viernes, 6 de febrero de 2026

194

 



Un hombre de traje y corbata le tiende la mano. Manuel Estrada se presenta mucho gusto. Médico cirujano, cuarenta y cinco años, soltero, de regreso en la Argentina luego de haber vivido más de veinte años en Estados Unidos. A Gustavo lo sorprende el grado de formalidad. De porteño, nada, piensa. ¿Qué te está preocupando? pregunta Gustavo imponiendo el tuteo pese a los usted del hombre. Acaba de morir mi padre, por eso regresé; no sé ahora cómo seguir. ¿Era él quien te marcaba el camino? La cara del hombre se desarma. Flanco herido, piensa él. No, lo que sucede es que ahora que estoy aquí, no sé si quedarme o regresar. Gustavo le explica su metodología de trabajo y luego pregunta ¿a qué se dedicaba tu padre? Era medico responde como yo. O vos sos médico como él acota Gustavo con una sonrisa. Manuel cabecea y le cuenta que su padre fue un profesional muy renombrado; su madre, ama de casa. Bah se corrige en realidad la ama era mi tía, mi tía Ermelinda. ¿Su hermana? La hermana de mi padre; nos tenía al trote. Contame pide él. Yo no quería llevar amigos a casa porque me hacía pasar papelones; entraba en mi cuarto con cualquier pretexto y empezaba a preguntarles vida y milagro. ¿Y tu madre? No, mamá era una santa. Como Poncio Pilates acota él. No entiendo. Tu mamá se lavaba las manos Manuel lo mira sorprendido no te defendía: quizá para evitarse problemas con cuñada y marido permitía que se ejerciera sobre vos una enorme presión. Parece que hubieras estado en esa casa dice Manuel, sonriendo por primera vez. ¿Tu papá te castigaba? No Manuel niega enfáticamente con la cabeza ojalá; me minaba con su desprecio; hiciera lo que hiciera, lograra lo que lograra, nunca parecía suficiente para él. Ni que te recibieras de médico. Ni eso; hubiera querido que trabajara en su clínica. Pero vos te escapaste. ¿Cómo? A Estados Unidos, digo. Me escapé, sí reconoce, pero no fue por eso. Me lo apunto para luego explica Gustavo, birome en mano prefiero continuar con tu infancia; ¿tenés hermanos? Tenía dos contesta bajando la mirada mi hermano mayor murió a los quince años; solo me queda Inés; ella fue la que me insistió para que hiciera terapia; yo nunca creí en esto. Pero estás acá. Yo también sé que preciso ayuda dice y vuelve a bajar la mirada a ella le hizo muy bien. A todos les hace bien Ana María, piensa él. Contame cómo murió tu hermano pide. Manuel se queda reflexionando unos segundos y luego, la vista enterrada en el piso, dice en realidad lo mató papá. El pulso de Gustavo se altera. ¿Querés explicarme? pide. Daniel odiaba la equitación, le daba mucho miedo, hasta yo que era un pibe me daba cuenta; pero papá había decidido que su primogénito fuera buen jinete, todos los Estrada lo han sido; lo anotó sin avisarle en una carrera de obstáculos; yo lo acompañé, él me pidió; yo lo acompañé y lo vi caer; papá lo había anotado pero no fue; yo era el único de la familia que estaba mirándolo; yo lo amaba a Daniel dice mientras las lágrimas comienzan a correr por sus mejillas sin que se altere su rostro ni su tono de voz. Como si estuviera llorando otro, decide él. A Daniel tampoco lo supo proteger su mamá. Las lágrimas de Manuel se intensifican. Parece recién percibirlas. Busca un pañuelo (de tela, repara Gustavo) y se seca. Nunca lo pensé así admite en casa siempre se hizo un mito de la santidad de mamá; además murió muy joven. Parecería que en esa casa tu mamá estaba de más. Manuel se queda pensando un rato largo. Es cierto dice de todo lo importante se ocupaban Ermelinda y papá; y, cuando mamá se murió, del resto se hizo cargo mi hermana; tenía quince años, pobre Inés. Parece que a tus dos hermanos les robaron la vida a los quince años. Yo también estoy muerto dice Manuel casi en un susurro y antes de que Gustavo pueda retomar esa feroz sentencia, Manuel pregunta ¿cómo sigue el tratamiento? Terminan el encuentro ajustado horarios, aranceles, forma de pago. El hombre se despide con un fuerte apretón de manos.

 

No se queda satisfecho. Quizá fui muy cruel, se plantea, preocupado. Restituye el volumen del celular. Llego a las ocho es el lacónico mensaje de Cecilia. Ni un beso. Está rara Cecilia estos días. Nerviosa. Hace rato que no charlan largo. La enfermedad de su padre lo absorbió. Meses. Me alteró la vida, piensa, me la jodió; siempre se las arregla para joderme. Va a la cocina y se sirve un vaso de soda. Luego revisa la agenda. Ema Bullrich. Una derivación de Andrés, su exanalista que ya había tenido una entrevista con los padres y le pasó la información. Información que él estudió concienzudamente. Una adolescente. Le encanta trabajar con adolescentes. ¿Qué será de la vida de Camilo? Seguramente sobresaliendo en lo que se haya propuesto. Amó a ese chico. ¿Y Joaco? Ojalá siga recuperando la confianza en sí mismo. Hicieron un lindo trabajo. Ahora una muchachita. Se sienta en su sillón. A esperarla.

2 comentarios:

223

  ¿Te acordás que te dije que mi papá me había cancelado la salida al cine? Son las primeras palabras de Ema. Sí, hace ya dos semanas re...