24 de octubre
Un hombre de traje y corbata le tiende la mano. Manuel Estrada se presenta mucho gusto. Médico cirujano, cuarenta y cinco años, soltero, de regreso en la Argentina luego de haber vivido más de veinte años en Estados Unidos. A Gustavo lo sorprende el grado de formalidad. De porteño, nada, piensa. ¿Qué te está preocupando? pregunta Gustavo imponiendo el tuteo pese a los usted del hombre. Acaba de morir mi padre, por eso regresé; no sé ahora cómo seguir. ¿Era él quien te marcaba el camino? La cara del hombre se desarma. Flanco herido, piensa él. No, lo que sucede es que ahora que estoy aquí, no sé si quedarme o regresar. Gustavo le explica su metodología de trabajo y luego pregunta ¿a qué se dedicaba tu padre? Era medico responde como yo. O vos sos médico como él acota Gustavo con una sonrisa. Manuel cabecea y le cuenta que su padre fue un profesional muy renombrado; su madre, ama de casa. Bah se corrige en realidad la ama era mi tía, mi tía Ermelinda. ¿Su hermana? La hermana de mi padre; nos tenía al trote. Contame pide él. Yo no quería llevar amigos a casa porque me hacía pasar papelones; entraba en mi cuarto con cualquier pretexto y empezaba a preguntarles vida y milagro. ¿Y tu madre? No, mamá era una santa. Como Poncio Pilates acota él. No entiendo. Tu mamá se lavaba las manos Manuel lo mira sorprendido no te defendía: quizá para evitarse problemas con cuñada y marido permitía que se ejerciera sobre vos una enorme presión. Parece que hubieras estado en esa casa dice Manuel, sonriendo por primera vez. ¿Tu papá te castigaba? No Manuel niega enfáticamente con la cabeza ojalá; me minaba con su desprecio; hiciera lo que hiciera, lograra lo que lograra, nunca parecía suficiente para él. Ni que te recibieras de médico. Ni eso; hubiera querido que trabajara en su clínica. Pero vos te escapaste. ¿Cómo? A Estados Unidos, digo. Me escapé, sí reconoce, pero no fue por eso. Me lo apunto para luego explica Gustavo, birome en mano prefiero continuar con tu infancia; ¿tenés hermanos? Tenía dos contesta bajando la mirada mi hermano mayor murió a los quince años; solo me queda Inés; ella fue la que me insistió para que hiciera terapia; yo nunca creí en esto. Pero estás acá. Yo también sé que preciso ayuda dice y vuelve a bajar la mirada a ella le hizo muy bien. A todos les hace bien Ana María, piensa él. Contame cómo murió tu hermano pide. Manuel se queda reflexionando unos segundos y luego, la vista enterrada en el piso, dice en realidad lo mató papá. El pulso de Gustavo se altera. ¿Querés explicarme? pide. Daniel odiaba la equitación, le daba mucho miedo, hasta yo que era un pibe me daba cuenta; pero papá había decidido que su primogénito fuera buen jinete, todos los Estrada lo han sido; lo anotó sin avisarle en una carrera de obstáculos; yo lo acompañé, él me pidió; yo lo acompañé y lo vi caer; papá lo había anotado pero no fue; yo era el único de la familia que estaba mirándolo; yo lo amaba a Daniel dice mientras las lágrimas comienzan a correr por sus mejillas sin que se altere su rostro ni su tono de voz. Como si estuviera llorando otro, decide él. A Daniel tampoco lo supo proteger su mamá. Las lágrimas de Manuel se intensifican. Parece recién percibirlas. Busca un pañuelo (de tela, repara Gustavo) y se seca. Nunca lo pensé así admite en casa siempre se hizo un mito de la santidad de mamá; además murió muy joven. Parecería que en esa casa tu mamá estaba de más. Manuel se queda pensando un rato largo. Es cierto dice de todo lo importante se ocupaban Ermelinda y papá; y, cuando mamá se murió, del resto se hizo cargo mi hermana; tenía quince años, pobre Inés. Parece que a tus dos hermanos les robaron la vida a los quince años. Yo también estoy muerto dice Manuel casi en un susurro y antes de que Gustavo pueda retomar esa feroz sentencia, Manuel pregunta ¿cómo sigue el tratamiento? Terminan el encuentro ajustado horarios, aranceles, forma de pago. El hombre se despide con un fuerte apretón de manos.
No se queda satisfecho. Quizá fui muy cruel, se plantea, preocupado.
