miércoles, 4 de marzo de 2026

205

 



Inspira hondo y hace girar la llave. Olor a pollo al horno. ¿Con papas? Si así fuera, señal de que Cecilia tuvo ganas de pelarlas. Entra a la cocina. No, está lavando tomates. Lo más sencillo, evalúa. Hola saluda. Hola responde ella sin abandonar su tarea. Traje helado informa mientras abre el freezer. Qué milagro comenta ella sin mirarlo. Martina me pidió. Mirá vos. ¿Cómo estuvo tu día? pregunta él. Ella gira al instante, las cejas levantadas. Bien, mucho trabajo, pero bien; ¿el consultorio? Ahora es él el sorprendido. Bien, mucho trabajo, pero bien repite. Ambos ríen. Soy un pelotudo, piensa, esta no es la manera de empezar. Va hasta el living. La mesa está puesta. Cuatro lugares, piensa y estúpidamente se conmueve. Pasa por el cuarto de Martina. Hola, papi; ¿cumpliste? ¡Cumplí! exclama él. La chiquilina continúa con su tarea. La puerta del cuarto de Nacho está cerrada. Los ladridos de Lacán llegan desde su dormitorio. Va hasta el cuarto. Te quedaste encerrado, salame le dice.  El perro se le abalanza y lo lame como si lo hubiera liberado de la cárcel. De la cárcel de Alcatraz, piensa él. Piensa después que no se dio cuenta de que el perro no había ido a recibirlo. ¿Cuánto registro a los que quiero?, se pregunta. Se le impone el rostro de Ana María. ¡A comer! grita Cecilia desde la cocina. Cuando él regresa de lavarse las manos encuentra a los tres sentados. Hola, pa dice Nacho. Martina alcanza los platos y Cecilia sirve. A él le tocó muslo. Ella sabe que me gusta el muslo, piensa. Se acuerda de lo charlado con Ana María y pregunta ¿cómo va la facultad, hijo?, ¿estás con exámenes? El chico interrumpe la trayectoria del tenedor y lo mira. Rendí las tres materias la semana pasada. Él experimenta una profunda vergüenza. Suerte que Ana María no está escuchando, piensa. Como no tiene sentido excusarse pregunta ¿cómo te fue? Bien contesta Nacho y sigue comiendo. Martina comenta Facu me consiguió una bolsa de dormir. ¿Para qué? pregunta él. Su hija menea la cabeza. Para irme con las chicas al Tigre. ¿Cuándo? El finde que viene. ¿Vos sabías? le pregunta a Cecilia. Claro, van a la casa de Agustina; ya hablé con la mamá. Vos también deberías saberlo, papá dice Martina lo comenté en la mesa hace como diez días. Él teme ponerse colorado. Me estoy hundiendo, piensa. El pollo se le atragantó. Se sirve agua. Minutos después Cecilia se incorpora a recoger la mesa. Mami, no estás comiendo nada últimamente comenta la chica. Merendé tarde se excusa ella. ¿En qué planeta estuve viviendo?, se plantea él. Cecilia regresa con una bandeja con queso y dulce. Él registra que ella no se sirve. Ahora o nunca. Quiero pedirles disculpas a todos arranca. Tres pares de ojos se depositan sobre él. Los tuve muy abandonados. Silencio absoluto. Gracias por haberme bancado todos estos meses; intentaré recuperar mi lugar. Más silencio. Gustavo observa que los ojos de Cecilia se llenan de lágrimas. No pasa nada, pa sale al ruedo Nacho. Yo sí que te extrañé dice su hija. Cecilia levanta los platos y va a la cocina. Tiene razón en engañarme, piensa él. Los chicos se incorporan. Él se queda en la mesa. Solo.

 

