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Charlé con Inés informa Manuel en cuanto se sienta y luego calla. ¿Querés contarme? pregunta él. Por primera vez hablamos sobre nuestra infancia, sobre la muerte de Daniel, sobre papá; ella también estuvo trabajando su historia en terapia; coincidimos en muchas cosas que ella también descubrió; lo que la sorprendió fue lo que estuvimos viendo sobre la figura de mamá; ella seguía idealizándola; la conmocionó verla desde otro lugar; me dijo que ahora entendía muchas cosas. Gustavo se siente satisfecho, muy satisfecho. Le maté el punto a Ana María, decide, ojalá que Inés le comente lo que trabajé con su hermano. Le conté lo de Judith prosigue Manuel lo que hizo papá con las cartas; no lo podía creer; recién así pudo entender mi alejamiento, mi desentenderme de la salud del viejo. Manuel se sirve un vaso de agua. Gracias dice. ¿Por qué? pregunta él, desconcertado. Por tu comentario de cierre; es cierto, al menos la tengo a Inés; es como si nunca la hubiera considerado una persona; Inés estaba, estaba siempre para los otros; estaba para papá, sobre todo se reclina sobre el respaldo y pide hablemos de otra cosa. Hablemos de tu profesión, entonces propone él. Manuel arquea las cejas. Elegiste la cirugía, la especialidad de tu padre. ¡Igual la hubiera elegido! exclama Manuel al instante. ¿Por qué? inquiere él. Mucha adrenalina; cuando salgo del quirófano y voy a informar a la familia, todavía me corre por dentro; entonces los miro a los ojos, imagino por lo que están pasando; cuando puedo darles buenas noticias me siento Dios; a lo largo de estos años, miles de pacientes me entregaron lo que más aprecian, su propia vida; tuve, literalmente, su vida entre mis manos; conseguí que la mayoría de ellos pudiera seguir viviendo o viviera mejor; es un satisfacción indescriptible dice con una energía, con una vitalidad que Gustavo le desconocía. Con pasión. Quizá por momentos, por horas sos un Dios como tu padre arriesga. No lo descalifica el hombre en el quirófano es el único lugar en que me siento yo. Él busca, entonces, por otro lado. Tal vez sea el único lugar en el que pudiste descargar la agresividad normal y natural de todo niño y que en tu caso fue duramente reprimida. Manuel lo mira con interés y comenta el vulgo dice que los ricos son cirujanos y los pobres carniceros. Etimológicamente agredir significa algo tan positivo como avanzar, dirigirse hacia algo; hay que distinguir entre agresividad benigna y maligna; la primera es de carácter defensivo y desaparece cuando se neutraliza el peligro; está, pues, al servicio de la vida, no de la muerte; la agresividad maligna, está representada por las conductas que intentan hacer daño porque sí. Gustavo se sorprende de sí mismo. Como si un ventrílocuo hablara a través de su boca. Me interesa mucho lo que decís lo reconfirma Manuel sí, cada operación es un baño de adrenalina; me hace sentir vivo. Tu problema es el resto del tiempo. A veces siento que soy un adicto confiesa el hombre operar dejó de ser mi profesión para transformarse en mi droga. Droga que, mientras dura, tapa tu soledad. Manuel se echa hacia atrás el cabello con ambas manos. No puedo más así; a veces me dan ganas de dormirme y de no despertarme más. ¿Cómo tu padre? Manuel lo mira fijo. ¿Considerás que la vida de tu padre estuvo muy poblada en los últimos años? Nunca me lo planteé reconoce el hombre. Planteátelo ahora sugiere él. No lo sé. Un buen tema para charlar con tu hermana propone él y enderezándose en su sillón pregunta ¿dejamos acá?
Gustavo se queda reflexionando. Manuel eligió la misma profesión que su padre sin embargo, coincidía con su propia vocación. A él le costó imponer la suya: su padre no quería que estudiara psicología. Te vas a morir de hambre decía. Hice lo que quise, piensa, pero también piensa que sigue trabajando en la fábrica de su padre. ¿El consultorio es su hobby? Al menos yo no intenté influir sobre la decisión de Nacho, piensa. Aunque poco le haya gustado Administración de Empresas. El viejo lo captó desde chico, evalúa con fastidio, quizá porque yo no estuve cerca. Busca el celular. ¿Qué novedades? le escribe a su hija. Ninguna contesta la chica. ¿Todo bien? Todo bien y ahora que me escribís, de diez. ¿Tenés ganas de que merendemos un día de estos? le escribe él porque de repente registra que la extraña. Después se arrepiente, le da vergüenza, qué puede interesarle ya a la chiquilina su compañía. La respuesta llega al instante. Solo si me prometés submarino y tostado. Él sonríe. Sigue compradora la mocosa. Como antes le escribe él. Como siempre contesta su hija. Gustavo se lleva la mano al pecho.

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