lunes, 9 de marzo de 2026

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Gustavo le resume a Andrea lo visto hasta el momento: aridez emocional, ausencia total de cuerpo y palabras, valor materno puesto en la responsabilidad, en la correctitud, la normalización del esfuerzo. Seguramente lo tuyo, como para tu madre, será el hacer; te asustará permanecer quieta, escucharte. ¡Una pena que no te oiga mi marido!; “vos no podés parar”, me dice siempre comenta ella con una sonrisa desbordante. Él mira sus anotaciones. Terminaste la sesión pasada nombrando a una pareja de tu madre le recuerda. Sí, el subnormal. ¿Hizo irrupción cuando vos estabas en Rosario? ¡No!, ¡ojalá!; apareció allá por mis doce. Qué raro que no lo mencionaste antes dice él y piensa: abuso en puerta. ¡No me habré querido acordar! Cuenta luego que comenzó siendo un señor que iba a ayudar a arreglar cortinas, canillas, etc. y un buen día me lo veo sentado en el living con un piyama azul. ¿Tu mamá no les explicó nada? Niega con la cabeza. ¿No le preguntaste? A buen entendedor, pocas palabras se justifica, toma un vaso de agua y continúa la cosa es que se instaló en casa; bah, nos invadió; había que ver en la tele lo que él quería, comer lo que él indicaba; me acuerdo y me vuelve la rabia. Andrea, acá lo que más nos importa es la conducta de tu madre, que no los consultó, no los informó, no los defendió. Nunca lo pensé así admite meneando la cabeza. ¿Qué beneficios le aportaba a tu madre? No te entiendo. ¿Tenía dinero? No; eran compañeros de trabajo pero él tenía un cargo inferior a pesar de que era diez años mayor que mi madre; era un bruto, además; la verdad es que no sé qué le vio; fue la única pareja que le conocimos; para colmo, a esa edad empecé a salir los fines de semana con mis amigas y él me quería controlar. Reitero, el problema real era tu madre que no intervenía. ¡Pero yo salía igual! exclama con alegría. Siempre es un riesgo introducir un hombre en una casa donde hay púberes arriesga él. Ella calla. Entonces él decide tomar el toro por las astas ¿alguna vez se propasó? pregunta. ¡Que lo hubiera intentado! responde ella con energía. Quizá fue una suerte sugiere él acentuando la palabra. ¡Sí!, ¡vivir en esa casa era insoportable!; pero no quiero dedicarle ni un solo minuto más de mi tiempo a él dice, resuelta ¡a otra cosa! De acuerdo acepta él y piensa: no faltará oportunidad pero quiero que tengas en cuenta que una nena de catorce años no puede resolver irse a vivir sola a otra ciudad; esa fue una decisión de tu madre. Puede ser dice, despectiva. Volvamos a tu estadía en Rosario, ¿tuviste algún novio? Sí, a los dieciséis; un compañero de veinte años. ¿Te iniciaste sexualmente con él? Ella asiente con la cabeza. ¿Cómo anduvo? Bien dice, escueta. ¿Se cuidaban? Sí; una amiga me acompañó al ginecólogo. ¿Le contaste a tu mamá? pregunta sabiendo que no. ¡Qué buen chiste!; mi mamá jamás me habló de sexo, ni siquiera me preparó para mi primera menstruación. ¿Fue una relación trascendente para vos? Ella se queda pensando. La pasábamos bien. Se hacían compañía arriesga él seguramente estaba tan solo como vos. Sí; éramos buenos amigos; cuando llegó el verano me fui a mi pueblo con él, pensábamos hacer camping; el subnormal intentó oponerse; “irán dos y volverán tres”, vaticinó. ¿Tu madre qué opinó? Repitió el mismo argumento; entonces le pedí que no fuera ridícula, que hacía meses que vivíamos juntos; le pregunté si ella no sabía que existían los anticonceptivos; “eso no es para vos”, me dijo. Quizá temía “el qué dirán” sugiere él. ¡Por mí! ¿Fueron de camping? ¡Obvio!, ¿todavía no me conocés? pregunta entre carcajadas. Me comentaste la sesión anterior que a los dieciocho decidiste irte de Rosario decide él avanzar en la historia. Sí; yo misma había encontrado un conservatorio en Buenos Aires. ¿Dónde vivías? Conseguí un trabajo como empleada doméstica sin retiro cuenta con total naturalidad en una casa muy rica; me pagaban muy bien; cuidaba a los chicos a la tarde, y me ocupaba de preparar la cena;  a la mañana, mientras los dos nenes estaban en la escuela, me dejaban estudiar; en el conservatorio me trataban un poco mejor que en Rosario, pero igual ya me estaba hartando; después de un año, un buen día vi en un aviso que buscaban bailarina clásica para una gira por Sudamérica; me presenté y me seleccionaron. Gustavo mira el reloj. ¿Me lo contás la próxima? propone. Andrea se incorpora. ¿Todavía no te cansaste de escucharme? pregunta a pura risa. Nunca diría que sos aburrida dice él, sonriendo. ¡Te lo avisé!, ¡de De la Rúa, nada! Ya frente a la puerta la mujer pregunta ¿cuándo podremos hablar del bebé? Todavía no entró tu marido en la historia le recuerda él. Habrá que meter primera, entonces indica ella. Él, sorprendido, abre en silencio.

 

Apoya la espalda en la puerta cerrada. Quizás Andrea tenga razón. ¿Es útil detenerse tanto en la historia? Se repite su frase de cabecera: no se puede entender una película viendo solo la escena final. Pero esta mujer no habla por hablar: está dando señales de que se le acota el tiempo interno. ¿Cómo saber cuál es la mejor técnica? Encima ya no puede consultarlo con Ana María. Ella es de otro palo, evalúa. ¿Por qué, entonces, él confía en ella para su propio tratamiento? ¿Qué es lo más importante?, ¿la partitura, el instrumento, o quién ejecuta el instrumento? El portero eléctrico lo aparta de sus elucubraciones. Mientras sube el ascensor piensa en lo absurdo de la vida: esta mujer se angustia porque no puede quedar embarazada y él se angustia porque su mujer está embarazada. Una varita mágica que intercambie los úteros, fantasea. Mientras le abre la puerta a Manuel se dice: no puedo ser tan pelotudo.


 


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