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Cuando venía para acá me encontré por la calle con una excompañera, estaba embarazada; es horrible, en lugar de ponerme contenta por ella me dio una envidia espantosa; igual la felicité recupera la sonrisa no te asustes. Él piensa que por suerte el embarazo no lo porta él, a Andrea le resultaría intolerable. ¿Cómo anduviste esta semana? inquiere. ¡Removidita! contesta ella con gestos ampulosos me vino a visitar una prima, diez años mayor que yo; le conté lo que habíamos trabajado en terapia y me contó que el subnormal le hacía chistes verdes, la miraba con intención; le decía “deja a tu novio, yo te haré ver las estrellas”; cuando le pregunté si se acordaba qué pasaba conmigo, recordó que él siempre me estaba encima; me sentaba en sus rodillas; una vez escuchó que me decía “mirá cómo te crecen las tetitas”; también oyó a su madre decir “gracias a Dios que Andrea se fue porque no sé qué iba a pasar” cuenta con desenvoltura. Es notable que te hayas olvidado de todas esas situaciones; vemos que en tu ida a Rosario confluyeron varios motivos: tu madre trato de sacarte del escenario para evitar males mayores. Me protegió dice ella. Protegerte hubiera sido echar al hombre le aclara él. ¡El gran escape! exclama la mujer entre carcajadas. No voy a irritarme, se impone él. Recuerda luego la impaciencia manifestada por Andrea la sesión anterior. A meter primera, se ordena. Me hablaste de una gira por Sudamérica dice contame un poco. Yo me fui con lo puesto; éramos unos quince chicos de menos de veinte años; hicimos kilómetros y kilómetros; nos presentábamos en teatros de primera pero parábamos en pensiones de cuarta; nos pagaba chirolas; “el resto se los daré cuando volvamos a Buenos Aires”, prometía; además me obsesionaba con el peso; me acuerdo que comía lechuga y pomelo y tomaba coca light; con un metro sesenta y cinco y cuarenta y cinco kilos era gorda para él; en mis sueños aparecían pollos al horno cuenta riéndose. Andrea la interrumpe él no es gracioso; eras una chiquilina de diecinueve años sola, maltratada, muerta de hambre. Sí admite ella además era pleno invierno, pasamos mucho frío. Pero vos resististe sin quebrar; una roca. Sí, no me recuerdo angustiada. Si conectabas con tu emocionalidad estabas perdida; ¿cuánto tiempo duró el suplicio? Estando en Colombia se me hinchó muchísimo el abdomen; un dolor terrible; la llamé a mi mamá que me mandó plata para que regresara a Buenos Aires; no lograron diagnosticarme, pero el episodio pasó; hace un año, haciendo unos estudios por mi esterilidad me dijeron que tuve tuberculosis en zona pélvica. La consecuencia del hambre, del frío, del esfuerzo brutal; tu cuerpo gritando lo que vos no te permitías; tu fortaleza sorprendente quedó a la luz, pero mandaste a la sombra la emocionalidad, la ternura, la fragilidad. Fue una señal para mí dice abandoné la danza. Imposible ir rápido con esta vida, piensa él y retoma la cronología. Ya en Buenos Aires volvió a trabajar con sus anteriores patrones. Le permitieron estudiar bachillerato acelerado e inglés. En dos años se recibió. Entró como secretaria en las oficinas de su patrón. ¿Seguías viviendo con ellos? No, empecé a ganar muy bien; alquilé un departamento con una amiga; hice un curso de un año de Negocios Internacionales; para mi gran sorpresa salí primera de mi promoción; éramos como treinta. Fijate vos como durante veinte años tus capacidades intelectuales fueron relegadas, nadie se ocupó de investigarlas ni desarrollarlas. Él recuerda la necesidad de acelerar. ¿Existió alguna pareja durante estos años? ¡No tenía tiempo! se ríe. Las rocas no precisan compañía le recuerda él. En realidad, salí con algunos hombres. Seguramente solo sexo arriesga él. Solo sexo acuerda ella y luego de una pausa agrega hasta que conocí a mi marido. Al fin llegamos, piensa él e informa lo abordaremos la próxima. Pienso concederle solo una sesión bromea ella. Pero él recibe el mensaje.
Gustavo se queda pensando en Andrea. La energía de esta mujer es desbordante. Derrama entusiasmo. No es solo lo que cuenta sino cómo lo cuenta. Oyéndola, uno piensa que es capaz de conseguir cuanto se proponga. Sin embargo, su cuerpo le está diciendo que no. El cuerpo de Andrea habla por ella, evalúa. ¿Está capacitada para ser madre?, ¿una madre piedra? Tantas madres circulando sin tener certificado de aptitud. ¿Y yo?, se plantea, ¿podré ser de nuevo padre?, ¿soy el padre que precisan mis dos hijos adolescentes? Está repentinamente agotado. Por suerte el tratamiento de Manuel no le genera mayores dificultades. Otro nivel energético.

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