miércoles, 29 de abril de 2026

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Hoy toca hablar de mi maternidad, bah, de mi no maternidad arranca Andrea ni bien se sienta. Contame pide él. En cuanto nos casamos yo dejé de cuidarme informa ella ya pasados dos años empecé a preocuparme. Ya hablamos la sesión pasada de que el sexo era pobre; no se tiene la misma posibilidad de embarazarse teniendo relaciones dos veces por mes que cinco veces por semana. ¡Cinco veces por semana?, ¡jamás! exclama sonriendo por primera vez y luego agrega fui al ginecólogo, me revisó, me hizo hacer unos análisis y me tranquilizó; además, al mismo tiempo, me ofrecieron el cargo de directora de una filial en Pilar. ¿Aceptaste? ¡Obvio! ¿Lo consultaste antes con George?, porque supongo que eso descompaginaría bastante el ritmo familiar. Lo iba hacer igual, pensara él lo que pensara; me encontré con veintiséis años con la responsabilidad de reestructurar la empresa, con gente mucho mayor a mi cargo; un trabajo enorme dice acompañando la palabra con un gesto de sus manos, luego apoya la frente en sus manos y agrega yo cada vez me hacía más grande y a él lo veía más chiquito; pero en cuanto me habitué al nuevo lugar el tema de la maternidad se hizo acuciante; siempre quise ser madre, me encantan los niños, se me da bien con ellos; fui entonces a otro ginecólogo. A lo mejor no era el momento más adecuado para embarazarte, con un trabajo tan estresante. Ella cabecea. Yo tenía la certeza de que si quedaba embarazada largaría todo dice, rotunda y añade fui al ginecólogo y allí comenzó la odisea; me hicieron estudios dolorosísimos, descubrieron que tenía las trompas tapadas, intentaron destaparlas pero fracasaron; me hicieron dos fertilizaciones in vitro, fracasaron; descubrieron la lesión abdominal que ya te comenté quizá producto de la tuberculosis; la operaron; luego me seccionaron las trompas cuenta y se sirve un vaso de agua. Tremendo el costo físico de todos esos años acota él ante su silencio. Sobre todo emocional lo corrige ella mi marido lo minimizaba, “si no es, no será” decía y agrega además me sentía culpable por no ser capaz de darle un hijo. Me parece que en esta oportunidad, como en tantas otras, el deseo era tuyo, la empresa era tuya. Ella se encoge de hombros. Luego de la quinta fertilización, imagínate, dolores, hinchazón del cuerpo por las hormonas, una fortuna, además, decidí que la sexta sería la última; no resistía más, me sentía morir; quedé embarazada de ¡mellizos!; me indicaron reposo absoluto; primero se murió un embrión y a las nueve semanas, el otro; me recuerdo en la bañera, llorando, por horas; hasta pensé en suicidarme. Él está tan abrumado que no encuentra qué decir. ¿Cómo atravesó la pareja todas estas vicisitudes? pregunta. Ella se queda pensando. Yo me sentía muy sola; si el sexo antes había sido pobre durante todos estos años desapareció; él no entendía, no entiende, lo que significa para mí no poder ser madre; no sé por qué es tan fuerte, no va con como soy yo; él dice que igual podemos ser felices, ¿felices?, ¿alguna vez fuimos felices? se pregunta ella con una voz que él le desconoce. Parece que aquí no está en juego solo tu imposibilidad de embarazarte sino también el funcionamiento de tu pareja.  Ella cabecea. Eso es lo de menos disiente lo que no me deja disfrutar de la vida es mi útero vacío, mis brazos vacíos.  Él la ve tan desvalida que le resulta difícil calzar esta imagen con la previa. Cuando lo conocí a George enseguida pensé que me gustaría que fuera el padre de mis hijos; más aún cuando conocí a la familia; ese padre y esos abuelos dice ella y calla. Y ahora te encontrás que ese motivo para estar junto a él desapareció. ¡No! exclama ella yo quiero adoptar. Dijiste yo, no nosotros registra él. A George le da mucho miedo, pero te imaginarás, conociéndome, que no me voy a detener hasta convencerlo. ¿No contemplás la posibilidad de adoptar en soledad? Ella se queda reflexionando. Luego de unos minutos comenta por un lado, es más difícil que me otorguen una criatura; por otro, yo ya crecí sin padre, no quisiera lo mismo para mi hijo. El portero eléctrico los sorprende. Nos pasamos dice Andrea incorporándose. Nos vemos el miércoles le dice él frente a la puerta abierta y le oprime fuerte un brazo. Gracias a su locuacidad y su energía logró apartar la imagen de Nacho. Llega el ascensor del que desciende Manuel.