31 de octubre
7 de noviembre
Manuel le tiende la mano. Está con saco, pero sin corbata. Vamos aflojando, evalúa Gustavo. ¿Cómo anduviste? pregunta en cuanto lo ve acomodado. Anduve contesta el hombre con una sonrisa triste. ¿Más recuerdos? Más recuerdos, sí. ¿Querés contarme? propone él. ¿Para qué? repregunta Manuel ¿eso hará que Judith regrese? Él recibe el impacto. ¿Sirve para algo atormentar a la gente con sus recuerdos dolorosos?, se pregunta. Busca sobreponerse. Quizás eso te permita comprender por qué la perdiste, modificar tus conductas y estar atento al advenimiento de otra Judith. Manuel sonríe con… Gustavo busca el término, con… desesperanza. ¿Qué podría haber hecho? pregunta el hombre. Infinitas posibilidades Gustavo acelera a sus neuronas pedirle que no se fuera; irte con ella; al no recibir respuesta ir a buscarla a Israel; determinar que era imposible que no te escribiese y ponerte a investigar; cuando la reencontraste confesarle tu amor; asediarla; en fin, infinitos caminos, ni buenos ni malos, otros, seguramente imposibles para el Manuel que eras, obvio; todo lo que ocurrió estuvo teñido por lo que fuiste: inseguro del amor que podías despertar, incapaz de defraudar a tu padre como para abandonar tu carrera y seguirla; incapaz de plantearte que tu padre podía ser responsable porque eso hubiera acarreado la necesidad de enfrentarlo, etc., etc. Manuel se cubre la cara con ambas manos. Todo arranca del niñito invisible y mudo que creció intentando no molestar para lograr migajas de cariño; en tanto no te compadezcas de la criatura que fuiste, en tanto no logres procesar que ahora sos un adulto y que tenés incontables recursos para hacerte amar, no lograrás modificar las cosas que no te satisfacen de tu vida. Me dispersé, piensa Gustavo y retoma el planteo inicial de Manuel. De ahí la importancia de ahondar en tus recuerdos para… busca la palabra exorcizar al que fuiste. Gustavo siente que le falta el aire. Toma un vaso de agua. Manuel se descubre el rostro. Me convenciste dice con una sonrisa ¿qué querés que te cuente? ¿Cómo siguió tu vida luego de “perder” lo acentúa con intención a Judith? Me perdí a mí mismo contesta Manuel al instante ya te conté que solo me dediqué a estudiar; estuve casi cinco años sin acercarme a una mujer; en realidad, estuve el resto de mi vida sin acercarme a una mujer; ocasionalmente reaccioné a alguna que se dignó a buscarme, después me encontré a Judith embarazada por la calle y después emigré; ese es el resumen de mi fascinante vida concluye levantando ambas palmas. Él se toma unos segundos y pregunta ¿cómo fue tu inserción en Estados Unidos? En lo profesional, muy fácil desde el principio; se me abrieron todas las puertas; antes de los treinta ya era un cirujano de renombre y ganaba lo que nunca hubiera podido ganar aquí; el problema era que no sabía qué hacer con el dinero. ¿Y afectivamente? No hubo mucho cambio; estuve tan solo como estaba aquí; dos o tres enfermeras que se ligaron conmigo; algún colega un poco más cercano; las esporádicas visitas de Inés y no mucho más; pacientes y pacientes; quirófanos y quirófanos; de día, de noche; sábados y domingos; acción de gracias, navidades; a eso se redujo mi vida: operar y operar. Gustavo está abrumado. Por eso decide cambiar de tema. Aire. ¿Hasta cuándo tenés licencia? pregunta. Ya te lo dije contesta Manuel, en mal tono no sé si volveré. ¿Qué cambiaría en tu vida si te quedaras aquí? ¿El idioma? pregunta el hombre intentando ahora sonreír, hace una pausa y continúa no lo sé; confío en que esta terapia mueva algo en mí. Él se siente aplastado por la responsabilidad. ¿Qué puede hacer por este hombre? ¿Qué quisieras modificar en tu vida? pregunta. Quisiera modificar toda mi vida; mi pasado y mi presente; pero como sé que eso es imposible me conformo con poder modificar mi futuro. ¿Poblar el “desierto” del que me hablabas? Manuel asiente con la cabeza. La primera condición para poder poblar la soledad es reconocerla y ese paso ya lo diste. Sí afirma Manuel estoy solo; soy solo reformula. Y descubriste que ya no querés estarlo. El hombre lo corrige descubrí que ya no puedo soportar la soledad. Me parece que te olvidás de alguien dice él. Manuel hace un gesto de sorpresa. ¿De quién? pregunta. De Inés. Es cierto; al menos la tengo a mi hermana. Que fue una niña tan invisible como vos. Es cierto reitera el hombre ella está tan sola como yo y ni siquiera desarrolló una carrera. ¿Dejamos acá? propone él. Dejamos repite Manuel incorporándose.
Gustavo va a la cocina y se prepara un café. Aún es temprano. Está conmovido. Nunca vio a una persona tan sola. ¿De qué me quejo?, piensa, tengo a Cecilia, a los chicos, Santiago, mis viejos, amigos. Me quejo de lleno, concluye. ¿Podría un bebé romper el equilibrio?, se plantea. Se restriega los ojos. La Volturno chilla. Baja el fuego.
