lunes, 16 de febrero de 2026

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Antes de cerrar la puerta del ascensor lo reciben los ladridos de Lacan. Qué radar, piensa, él sí que percibe a los que ama. Entra. El perro se le acerca revoleando la cola. Llegué anuncia. Añora, de repente, la carrera de Martina en cuanto lo escuchaba. Papi, te extrañe. Ahora solo Facundo existe para ella. Abre la puerta de la cocina. Cecilia está encendiendo el horno. Hola la saluda. Hola le contesta ella sin mirarlo. Llegué repite él. Ya me di cuenta dice ella y ahora sí lo mira. ¿Pasó algo? pregunta elevando las cejas. No, pero me hubiera gustado que me saludaras. Te saludé. Enorme tu entusiasmo. ¿Qué querés?, ¿que te haga fiestas como Lacan? Me encantaría contesta él saliendo de la cocina. Marti grita Cecilia a sus espaldas ¿ponés la mesa, por favor? La chiquilina aparece por el pasillo. ¿Cómo le va a mi papi favorito? dice al tiempo que se acerca y lo besa. Hola, pa grita Nacho desde su cuarto. Mil momentos como este quedan en mi mente. Mientras se lava las manos se mira en el espejo. Envejeció años en un solo año. 

 

¡A comer! grita Cecilia. Él es el primero en sentarse. Al sentir el olor del pastel de papas descubre que tiene hambre. Claro, no almorcé, piensa. ¿Cómo te fue en el consultorio, papi? pregunta Martina. ¡Cierto! dice Cecilia me olvidé. Él registra con placer el interés de la primera y con profundo dolor la indiferencia de la segunda. No me había dado cuenta de cuánto había extrañado mi profesión cuenta y se lo cuenta a sí mismo. ¿Pacientes nuevos? pregunta Nacho. Tres nuevos y uno que regresó; dos hombres, una mujer y una adolescente. Él registra que Cecilia no participa de la charla. ¿Estará escuchando? Revuelve el puré con el tenedor, pero no come. Parece estar en otro lugar. Otra dimensión. No le interesa, decide él. No le intereso, se corrige. Martina levanta la copa de agua. ¡Por tu regreso! dice. Todos la imitan. Él debería, pero no logra estar contento.

 

Gustavo, en la cama, espera a Cecilia. Necesita hablar con ella. Me gustas cuando callas porque estás como ausente, y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca. Pero él no es como Neruda, él necesita escucharla, sentirla viva. ¿Pendiente de mí?, se pregunta. Le llega su traqueteo en la cocina. Se levanta cerca de las doce y va hacia allí. La encuentra con el delantal puesto, las manos sumergidas en un bol. ¿Qué estás haciendo? pregunta. Milanesas informa ella sin mirarlo. ¿A esta hora? No tengo sueño contesta ella que ahora bate, de espaldas a él. Lo que no tenés es ganas de acostarte conmigo, piensa él pero no le dice nada. Regresa al cuarto arrastrando los pies. Se acuesta y busca el libro de turno, sin embargo, no logra concentrarse. Apaga la luz. Cuando se duerme, pasada la una, ella todavía no regresó.

 

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