Marcelo
le tiende la mano en el palier. Gustavo lo mira sorprendido. Felicitame
dice el hombre, entrando. Él cierra la puerta. ¿Por qué? pregunta. Hablé
con Agustina cuenta Marcelo ya sentado. Él va a responderle cuando el
hombre pregunta ¿no me merezco un café? Gustavo sonríe y va hacia la
cocina. Sí, ya se ha convertido en un hábito. Hábito del cual él también
disfruta. Cuando regresa con las dos tazas, Marcelo ya se incorporó y mira por
la ventana. Hermosa vista tenés, nunca había reparado. Mientras deja la
bandeja sobre la mesita, Gustavo piensa que sí, dan ganas de dejarse caer sobre el
colchón tejido de vereda a vereda por las copas de los jacarandás. Por eso
eligió ese departamento a pesar de la opinión de su padre, proveedor del dinero
para la compra. Le tiende un pocillo a Marcelo y toma otro. Está rico, bien
caliente. Está rico le pone voz a sus pensamientos el hombre muchas
gracias y luego sonriendo comenta en casa nunca me preparé un café,
siempre me llega de manos de mis mujeres, Ramona, las chicas, antes Diana. Gustavo
espera, pero la euforia de Marcelo parece haberse evaporado. Sostiene su taza,
circunspecto. En realidad, no tengo
nada que festejar; la conversación con Agustina fue durísima. Contame pide
él. Las estaba llevando al colegio cuando Agustina comentó que estaba
preocupada porque Lorena tenía muchas pesadillas y pescó una mirada de
inteligencia entre Matilde y yo; dijo que estaba harta de que a ella la
dejáramos al margen de todo; que no era tonta, que se daba cuenta de que
nosotros teníamos “un secreto”, esas palabras usó exactamente; entonces
comprendí que había llegado la hora, que no había tiempo para más
postergaciones y le prometí que esa noche conversaríamos los tres; “te tomo la
palabra” dijo; en ese momento dudé, quizá no debería haberla involucrado a
Matilde en la charla; tal vez era algo que solo a mí me competía, pero lo
hecho, hecho estaba; después de cenar, los más chicos ya acostados, Agustina me
trajo un café, se acercó Matilde y, los
tres instalados en lo sillones, bajó la cuchilla del patíbulo; y ahí le conté
todo desde el principio; las clases de biología de Matilde, las leyes de
Mendel, las dudas de Matilde, los análisis de sangre y el descubrimiento de que
yo no era el padre biológico de Lorena; la primera reacción de Agustina, como
vos me lo anticipaste, fue enojarse con Matilde; “siempre nos contamos todo”,
le reprochaba; yo le aclaré que el responsable había sido yo, que le había
pedido a Matilde que lo mantuviera en secreto; cuando me preguntó por qué, le
dije que como ella había sido la más cercana a la madre, no quería que se le
ensombreciera su imagen; ahí parece que recién cayó; “mamá te engañó”, dijo y
empezó a sollozar; quise abrazarla pero me rechazó y también rechazó los
intentos de su hermana por consolarla; cuando se tranquilizó, preguntó si
Lorena lo sabía; Matilde le contó que la nena había escuchado una conversación;
“por eso, pobrecita, estuvo tanto tiempo enferma”, dijo, “por eso las
pesadillas de ahora”; me preguntó luego si sabía quién era el padre; no quise
mentirle, Gustavo, así que le contesté que sí, que se lo diría a Lorena cuando
llegara el momento apropiado; Agustina lloraba, Matilde, lo que nunca, también
lloraba; yo hice esfuerzos por contenerme; Agustina es un ángel, Gustavo, con
qué derecho yo le producía ese dolor cuenta el hombre, se aprieta las
sienes con ambas manos y luego calla. Con el derecho, más que con el derecho
con el deber, de decirle la verdad; conocer la identidad de una hermana no es
negociable. Como Marcelo sigue callado, él pregunta ¿cómo quedó todo?
Esto ocurrió anoche; hoy las llevé al colegio, pero nadie dijo nada; los tres
en el auto en absoluto silencio; el miércoles próximo te cuento. Contame ahora,
al menos, cómo te quedaste vos. Qué decirte; un poco como con el tema de
Patricia, estoy aliviado con la confesión; era una piedra colgada del cuello.
Sí, merecés que te felicite, Marcelo retoma la frase inicial de la sesión estás
reubicando todas las piezas en el tablero en su lugar correcto; fuiste muy
valiente. Odio hacer sufrir a las mujeres que quiero dice. Los engaños
son heridas abiertas; la verdad es como un desinfectante, arde al ponerlo pero
evita que esas heridas se infecten, porque más tarde o más temprano, se van a
infectar. Marcelo menea la cabeza. Habrá que esperar que pase la
tormenta dice. Confío en que, en algún momento, saldrá el sol comenta
Gustavo incorporándose. Marcelo lo imita
viernes, 22 de mayo de 2026
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