Gustavo apaga el despertador. Saber
que es miércoles le da ganas de levantarse. Va al baño y luego a la cocina. Ya
se fueron todos. Se prepara un café que toma parado. No estuvo mal la semana,
evalúa. El regreso de su padre al trabajo alivió sus días. Conversó bastante con
los chicos. El humor de Cecilia estuvo un poco mejor, aunque no tuvieron
ninguna charla trascendente. ¿Es necesario tener charlas trascendentes con la
esposa? Suena su teléfono. ¿Te podés
fijar si dejé el celu arriba de mi mesa de luz? pregunta Cecilia. Él se
apresura al dormitorio. Sí, aquí está
le comunica. Paso a buscarlo en cinco
informa ella. Él lo agarra para dejarlo sobre la mesa del comedor. Justo en ese
momento entra un WhatsApp. En un acto reflejo lo abre. Carola. ¿Qué novedades? ¿Qué novedades?, se
pregunta él. Y su dedo impulsa la pantalla hacia arriba. ¿Ya le
dijiste? El corazón de él se acelera. No
me animo. Más tarde o más temprano se lo tendrás que decir. Está pasando un mal
momento con todo lo del padre. Peor es que se dé cuenta. Ya lo sé. Escucha el ruido del ascensor.
Deja al instante el celular sobre la mesa. Pero luego lo recupera: la va a
encarar. Su corazón ya es una orquesta. Se encamina hacia la puerta. Sin
embargo, no es Cecilia la que entra. Martina extiende el brazo. Damelo, mamá está mal estacionada dice y
se mete en el ascensor que dejó abierto. Desde allí grita chau, papi, que tengas un lindo miércoles. Él regresa al living, se
deja caer sobre el sillón y se tapa la cara con ambas manos. Segundos después
suena su teléfono. Se incorpora como un resorte. Seguro que es ella. Corre
hacia la cocina, lo dejó sobre la mesada. Vení
urgente escribió su padre cayeron de
nuevo los inspectores. Va al baño, se lava la cara, agarra el portafolios y
sale. En otra oportunidad hubiera despotricado: que nunca lo respeta, que sus
miércoles son sagrados, un rosario que lo remitiría a su adolescencia y aún más
atrás. Pero esta vez la disponibilidad que su padre exige de él le resulta
útil. Necesita no pensar.
Llega al consultorio cerca de las dos. Fue agotador tratar de contentar a los inspectores. Y él que detesta mentir no tuvo más remedio que hacerlo. Las señas mudas de su padre obligándolo. Porque le largó todo el fardo a él. Ni tiempo tuvo de comer. En cuanto sale del ascensor la angustia lo atrapa. Todavía no puede creerlo. Volver al infierno. ¿Cuándo fue?, ¿en el 2012? Sí, Martina tenía diez. Su enfermedad, la separación. El engaño. Un año de pesadilla. Se tira en el diván. Cierra los ojos. No está en condiciones de soportarlo nuevamente. Moriré, decide. Instantes después lo sacude el timbre

No hay comentarios.:
Publicar un comentario