lunes, 18 de mayo de 2026

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Manuel viste una chomba aunque conserva un pantalón de vestir. Ya me había olvidado del calor y de la humedad de Buenos Aires comenta al tiempo que se sienta. El hombre relata con detalle el encuentro que tuvo con el abogado. La sucesión encaminada informa al menos le ahorré este incordio a Inés. Él, antes de que arranque con otro tema, dice la sesión pasada quedo inconclusa la visita a tu casa paterna. El rostro de Manuel se crispa ligeramente. ¿Querés seguir contándome? propone él. Como querer… responde el hombre. Gustavo permanece en silencio. ¿Hasta dónde habíamos llegado? pregunta Manuel luego de un buen rato. Te disponías a leer la carta de tu padre responde él. Es cierto dice el hombre y calla. Segundos después relata había una sola hoja; iba a desdoblarla cuando me pregunté: ¿qué se supone que alguien a punto de morir puede necesitar escribir?; si esa carta incluía un mandato, solo me quedaban dos caminos: obedecerlo o desafiarlo; el primero me sumiría nuevamente en la impotencia; el segundo, en la culpa; recuerdo como si fuera ahora que un odio feroz empezó a llenarme los pulmones; otra vez mi padre había logrado su objetivo; otra vez me veía sometido a una falsa disyuntiva; porque así optara por la sumisión o por la rebeldía, de lo único que no podría liberarme era de actuar influido por sus deseos. Manuel se interrumpe bruscamente. Se sirve agua y la bebe como si estuviera en un desierto. Esconde la cabeza entre ambas manos. Como el silencio se prolonga, Gustavo pregunta, en voz baja ¿y qué hiciste, Manuel? El hombre se descubre y dice rescaté el cigarrillo encendido de arriba de la mesa de luz y lo aproximé a la carta; solo cuando el fuego empezó a quemarme la mano, solté la hoja. Calla nuevamente. ¿Y entonces? lo ayuda él. Entonces enterré la cabeza en la almohada y lloré como nunca lo había hecho en la vida cuenta Manuel mientras las lágrimas le brotan. Lágrimas que mutan en sollozos. Se incorpora e informa me voy. Gustavo también se para. No te vayas así intenta retenerlo él asiéndolo del brazo. Me voy repite el hombre soltándose. Gustavo lo acompaña hasta la puerta. Se queda en el marco, en silencio, hasta que lo ve subir al ascensor. El corazón le redobla.

 

 

 


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