Marcelo se sienta. No hice los deberes informa sonriendo mientras levanta ambas manos, las palmas hacia arriba. No te preocupes, quedamos en que lo trabajaríamos aquí dice él. Menos mal, me daba vergüenza enfrentarte. Marcelo Gustavo cabecea no se supone que debas contentarme; así como no debieras actuar tratando de contentar a Matilde o a la mujer de turno; ya analizamos bastante el costo que eso tuvo en tu relación con Diana; si vos no querés contarle nada a Patricia, nada le dirás; mi única intención es ayudarte a analizar los pros y los contras; la decisión es tuya. ¡Qué lástima! ríe el hombre sería buenísimo que fuera tuya así podría echarte la culpa cuando Patricia me deje. ¿Alguna novedad? pregunta él. Ayer insistió con que tiene ganas de ver a los chicos. ¿Qué le dijiste? Que me diera tiempo, que precisaba prepararlos de a poco; pero ella me explicó que tenía ganas de verlos no en función de nuestra relación sino en tanto hijos de su amiga; “vi crecer a las tres mayores”, me recordó, ¡como si yo no lo supiera!; estoy atrapado, Gustavo, fue una estupidez no contárselo de entrada; ahora estoy perdido. Él se plantea qué haría en su lugar, pero solo pregunta ¿entonces? La relación tiene fecha de vencimiento, lo único que puedo hacer es retrasarla. ¿No contándoselo? Sí, al menos podré disfrutar unas semanas o unos meses más, hasta que ella se canse de insistir en que la incorpore a mi vida. Gustavo lo mira y se queda unos segundos en silencio. Lo que no estás evaluando dice al fin es el costo emocional para Patricia. ¿Cómo? Patricia es una mujer que salió muy lastimada de su matrimonio; me imaginó que le debe de haber resultado complicado confiar otra vez en un hombre. Sí le confirma él soy el primero con el que se relacionó desde que se divorció, hace ya más de ocho años; la puta digo, hasta me presentó a sus hijos, soy un boludo, no debería haberme prestado. ¿Por qué aceptaste? Porque la quiero con todo lo que puebla su vida; además tenía ganas de ver a los chicos. Vos también los conocés desde que nacieron. Sí admite el hombre eran muy amigos de las nuestras; están enormes; los mayores son unos muchachos espléndidos. Evidentemente no sos para Patricia uno más; si vos no le decís la verdad adjudicará a tu reticencia la falta de cariño; quizá, dada su historia, hasta a la presencia de otra mujer. ¡No me psicopatees! exclama Marcelo. Tiene razón, piensa él, me excedí. Tenés razón admite la salud emocional de Patricia no es de mi incumbencia; mi paciente sos vos. Deberá acceder por otro lado, evalúa. Se sirve un vaso de agua y se toma unos segundos antes de plantear ¿qué habrías hecho vos si Diana te hubiera blanqueado su infidelidad? ¡Qué pregunta tramposa!; me lo planteé muchas veces dice Marcelo y luego calla. ¿A qué conclusión llegaste? Yo la hubiera perdonado, pero solo porque la quería tanto que habría sido incapaz de prescindir de ella. ¿Hubieses aceptado hacerte cargo de Lorena? Sí, claro; ya sabés, soy un cobarde. Hacerse cargo de la criatura de otro hombre no es de cobardes sino de valientes. Marcelo lo mira con interés. ¿De veras te parece? Sí contesta él, rotundo sos muy valiente criándola como si fuera tu hija. Es mi hija lo corrige el hombre y luego inquiere ¿por qué me hiciste esa pregunta? Para mostrarte que a veces el amor es indulgente, aunque sea por propio beneficio responde mientras se incorpora. Te veo el próximo miércoles indica. Ya en el palier Marcelo comenta no te prometo nada, pero voy a intentarlo. Él le sonríe. Desde el ascensor el hombre dice gracias, Gustavo, muchas gracias.
Gustavo acomoda los almohadones, deja una nota sobre la mesa para Juana, cierra el gas, baja las persianas y sale. Se acabó mi miércoles de sesiones, piensa, falta una semana para el próximo, se lamenta. Hoy irá a tomar un café a Sigi. Me lo merezco, se dice, hoy hice un buen trabajo. ¿Cuánto hace que no va? Era un clásico en mi antigua vida, piensa mientras se sube al auto. Piensa luego que su vida actual pronto pasará a ser su antigua vida. ¡Y él consideraba que la enfermedad de su padre era lo que más podía complicarle la existencia? ¡Qué iluso! Ahora se viene el terremoto, evalúa. Va manejando tan ensimismado que no ve el cambio del semáforo. Lo único que le falta es una multa. Y ahora sí que son caras. Disminuye la velocidad. Ya está llegando. Espera que la búsqueda de lugar para estacionar no conspire contra su necesidad de sentarse solo un rato. Ahí ve un lugar. Frena.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario