Manuel, por primera vez, no viene con saco. Más distendido, concluye
Gustavo. Sin embargo, no tiene buena cara. ¿Cómo estás? le
pregunta ante el sostenido silencio. Mal
responde Manuel. ¿Querés contarme? propone
él. El
viernes le pedí a
Inés la llave de la casa de nuestros padres y
le dije que me avisara un día que saliera; todavía no me había animado a entrar
y precisaba recorrerla a solas; me di cuenta de que a Inés le molestó que la
excluyera, pero aceptó; al día siguiente fui; ni bien
atravesé el zaguán. se me desbocaron los recuerdos; recorrí el hall, la sala,
el escritorio, el comedor; todo estaba igual, los cortinados de terciopelo, el
piano de cola, la colección de porcelanas; un viaje al pasado mucho más remoto
que mi propio pasado; subí la enorme escalera alfombrada y llegué al hall de
arriba, al que dan cuatro de los cinco dormitorios; entré al de Inés; no se
puede creer que una mujer adulta pueda seguir durmiendo en una cama con volados
rosas y almohadones de corazones como a los quince años; al cuarto de la tía Ermelinda, ni quise
entrar; me puse contento cuando Inés me contó que se había muerto. Manuel
se detiene y se sirve un vaso de agua. Él ni da señales de vida, no quiero
interrumpirlo. Instantes después el hombre continúa cuando entré al cuarto
de Daniel y vi las copas y las medallas en la vitrina, se me aflojaron los
huesos; cerré la puerta con rabia como si así pudiera borrar la imagen de mi
hermano tirado en el piso con sus botas
y sus bridges; me tuve que sentar en el sillón del hall para recuperar
fuerzas; cerré los ojos pero fue peor; imágenes y más imágenes; el olor de
Ermelinda, las manos de mi madre, las trenzas de Inés, la voz de Daniel; me
dolía el cuerpo y el alma; me levanté y fui hasta mi cuarto; abrí las persianas;
todo tal cual, mis banderines, mis libros, el álbum de estampillas; me senté
frente al escritorio bajo la ventana desde donde, terracita mediante, se veía
la ventana del cuarto de mis padres, indefectiblemente velada por la cortina de
voile; me levanté, sorteé el
breve pasillo y me encontré frente a la única puerta por abrir; con la
mano en el picaporte mi mente quedó en blanco;
¿sería posible que nunca hubiera estado allí?; entré y descubrí, a través del vidrio, la ventana de mi
propio cuarto; creerás que soy idiota pero pensé que a través de esa ventana mi
padre había vigilado cada uno de mis actos, vislumbrado mis intenciones; a
través de esa ventana, mientras yo dormía, él me había enviado sus órdenes; giré
y me tiré sobre la cama, su cama; pensé que lo único que le faltaba a ese
momento era un cigarrillo; saqué uno del bolsillo del saco y lo encendí cuenta
y luego se respalda en el diván cierra los ojos. Como el silencio se
prolonga Gustavo comenta no sabía que fumabas y se siente idiota. Manuel abre los párpados. No fumaba
desde los veinte cuenta por ese entonces mi padre era director de la
Campaña Nacional Antitabaco y me había dicho que con mi conducta desacreditaba
su gestión; encendí mi primer cigarrillo en décadas cuando volví del
entierro. ¿Una forma de ejercer la desobediencia? acota él ante el silencio
que regresa. Manuel se encoge de hombros. Cuando metí la mano en el
bolsillo continúa me encontré con el sobre que me había dado
Inés días atrás; no había querido abrirlo en el momento y luego me olvidé
completamente; Inés lo había encontrado en el cajón de la mesita del sanatorio;
solo decía Manuel con letra temblequeante; eso había quedado de su hermosa
caligrafía inglesa; apoyé el cigarrillo sobre la mesa de luz, tomé el sobre y lo
abrí. Gustavo piensa que Manuel es un buen narrador, su expectativa va
creciendo. Había una única hoja prosigue el hombre. El portero eléctrico
suena. Gustavo maldice por dentro. Manuel amaga incorporarse. Sentate, mi
paciente puede esperar unos minutos pide él mientras se plantea si Ema
estará sola o con la madre. El hombre se para. Prefiero continuar la próxima
dice es demasiado para mí por hoy. Él, frustrado, se para. ¿Seguro?
P
pregunta. Seguro. Lo acompaña a la salida. Cuando abre la puerta, Ema está saliendo del ascensor. Perdón pide alguien me abrió. Hasta el miércoles se despide Manuel. El corazón de Gustavo late, agitado. Insondables los vínculos padre-hijo. Manuel y su padre. Él y su padre. Él y Nacho. ¿Me perdonará alguna vez? Ema se aproxima y lo besa.
