Subiendo la escalera, como tantas veces, se deja conducir por la leve y… elegante, califica, fragancia de Ana María. Él se sienta y sonríe. Se lo ve bien comenta ella. Tuve un buen día confirma él juntando ambas palmas. Lo escucho. Fui con Cecilia al obstetra arranca él. ¿Ella le pidió? No, yo le ofrecí, quedó muy sorprendida. Ana María asiente con la cabeza. La encontró bien; Cecilia le consultó si el espiral podía dañar al bebé, y Santandrea, así se llama, la atendió en los dos partos anteriores, la tranquilizó y le comentó que es más habitual de lo que se supone; “recibí una beba que tenía el espiral apretado en la manito”, contó. Criaturas decididas a vivir comenta Ana María y a Gustavo lo sorprende la interrupción. Este tema la atraviesa, confirma. Permanece en silencio y ella pregunta ¿cómo se sintió usted? Gustavo juega con los dedos mientras piensa. Santiago me preguntó lo mismo; usted ya sabe que él es mi segundo analista comenta sonriendo y luego de una pausa dice si le cuento se va a reír de mí. Nunca me reiría de usted despliega su sonrisa Ana María. Cuando escuché el corazoncito redoblando a ese ritmo vertiginoso, sentí que le había dado la vida a ese hijo dos veces, al engendrarlo y al permitirle vivir; ni la vida de Nacho ni siquiera la de Martina eran producto de mi decisión; la de este bebé sí; es ridículo, pero sentí que mi decisión nos ligaba doblemente, era hijo de mis genes tanto como de mi albedrío Gustavo se restriega los ojos estoy diciendo tonterías. Ana María lo contempla con su mágica, califica él, sonrisa. Jugada magistral de Cecilia dice luego de un buen rato. ¿Cómo? Sin abandonar la sonrisa ella responde su mujer lo conoce muy bien y es muy inteligente; usted tiene tendencia a quejarse, a victimizarse, a considerar que lo que lo rodea es producto de las acciones de los demás; Cecilia lo hizo subir al escenario, lo obligó a ser protagonista y quizá recién en ese momento usted descubrió su propia potencia. Él se abraza con ambas manos. ¿Le trasmitió a Cecilia lo que había sentido? No, y recién ahora, al ponerlo en palabras frente a usted, pude descifrar lo que solo había sido un cúmulo de percepciones; sí, tiene razón, Cecilia fue muy sabia; pero no voy a decírselo enuncia Gustavo sonriendo francamente cómo otorgarle tamaño mérito. Ana María redobla su sonrisa. Usted tiene el mérito de ser amado por una mujer tan valiosa. Los ojos de Gustavo, al instante, se llenan de lágrimas. No me lo merezco afirma. ¿Por qué lo dice? Siempre pongo mis necesidades en primer lugar. Eso no está mal en tanto al mismo tiempo puedan contemplarse las necesidades de los demás. A él se le aparece la imagen de Nacho. Nunca podré perdonarme por mi indiferencia con Nacho; pasé años evaluando las dificultades que su llegada me había ocasionado y ni me planteé genuinamente qué podía generar en él mi rencor. Gustavo la voz de Ana María se dulcifica ya hablamos mucho del tema y soy testigo de la enorme transformación que logró en la relación con su hijo. El miércoles próximo almorzaré con él, nunca se me había ocurrido invitarlo, ¿qué habrá experimentado al saber que sí lo hacía con su hermana?; ahora ya es un muchacho grande, ¿cuán trascendente puede ser la relación con su padre? Ana María lo mira con una sonrisa ahora… irónica, califica él. ¿Usted diría, Gustavo, que la relación con su propio padre le resulta intrascendente? Touche admite él elevando ambas palmas. Tiene el resto de la vida para seguir profundizando el vínculo con Nacho; usted siempre va a ser importante para él. Gustavo se queda pensando. Estoy atendiendo a una adolescente cuenta una piba de catorce años particularmente inteligente; hoy en la sesión planteó, llorando, que no sabía si su padre la quería; lo primero que me surgió era decirle “como no te va a querer si es tu papá”, pero no se lo dije; qué importaba si él padre la quería si la chica no percibía su amor; me sacudió hasta el tuétano. A veces los pacientes son los que nos curan a nosotros. Gustavo esta nuevamente sorprendido. Ana María está rara hoy. Ella se incorpora. Dejamos aquí indica. Ahora la fragancia lo conduce a la salida. En el momento de despedirse él dice muchas gracias, Ana María, fue muy valiosa para mí esta sesión. Ella solo sonríe.
Sube al auto y se deja hacer sobre el asiento. Está agotado. Permanece así, los ojos cerrados. Precisaría poder grabar en sus neuronas, ¿en su alma?, todo lo que trabajaron en sesión. Cuando llegue a su casa intentará ponerlo por escrito. Increíble todo lo que un aparatito que detecta latidos pudo provocar. Ana María es…, Ana María, concluye. Tan intensas las emociones que le genera esta mujer. Admiración, fastidio, ¿envidia? Sonríe a solas. Algún día debería llevar el tema a sesión. En esas está cuando suena el celular. ¿A qué hora venís? pregunta Cecilia. Yendo contesta mientras pone el auto en marcha. Perdí la noción del tiempo, registra, preocupado. Un bocinazo le advierte que el semáforo ya pasó a verde. Concentrate, Gustavo, se advierte mientras pone el pie en el acelerador.

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