miércoles, 11 de marzo de 2026

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Manuel le tiende la mano. Está con saco, pero sin corbata. Vamos aflojando, evalúa Gustavo. ¿Cómo anduviste? pregunta en cuanto lo ve acomodado. Anduve contesta el hombre con una sonrisa triste. ¿Más recuerdos? Más recuerdos, sí. ¿Querés contarme? propone él. ¿Para qué? repregunta Manuel ¿eso hará que Judith regrese? Él recibe el impacto. ¿Sirve para algo atormentar a la gente con sus recuerdos dolorosos?, se pregunta. Busca sobreponerse. Quizás eso te permita comprender por qué la perdiste, modificar tus conductas y estar atento al advenimiento de otra Judith. Manuel sonríe con… Gustavo busca el término, con… desesperanza. ¿Qué podría haber hecho? pregunta el hombre. Infinitas posibilidades Gustavo acelera a sus neuronas pedirle que no se fuera; irte con ella; al no recibir respuesta ir a buscarla a Israel; determinar que era imposible que no te escribiese y ponerte a investigar; cuando la reencontraste confesarle tu amor; asediarla; en fin, infinitos caminos, ni buenos ni malos, otros, seguramente imposibles para el Manuel que eras, obvio; todo lo que ocurrió estuvo teñido por lo que fuiste: inseguro del amor que podías despertar, incapaz de defraudar a tu padre como para abandonar tu carrera y seguirla; incapaz de plantearte que tu padre podía ser responsable porque eso hubiera acarreado la necesidad de enfrentarlo, etc., etc. Manuel se cubre la cara con ambas manos. Todo arranca del niñito invisible y mudo que creció intentando no molestar para lograr migajas de cariño; en tanto no te compadezcas de la criatura que fuiste, en tanto no logres procesar que ahora sos un adulto y que tenés incontables recursos para hacerte amar, no lograrás modificar las cosas que no te satisfacen de tu vida. Me dispersé, piensa Gustavo y retoma el planteo inicial de Manuel. De ahí la importancia de ahondar en tus recuerdos para… busca la palabra exorcizar al que fuiste. Gustavo siente que le falta el aire. Toma un vaso de agua. Manuel se descubre el rostro. Me convenciste dice con una sonrisa ¿qué querés que te cuente? ¿Cómo siguió tu vida luego de “perder” lo acentúa con intención a Judith? Me perdí a mí mismo contesta Manuel al instante ya te conté que solo me dediqué a estudiar; estuve casi cinco años sin acercarme a una mujer; en realidad, estuve el resto de mi vida sin acercarme a una mujer; ocasionalmente reaccioné a alguna que se dignó a buscarme, después me encontré a Judith embarazada por la calle y después emigré; ese es el resumen de mi fascinante vida concluye levantando ambas palmas. Él se toma unos segundos y pregunta ¿cómo fue tu inserción en Estados Unidos? En lo profesional, muy fácil desde el principio; se me abrieron todas las puertas; antes de los treinta ya era un cirujano de renombre y ganaba lo que nunca hubiera podido ganar aquí; el problema era que no sabía qué hacer con el dinero. ¿Y afectivamente? No hubo mucho cambio; estuve tan solo como estaba aquí; dos o tres enfermeras que se ligaron conmigo; algún colega un poco más cercano; las esporádicas visitas de Inés y no mucho más; pacientes y pacientes; quirófanos y quirófanos; de día, de noche; sábados y domingos; acción de gracias, navidades; a eso se redujo mi vida: operar y operar. Gustavo está abrumado. Por eso decide cambiar de tema. Aire. ¿Hasta cuándo tenés licencia? pregunta. Ya te lo dije contesta Manuel, en mal tono no sé si volveré. ¿Qué cambiaría en tu vida si te quedaras aquí? ¿El idioma? pregunta el hombre intentando ahora sonreír, hace una pausa y continúa no lo sé; confío en que esta terapia mueva algo en mí. Él se siente aplastado por la responsabilidad. ¿Qué puede hacer por este hombre? ¿Qué quisieras modificar en tu vida? pregunta. Quisiera modificar toda  mi vida; mi pasado y mi presente; pero como sé que eso es imposible me conformo con poder modificar mi futuro. ¿Poblar el “desierto” del que me hablabas? Manuel asiente con la cabeza. La primera condición para poder poblar la soledad es reconocerla y ese paso ya lo diste. Sí afirma Manuel estoy solo; soy solo reformula. Y descubriste que ya no querés estarlo. El hombre lo corrige descubrí que ya no puedo soportar la soledad. Me parece que te olvidás de alguien dice él. Manuel hace un gesto de sorpresa. ¿De quién? pregunta. De Inés. Es cierto; al menos la tengo a mi hermana. Que fue una niña tan invisible como vos. Es cierto reitera el hombre ella está tan sola como yo y ni siquiera desarrolló una carrera. ¿Dejamos acá? propone él. Dejamos repite Manuel incorporándose.

 

Gustavo va a la cocina y se prepara un café. Aún es temprano. Está conmovido. Nunca vio a una persona tan sola. ¿De qué me quejo?, piensa, tengo a Cecilia, a los chicos, Santiago, mis viejos, amigos. Me quejo de lleno, concluye. ¿Podría un bebé romper el equilibrio?, se plantea.  Se restriega los ojos. La Volturno chilla. Baja el fuego.


 

2 comentarios:

  1. Qué fácil se ven las soluciones desde afuera!

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    1. Siempre hay mil conductas posibles cuando nos decimos que no había otra posibilidad

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