lunes, 2 de marzo de 2026

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Toca el timbre a la hora exacta sin resultado. Cinco minutos después, cuando él se debate entre la inquietud y el fastidio, la puerta se abre. Gustavo amaga entrar y casi choca con un hombre que sale. Le da rabia. A él nunca le concede tiempo extra. No tiene buena cara comenta Ana María en cuanto él se acomoda ¿se siente bien? No contesta él, permanece callado un buen rato y luego inspira hondo e informa Cecilia me engaña, de nuevo me engaña. Lo escucho dice ella impasible, determina él. Impasible como siempre. Gustavo trata de disipar su irritación y relata con lujo de detalles lo acontecido. Me parece que se ha apresurado al sacar sus conclusiones dictamina ella. ¿Por qué lo dice? aletea en él la esperanza. El mensaje deja en claro que hay algo que Cecilia le está ocultando; el resto corrió por parte suya. Claro, seguramente no quiso decirme que se va a sacar una muela; celebro que quiera consolarme, pero a buen entendedor pocas palabras. ¿Está seguro de que es un buen entendedor?; me llama la atención el “no me animo” de Cecilia; más allá de lo que se tratara, incluso si fuera un amante, no es buen indicador que su mujer tema sus reacciones. Una aguda violencia hace presa de él. Noo, ya sabía yo que usted iba a terminar diciendo que la culpa es mía; ¿hay un pacto de sangre entre todas las mujeres que las impulsa a defenderse entre sí?, claro, la culpa siempre es nuestra. Ella se queda observándolo, en silencio. Luego de unos minutos pregunta ¿ya terminó con el berrinche? Él va a reaccionar cuando recapacita. Perdón pide hoy estoy muy irascible, ya me pasó en el consultorio. ¿Hoy? Él la mira. Ya hablamos la sesión pasada sobre su malhumor. Convengamos que hoy tengo motivos. Para estar preocupado, no para agredir al que se cruza en su camino. Es cierto reconoce esta tarde se me fue la mano con un par de pacientes. ¿Tiene en claro que la responsable de su irritación no es solo Cecilia? Él se queda pensando. Todo el asunto con mi viejo me desbalanceó; pero hoy no puedo darme el lujo de dedicarle otra sesión a él; tengo que decidir qué voy a hacer con Cecilia. ¿Escucharla? La otra vez la escuché y me dijo que estaba enamorada de otro hombre. Quizás esta vez no. Él la mira con interés. ¿Qué supone? No es mi tarea suponer; solo intento despegarlo de su actitud infantil para que pueda abordar a su mujer de la manera más adulta posible. Él se tapa la cara con ambas manos. No quiero perderla dice. ¿Pensamos juntos cuáles son las posibilidades ella dulcifica la voz y cuáles es la mejor estrategia para afrontar cada una de ellas?

 

Sale de la sesión más tranquilo. No está obligado a nada. Ni siquiera a contarle a Cecilia que leyó los mensajes. Quizá si su mujer percibe que usted está receptivo ella misma le cuente lo que le tiene que contar; nada de lo que ocurre es ajeno a usted; todo lo que nos acontece nos pertenece dijo Ana María.  No quiero perder a Cecilia, se dice nuevamente. Otra vez no, por favor no. Pone el auto en marcha. Esto es como retroceder en el tiempo piensa. El ruido del motor le llega junto con la melodía que en aquella época de pesadilla lo rondaba. No debemos de pensar que ahora es diferente/ Mil momentos como éste quedan en mi mente/ No se piensa en el verano cuando cae la nieve/ Deja que pase un momento y volveremos a querernos. Suena un mensaje en su celular. En el primer semáforo en rojo atiende. Tengo antojo de helado, papi, ¿me traes? La mocosa le arranca una sonrisa.

 

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