miércoles, 25 de febrero de 2026

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Cuando abre la puerta Ema informa le pedí a mi mamá que no subiera. Vamos bien, evalúa él. ¿Cómo estuvo tu semana? le pregunta cuando la ve instalada. Heavy responde la chica. ¿Querés contarme? Ema se reacomoda y cruza las piernas como indio y señalándolas pregunta ¿puedo? Claro. Porque mi mamá no me deja, dice que ensucio el tapizado. Ya metió a la madre en escena, observa él. Bah, la abuela mucho peor, porque ella, además, dice que no es una postura para una “señorita” pronuncia con retintín. En la sesión anterior ya hiciste referencia a tu abuela, parece tener bastante peso en tu vida. ¿Bastante? aumenta la circunferencia de los ojos ¡pesa mil kilos!, y eso que es muy delgada. ¿Te llevás mal con ella? La chica se queda pensando. No sé qué decirte; cuando era chiquita la adoraba, siempre me sacaba a pasear y me llenaba de regalos, me encantaba quedarme a dormir en su casa; tiene trece nietos pero me parece que soy de las favoritas; Lupe, que es la mayor y tiene como veintitrés, y yo. Pero ya no te gusta tanto. ¡Es que  critica todo!, se quedó en otra época; por eso la quiere tanto a Lupe que se casó ni bien terminó el secundario y ya tiene dos nenes; mejor que conmigo no se haga ilusiones… ¿Cómo es eso? Yo voy a estudiar, quiero seguir medicina; a mí mamá no la dejó, bah, la convenció. ¿A qué se dedica tu mamá? Es maestra jardinera; además, a mí no me gustan los chicos; me parece que no voy a tener hijos; estoy harta de mis hermanos. Al fin, piensa él. Tenés hermanos repite él. Sí, medio hermanos; dos de mi mamá y dos de mi papá. ¿Edades? Joaquín de once y Sofía de ocho, los de mamá; Pedrito de cuatro y Mateo de casi dos, los de papá; mis más hermanos son los de mamá porque vivimos juntos y además porque son hijos de Alejandro que es más padre mío que mi propio papá: está con mamá desde que yo tenía un año. ¿Te molestan? ¡Sí!, sobre todo Joaco, no aguanta que yo sea más grande, desde que empecé el secundario está infumable; Teo es insoportable, pero por suerte tanto no lo veo. ¿Por suerte? La chica frunce el ceño. ¿Por qué me lo preguntás? Porque si no ves mucho a tu hermanito acentúa el sustantivo con intención supongo que tampoco verás demasiado a tu padre. Por lo que me importa… Mirame, Ema, ¿no te importa? La chiquilina levanta la vista. Tiene los ojos llenos de lágrimas. Es que Sandra lo maneja como a un títere; antes mi papá me daba bola, me venía a buscar, me llevaba al cine, a restaurantes, me encantaba ir a su despacho. ¿De qué trabaja? Es abogado; es muy conocido, a veces sale en la tele, capaz que alguna vez lo viste. Decís que tu papá no te presta atención, sin embargo, antes me comentaste que está presente en todas las decisiones que te involucran. La chica exclama ¡porque de eso Sandra no se entera!; papá nunca llama desde su casa, siempre del trabajo; ni cuando habla conmigo ni cuando habla con mi mamá. Las lágrimas corren por las mejillas de Ema. Él le acerca la caja con pañuelos. Parezco mi mamá dice con fastidio mientras se seca llora por cualquier cosa. ¿Y eso está mal? Mi abuela dice que no hay que llorar en público, que no corresponde; a ella no le vi una lágrima ni cuando se murió mi abuelo; es de metal. Veo que tu mamá y tu abuela son muy diferentes. ¡El día y la noche!; mi mamá a veces es pesada, pero creo que ella sí me entiende; mis amigas dicen que es una genia; el problema es que es demasiado sensible, como dice la abuela, yo me guardo muchas cosas porque cuando le cuento mis problemas se angustia; a veces me parece que se va a romper. Nos sos vos la que tenés que estar pendiente de los estados emocionales de tu madre sino ella de los tuyos. ¡Ella está pendiente!, pero no sé cómo explicarte, le falta algo; a veces me parece que le falta la columna vertebral. Ojo con esta chica, se dice él, no me perdonará simplezas. ¿Y tu abuela? Ella es toda de hueso; dura, firme, cuando estoy con ella siento que nada malo me puede pasar; yo prefiero ir a su casa, cuando viene a la mía parece que mi mamá se desarmara, como si fuera más bajita; siempre hay tensión entre las dos, nunca se tratan mal pero el aire no corre. Gustavo está asustado con su perspicacia. ¿Seré capaz de trabajar con esta piba?, se pregunta. La mente se le queda en blanco. Suena el timbre. Me salvo el gong, piensa. Mira el reloj: 16.59. Sí, superpuntual.

 

Acompaña a Ema al palier justo en el momento en que el ascensor se detiene. Le dije a mamá que no subiera, ¡qué pesada! murmura Ema con fastidio. Cuando la puerta se abre y desciende Marcelo, la chica se ruboriza, le da la espalda y dice hasta el miércoles. Mientras entran Marcelo comenta ¿más chica que las dos mías y ya en terapia?

 

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