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Cuando está poniendo la llave en la cerradura, se aproxima la mujer del departamento B con el cochecito del cual cuelgan varias bolsas además de una nena de unos tres años. Él tiene intenciones de sostenerle la puerta, pero la ve luchar con el carrito que se atrancó en la rampa. Va en su ayuda. Quizás al verlo el bebé se asusta porque se larga a llorar. ¡Upa! pide la nena. La mujer cierra los ojos. ¿Cecilia quiere esto?, se pregunta él aunque piensa que al menos los otros ya están grandes. Minutos después todos suben en el ascensor. El bebé sigue llorando. Él colabora en el descenso. ¡Upa! insiste la nena. ¡Basta! exclama la mujer cercana al grito ¿no ves que no puedo? Él los ve entrar al departamento. Seguramente a la mujer le resta ocuparse de la cena, bañar a los chicos, acostarlos, etc. Calvarios voluntarios, reflexiona él, en esta época se planifican los hijos. No digas boludeces, Gustavo, se reta luego, dos de tus tres hijos aterrizaron. Sus tres hijos. Todavía no logra hacerse a la idea. Constituían una familia tipo. La parejita por añadidura. El tercero en discordia, piensa e inmediatamente la imagen de Ana María se le impone. Resopla. En cuanto pone la llave se escuchan los ladridos de Lacan. Subordinación y valor.
Marti, pone la mesa es lo primero que escucha. Que la ponga Nacho grita la chica desde su habitación él también tiene dos manos. La pongo yo informa él y recién entonces se dirige a la cocina. Encuentra a Cecilia agachada, intentando sacar algo del horno. Está colorada, resopla. Te ayudo ofrece. Ella retrocede y él toma el repasador que ella le tiende y saca la asadera. Pesa mucho, es su primer pensamiento que luego completa: pesa mucho para ella, para ella porque está embarazada. Deposita la fuente sobre la mesada. Es una carne con papas y batatas. ¡Qué festín! exclama. Para festejar informa ella. En un instante sus neuronas se ponen a trabajar. ¿Pensará decírselo hoy a los chicos?, ¿eso es para ellos algo a festejar?, para él no, claro. Nacho aprobó Álgebra se le adelanta ella. Es cierto, el otro día lo comentó, a él se le pasó la fecha. Como no sabe qué decir solo dice ya me ocupo de la mesa y sale. Y recién cuando sale repara en que no la saludó a Cecilia. Tarde para regresar. Distribuye la vajilla y se encamina al pasillo. La comida está lista informa y después se lava las manos. Cuando llega al comedor ya todos están sentados. Cecilia levanta el vaso. ¡Por el examen de Nacho! exclama. Ni que me hubiera recibido dice el chico sonriendo. ¿Cuánto sacaste? pregunta él. ¡Nueve! responden al unísono las dos mujeres. Él se siente molesto. Estuve al margen, piensa. Está por preguntar si fue oral o escrito pero no quiere quedar nuevamente en evidencia. Él creyó que estaba recuperando el ritmo pero, es evidente, tantos meses de distancia no se zanjan solo con buenas intenciones. ¿Cuándo rendís Análisis? averigua Martina y a él le alegra que la chiquilina esté al tanto de los estudios de su hermano. El miércoles próximo contesta Nacho y él decide que se lo anotará en la agenda, ya no puede confiar en su memoria. Fuera del consultorio, se corrige, dentro todavía sí. El teléfono de línea suena. Nacho se levanta a atender. Sí, abuelo dice aprobé, me saqué un nueve. Él no sabe si alegrarse por el interés de su padre o sentirse aun más culpable. Es que no puedo con todo, se justifica. Y si no puedo ahora, no quiero ni pensar lo que será mi vida dentro de un año. ¡Esta carne está monumental, ma! exclama Nacho. Él observa el plato de Cecilia, aún en veremos. Recuerda la filípica de Ana María. ¿De veras piensa que depende de él el sistema digestivo de su mujer? Come, mami pide Martina. Siempre atenta, evalúa él, atenta a todos. Cecilia retoma el tenedor y, como si pudiera leer los pensamientos de su padre, la chiquilina pregunta ¿qué tal estuvo el consultorio hoy, papi? Él recuerda lo que le contó a Ana María. Sí, Martina es un sol.
Cecilia no tenía buena cara. Él la mandó a ducharse y ahora está lavando los platos. Detesta limpiar la asadera. Las papas, no falla, se pegaron. Decide dejarla con agua mientras prepara la Volturno. En eso está cuando Cecilia aparece en la cocina. Andá a acostarte le indica después te llevo el café a la cama. Si no te ofendés prefiero un té responde ella. Ya todo empezó a cambiar, evalúa él, nada volverá a ser lo mismo. Cuando entra en el dormitorio con la bandeja, ella ya está acostada. Sin leer, observa él, sí, todo sigue cambiando. ¿Te sentís mal? le pregunta. Un poco revuelta, nada grave contesta ella agarrando la taza que él le ofrece y luego informa ya conseguí turno con Santandrea. No me avisaste nada dice él, molesto. Te estoy avisando. ¿Para cuándo? Próximo martes a las diez de la mañana. Sabés que es el horario más complicado en la fábrica, podrías haberme consultado. Ella deposita la taza sobre la mesa de luz. No pensé que te interesara ir dice, seca. Él está por imponer la discusión cuando se le impone el rostro de Ana María. Voy a tratar de liberarme, ¿sigue atendiendo en el mismo lugar? Sí informa ella. Me queda cerca, por suerte. Ella lo mira fijo y luego recupera la taza. Sí, por suerte repite, seria.

Qué manera de justificar su ausencia en su familia en general. No puede con todo! Y ella sí?
ResponderBorrarLas mujeres solemos poder mucho más. Sin registrar nuestro esfuerzo.
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