14 de noviembre
215
Charlé con Inés informa Manuel en cuanto se sienta y luego calla. ¿Querés contarme? pregunta él. Por primera vez hablamos sobre nuestra infancia, sobre la muerte de Daniel, sobre papá; ella también estuvo trabajando su historia en terapia; coincidimos en muchas cosas que ella también descubrió; lo que la sorprendió fue lo que estuvimos viendo sobre la figura de mamá; ella seguía idealizándola; la conmocionó verla desde otro lugar; me dijo que ahora entendía muchas cosas. Gustavo se siente satisfecho, muy satisfecho. Le maté el punto a Ana María, decide, ojalá que Inés le comente lo que trabajé con su hermano. Le conté lo de Judith prosigue Manuel lo que hizo papá con las cartas; no lo podía creer; recién así pudo entender mi alejamiento, mi desentenderme de la salud del viejo. Manuel se sirve un vaso de agua. Gracias dice. ¿Por qué? pregunta él, desconcertado. Por tu comentario de cierre; es cierto, al menos la tengo a Inés; es como si nunca la hubiera considerado una persona; Inés estaba, estaba siempre para los otros; estaba para papá, sobre todo se reclina sobre el respaldo y pide hablemos de otra cosa. Hablemos de tu profesión, entonces propone él. Manuel arquea las cejas. Elegiste la cirugía, la especialidad de tu padre. ¡Igual la hubiera elegido! exclama Manuel al instante. ¿Por qué? inquiere él. Mucha adrenalina; cuando salgo del quirófano y voy a informar a la familia, todavía me corrr por dentro; entonces los miro a los ojos, imagino por lo que están pasando; cuando puede darles buenas noticias me siento Dios; a lo largo de estos años, miles de pacientes me entregaron lo que más aprecian, su propia vida; tuve, literalmente, su vida entre mis manos; conseguí que la mayoría de ellos pudiera seguir viviendo o viviera mejor; es un satisfacción indescriptible dice con una energía, con una vitalidad que Gustavo le desconocía. Con pasión. Quizá por momentos, por horas sos un Dios como tu padre arriesga. No lo descalifica el hombre en el quirófano es el único lugar en que me siento yo. Él busca, entonces, por otro lado. Tal vez sea el único lugar en el que pudiste descargar la agresividad normal y natural de todo niño y que en tu caso fue duramente reprimida. Manuel lo mira con interés y comenta el vulgo dice que los ricos son cirujanos y los pobres carniceros. Etimológicamente agredir significa algo tan positivo como avanzar, dirigirse hacia algo; hay que distinguir entre agresividad benigna y maligna; la primera es de carácter defensivo y desaparece cuando se neutraliza el peligro; está, pues, al servicio de la vida, no de la muerte; la agresividad maligna, está representada por las conductas que intentan hacer daño porque sí. Gustavo se sorprende de sí mismo. Como si un ventrílocuo hablara a través de su boca. Me interesa mucho lo que decís lo reconfirma Manuel sí, cada operación es un baño de adrenalina; me hace sentir vivo. Tu problema es el resto del tiempo. A veces siento que soy un adicto confiesa el hombre operar dejo de ser mi profesión para transformarse en mi droga. Droga que, mientras dura, tapa tu soledad. Manuel se echa hacia atrás el cabello con ambas manos. No puedo más así; a veces me dan ganas de dormirme y de no despertarme más. ¿Cómo tu padre? Manuel lo mira fijo. ¿Considerás que la vida de tu padre estuvo muy poblada en los últimos años? Nunca me lo planteé reconoce el hombre. Planteátelo ahora sugiere él. No lo sé. Un buen tema para charlar con tu hermana propone él y enderezándose en su sillón pregunta ¿dejamos acá?
Gustavo se queda reflexionando. Manuel eligió la misma profesión que su padre sin embargo, coincidía con su propia vocación. A él le costó imponer la suya: su padre no quería que estudiara psicología. Te vas a morir de hambre decía. Hice lo que quise, piensa, pero también piensa que sigue trabajando en la fábrica de su padre. ¿El consultorio es su hobby? Al menos yo no intenté influir sobre la decisión de Nacho, piensa. Aunque poco le haya gustado Administración de Empresas. El viejo lo captó desde chico, evalúa con fastidio, quizá porque yo no estuve cerca. Busca el celular. ¿Qué novedades? le escribe a su hija. Ninguna contesta la chica. ¿Todo bien? Todo bien y ahora que me escribís, de diez. ¿Tenés ganas de que merendemos un día de estos? le escribe él porque de repente registra que la extraña. Después se arrepiente, le da vergüenza, qué puede interesarle ya a la chiquilina su compañía. La respuesta llega al instante. Solo si me prometés submarino y tostado. Él sonríe. Sigue compradora la mocosa. Como antes le escribe él. Como siempre contesta su hija. Gustavo se lleva la mano al pecho.
