Andrea entra sonriente. Pollera corta, tacos altos pero gruesos. Se sienta con las piernas cruzadas. La falda trepa. Es una linda mujer, evalúa él. Lo convencí a George arranca ella echándose ligeramente hacia atrás. ¿Cómo fue eso? pregunta él cuando ella se detiene. “Se venció el plazo”, abrí yo la conversación cuenta Andrea él permaneció en silencio; “¿qué decidiste?”, le pregunté; él me miró… como vencido, te diría, y me dijo que yo no le dejaba mucha opción; que, aunque, él no quería adoptar, no podía, de ninguna manera, prescindir de mí; así que me acompañaría en el proceso de adopción; pero que, la condición era que todo se desarrollara dentro del marco legal. Gustavo se relaja, George está de su lado. Me hice problema inútilmente, piensa. Andrea sigue hablando. Yo le respondí que estaba de acuerdo, me gustaría que todo pueda hacerse así, pero me guardo una carta en la manga; llegado el caso también lograré convencerlo. No será fácil acompañarla, evalúa él. Ya me contacté con dos juzgados la sonrisa desaparece me dijeron, en ambos, que habrá que tener paciencia, que estos procesos son muy lentos; nos llamarán para tener una entrevista; lo tendré que entrenar a George porque si no, la veo difícil; es difícil de todas las maneras; creo que casi imposible en plazos razonables; por eso te hablaba del as en la manga, ya me pasaron contactos. Él se queda reflexionando. Me aparece que estás gestionando tu posibilidad de ser madre como un proyecto laboral más. Ella lo mira alzando las cejas. No te entiendo dice. Supongo que en tu trabajo te ponés una meta y allí vas, sin registrar los, digamos, daños colaterales. Sigo sin entenderte agrega ella en tono seco. Vos has resuelto que “conseguirás” un hijo; prescindís de los deseos genuinos de George, y, si mal no te entendí, hasta estarías dispuesta a comprar lo pronuncia con énfasis una criatura dejando de lado que no es una práctica legal; que quizás están despojando a una mujer necesitada de una criatura. Criatura que saldría beneficiada porque yo la haría feliz. No podemos evaluar los procesos humanos solo con la vara del costo-beneficio. No sé a dónde querés llegar, Gustavo. Él desearía poder charlarlo antes con Ana María, pero como es imposible, luego de un buen rato informa yo no podré acompañarte en este proceso si decidís optar por la ilegalidad; compromete mi ética profesional. He sido notificada dice ella incorporándose con brusquedad. Él, el corazón a mil, también se para. Espero verte aquí el próximo miércoles. Ella le da un beso y se dirige a la salida. Él le abre la puerta.
Gustavo va a la cocina a prepararse un café. ¿Hizo bien?, ¿puede dejar sola a esta mujer en un momento tan importante después de todo lo que atravesó? Precisaría encontrarse con Ana María ya. ¿Y si le planteara que de ahora en adelante vuelva a ser su control? Imposible. Él se apartó de la ortodoxia y, además, la necesita a ella acompañándolo en su propio proceso. Sería un pésimo momento para perder su guía. ¿Y si sumara otra sesión con ella?, ¿una y una? El ruido de la cafetera lo sobresalta. Se sirve un café, le pone azúcar y, taza en mano, se dirige al consultorio. La apoya sobre la mesita y se acuesta en el diván.

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