lunes, 27 de abril de 2026

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Diciembre 2018

Miércoles 5


 

¿Se puede saber por qué me hiciste madrugar? pregunta Santiago, reclinado contra la pared eso no se le hace a quien pasa buena parte de la noche acunando a un bebé; ya me vengaré cuando te llegue el momento y Tomy ya sea un niño disciplinado. ¿Pediste? pregunta Gustavo estoy en ayunas, salí corriendo. ¿Y a qué viene entonces tanto apuro? Gustavo le hace una seña al mozo. Es que hoy almuerzo temprano con Nacho porque después tengo consultorio. Santiago oscila la cabeza ladeada. Eso sí que es nuevo, ¿a qué se debe tan magno evento? Hoy no te tengo paciencia dice él al tiempo que le pide al mozo un café con leche con dos medialunas de grasa. Lo mismo para mí indica su amigo. Además de boludo, copión chancea él. En serio dice Santiago ¿algún motivo en especial? No, o sí se corrige me di cuenta de que muchas veces merendé a solas con Martina, pero nunca con Nacho. Sos una luz, te llevó solo unos diez años darte cuenta; yo sí lo había notado. ¿Y por qué no me alertaste? ¡Cómo suponer que no eras consciente!, sos vos el psicólogo. El mozo llega con las tazas. Gustavo aprovecha la interrupción para cambiar de tema. ¿Cómo anduvo la semana? pregunta. Mucho trabajo, Tomy hinchón y en consecuencia, abstinencia; ¿vos? Qué sé yo, te diría que bien, aunque hubo muchos quilombos en la fábrica. ¿Qué pasó? Los miércoles la fábrica no es tema de conversación. Tendré que llamarte mañana para que me cuentes bromea Santiago y luego propone ¿por qué no arreglamos para encontrarnos los cuatro el finde?; hace mil que Marisa y yo no salimos. Dale contesta él le digo a Cecilia que la llame y que combinen. Veré si puedo encajarle el crío a mi madre. Gustavo piensa que en unos meses será él quien precise asistencia. Mamá está grande para cargar bebés, se dice, todos estamos grandes.

 

Cuando llega se encuentra a su hijo en la puerta de La Farola. Qué raro que no elegiste Burgios o Mac dice él mientras lo besa. Es que no se puede hablar tranquilos contesta, para su sorpresa, Nacho. Se sientan y luego de algunos conciliábulos, deciden compartir una milanesa napolitana con papas fritas.  Yo quiero también un huevo frito comunica el chico. Que sean dos indica él y cuando el mozo se retira pregunta ¿cómo va la facultad? No quiero hablar de la facu responde el chico.  Él hace memoria: Paula, sí, Paula. ¿Alguna novedad con Paula? Tampoco quiero hablar de eso dice Nacho. Entonces proponé tema, vos sugiere él, sonriendo.  Quiero hablar de nosotros dice su hijo las mejillas ligeramente coloradas. Él siente que el piso se hunde bajo la silla. Te escucho acepta, levantando ambas palmas. Nacho saca de la mochila un cuaderno y lo abre. En la primera hoja un listado de palabras que él no alcanza a leer. Ayuda memoria explica el chico.

 

Se despide de su hijo y camina hacia el coche. Necesitaría una ducha, registra. Está como si le hubieran dado una paliza. Varias palizas. Quiero hablar con Ana María, decide. Cuatro pacientes al hilo, tendrá que esperar. Resistir, se corrige. Sube al auto y maneja con extrema lentitud. Como si la sangre se le hubiera aletargado. Llega al consultorio y se prepara un café porque no quiso prolongar el almuerzo. Se sienta en la silla de la cocina y se toma la cabeza con ambas manos. La Volturno, que sí está viva, chilla. Se incorpora y apaga el fuego.

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  Miércoles 19 Cecilia acostada en la camilla, la ecografista a un lado; él, al otro. Ven, esta es la cabeza explica la mujer estas s...