viernes, 5 de junio de 2026

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Manuel, camisa escocesa de manga corta, pantalón liviano, se sienta. Gustavo recuerda al hombre que en el encuentro anterior se fue sollozando. Poco tiene que ver con este. Se te ve mejor comenta. Manuel esboza una sonrisa. No hace falta mucho para verme mejor que la última sesión; te quería pedir perdón. ¿Perdón? pregunta él sorprendido. Di un espectáculo; estoy muy avergonzado; te aseguro que yo no soy así. Vos también sos así, o sea, humano; celebro que te hayas permitido mostrar tus emociones, compartir tus sentimientos. Parece que no sé hacerlo civilizadamente dice Manuel echándose el cabello hacia atrás con ambas manos. ¿Qué te provoca cuando el familiar de un paciente se quiebra al recibir una mala noticia? Me pone molesto contesta el hombre al instante molesto conmigo mismo agrega porque no sé cómo reaccionar, cómo contenerlo, cómo sostenerlo. ¿Qué hacés en esos casos? No mucho más que decirle que lo lamento; por suerte mi secretaria es ideal para estas situaciones, ella sí que sabe cómo consolar. Es difícil dar lo que no se recibió dice él no creo que hayas sido muy amparado de niño. Los ojos de Manuel se llenan de lágrimas. Se los restriega con fastidio. Parezco una nenita se disculpa. ¿Así te decía tu padre? Él levanta la mirada. admite en casa la debilidad estaba desterrada. ¿Considerás que tus pacientes o sus familiares lloran porque son débiles? No necesariamente, lloran porque…lloran porque pueden; me doy cuenta ahora de que nunca pude darme el lujo de llorar; bah, me pasé la vida llorando por dentro. Quizá cuando habilites tus partes vulnerables puedas acompañar mejor a los que sí pueden mostrarlas. Ojalá dice me detesto en esas situaciones; la gente pensará que soy duro, de hielo, que no me importa; pero te aseguro Gustavo que no es así; claro que me importa. Gustavo le ofrece agua. Ambos beben. Mi hermana me preguntó por la carta de papá informa no tuve más remedio que contarle que la había destruido; no lo podía creer, se desesperó; logré explicarle lo que me había pasado por dentro y ella admitió que nunca pudo dejar de actuar según los deseos de nuestro padre; a ella también le está haciendo muy bien la terapia. Gustavo registra el “también”. Estuvimos charlando sobre qué hacer con la casa; ella me dijo que si yo precisaba el dinero ella accedería a venderla; le comenté que no era una situación económica, pero que me parecía que para ella recalca el ella sería muy importante irse de allí, empezar de nuevo, vivir en un lugar que ella eligiera, que ella amueblara a su gusto; propio; por primera vez propio; me dijo que lo iba a pensar. ¿Y cuáles son tus propios planes? pregunta él. A fin de mes regreso a Estados Unidos; aquí me ofrecieron postularme para ser jefe del Servicio de Cirugía General del Hospital Británico; tendría muchas chances; tengo tiempo hasta febrero para presentarme; todavía no lo decidí; económicamente ni se acerca a lo que cobro en Estados Unidos, pero a esta altura de mi vida el dinero es lo que menos me importa. ¿Y qué es lo que sí te importa? Manuel se queda pensando. Segundos después dice me cansé de estar solo; acá, por lo menos, la tengo a Inés; ¿sabés lo que representa para mí poder compartir una cena con alguien un par de veces por semana?; además está este tratamiento, no quisiera tener que interrumpirlo. Gustavo siente que su pecho se dilata. Está orgulloso, muy orgulloso. Si fuera por eso, podría continuar trabajando virtualmente dice antes de poder evaluarlo en profundidad. No sería lo mismo dice el hombre a mí me hace bien venir aquí a verte; quizá sí podríamos seguir online mientras resuelvo; necesitaré ayuda para decidirme. Igual tendremos un par de sesiones antes de que te vayas dice él incorporándose. Ya en el palier Manuel informa antes de venir le envié un mail a Judith y se sube al ascensor. Suerte dice él, sorprendido. Sorprendido y complacido.

 

 


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