Cabello oscuro, muy corto. Boca grande, ojos negros, sonrisa expresiva. Un traje sastre de excelente corte. La mujer entra taconeando fuerte sus botas. Es muy potente, es el primer pensamiento de Gustavo. Ella se sienta y él comienza a apuntar sus datos. Andrea Labrador, treinta y cuatro años; casada hace siete años con George, están juntos desde los veintidós. Es directora de ventas para Latinoamérica de una empresa inglesa. Él baja la libreta, la mira a los ojos y sonríe. ¿Cómo estás? pregunta. ¡Nerviosa!, pensando con qué me voy a encontrar dice y luego ríe. ¿Qué te trae por acá? No puedo tener hijos responde y la risa troca en amargo rictus en solo un instante. Te propongo que arranquemos del principio, no podemos entender una película si comenzamos por la escena final, ¿de acuerdo?¡Qué remedio me queda! exclama ella, de nuevo sonriente aquí las reglas las ponés vos; además, estaba sobre aviso. Él arquea las cejas. María Inés me explicó cómo trabajás. Comencemos, entonces, por tu infancia; ¿dónde creciste? Soy de Cañada de Gómez, provincia de Santa Fe se incorpora un segundo y vuelve a sentarse si Mirtha Legrand homenajea a Villa Caña, que no le llega ni a la rodilla... explica riendo. ¿Qué hacían tus padres? Papá era empleado municipal, creo; murió cuando yo tenía un año y medio, lo atropelló un auto; lo trasladaron a Rosario; mi mamá, que encima estaba embarazada de mi hermano, se pasó un mes yendo y viniendo, pobre. Gustavo se toma unos minutos y comenta pobre de vos. ¿Por qué decís eso? No debe de haber sido fácil para una beba estar tanto tiempo sin su mamá. ¡Ya estaba acostumbrada! ¿Cómo es eso? Mi madre trabajaba, casi me crió mi abuela. ¿Desde cuándo? Mamá me cuenta que trabajó hasta el día del parto y como no me pudo amamantar, a los diez días volvió al trabajo. ¿No pudo? pregunta él, con intención en la voz. Tenía los pezones invertidos. Y parece que también tenía mucha necesidad de dejar a la criatura en casa y huir; ponete en el lugar de la beba que fuiste, parece que recibiste muy poca mamá; seguramente mucho menos de lo que precisabas. Ella cabecea, despectiva. Me cuidaba la abuela. ¿Tu abuela era cariñosa? Ella ríe. ¿Cariñosa la abuela?, cuando entraba a la casa mi hermano y yo corríamos a abrazarla, pero ella nos apartaba; "lo poco agrada, lo mucho enfada", nos decía; era una piedra; pero también era divertida, jugábamos a las cartas y nos hacía trampa y se reía; nos entendíamos bien. Vos también sos divertida... comenta él con intención. ¿Me estás diciendo que soy una piedra? sonríe ella abiertamente, reflexiona unos segundos y agrega puede ser, aguanto cualquier cosa, nada me rompe, ya vas a ver. ¿Cómo se arreglaron cuando murió tu papá? Dejó una buena pensión y la abuela tenía otra; además mi mamá se puso el sombrero de papá trabajador; nunca nos hizo faltar nada. Dijo ella aclara Gustavo solo su presencia, claro. Ella ladea la cabeza. Mi hermano la llevó peor; se pasaba las tardes sentado arriba del aparador de la cocina, esperándola; le iba mal en la escuela, no tenía amigos; yo era todo lo contrario; aplicada, simpática, sociable. Claro, él se hizo cargo de la soledad de los dos. Ella lo mira, parece interesada. No parece haber habido lugar en esa familia para la ternura, el diálogo, la blandura. ¿Diálogo? ríe de nuevo en casa todo eran órdenes: "a comer", grita con un acento áspero, duro, que lastima los oídos de Gustavo "a bañarse, al colegio, a dormir"; una vez que fui a lo de una amiga la mamá nos leyó cuentos, yo no lo podía creer, siempre nos acostábamos solos; Miguel la llamaba interminables veces, "¡galletas!" vuelve a gritar pedía, pero lo único que conseguía era un reto. ¿Ves?, tu hermanito usa el diminutivo con intención siempre se hizo cargo de tus propias carencias. Yo no suelo necesitar lo que no puedo conseguir; soy práctica a ultranza. Sin embargo ahora precisás algo que no está a tu alcance. Ella levanta las cejas, interrogante, hasta que comprende. Eso fue un golpe bajo dice intentando sonreír. ¿Dejamos acá? indica él incorporándose. ¿Miércoles próximo, misma hora, mismo lugar? pregunta ella con una sonrisa, ya cartera en mano. Cuando cierra la puerta Gustavo escucha su enérgico taconeo rumbo al ascensor. Un encuentro intenso para comenzar, evalúa. Busca su celular. ¿A qué hora llegás? le escribe a Cecilia acordate de que hoy vuelvo tarde. Un timbrazo antecede a la respuesta. Es una derivación de Ana María, que está atendiendo a su hermana. ¿Qué le deparará el destino? Pulsa el botón del portero eléctrico. Se arregla la camisa frente al espejo y se dirige hacia la puerta.
miércoles, 4 de febrero de 2026
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Me hacen ruido las devoluciones de Gustavo siendo una primera sesión…en terapia se trata de que uno se vaya dando cuenta de lo que le ocurrió para sanarlo y el profesional acompaña sin etiquetar…
ResponderBorrarGustavo está encarando una técnica diferente. Primeras temporadas, orientación psicoanalítica. Ahora más orientado a los procederes de la Biografía Humana
BorrarA mí me encantó! Gustavo tiene una forma desafiante en sus intervenciones. En todo caso, la paciente sabía por María Inés qué perfil tenía. Espero el próximo!
ResponderBorrarAsí es, Gladys. Gustavo está buscando una nueva manera de ser terapeuta. En las temporadas anteriores era psicoanalítico.
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