a buscar; tarda mucho, ya se
fueron todos y me quedo sola; hace frío, llueve. ¿Estás asustada?, ¿enojada? Ella
niega con la cabeza. Triste contesta. Seguramente no fue esa única vez que se
demoró. Supongo que no; cuando trabajaba mamá se olvidaba del mundo. Se
olvidaba de vos la corrige él. Segundos
después ella continúa recuerdo ahora un
domingo, allá por mis diez años; de repente la veo a mi madre con su traje de enfermera, porque le había
dado por hacer un curso de enfermera voluntaria; yo le pregunté adónde iba y me
dijo que a ayudar; "¿y nosotros?", le reclamé; "en un rato viene
la abuela", me contestó; "pero es domingo", le recordé; ella se
encogió de hombros y salió; para mi madre no existía el descanso; no podía
estar sin hacer nada. Contactarse con los hijos no es hacer nada le aclara
él y piensa cuánto se ha contactado él últimamente con los suyos; cuánto con
Cecilia. El mundo se le desmorona. Por unos instantes se había olvidado del
WhatsApp; que Andrea, por favor, siga hablando. Ella parece escucharlo porque
continúa mamá era super responsable, no
en vano empezó como simple empleada administrativa y terminó como Directora
Financiera; una vez tenía un trabajo pendiente; después de cenar nos llevó a la
oficina y nos quedamos allí hasta las doce de la noche. Vos también tenés un
cargo directivo, ¿heredaste de tu madre la "adicción" al trabajo? ¿Te
pasó letra mi marido? dice entre carcajadas. Él no quiere dejarse resquicio
por eso pregunta inmediatamente ¿eras una
chiquita muy ocupada? ¡Claro!; cuando tenía seis años mamá me anotó en ballet;
yo era larguita, flacucha, muy flexible, bonitilla; enseguida destaqué; a los
siete gané un concurso provincial; a los ocho de nuevo; me transformé en la
estrella del pueblo; mi foto estaba en las vidrieras de los negocios. ¿Tu madre
estaba orgullosa de vos? Supongo; ella se ocupaba de mi vestuario para cada
representación; me hacía los rodetes. Tuviste que subir a un escenario para ser
visible para tu mamá. Es cierto dice ella. Y ya no te bajaste se juega él, ella asiente con la cabeza cuestión de supervivencia. Cuando tenía diez
años mi profesora se trasladó a Casilda, a treinta kilómetros de Cañada se incorpora, sonriendo, y luego se sienta y le pidió encarecidamente a mamá que me
siguiera mandando con ella; así fue; dos veces por semana me llevaba una
camionetita; eso los primeros meses, después me iba en micro. ¿Sola? pregunta
él recordando los diez años de su hija. Claro,
mamá trabajaba. ¿Te gustaba o te presionaba tu madre? Me gustaba el
"exito"; cuando bailaba en el Teatro Dante venía media Cañada a
verme; a esa altura ya viajaba tres veces por semana, porque, además, empecé a
aprender música y piano. ¿Cómo te arreglabas con el colegio? Hacía lo que
podía, iba pasando. ¿Tenías amigas? En Cañada, pocas; casi no estaba; en
Casilda compañeras de baile, pero mucho no me querían porque yo era la
preferida de la profe, me conocía desde que era chiquitita. La veías más que a
tu mamá. Casi contesta riendo la
señorita Elena, porque nunca se casó; todavía hablamos cada tanto; a los
catorce me dijo que si quería hacer carrera tenía que empezar ya en una escuela
profesional y dedicarme en exclusividad; terminé instalándome en Rosario.
¿Fuiste a una pensión? No, compartía un departamento con otras dos chicas. ¿De
tu edad? Asiente con la cabeza. ¿Quién
las cuidada? Lo mira con extrañeza. Nos
arreglábamos solas; bastante tenía mamá con pagar el alquiler y el
conservatorio que era muy caro. Andrea, tenían catorce años, casi nenas; nadie
las levantaba, nadie les preparaba el desayuno, nadie verificaba que se
alimentaban correctamente para tamaño despliegue físico, nadie controlaba que
un hombre no se les colara en la casa; si no les pasó nada, fue solo porque
tuvieron suerte; acá lo notable es que lo adultos de quienes ustedes dependían
considerara que estaban capacitadas para vivir absolutamente solas; ¿tu madre
te visitaba? Poco admite, mirando el piso pero yo iba a Cañada tres o cuatro veces al año. Andrea, con tus
cuarenta años seguís normalizando tu desamparo; eras una chiquilina,
absolutamente sola, sometida a enormes exigencias; no tuviste más remedio que
autorregularte, hacerte resistente, dura; la piedra a la que hiciste
referencia. Ella lo mira, por primera vez muy seria. Para colmo se acabó mi época de oro; en Rosario pasé a ser una del
montón, una bombita en el árbol de navidad; la profesora se dedicaba a sus
alumnas históricas, no nos prestaba atención. ¿Qué pasó con tus estudios
secundarios? En un principio intenté seguir estudiando para rendir exámenes
libres; pero fue imposible, la exigencia del conservatorio era atroz. Me alegra
escucharte comenta él. No te
entiendo. Es la primera vez que te veo conectada con tus padeceres. Sí, fue
horrible; la profesora nos pesaba todos los días; me humillaba; para colmo
cuando me desarrollé, a los dieciséis años, me cambió el cuerpo, me engordaron
las piernas, perdí el tipo; me di cuenta de que nunca más destacaría; los
sobresalientes se transformaron en muy bueno y luego en regular; igual conseguí
recibirme de bailarina profesional a los dieciocho; lo único que quería era
irme de allí. ¿Volviste a Cañada? ¡Ni loca!, estaba el subnormal que mamá había
llevado a casa. ¿Cómo? Ella mira el reloj. Otro día te cuento dice es para largo; la cosa es que le informé a mi
madre que iba a seguir estudiando en Buenos Aires, yo misma me había ocupado de
conseguir donde; mi madre me anunció el monto que estaba en condiciones de
pagar, así que no me quedó más remedio que empezar a trabajar. Ahora es él quien mira el reloj. Nos pasamos anuncia seguimos la
próxima. Conmigo nunca te vas a aburrir dice ella con una gran sonrisa mientras
se incorpora. Mientras la despide Gustavo quisiera agradecerle: su energía
desbordante lo apartó por casi una hora de sus padeceres. Con Manuel no será
tan sencillo abstraerse de sí mismo.

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