miércoles, 11 de febrero de 2026

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Gustavo observa a Marcelo. Bien le gustaría a él tener ese aspecto a los cincuenta y tantos. Le recuerda al actor de la serie que está viendo. ¿Cómo se llama la serie?, ¿cómo el actor? ¿Cómo estás tanto tiempo? le pregunta el hombre. Él parpadea. ¿Cómo estás vos? repregunta. Si regreso es porque no muy bien. Contame propone él, abriendo los brazos. No sé por dónde empezar, demasiados frentes. ¿Cinco? sugiere él, aludiendo al número de hijos. Seis, contándome. Marcelo se arrellana en el sillón. No sé cuánto te acordás de lo que trabajamos pregunta mirándolo con fijeza. Todo Gustavo sonríe estudié la lección. Marcelo también sonríe. Por eso te esperé, no tenía energía para empezar de nuevo desde que era chiquito; ni energía ni tiempo, las papas queman. ¿Qué está pasando? No sé por dónde empezar repite Matilde y Agustina siguen con sus noviecitos; espero que no me hagan pronto abuelo. ¿Hablaste con ellas al respecto? pregunta él. Marcelo baja la cabeza. Sabés como es Matilde, me va a sacar arando; quizás hasta me dicte cátedra sobre el control de la natalidad, siempre sabe de todo; además, yo no soy el más indicado para aconsejarlas al respecto. ¿Por qué lo decís? Al menos dos de mis hijos no fueron buscados sin contar que una ni siquiera es hija mía. Gustavo busca el respaldo del sillón antes de comentar seguramente tus hijas, más allá de los detalles técnicos, precisan apoyo emocional; no es fácil transitar esta edad sin tener mamá. Marcelo cabecea. A esta altura dudo de que Diana hubiera podido acompañarlas; a medida que voy charlando con mis hijas más me entero de facetas de ella que desconocía se oprime las sienes te aseguro que no sé con qué mujer estuve casado durante dieciséis años, ¿Aprendiste algo de esta incertidumbre? No te entiendo. Si durante años ocurrieron tantas cosas a tu alrededor que no percibiste, ¿a qué lo atribuís? ¿A que Diana era una excelente impostora? repregunta el hombre. ¿O a que tenés poco desarrollada la observación de los otros?; durante esos dieciséis años, ¿miraste alguna vez a tus hijos con atención?, ¿no descubriste en ellos signos de la indiferencia materna? Marcelo se agarra la cabeza con ambas manos. No sé dónde estaba yo mientras mi vida transcurría. Gustavo calla hasta que el hombre levanta la mirada y luego dice lo importante es que dejes de estar en ese lugar, que intentes observar a tus hijos como vimos que a vos no te observaron; tus hijos, permanentemente, te tenderán hilos para que te conectes a ellos; solo se trata de estar atento; ellos serán tus maestros. Lorena sí que me tira hilos, en cuanto me tiene a tiro no se me despega; es un abrojo; a veces me agobia. Quizá por no ser tu hija biológica necesita reforzar la cercanía; no debe ser fácil saberse la distinta. Para mí es igual que todos replica Marcelo con energía. Tal vez ese ser igual es insuficiente para ella. Quizás es poco para todos admite el hombre pero no me da el cuerpo para sobrellevar esta vida; ¡quisiera mandarme mudar! Pero no te lo permitís. ¿Cómo dejarlos solos?, no tienen absolutamente a nadie, Diana se ocupó de alejarlos de todos. Gustavo intenta hacer memoria. Ramona, sí, Ramona. ¿Ramona sigue trabajando en tu casa? ¡Sí!, si ella se va me suicido; lo operativo está resuelto; además, las mayores son dos joyas, dos mujercitas; si vieras cómo se hacen cargo de sus hermanos. No deberían hacerlo acota él. Lo mismo me dice el pediatra, pero ninguno se pone en mis zapatos; tengo ya cincuenta y cinco años y estoy solo con cinco pibes. No estás solo lo corrige él estás con ellos. Marcelo hace un gesto de fastidio y continúa Fede todavía no tiene tres; tendría que ocuparme de conseguirle vacante para el jardín para el año próximo. Es buen indicador que hayas pensado en eso. Marcelo baja la vista. En realidad Matilde me alertó cuenta ya estuvo averiguando en un colegio cercano. Tiene solo dieciséis años le recuerda él la escolaridad de su hermanito no debería ser un problema para ella. Marcelo resopla, se lo ve irritado. ¿Qué sugerís?, ¿que me case de nuevo? La madre del borrego, piensa él y le pregunta ¿conociste a alguien? Marcelo permanece callado. ¿Y? insiste él. Me pescaste contesta el hombre, sonriendo por primera vez. Suena el portero eléctrico. Me salvó el gong. Hoy nos pusimos al día comenta él la próxima trabajaremos fuerte. Necesito descanso, no trabajo objeta Marcelo incorporándose.

 

Gustavo cierra la puerta y se recuesta en el diván. se queda reflexionando. ¿Está él atento a lo que sucede a su alrededor? La enfermedad de su padre lo tuvo absorbido. ¿Cuánto hace que no charla con Nacho?, ¿cuánto que no merienda con Martina? Basta de retarme, se dice, lo importante es que retomé el consultorio. Resistí, piensa y comienza a tararear resistiré erguido frente a todos; me volveré de hierro para endurecer la piel. Tan pelotudo como Santiago, se reta. Cierra los ojos. ¿Cómo estuvo? Está satisfecho con su accionar frente a algunos pacientes; no con otros. Estuve demasiado incisivo con Manuel y con Andrea, decide. Le gustaría charlarlo con Ana María. Se sobresalta y mira el reloj. Un rato todavía. Apoya la cabeza sobre los brazos flexionados. Si sale ya, podrá tomar un café en Sigi. Se incorpora.

 

Sentado en el bar, Gustavo revuelve la taza. Recuerda la sesión con Marcelo. Él tuvo el tupé de cuestionarle la falta de intimidad con sus hijos. ¿Y por casa cómo andamos?, piensa. Apura un último trago y busca el celular. ¿Estás en casa? escribe. Instantes después Martina le responde. Sí. ¿Con Facu? repregunta. No, papi, solita con Lacan. Él sonríe. ¿Tu hermano? Qué sé yo, preguntale. Escribe entonces a su hijo ¿dónde estás? Ya está terminando su café cuando le llega en casa. Esta mocosa me está cargando, piensa fastidiado. Controla el reloj. En realidad, Cecilia ya debería estar con ambos. Vuelve a escribirle ¿dónde estás? Minutos después, se levanta sin haber obtenido respuesta.

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