lunes, 6 de abril de 2026

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Gustavo se apoya contra el respaldo y dice cree saber cuál fue mi decisión, ¿no? La pregunta en sí, en este marco, es irrelevante. Como diría un juez acota él. Parece que considera que yo podría juzgar su decisión, ¿o es usted mismo quien se juzga? Quizás usted me juzgara íntimamente si yo hubiera decidido lo contrario de lo que decidí. Ana María hace un gesto de fastidio. Se le escapó, evalúa el sorprendido, es humana. Usted ha resuelto se recupera ella olvidando los paradigmas del psicoanálisis, que yo estoy a favor de la continuación del embarazo y que, íntimamente, repito sus palabras, lo criticaría si usted hubiera optado por interrumpirlo; le cuesta ejercer su libre albedrío y justifica su decisión amparándose en las reacciones de quienes lo rodean. ¿A quiénes se refiere? A Cecilia y a Santiago los ha mencionado expresamente; a mí, entre líneas y supongo, conociéndolo, que sumaría en la lista a su madre. Él cabecea. Sí es así admite mi vieja tampoco me perdonaría. Ana María revolea los ojos. Qué extraño, piensa él, hoy parece manifestar emociones, quizás el tema la interpela. Dijo perdonaría y no perdonará sigue ella de lo cual desprendo que ha resuelto continuar con el embarazo. Así es reconoce él. Gustavo, ¿por qué le costó tanto contarlo? Él se toma unos segundos antes de responder porque decidí tener este hijo, pero sin alegría se toma otros segundos diría que hasta tengo rabia. Sí, se percibe; una rabia que se extiende hacia mí. Él se endereza en el diván con brusquedad. ¿Qué dice? Ella desestima la pregunta y continúa centrémonos en usted; aunque se arrepintiera ya no hay manera de volver atrás, ¿me equivocó? No, ninguna; ya van más de once semanas; además, luego de este tiempo de incertidumbre, Cecilia ya se conectó con el bebé; diría que hasta se la ve contenta. ¿Por qué no habría de estarlo? Él, de repente, se siente muy irritado; está harto de Ana María, de Cecilia, de su madre, de todas las mujeres; quiere meterse en la cama y taparse la cabeza y no pensar. Le repito la pregunta insiste ella ¿por qué Cecilia no habría de estar contenta? Porque su vida se va a alterar; se le acabará la tranquilidad, la libertad, el dormir por las noches. Pero ella parece estar hasta contenta de soportarlo. Él fastidio de él se incrementa. No entiendo a las mujeres, no sé qué le ven de disfrutable a un bebé. Ella, ajena a su demostrado malhumor, sonríe. Por lo que usted contó, Santiago tampoco parece padecer a su hijito. Él no encuentra qué replicar, momento en que descubre que no vino para enfrentarse con su analista. Perdón pide me estoy comportando como un imbécil. Ella se encoge de hombros y ladea la cabeza. Siempre sabe cómo reaccionar, evalúa él. Luego de una larga pausa Ana María pregunta ¿cómo transitó el embarazo de Martina? La recuerdo feliz, radiante, luminosa. No me refiero a Cecilia sino a usted. Soy un pelotudo, piensa él y luego se queda reflexionando. En esa época yo estaba bien, pleno; me sentía grande; estaba ganando bien y hacía unos meses había retomado la facultad; nuevamente me contactaba con gente interesante; la relación con mi viejo se había estabilizado; yo solía decir: “esta nena viene con un pan debajo del brazo”; y así fue, desde que nació Martina es un sol; yo no podía creer, Nacho había sido muy llorón; la mayor parte de las noches me despertaba y no encontraba a Cecilia en la cama; pasó noches enteras con el bebé en la mecedora. Ella lo mira con fijeza y pregunta ¿usted no la ayudaba? No contesta él, incómodo al día siguiente tenía que trabajar e intenta justificarse y en esa época Cecilia no hacía nada. Nada más que criar sola a ese niño; porque seguramente su ausencia no era solo física sino también emocional. Sí, siempre vi a Nacho como un contendiente admite Gustavo él me robaba a mi mujer; pasamos meses sin tener sexo. Sin embargo, cuatro años después usted, voluntariamente, buscó otro hijo. Bueno, no es que lo busqué yo, creo que no encontré razones para oponerme. Ya hemos hablado en su momento de cómo transito usted el embarazo de Nacho, ¿y Cecilia? Con Nacho fue todo complicado desde el principio; Cecilia tuvo muchas náuseas; la mayor parte del embarazo se sintió muy mal; casi no teníamos relaciones. ¿Y con Martina? Ya le dije, Cecilia brillaba, ni una molestia dio esa nena. Ella despliega esa sonrisa que él tanto envidia. Qué notable comenta podríamos suponer que los malestares de Cecilia no eran de origen físico; Cecilia tal vez sentía su rechazo y reaccionaba con su cuerpo; quizá luego Nacho percibía la angustia de su madre y por eso lloraba tanto, lloraba el llanto de ella. Él se enfurece. Como siempre la culpa es mía. Ella, ahora seria, dice Gustavo, usted es un hombre inteligente, pero a veces pareciera que esa inteligencia la dejara adentro del consultorio; ¿qué conclusiones sacaría ante un paciente que manifiesta su rechazo por un primer hijo y que describe un embarazo y un puerperio complicados y que luego relata un segundo nacimiento deseado donde todo anduvo sobre rieles? ¿Adónde quiere llegar, Ana María? pregunta él, tan avergonzado como fastidiado. A que repare en que el bienestar de Cecilia y del futuro bebé de algún modo depende de cómo usted logre relacionarse con este embarazo; lograr aceptarlo redundará en su propio beneficio. Él, las manos apoyadas sobre las piernas abiertas, la vista en el piso, cabecea. Sí, ya lo sé, Ana María; por eso estoy aquí, voy a intentarlo. Ella se incorpora. Lo veo el próximo miércoles dictamina.

2 comentarios:

  1. Pienso en las sesiones de terapia que tendrá que enfrentar ese nuevo bebé a futuro…

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