Miércoles 19
Cecilia acostada en la camilla, la ecografista a un lado; él, al otro. Ven, esta es la cabeza explica la mujer estas son las manitos. Y sí, lo que se ve es el contorno de un ser humano. Todo perfecto, por el tamaño tiene dieciséis semanas. Él observa a Cecilia, le corren las lágrimas por las mejillas. Lágrimas que él seca con el dorso de la mano. ¿Quieren saber el sexo? Gustavo mira a Cecilia que hace un gesto de asentimiento. Sí responde él. Es un varón. Nacho va a estar contento, es su primer pensamiento. Y después piensa que él también. Quizá con este bebé pueda redimirse de muchas actividades masculinas que no compartió con su primogénito. Cecilia le tiende la mano. Él se la oprime.
¿Querés que vayamos a almorzar? propone él, terminado el estudio, ya en el auto. ¿Y si compramos algo y comemos en tu consultorio? Él se queda sorprendido. ¿Por qué? pregunta y al instante se da cuenta de que es una pregunta estúpida. Nunca comimos allí, ni siquiera compartimos un café. Es cierto, nunca la invitó. De acuerdo dice y arranca. Logra estacionar en la esquina del consultorio y pregunta ¿con qué estás tentada? Algo que vos comas habitualmente. La sorpresa de él va en incremento. ¿Empanadas, tarta, milanesa? Hace casi veinte años que decido qué se cena cada noche; hoy liberame, elegí vos. Es cierto, se repite él, nunca lo había pensado. ¿Venís conmigo a comprar o preferís esperarme en el auto o en el consultorio? Te acompaño responde ella al instante. Mientras esperan en la rotisería ella comenta es raro ver lo que tantas veces imaginé. Él la mira frunciendo el ceño. No entiende. No la entiende. Recuerda el título de una novela que leyó hace años. Extraños cotidianos. Él para ella y ella para él. Hay una parte de nosotros mismos imposible de compartir, piensa. Absolutamente propia.
Él va a poner el individual, pero repara en que solo tiene uno. Es que este lugar es exclusivamente mío, se dice. Por suerte tiene dos tenedores y dos cuchillos. Vasos, varios. Para los pacientes, claro. Y también cuatro tazas de café. Mientras distribuye los platos escucha los pasos de ella recorriendo el consultorio. Cuánta luz la oye decir que ya en la cocina agrega es muy lindo este lugar, con razón te gusta tanto venir. ¿Preferís de jamón y queso o de calabaza? le pregunta él señalando las porciones de tarta ya servidas en sendos platos. Ella levanta ambas palmas e inclina el mentón. Él, entonces, corta ambas porciones al medio. Compartiremos decide. Va a preguntarle si quiere ensalada cuando recuerda el trato y le sirve. Están muy ricas comenta ella y él acota sí, cocinan muy bien, parecen caseras. Él detecta cierta tensión en el ambiente. Así que tendremos un varoncito dice. Sí, es raro saberlo; con los otros dos fue una sorpresa le recuerda ella. ¿Vos que preferías? inquiere él. Sinceramente, ni me lo había planteado ella hace una pausa y a su vez pregunta ¿y vos? Un varón contesta él. Brindemos entonces propone ella levantando el vaso de agua. Él la imita. ¿Ya te resignaste? pregunta ella minutos después, los platos casi vacíos. Él la mira. Sus ojos están tan tristes que lo golpean. Sin siquiera pensarlo se levanta y la abraza. Ay, Gus musita ella.