Se ducha interminablemente. Aunque en algún momento deberá salir. Cierra la canilla. Se seca, se pone el piyama. El corazón le late fuerte. Junta fuerzas y abre la puerta del baño. Cuando entra al dormitorio encuentra a Cecilia acostada, boca arriba, mirando el techo. No lee, qué raro, registra él mientras se sienta en la cama. ¿En qué pensás? pregunta. En vos contesta ella hacía mucho que estaba esperando que regresaras. ¿Que regresara? Sí ella gira y lo mira meses que sos un fantasma. Todas las minas son iguales, evalúa él, debe de haber olido algo y su primera reacción consiste en hacerme sentir culpable. Hago lo que puedo dice. Y hoy pudiste; creí que te habíamos perdido definitivamente. Se la ve tan desvalida que quisiera abrazarla, pero no va a caer en su trampa. Como si pudiera leer sus pensamientos, ella pide vení, abrazame. Él piensa que la conversación puede quedar para mañana. Es él quien precisa un abrazo como al aire. Se acuesta a la par de ella que entierra la cabeza en su pecho. ¡Ay, Gustavo!, ya no aguanto más. Él la aparta con suavidad y busca sus ojos. ¿Qué pasa? se obliga a preguntar mientras siente el retumbe de su corazón. Porque ya no hay lugar para prórrogas. Prometeme que no te vas a enojar pide ella. ¿Qué pasa? reitera él, endureciendo el tono porque ella lo está manipulando. Ella se desprende del abrazo y se deja caer sobre la almohada. Cierra los ojos. Allá vamos, piensa él, camino al infierno. Estoy embarazada. El golpe es tan brutal que, como un idiota, colgado aún de su construcción anterior, solo se le ocurre preguntar ¿es mío? Ella se sienta como un resorte. Esta sí que no me la esperaba; imaginé mil reacciones tuyas, pero lograste sorprenderme la voz al borde del grito ¿de quién te creés que es?, ¿del policía de la esquina? Perdoname pide él, tantos sentimientos confluyendo que se queda como si le hubieran dado una paliza. Alivio al descartar el presunto engaño junto con una enorme opresión. Lo menos que quiere en ese momento de su vida es otro hijo. Sabe que tendría que abrazarla, pero no puede. ¿Cómo pudo pasar? logra al fin preguntar. Leí que a veces el espiral falla responde ella. ¿De cuánto estás? Casi nueve semanas. ¿Por qué no me lo contaste antes? No me animé susurra ella estabas intratable y yo ya sabía cómo ibas a reaccionar. ¿Cómo? Como lo estás haciendo; como con el embarazo de Nacho. Él también se sienta, las piernas cruzadas. No es momento para otro hijo, Cecilia. Parece que nuestros hijos deciden por sí mismos cuando quieren nacer. Él percibe que Cecilia ya tomó la decisión. Me pasó por encima, piensa, como siempre. No quiero tenerlo afirma, rotundo. Ella calla. Estoy recomenzando otra vez mi carrera, no quiero disipar energía en otra cosa. ¿Cosa?, ¿tu hijo es una cosa? hace una pausa la más perjudicada sería yo; estoy por ser ascendida; ¿te parece que a mi jefe le va a gustar tener que darme licencia? Él la abraza. Por eso, mi amor, no es el momento; nueve semanas, todavía estamos a tiempo. Es un ser vivo, Gus, es nuestro hijo. Hace unos meses te vi marchando con el pañuelo verde. Sí, pero nosotros tenemos techo y comida. Él comienza a impacientarse. Ya sabés cuál es mi posición dice. Ella calla. La indignación de él crece. No sé para qué estamos hablando si vas a hacer otra vez lo que quieras. No niega ella, rotunda te equivocás; no cometería otra vez el error de “obligarte” lo dice con ironía a tener un hijo; no por mí sino por él; ya lo padecí demasiado con Nacho y ya lo padeció él; y no serviría de nada tenerlo y separarme él la escucha y se asusta porque igual seguirías siendo el padre e igual la criatura se sentiría no aceptada; si no querés que nazca no te lo voy a imponer pero cargarás vos con la responsabilidad. Cecilia… él acerca la mano a su brazo pero ella se aparta, se incorpora y sale. Él escucha abrirse la puerta del baño y se desmorona sobre el colchón. Se agarra la cabeza con ambas manos. Recuerda a Santiago. Se queda mirando el techo. No estoy en condiciones de soportar un bebé, piensa. Pero también piensa que hace solo unas horas temblaba creyendo que perdería a su mujer. Aunque no tener al bebé quizá redunde en perderla. Atrapado sin salida, evalúa. Se queda mirando el techo hasta que un largo rato después Cecilia regresa. Ella se acuesta dándole la espalda. La tensión es tan grande que él comprende que algo tiene que decir. Entonces dice lo voy a pensar. Ella no lo mira.

 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

223

  ¿Te acordás que te dije que mi papá me había cancelado la salida al cine? Son las primeras palabras de Ema. Sí, hace ya dos semanas re...