viernes, 8 de mayo de 2026

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Como tantas veces, sube la escalera tras Ana María. El mismo agitarse de su pollera, idéntico perfume. Lo reiterado me da seguridad, evalúa, como a los niños, completa la idea. Ya ubicados, Ana María, las piernas cruzadas, la falda rozando el piso, le sonríe. Hoy almorcé con Nacho arranca él y calla. Ella arquea las cejas y ladea casi imperceptiblemente la cabeza. ¿A propuesta de quién? Mía contesta él, parco. ¿Cuál fue su objetivo? Esta mañana le contaba a Santiago que el otro día reparé en que nunca lo había invitado a él; sí, a Martina. Meriendas con submarino y tostados acota ella y luego añade pareciera que su objetivo fue blanquear sus culpas. Siempre acierta, piensa él, pero, obvio, no se lo dice. No va a darle el gusto. Me salió el tiro por la culata. ¿Por qué? No sé ni por dónde empezar. Por el principio. Cuando comencé a proponer temas mi hijo me aclaró que quería hablar sobre nosotros y, acto seguido, sacó un listado de las cosas que quería decirme; no recuerdo ni la mitad, debiera haberlo grabado; lo primero que me preguntó es si yo había querido que él naciera cuenta él y calla porque, imprevistamente, los ojos se le llenan de lágrimas. Lágrimas que, aunque quiere, no logra controlar. Ana María le alcanza un pañuelo de papel que él toma. No sabía qué decirle; pero después comprendí que ese chico no merecía que le mintiera; entonces le conté un sollozo lo hace interrumpirse. Luego de unos instantes Ana María le pregunta con voz suave ¿qué le contó? Él se sirve un vaso de agua y logra tranquilizarse. Que era un mal momento, que éramos muy jóvenes, que estábamos estudiando; pero él me interrumpió; “sí, eso es obvio”, dijo, “lo que yo necesito saber es si vos hubieras preferido que no naciera”. Gustavo permanece en silencio, reviviendo en el cuerpo lo que sintió horas atrás. Le tuve que confesar que era cierto, hubiera preferido que no naciera dice al fin y calla, acongojado. Me parece que ambos fueron muy valientes; su hijo en confirmar lo que siempre supo sin palabras y usted al demostrarle que sus percepciones habían sido correctas. “¿Después me quisiste?”, me preguntó, y el alma se me partió en dos; hoy mi paciente adolescente también dudaba del amor de su padre; entonces le dije que fui aprendiendo a quererlo, y que pude amarlo plenamente, con todo mi corazón, cuando su madre se fue de viaje y me di cuenta del maravilloso hijo que tenía, aunque no me lo mereciera, aunque no fuera producto de mis conductas con él; le conté que había tratado mucho el tema en mi terapia y le pedí perdón desde el fondo de mi alma. Celebro esta charla, a pesar del dolor que les causó a ambos dice Ana María creo que ahora sí podrán conectarse con profundidad. Me contó que siempre había sentido que yo tenía preferencia por Martina; que trataba de consolarse pensando que era porque era más chica, porque era mujer; “¿te digo qué me ayudó?”, me preguntó, “saber que para el abuelo sí era el favorito” cuenta él y luego calla. Luego de un rato Ana María le pregunta ¿qué sintió al escuchar esto último? No lo podía creer; mi padre, al que tanto critico, al que desde chico he echado en cara su indiferencia, ha sido sostén emocional de mi hijo, dañado por mi propia indiferencia. Ana María se toma unos minutos antes de afirmar me parece que tiene mucho que agradecer a esta charla con Nacho; mucho que agradecerle a Nacho; quizá, a partir de ahora, no solo pueda sanar la relación con su hijo sino también la relación con su padre. Él se oprime las sienes. No sé cómo enfrentarlo al llegar a casa. ¿Enfrentarlo?, no se trata de una contienda; su hijo ya no es ese bebé que usted creía le había robado a su mujer; es un muchacho inteligente y sensible que le está abriendo un puente para conectarse con él; creo que su hijo no busca litigio, su hijo lo necesita, su hijo está reclamando su amor dice Ana María con su luminosa sonrisa. Él, por fin, sonríe. Tan difícil ser padre; lo único que me falta es que en medio de este panorama aterrice un bebé. De usted depende que dentro de dieciocho años otro hijo no le acerque un planteo similar. ¡Ni me lo diga!, porque además en ese entonces seré un viejo. Y yo ya no podré ayudarlo sentencia Ana María incorporándose.

 


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