En
cuanto ve a Marcelo acomodado Gustavo arranca ¿quién es ella? El hombre ríe. Creí
que te habrías olvidado dice. Yo no
me olvido de nada afirma él, con una amplia sonrisa. Marcelo, las manos
juntas entre las rodillas, la espalda ligeramente inclinada, confiesa es una mina para más quilombo. Él lo mira sorprendido y como Marcelo
calla pregunta ¿por qué? La vista en
el piso Marcelo informa fue la mejor
amiga de Diana, la exmujer del padre
de Lorena. Sí, es una mina para quilombo, piensa él y después se acuerda de
Cecilia. Todas las minas son para quilombo. Se lleva instintivamente la mano
hacia el pecho. Me contacté con ella
intentando conseguir datos de Alberto, el ex. ¿Ella sabía de la nena? No, y
sigue sin saberlo se descubre la cara y lo mira te dije que me había metido en un quilombo. Quilombo que obviaste toda
la sesión anterior comenta él
fastidiado, me hace perder el tiempo, piensa. Para hablarte de otros quilombos replica Marcelo, airado. Está con poca paciencia, registra él y luego
se dice: pero yo también. Cecilia. Siente una opresión entre las costillas. Contame en qué anda tu vínculo con… Patricia se adelanta Marcelo a su pregunta. Patricia repite él mientras anota no
la habías nombrado. Nos encontramos, tomamos un café el primer
día, almorzamos el siguiente y… Al tercero se fueron a la cama afirma él. Está ofuscado, no logra
contenerse. Suerte que Ana María no puede verlo. Suerte que ya no tiene por qué
contárselo a Ana María. Ya no es su control. Estoy perdiendo el control,
piensa. Inspira hondo. Toma un vaso de agua. Al tercero no, pero no demasiado después aclara Marcelo; es de las
pocas mujeres a las que el paso del tiempo ha favorecido; delgada, arreglada;
recuerdo que Diana solía comentar cuánto se había abandonado, hijos mediante.
¿Cuántos tiene? Marcelo mira el
piso. Seis informa segundos después seis varones. Separada, seis hijos medio
hermanos de la tuya; te conseguiste una mujer bárbara; justo para ayudarte a
solucionar tus problemas. El
hombre lo mira con sorpresa. Me extralimité, decide él. Perdón pide. Será porque me
imaginaba tu reacción que me costó contártelo. Él decide recuperar el rumbo. Se concentra en cada una de sus
palabras. No volverá a equivocarse. ¿Por
qué suponías mi reacción? No soy boludo, me doy cuenta de las complicaciones;
pero ocurrió, simplemente ocurrió, ¿recordás el fugaz enredo con mi alumna?
Feldman dice él orgulloso de sus
neuronas. Marcelo parece impresionado. Sí, Feldman; más allá de la atracción sexual, estábamos en las
antípodas. Es notable tu propensión a relacionarte con
mujeres que pueden ocasionarte problemas; si mal no recuerdo Diana también
había sido alumna tuya. Sí admite el
hombre aunque fue complicado
manejarlo, zafé. Solo de la ley afirma
él. Pese a todo no me arrepiento
de los años compartidos con Diana; te sonará estúpido, pero al lado de ella me
sentía feliz. Él cabecea. Es un
hombre difícil de roer, decide. Con
Patricia retoma Marcelo me ocurre exactamente lo contrario que con
Feldman, los dos pisamos el mismo terreno. Arenas movedizas acota él sonriendo. Marcelo también sonríe y
la tensión entre ambos se disipa como por arte de magia. Más que arenas movedizas el polvo levantado
por once pibes zapateando un malambo
le sigue la broma Marcelo. ¿Once?,
¿tan rápido van las cosas que ya sumás los tantos? El hombre se queda en silencio un largo rato y luego mirándolo fijo a
los ojos confiesa mucho me temo
que estoy enamorado. Miedo asociado al amor; parece que
lamentaras estar “enamorado”
pronuncia con retintín. No estoy
en condiciones de sufrir más dice
con la voz firme. Ahora asociás el
sufrimiento al amor. Es que cuando me enamoro me pierdo a mí mismo; hacen de mí
lo que quieren. Eso sería suponer que el trabajo que hicimos fue inútil; cuando
llegaste aquí no tenías registro de tu “necesidad” pronuncia con fuerza de
ser manejado por una mujer; trabajamos fuerte la impronta del vínculo con tu
madre, ¿por qué ahora una mujer te haría perderte a vos mismo? lo mira con intensidad yo confío en el trabajo que realizamos
juntos. Marcelo sonríe, sobrador. Quiere decir que le das el visto bueno al
posible malambo. Yo no dije eso él
levanta ambas manos, las palmas hacia arriba, sonriente solo que dudo que, dado el proceso
realizado, una mujer vuelva a hacerte hacer lo que realmente no querés.
Patricia es extraordinaria comenta
Marcelo una madraza; me maravilla
oírla hablar de sus hijos. Él
consulta el reloj, suficiente por hoy. Yo diría que en muchos de los dificilísimos momentos que te tocó
atravesar con tus hijos un observador anónimo bien podría haberte calificado de
padrazo comenta él mientras se
incorpora. ¿De veras lo creés? pregunta Marcelo también levantándose. Y hay
tanta ilusión en su mirada que Gustavo se conmueve.
Encima
terminó la sesión un par de minutos antes. Devastador tener tiempo libre. Se le
impone el mensaje leído. ¿Ya
le dijiste? No me animo. Las
palabras le picotean las sienes como cuervos hambrientos. Dirige hacia allí
ambas manos. Luego va hasta el baño y se humedece la cara. Se mira en el
espejo. Estoy viejo, evalúa, por eso Cecilia se cansó de mí. Rumbo a la cocina
descubre que no tiene ganas de tomar café. Desanda sus pasos. Se deja caer
sobre el diván. Tendrá que encararla. ¿Qué decirle? No quiero perderla, piensa.
Quizás entonces deba olvidar lo que leyó. En otra oportunidad enfrentarla
derivó en su pérdida. Nos salvó Martina, decide. Recordar la enfermedad de la
nena redimensiona su angustia. No es para tanto. Cosas de la vida piensa. De la
vida, no de la muerte. Enciende el celular. Mensaje de Martina ¿Todo bien?, me extrañó que no me
llamaras. Llamarla hubiera sido
anclar en un mundo que intentó con todas sus fuerzas olvidar para poder
trabajar. Para poder respirar, se corrige. No quiere sentir los ojos de Ana
María sobre los suyos.
¿A qué atribuye el mal humor de Cecilia? le había preguntado. Bruja, recontrabruja. Mina. Todo bien escribe a su hija te
veo a las nueve.
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