Andrea se deja caer sobre el diván. Estoy agotada dice. ¿Mucho trabajo? pregunta él. Sí, como siempre, pero, además, estoy durmiendo muy mal dice la mujer y calla. Gustavo espera, sabe que ella seguirá hablando. La última sesión me dejó dada vuelta, no solo por mi frustrada maternidad; me quedé reflexionando sobre mi pareja por primera vez sonríe y agrega mi pareja despareja; no se me había pasado por la cabeza la posibilidad de adoptar una criatura yo sola; me sirvió contemplar la posibilidad porque, cuando el miércoles pasado le planteé nuevamente el tema a George, hacia rato que lo obviaba, y él insistió en la negativa, le dije que entonces no iba a tener más remedio que adoptar en soledad; la cara se le transformó; me preguntó si estaba pensando en una separación y yo le contesté que no es lo que quería, pero que si él no podía acompañarme en este proceso, no tendría más remedio porque yo estaba decidida a tener un hijo y que ya lo había probado todo, que no me quedaba otro camino que intentar una adopción; esa noche la conversación quedó allí, me pidió que le diera tiempo para pensarlo¸ yo le concedí una semana, una semana que vence hoy. El pulso de Gustavo se alborota. ¿Los pacientes son espejos? Fue él quien hace muy poco estuvo en el lugar del marido: aceptar un hijo no deseado para no perder a la mujer. El mismo plazo: una semana. Andrea sigue hablando. Y te aseguro que no es una amenaza, resuelva George lo que resuelva mañana me pondré en campaña para conseguir un bebé. ¿Para conseguir? le pregunta él ¿qué significa eso? Andrea lo mira fijo, muy seria. Lo que sea; ojalá que pueda ser por vía legal, pero si lo tengo que comprar lo compraré; nada ni nadie me va a detener. Él se agita. ¿Qué actitud le corresponde tener?, ¿puede permanecer en silencio ante un posible ilícito? Sin respuestas, decide retomar el tema de la pareja. ¿Qué te genera la posibilidad de separarte de George? Ella se queda reflexionando un largo rato. Nunca permaneció tanto tiempo callada, registra él que, sin embargo, decide no intervenir. Me quedé meditando en lo que alguna vez me dijiste; desde el primer momento pensé en George como en un apropiado padre para mis hijos; si soy sincera, creo que por eso lo elegí; si, ahora, se niega a ocupar ese lugar, dejaría de tener sentido permanecer a su lado; sin embargo, no te creas que me resulta indiferente; yo lo quiero, tal vez nunca lo haya amado pero lo quiero; es una buena persona, dulce, culto, inteligente sonríe además de buen cocinero; a su lado siempre me sentí amparada y siempre respetó mi independencia, mi libertad; no quisiera tener que separarme de él; pero mi necesidad de un hijo es más fuerte que todo, Gustavo, es como una fuerza irracional, no te lo puedo explicar. Sí, piensa él, las emociones son intransferibles; él nunca sintió esa necesidad; ¿quizá porque el destino la cubrió antes de que él pudiera experimentarla? Por otro lado, me siento culpable; no sé cómo se las va a arreglar George sin mí; y no me refiero a lo económico, eso por suerte lo tiene familiarmente resuelto; hace años que, como bien vos me lo planteaste, yo nunca lo había pensado, él vive colgado de mi energía, de mi alegría; me parte el alma pensar en dejarlo solo. Los ojos de Andrea se humedecen. Quizá no sea necesario que desaparezca de tu vida; quizá puedan encontrar la manera de continuar relacionados; ya te lo dije, Andrea; ustedes son mutuamente funcionales. Ahora las lágrimas de Andrea ruedan. Somos como hermanos; no quiero prescindir de él dice y luego mira el reloj e informa ya es casi la hora, la semana que viene te cuento. Se incorpora. Si necesitás hablar conmigo llamame ofrece él. Andrea lo mira sorprendida. ¿Tan mal se me ve? pregunta riendo entre lágrimas. Él sonríe, se para y la acompaña al palier. Mientras espera el ascensor recuerda el interrumpido relato de Manuel. Lo dejó intrigado.

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