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Miércoles 14
Santiago entra, apurado. Perdón por la demora pide. ¿Tomy no te dejó dormir? pregunta él con sorna. ¡Al contrario!, durmió por primera vez toda la noche y se despertó recién a las nueve y como yo ya no pongo el despertador… Brindemos propone él llamando al mozo. Todavía no llegó el café cuando Santiago, sin preámbulos, pregunta ¿qué decidiste? Él piensa, otra vez, ridículamente, que en el momento en que lo diga ya no habrá vuelta atrás. Aunque ya hace una semana que no hay vuelta atrás. Vamos a tenerlo informa al tiempo que él mozo deposita las tazas sobre la mesa. Este sí que es motivo para un brindis exclama Santiago levantando su pocillo. Él eleva el suyo con desgano. Macho, ¿por qué esa cara? pregunta su amigo. No logro estar contento se sincera él. Pero ahora sos vos el que tomó la decisión, ¿o me equivoco? Él afirma con la cabeza. Sería más fácil si la responsable hubiera sido Cecilia dice. Claro, así te quedaba el recurso de la queja al que sos tan afecto. Él se sorprende del comentario de su amigo, ¿Ana María le pasó letra? ¡Pues yo estoy muy contento! exclama Santiago Tomy tendrá un amiguito y ya no podrás cargarme por mis desventuras de puérpero; además, a pesar de las restricciones del sueño y del sexo, estos meses han sido una maravilla; me emociona ver a Tomy crecer, descubrirle rasgos míos. ¡Pobre pibe! ríe él por suerte es la cara de la madre. Mi vieja dice que es mi calco. Para darte el gusto. Hace mucho que no lo ves le recrimina Santiago. Es cierto; estuve muy ocupado con lo de mi viejo. No busques excusas, estás en otra, hermano, metido para dentro. Su amigo es un crack. Me conoce del derecho y del revés, piensa. ¿Cómo se lo tomaron los chicos? pregunta Santiago. No saben; esperaremos a los tres meses, todavía no se lo dijimos a nadie. Deduzco de tus dichos que yo soy nadie para vos. Vos sos todo para mí confiesa él y su amigo sabe que no es una broma porque, al instante, los ojos se le empañan. Mirá que sos pelotudo dice me vas a hacer llorar.
Gustavo entra al consultorio con un paquete entre las manos. Va hasta la cocina, busca un plato y extrae del envoltorio dos empanadas. Se sirve un vaso de soda, se lava las manos y se sienta. Me gusta almorzar solo, piensa. Prueba de que suele estar acompañado. Recuerda a Manuel. La soledad se disfruta cuando es un bien escaso, decide. En unos cuantos meses será escasísimo. Inexistente. Otra vez el peso de su decisión, aligerado tras su encuentro con Santiago, lo abruma. Al menos ya decidí, se consuela, la semana pasada estaba peor. Están buenas las empanadas. No se dio cuenta de que tenía tanta hambre, debiera haber comprado tres. O cuatro. Lava el plato y prepara café. ¿Cómo se sentirá Cecilia? A la mañana estaba con náuseas. Busca el celular. Está tecleando un WhatsApp cuando lo borra y la llama. Tiene ganas de escucharla. Necesidad, admite.

Se siente el agobio del otro lado de la pantalla
ResponderBorrarY sí, accedió pero está agobiado.
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