21 de noviembre
Estuve charlando con Inés informa Manuel en cuanto se sienta. ¿Sobre? El hombre ladea la cabeza y eleva las cejas sobre lo que me encargaste, sobre la vejez de mi padre. Yo no te doy indicaciones, Manuel, solo sugerencias, propuestas le aclara él. Manuel se encoge de hombros, parece fastidiado. No me gustó escucharla dice no me hizo bien. Gustavo espera, pero como el hombre permanece callado, propone ¿te gustaría contarme? Manuel se reacomoda en el diván, se apoya en el respaldo y cruza una pierna sobre la otra rodilla. Creo que en este último tramo pagó todos los errores que pudo cometer en su vida comenta y calla nuevamente. ¿Por qué lo decís? trata él de ayudarlo a abrirse. Estuvo solo como un perro. Al menos han tenido algo en común, además de la profesión acota él. ¿A qué te referís? A la soledad. Él esboza una leve sonrisa. Quizás es genética dice porque Inés también la padece y regresa al silencio. ¿Estuvo mucho tiempo enfermo? intenta él abrir la conversación. Fue largo; largo y doloroso; cáncer de laringe; de entrada le dieron pocas chances, pero el viejo resistió. ¿Vos estabas al tanto? Manuel se endereza con brusquedad. Sí responde Inés me escribía. ¿Te avisó Gustavo decide, adrede, ser duro que se estaba muriendo? Sí, pero no vine; si no lo había visto antes qué sentido tenía en ese momento. ¿Inés te lo recriminó luego? Manuel menea la cabeza. Inés nunca recrimina, nunca demanda. Gustavo decide permanecer en silencio. Silencio que un buen rato después Manuel rompe para decir soy yo el que me lo recrimino. Gustavo le ofrece agua. Ambos beben. Aunque no puedas creerlo, ayer, porque me encontré con ella ayer, fue la primera conversación profunda que tuve con mi hermana en toda mi vida; la primera vez que fue a visitarme, un par de años después de mi partida, era muy jovencita, en el poco tiempo libre que tenía la paseé lo que pude, pero no hablamos nada de temas personales, pero sí recuerdo que traté de convencerla para que siguiera estudiando, ya estaba trabajando como secretaria en el consultorio de varios ginecólogos, aún sigue allí; se justificaba diciendo que no tenía ninguna vocación. Él se queda reflexionando, cuánto precisaría charlarlo con Ana María. A lo mejor ella también satisfizo los mandatos paternos. No entiendo. Para las mujeres, la familia debe de ser el centro de su existencia. Pero ella no se casó ni tuvo hijos, sigue viviendo en la casa de nuestra infancia. Tu padre fue su familia le aclara él. Es cierto admite Manuel al menos ella tuvo esa familia; yo, ninguna. Vos decidiste prescindir de tu familia, tanto de tu padre como de Inés. Es cierto repite, tomándose la cabeza con ambas manos la arrastré a Inés en la volteada. Se sirve agua y continúa ayer, charlando con ella, recién tomé cabal conciencia del fardo que tuvo encima, fardo del que, en todos estos años no se quejó; me pasé la vida lamentándome, a solas, claro, del desamor de mi padre, de su brutal manera de torcer mi vida y recién puedo ver ahora que aquí la verdadera víctima ha sido Inés; a pesar de saber con precisión, por algo soy médico, la complejidad de la enfermedad de mi padre, los dolores, la incapacidad, la asistencia permanente que requería, no moví un dedo para ayudar a mi hermana, no en tanto hija del ser que yo detestaba, sino en su calidad de ser humano vuelve a esconder la cabeza entre las manos todo esto habla muy mal de mí, Gustavo, me avergüenzo de mí mismo. Él deja pasar un buen rato antes de comentar es muy interesante tu proceso, Manuel; recién cuando dejamos de vernos como víctimas y nos reconocemos artífices de nuestra historia, descubrimos que nosotros somos los otros de los otros y podemos reconocer que todo aquello que nos ha acontecido en nuestra adultez ha ocurrido con nuestra anuencia, por acción o por omisión; quizá recién ahora puedas, Manuel, tomar el timón de tu vida. Quizá ya es demasiado tarde dice el hombre, descubriéndose el rostro. ¿Tarde? Gustavo sonríe recién y remarca el recién tenés cuarenta y cinco años. Suena el portero eléctrico. Ambos hombres, al unísono, miran el reloj. Se nos pasó la hora dice Gustavo incorporándose. Mientras no se me pase la vida… acota Manuel imitándolo. Él sonríe, satisfecho.

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