miércoles, 6 de mayo de 2026

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Marcelo entra y se deja caer sobre el diván. Estuve a punto de no venir informa. ¿Por qué? inquiere Gustavo. Pasé una noche horrible y recién casi me quedo dormido en el auto. Él le ofrece un vaso de agua que el hombre no acepta; luego de evaluarlo, no quiere que se transforme en una costumbre, pregunta ¿querés un café? No me animaba a pedirte contesta, sonriendo. Él va a la cocina, pone la cafetera al fuego y regresa al consultorio. Demorará unos minutos anuncia y propone ¿querés darme al menos los títulos de las novedades? Ayer me encontré con Patricia informa Marcelo. El silbido de la cafetera hace que él se incorpore. Regresa luego con dos tazas. Le puse azúcar comunica dos cucharaditas. Tenés buena memoria dice riendo y luego agrega demasiada para mi gusto, a veces. ¿Provocaste vos el encuentro?  pregunta él mientras revuelve su pocillo. No, el lunes  ella me escribió diciéndome que precisaba hablar conmigo; quedamos en vernos al día siguiente, luego de la cena, cerca de su casa; allí fui, con la cola entre las patas, con pocas expectativas porque el tono de sus mensajes había sido seco, cortante, nada que ver con los anteriores; cuando llegué ella ya estaba; en cuanto le vi la cara comprobé que no me había equivocado, no parecía la misma; le pregunté cómo estaba y me contestó que muy mal; todavía no le entraba en la cabeza que yo hubiera podido mentirle tan descaradamente, esa palabra usó; intenté defenderme sin éxito; solo cuando le expliqué que mi error había sido no decírselo al empezar, porque ni me imaginaba que entre nosotros pudiera construirse algo, se distendió un poco; los ojos se le llenaron de lágrimas; intenté tomarle las manos pero las retiró; me dijo que lo nuestro estaba terminado pero que había otro tema pendiente; Lorena era la hermana de sus hijos y en algún momento tendría que decírselo, “porque yo no oculto como vos”, me aclaró, y deberían conocerla; ¡la que me faltaba!, yo quería tomarme un buque y huir; no sé si te conté que me enteré de que Alberto, el padre de Lorena, vive en Estados Unidos; pensé que con eso tenía un problema solucionado pero parece que no, la identidad de Lorena me involucra a mí, a Patricia, a mis hijos y a los de ella; te dije que era una mina para quilombos; le conté que solo Matilde estaba al tanto del tema, que necesitaba tiempo para arreglar la situación con mis propios hijos antes de encarar la de sus hijos; ahí aflojó un poco, me preguntó cómo lo había tomado Matilde, cuánto sabía Lorena y me alertó sobre el riesgo de mantener a Agustina al margen; “no te lo va a perdonar”, sentenció, casi me parecía estar escuchándote Marcelo intenta sonreír ¿sabés, Gustavo?, a medida que conversábamos sobre nuestros respectivos hijos tuve la certeza de que ella era la mujer que yo precisaba, no sé cómo explicártelo, enojada y todo derrama dulzura; era la mujer que precisaban mis hijos se endereza en el diván y apoya los brazos en los muslos no la puedo perder, Gustavo, la voy a pelear; este no es el momento, obvio, pero intentaré que me perdone; la quiero, la necesito afirma y ahora se agarra la cabeza con ambas manos. Como se instala el silencio él pregunta ¿en qué quedaron? En nada concreto, nos despedimos con un “nos vemos”. ¿Patricia planteó la necesidad de contárselo a Alberto? Aún no, pero no me extrañaría que fuera otro de sus estandartes; por lo poco que dijo con respecto a él en el tiempo que estuvimos juntos, sé que ha sido un padre bastante ausente; ve a los chicos solo un par de veces al año, aunque sí se ocupa de que no les falte nada económicamente; está en pareja hace unos años con una mujer; esperemos que no le dé por tener un hijo, lo único que faltaría para completar el panorama. Otro para aumentar la polvareda del malambo le recuerda él. Ambos ríen. ¿Seguirás los consejos de Patricia? le pregunta él. ¿Cómo?, ¡ah! exclama Marcelo vos siempre llevás agua para tu molino; sí, en algún momento tendré que contárselo a Agustina; además, quizás eso la ablande a Patricia… Vos tampoco das puntada sin hilo le devuelve Gustavo el dicho. Ríen nuevamente. Vos tenés hijos, ¿no? le pregunta intempestivamente Marcelo. Dos responde él. Ese sí que es un número razonable comenta el hombre. Viene un tercero en camino cuenta él. Bienvenido al gremio de las familias numerosas dice Marcelo y luego agrega no hay caso, los seres humanos nacimos para complicarnos la vida; aunque hay que reconocer que con varios hijos nunca hay chance de aburrirse. Ríen.

 

En cuanto despide a Marcelo a Gustavo se le impone el almuerzo con Nacho. Suerte que hoy la tiene a Ana María.

 


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