viernes, 22 de mayo de 2026

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Marcelo le tiende la mano en el palier. Gustavo lo mira sorprendido. Felicitame dice el hombre, entrando. Él cierra la puerta. ¿Por qué? pregunta. Hablé con Agustina cuenta Marcelo ya sentado. Él va a responderle cuando el hombre pregunta ¿no me merezco un café? Gustavo sonríe y va hacia la cocina. Sí, ya se ha convertido en un hábito. Hábito del cual él también disfruta. Cuando regresa con las dos tazas, Marcelo ya se incorporó y mira por la ventana. Hermosa vista tenés, nunca había reparado. Mientras deja la bandeja sobre la mesita, Gustavo piensa que sí, dan ganas de dejarse caer sobre el colchón tejido de vereda a vereda por las copas de los jacarandás. Por eso eligió ese departamento a pesar de la opinión de su padre, proveedor del dinero para la compra. Le tiende un pocillo a Marcelo y toma otro. Está rico, bien caliente. Está rico le pone voz a sus pensamientos el hombre muchas gracias y luego sonriendo comenta en casa nunca me preparé un café, siempre me llega de manos de mis mujeres, Ramona, las chicas, antes Diana. Gustavo espera, pero la euforia de Marcelo parece haberse evaporado. Sostiene su taza, circunspecto.  En realidad, no tengo nada que festejar; la conversación con Agustina fue durísima. Contame pide él. Las estaba llevando al colegio cuando Agustina comentó que estaba preocupada porque Lorena tenía muchas pesadillas y pescó una mirada de inteligencia entre Matilde y yo; dijo que estaba harta de que a ella la dejáramos al margen de todo; que no era tonta, que se daba cuenta de que nosotros teníamos “un secreto”, esas palabras usó exactamente; entonces comprendí que había llegado la hora, que no había tiempo para más postergaciones y le prometí que esa noche conversaríamos los tres; “te tomo la palabra” dijo; en ese momento dudé, quizá no debería haberla involucrado a Matilde en la charla; tal vez era algo que solo a mí me competía, pero lo hecho, hecho estaba; después de cenar, los más chicos ya acostados, Agustina me trajo  un café, se acercó Matilde y, los tres instalados en lo sillones, bajó la cuchilla del patíbulo; y ahí le conté todo desde el principio; las clases de biología de Matilde, las leyes de Mendel, las dudas de Matilde, los análisis de sangre y el descubrimiento de que yo no era el padre biológico de Lorena; la primera reacción de Agustina, como vos me lo anticipaste, fue enojarse con Matilde; “siempre nos contamos todo”, le reprochaba; yo le aclaré que el responsable había sido yo, que le había pedido a Matilde que lo mantuviera en secreto; cuando me preguntó por qué, le dije que como ella había sido la más cercana a la madre, no quería que se le ensombreciera su imagen; ahí parece que recién cayó; “mamá te engañó”, dijo y empezó a sollozar; quise abrazarla pero me rechazó y también rechazó los intentos de su hermana por consolarla; cuando se tranquilizó, preguntó si Lorena lo sabía; Matilde le contó que la nena había escuchado una conversación; “por eso, pobrecita, estuvo tanto tiempo enferma”, dijo, “por eso las pesadillas de ahora”; me preguntó luego si sabía quién era el padre; no quise mentirle, Gustavo, así que le contesté que sí, que se lo diría a Lorena cuando llegara el momento apropiado; Agustina lloraba, Matilde, lo que nunca, también lloraba; yo hice esfuerzos por contenerme; Agustina es un ángel, Gustavo, con qué derecho yo le producía ese dolor cuenta el hombre, se aprieta las sienes con ambas manos y luego calla. Con el derecho, más que con el derecho con el deber, de decirle la verdad; conocer la identidad de una hermana no es negociable. Como Marcelo sigue callado, él pregunta ¿cómo quedó todo? Esto ocurrió anoche; hoy las llevé al colegio, pero nadie dijo nada; los tres en el auto en absoluto silencio; el miércoles próximo te cuento. Contame ahora, al menos, cómo te quedaste vos. Qué decirte; un poco como con el tema de Patricia, estoy aliviado con la confesión; era una piedra colgada del cuello. Sí, merecés que te felicite, Marcelo retoma la frase inicial de la sesión estás reubicando todas las piezas en el tablero en su lugar correcto; fuiste muy valiente. Odio hacer sufrir a las mujeres que quiero dice. Los engaños son heridas abiertas; la verdad es como un desinfectante, arde al ponerlo pero evita que esas heridas se infecten, porque más tarde o más temprano, se van a infectar. Marcelo menea la cabeza. Habrá que esperar que pase la tormenta dice. Confío en que, en algún momento, saldrá el sol comenta Gustavo incorporándose. Marcelo lo imita


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